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Cosas de Almonacid

 

El viajero curioso que arriba al alcarreño enclave de Almonacid de Zorita, se encuentra siempre agradablemente sorprendido por lo dilatado y bien acondicionado que está el pueblo en todos sus aspectos urbanísticos, y por el contraste que supone frente al res­to de los pueblos de la comarca alcarreña, en los que la despobla­ción y el cada vez más escaso número de habitantes en edad de trabajo son la tónica dominante.

Enseguida de su llegada, el via­jero será conducido, quizás por los pasos expertos de don Anto­nio, el alcalde, de don Felipe, el secretario, o de don Octaviano, el párroco, o quizás por las siempre amables indicaciones de sus veci­nos, hacia los edificios que de más interés posee Almonacid: la igle­sia parroquial, construida en la época de los Reyes Católicos; el antiguo convento de jesuitas, con su severa fachada clásica; el otro convento, todavía ocupado, de monjas concepcionistas, con su portada herreriana y su interior vacilante de lo gótico a lo rena­centista. Terminará, en fin, subiendo y bajando la costanilla, en la que asienta el pueblo, y con un inesperado goce, descubriendo todos esos detalles que no caben en las guías, ni en las palabras eruditas de los cicerones, sino en el camino que va de la pupila al corazón sensible de quien aprecia lo que aún posee sabor de antigua castellanía, olor de siglos antañones barnizados en hierro forja do, en labrada piedra de la cercana sierra de Altomira, en simple madera tallada por antiguas y hábiles manos artesanas.

Esas son, pues, las cosas últimas que Almonacid brinda, si que jamás se acaben, a quienes lo visitan. Cuatro sorpresas nos llevamos nosotros cuando, creyen­do que ya conocíamos lo suficien­te el pueblo, y tras de mirar ale­ros prestos al vuelo de la teja y el madero, o grandes portalones de oscuro y profundo olor medie­val, nos decidimos a dar una nue­va ronda por sus calles.

En el extremo norte del pueblo, en el lugar donde (aún se ven las raíces pétreas) asentaba una de las cuatro puertas del recinto amurallado, persisten todavía las cuatro paredes y un par de entra­das de lo que fue primitiva ermita de la Virgen de la Luz, pa­trona del pueblo, dedicada posteriormente a fábrica de aceites. Esa portada que vemos en la fo­tografía es un prodigio de senci­llez y buen gusto. Como muy Po­cas pueden ya admirarse en nues­tra provincia. Pues al severo em­paque de su arquitectura noble y bien medida, añade ese detalle del remate en que, a ambos lados de una vacía hornacina, representa repetido el sencillo escudo de la Orden militar de Calatrava, que durante mucho tiempo tuvo en Almonacid la sede prioral de Zori­ta, una vez que el histórico cas­tillo de tal nombre había perdi­do, su valor estratégico. La cruz floreteada, recia en su círculo, so­brecogedora aún en su grandeza, pone en esta antigua ermita el recuerdo de tiempos viejos que dieron su auténtico carácter a la villa.

En el dintel se lee que fue en 1610, gobernando Felipe III en las Españas, cuando, se levantó esta ermita. Años antes, a fines del siglo XVI, tuvo lugar el ya cono­cido «milagro del pajarito», en la puerta aneja a este pequeño tem­plo, pues también en lo alto del portón había una hornacina para depositar una imagen, seguramen­te románica, de la Virgen de la Luz.

Enfrente tenemos un caserón alto y nobilísimo, que pone ense­guida nuestra fantasía a calibrar posibilidades y aconteceres. Se trata del antiguo convento de je­suitas, en su parte trasera, con dos muros totalmente recubiertos de ventanales enrejados. En ellos, en los listones de hierro forjado que levantan su teoría de enjaulamiento y quiméricas proteccio­nes, radica un impensado mundo, de maravillas estéticas. Las labo­res del forjado en estas rejas den­tro de un estilo netamente popu­lar, pero por eso mismo sencillo y cargado de gracia, son numero­sas y todas dignas de admirar. Junto a estas líneas he puesto cuatro ejemplos de estas barras, en las que el punzón de un anti­guo artesano (son obra del siglo XVII), dejó grabadas esquemáti­cas flores, espaldas de serpientes, estrellas y un sin fin de ecuacio­nes emocionales.

Dentro del edificio, en lo que hoy es casino y casa particular, perviven las anchas escaleras, los patios de arquitrabadas galerías, los altos techos tapizados de vigas de oscura madera, las ventanas y puertas de cuarterones con herrajes sutilmente labrados, las cornucopias, los baldosines, de rojo esmalte… un escalofrío nos invade, como si el fantasma de un pasado siglo señalara con su dedo nuestra nuca. El convento de los je­suitas permanece oscuro y grandilocuente, en su humilde silencio.

En lo que hoy es ermita de la Luz, y tras una grandiosa facha­da que ostenta en su frente el escudo de armas de la Corona Es­pañola, nos aguarda aún otra sor­presa. Era difícil para el viajero imaginar tanta variedad de recuer­dos artísticos en Almonacid.

Pero, para admitir en esta villa la existencia de una auténtica y soberana iglesia, de perfecto estilo jesuítico, sólo cabe el dato concre­to de su visita personal, La nave única, altísima; el crucero apenas marcado, coronado por cúpula se­miesférica. El alto presbiterio hoy desnudo de altares… y todo cubierto de yeso ‘blanco y saledizos adornos de escayola. San Nicolás de Guadalajara, dentro del estilo concreto de iglesia jesuita, no gana en mucho a esta de Almonacid. En la que aparecen, sostenidos en barroca teoría de cornucopias y lambrequines, sobre los cuatro bordes de la cúpula, sendos escudos de armas de los marqueses de Belzunce Goyeneche y Balanza, cargados de oro, sable y gules, en perenne recuerdo de su patronato sobre la capilla mayor del templo.

Un poco más abajo, en la plaza mayor, que posee todos los encantos de una lonja pueblerina, pero bien acicalada y mejor cuidada, destaca la silueta, «civilota y liberal», de la torre del reloj, ya vislumbrada desde antes de entrar al pueblo. Todo el mundo sabe que se construyó en el siglo XVI, cuando era rey de España y medio mundo, Felipe II. Pero todavía puede gozarse del encanto y la sorpresa de descubrir, en uno de sus muros, el coronado escudo, limpiamente labrado, de la monarquía española, y la siguiente inscripción, rodeando a la Cruz de Calatrava, adornada a su vez, con sus dos típicos cantones emblemáticos. Desarrollada la frase, dice así: «Reynando don Philipe II y siendo su governador en este partido de Zorita el licenciado Juan de Céspedes, hizieron los vezinos de esta villa de Almonacid esta Torre Año de MDLXXXIX».

Y aún seguimos descubriendo escudos cargados de bien ganada nobleza, caserones, plazuelas llenas de encanto, carretas en algún rincón, gentes simpáticas por todos lados… Almonacid tiene, pues, cosas para no terminar nunca la admiración que por ella se nos despierta nada más vislumbrarla en la lejanía, ordenadamente acogida al verdor de los olivares y al gris sereno de las serranías.

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