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Hoy toca botarga

 

En este día frío del más recio invierno castellano, cuando aún na­da hace suponer que la savia nue­va de la primavera un día triun­fante, el hombre se adelanta a la naturaleza: la excita y amedren­ta; la vaticina. El rito multise­cular de la botarga, con sus colo­res y sus graves sonidos de cen­cerros, con su inexplicable alegría y temor mezclados, se está repi­tiendo en varios pueblos de Gua­dalajara. Cada vez menos. Pero la botarga, como pálpito que es de la humanidad viviente, nos brinda su presencia y su folklórico decir sin apenas esbozar su pro­fundo significado. Sobre el que, en fin de cuentas, aún no se ha llegado a decir la última pala­bra (1).

Por los citados trabajos de los señores García Sanz y Caro Ba­roja, son ya conocidas las fiestas de botargas de algunos de nues­tros pueblos, muy en especial Be­leña, Arbancón, Retiendas, Aleas, Montarrón, Robledillo, Valdenuño­ Fernández, etc. Varias de éllas han pasado su color y su gracia por los festivales de Hita de años pasados, y todo su ritual mágico­-religioso está abundantemente re­cogido en fotografías, artículos de divulgación, películas de tema fol­klórico, grabaciones magnetofóni­cas, etc. Las botargas de la se­rranía alcarreña están comenzan­do a ser, afortunadamente, cono­cidas por un gran sector del pú­blico esnañol.

Quedan, sin embargo, por ahí dispersos los recuerdos de otras botargas que, por la lejanía de los lugares en que se celebraban, o por el poco interés que por es­tos temas siempre ha existido, lle­garon a perderse casi por com­pleto, y hoy perviven nebulosa­mente apagadas en la nostalgia de «los más viejos del lugar», que sonrien ingenuamente cuando se ponen a evocar aquellos sus tiem­pos de juventud en los que cada día del año, cada festividad del pueblo, tenían un total significa­do de comunión en lo alegre o lo penoso de la aldea. Sirvan es­tas notas como contribución a la crónica general del folklore de nuestra provincia.

En la ciudad de Guadalajara aún hay quien recuerda haber co­rrido delante de la botarga, que salía el día de la Candelaria, con colores y ruidos alborotando cuan­to quería. Y bien cerca de aquí, en Cabanillas del Campo concreta­mente, también existió esta fiesta en la que uno o varios jóvenes del pueblo, se disfrazaban de ale­gres colorines, se tapaban la cara con un máscara ridícula, y reco­rrían las calles del pueblo tocando una campanilla. Era la botarga. Al oirla acercarse, todo el mundo cerraba puertas y ventanas, para que no entrase en la casa. Si al­guien se descuidaba, la botarga entraba y se llevaba todos los cho­rizos que encontrase a su alcance. Según la persona que me manifes­tó tal costumbre, hace ya muchos años que desapareció su práctica.

También en La Mierla, y en Majaelrayo se ha estado celebrando hasta hace poco la fiesta de la botarga. Y en el pueblecillo de Ujados, en la comarca de Atienza, se hacían coincidir las fiestas del carnaval (domingo y martes antes del miércoles de ceniza) con las de la botarga. Surge en este ca­so el auténtico sentido carnava­lesco de esta última, con la con­junción cronológica de ambas fies­tas. Mientras los hombres se dis­frazaban de mujeres, y viceversa, o bien de animales caseros (ove­jas, cerdos), salía entre ellos la botarga, que recorría incesante­mente el pueblo haciendo sonar un gran cuerno, y adornándose la cintura con changarras, piquetas y cencerros.

Fuera de esta región serrana, hemos encontrado el recuerdo de una botarga en el pueblo de Anguita, perteneciente al llamado «ducado» por haberlo sido anti­guamente del de Medinaceli. Por la Candelaria salía lo que aquí llamaban «vaquilla», que era un vecino del pueblo disfrazado con traje de fuertes y chocantes co­lores, poniéndose al cinto un con­junto de esquilas de oveja, y re­corriendo las calles dando saltos y repartiendo alegría.

Muchos otros festejos popula­res pueden enlazarse con el que hoy tiene lugar en nuestros pue­blos. La Candelaria inicia la serie de los San Blas, San Blasillo y Santa Agueda que, enlazando con el carnaval, suponen la celebra­ción de las diversas maneras de propiciar la renovación y fertili­dad de la Naturaleza, que despier­ta de su letargo invernal ante las sacudidas acústicas (cencerros), visuales (colores fuertes de los trajes), físicas (carreras, saltos) y conceptuales (disfraces, cambio del mando a las mujeres, etc.) que la humanidad la proporciona.

Añadiré, pues, el dato sucinto de algunas otras fiestas ligadas a este ciclo que, si aún no se han perdido, están a punto de hacerlo. Así por ejemplo, la fiesta de San Blas en Hontoba, en la que los mozos que ese año sortean para el servicio militar, reunen duran­te la semana anterior gran canti­dad de leña y tocones, y la noche de la víspera lo prenden fuego en la plaza, durando la fogata varios días. En Pinilla de Jadraque se celebra el 5 de febrero la fiesta de Santa Agueda, patrona del pueblo. No mandan aquí las mu­jeres, sino que «todos mandan igual ese día». Algo después, en el martes de carnaval, algunos vecinos se disfrazan con trajes y caretas, recorriendo el pueblo con alboroto. Son «las mascarillas». En Palazuelos, para San Blas se bendecían los panes en la iglesia: cada familia llevaba un pan a la iglesia para bendecirle. En car­naval, algunas gentes cubrían su cara con máscaras, y recorrían el pueblo sonando cencerros y asustando a la chiquillería. Tam­bién en Luzaga se hacía ésto mis­mo, llamándose «de la máscara» a esta fiesta. En Yela, para Carna­val, los hombres se disfrazaban de mujeres. Quien ésto me conta­ba, refería haberse disfrazado en su juventud varias veces de toro, con lo que asustaba mucho a las mozas. Y en Valdeavellano me re­firieron era costumbre que para Santa Agueda los maestros guisaran unas patatas para dárselas a los niños, celebrando luego en carnaval las correspondientes mascaradas.

Hoy, de todos modos, toca bo­targa. Toca para que sepamos que ­aún late el profundo sentido po­pular de nuestra tierra. Para que nos sintamos también reconforta­dos por ese decidido empuje que se le da a la naturaleza, por obra y gracia de un folklore antiquísi­mo, multicolor, misterioso todavía.

(1) Nuestro paisano, don Sinforiano Garcia Sanz, en su trabajo «Bo­targas y enmascarados alcarre­ños», publicado en la Rev. de Dia­lect. y Trad. Pop., IX, (1953), pp. 466‑492 nos describió muchas de estas botargas, en su mayoría ya desaparecidas. Don J. Caro Baro­ja, en su trabajo «A la Caza de Botargas~, publicado en la Rev. de Dialect. y Trad. Pop., XCI, (1965), cuadernos 3º y 4º, y en su obra «El Carnaval», Madrid 1965, pp. 355‑365, analiza por en­cima los datos apuntados por el Sr. Carcia Sanz, sin llegar nunca al análisis total de este fenómeno folklórico.

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