Sobre Fray José de Sigüenza

sábado, 14 septiembre 1974 0 Por Herrera Casado

 

Coincidiendo que en este año se están llevando a cabo, por diferentes medios, las celebraciones centenarias de los seiscientos años de la fundación de la Orden de San Jerónimo, es un buen momento para tratar hoy, si brevemente, de una de las figuras más colosales de la intelectualidad hispana, que surgió en esta orden religiosa y a ella lleva ligada su memoria. Se trata de fray José de Sigüenza, hombre nacido en nuestra tierra, y cumplidamente recordado en ella mañana domingo, más concretamente, y en el transcurso de la Jornada de Exaltación Alcarreña que ha de celebrarse en nuestra capital, se rendirá un homenaje a su memoria.

Aunque documentalmente nada hay aprobado, es casi seguro su nacimiento en la ciudad de Sigüenza. Los monjes jerónimos tuvieron por costumbre, desde el primer día de su caminar, añadirse de apellido o sobrenombre, el del lugar donde nacieron. No fue, pues, por capricho, que fray José se apellidara «de Sigüenza». Allí nació en 1544, y allí se educó, llegando a cursar estudios universitarios de Artes y Teología en la ciudad del alto Henares (1).

Profeso luego en el monasterio jerónimo del Parral, en Segovia, y una vez amainados sus ímpetus juveniles de ardor guerrero y combativo, se dedicó desde muy pronto al cultivo del espíritu y al estudio de las fuentes del pensar cristiano. Desde el monasterio de Párraces, donde continuó formándose, pasó nuevamente al Parral, y de allí, en 1575, a, ser uno de los alumnos del colegio de San Lorenzo, que para su orden monástica había abierto ese año Felipe IIen El Escorial. Ya muy bien formado, se trasladó de nuevo al cenobio segoviano, donde ocupó el cargo de maestro de novicios, escribiendo en él una de las obras claves de la literatura ascética hispana, la «Instrucción de maestros y escuela de novicios; arte de perfección religiosa y monástica», libro que por sí solo bastaría para colocar a su autor en la más preclara lista de intelectos castellanos.

La vida de fray José fue, a partir de entonces, bastante movida, en contra de lo que su natural tendencia al recogimiento y el estudio le pedía. Llamado a ocupar por sus superiores y aún por el mismo rey, cargos de responsabilidad en la Orden, entro los que se cuenta el de prior del monasterio de El Escorial, él siempre prefirió el silencio de su celda para leer y meditar en la Biblia; para escribir cartas a sus amigos, ocupación famosa de los humanistas; para acopiar datos y construir con su palabra justa y elegante ese monumento de obra que es la «Historia de la Orden de San Jerónimo», esos versos poco afortunados en la forma, pero inmensos y dilatados en el mensaje y densidad teológico. De ella, de su celda escurialense, de la sosegada biblioteca herreriana, tuvo que salir bastantes veces, algunas, conducido al poco deseable trato con los tribunales de la Santa Inquisición, implacable escrutadora de las palabras y los hechos de los hombres sabios.

Muchos escritores y tratadistas de la cultura española han clasificado a fray José de Sigüenza como uno de los mejores historiadores que han existido en nuestra patria. Sin dejar de ser cierto, tratar así a fray José es hacerse notable injusticia. Porque el jerónimo seguntino abarcó con notable capacidad y éxito, muchos otros campos de la actividad intelectual que es necesario hacer resaltar (2).

La calidad de la prosa de fray José lleva a decir a don Marcelino Menéndez Pelayo que es «quizá el más perfecto de los prosistas españoles, después de Juan Valdés y de Cervantes». Ciertamente, y al margen de su calidad histórica, como recopilador de datos de antiguas casas de su orden, la arquitectura herreriana y escurialense parecen haberse trasladado al libro, y con mesura y equilibrio haberse ido dando al lector, con hábil mano encaminado y con palabras justas y bellas aleccionado, en muchas otras cosas aparte del discurso histórico.

El aspecto menos apreciado aún quizás, en la gigantesca obra de fray José de Sigüenza, es la aportación tan original y valiente que hace a la espiritualidad del siglo XVI español, que por tan estrechos cauces hubo de caminar por causa de la severidad inquisitorial. Fray José de Sigüenza, que es uno de los más queridos discípulos de Arias Montano en El Escorial, es también de los más preocupados en el problema que los norteuropeos plantean acerca de la revisión e interpretación de las primigenias fuentes cristianas. Es, para decirlo claramente, el erasmismo más declarado que en fray José encuentra eco (3). La Inquisición toledana le sometió, en 1592, a un proceso que, se dice, fue promovido únicamente por la envidia de algunos monjes escurialenses. Y no es verdad. Porque si la protección total que fray José gozaba de Felipe II le libró de salir malparado en dicho encuentro, eso no resta en nada la postura claramente erasmista, partidaria del libre examen y del estudio directo de las fuentes griega y hebrea de la Biblia, que el padre Sigüenza profesaba. Y de las que no abdicó en ningún momento, pues él continuó diciendo cosas como «que me dejen a Arias Montano y la Biblia, no se me da nada que me quiten los demás libros» y «que se pierde mucho tiempo con los estudios de la Teología Escolástica y que son de poco provecho», y progresando en el estudio del griego y el he breo, de los que fue profesor en El Escorial, para seguir indagando en las fuentes bíblicas primitivas, contrariando así el Decreto dictado por el Concilio de Trento en 1546, en el que se disponía como única fuente bíblica autorizada por la Iglesia Católica, la versión latina de la Vulgata.

La figura de nuestro paisano fray José de Sigüenza se agiganta aún más en este parejo galopar de su Saber y su valentía, frente a un poder moral que aún ni siquiera a la realeza respetaba, aunque en este caso, como es palpable, se detuvo ante la postura de Felipe II, defensor a ultranza de su monje sabio, en el que dejó gran parte de la responsabilidad de la decoración de El Escorial.

Si ahora Guadalajara le rinde un pequeño homenaje a su existencia pasada; si en algún rincón de la  ciudad se coloca alguna placa alusiva a su figura; si se decide la edición de su biografía, escueta o abultada, lo mismo da, no habremos hecho nada de más en honor de este hombre sabio y santo, trabajador y verdaderamente humano (que de humanista posee todos los atributos), que hoy ha querido asomarse a esta galería de lo alcarreño.

Notas

(1) Fr. Francisco de los Santos, «Vida del V. P. fr. Joseph de Sigüenza», Madrid 1973, p. 33.

(2) De su figura se han ocupado eruditos de la talla de Menéndez Pidal, Menéndez Pelayo,

Gregorio Marañón, Ludwing Pfandl, etc., pero sólo han conseguido calor en su auténtica y completa dimensión dos autores alcarreños, como han sido don Juan Catalina García, en su prólogo a la edición de la «Historia de la Orden de San Jerónimo» de la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles», de 1907, y don Juan José Asenjo Pelegrina en su reciente trabajo «Introducción al estudio de la vida y la obra de fray José de Sigüenza», con el que ha obtenido el premio Alvarfáñez de Minaya de investigación histórica en la provincia de Guadalajara.

(3) Sobre este aspecto, prácticamente inédito, de la obra y el pensamiento de fray José de Sigüenza, ver la obra recientemente traducida el castellano de Ben Rekers sobre «Arias Montano», que da luz en el apasionante tema de los reformistas, espirituales españoles de la época imperial.