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En defensa de los escudos

 

En estos momentos de crucial alternativa para La conservación íntegra de patrimonio hitórico-­artístico de los españoles, surge, como una faceta más del vastísimo problema, el batallón innumerable, épico y linajudo, de los escudos heráldicos. De todas esas talladas frases,  leones, encinas, estrellas y poderosos brazos ­que en sus reducidos universos locales contribuyeron, como minúsculos motorcillos, a que España fuera grande y respetada. Desde las armas sencillas (el pozo o la caldera) de los hidalgos y hombres buenos pueblerinos, hasta la onírica y complicada cargazón de símbolos de los Grandes de España, hay mil variantes, tímidas y arrinconadas, por donde aún late, en pétreo ritmo de prosapias, el antiguo corazón del Imperio.

Lleva muchos años en pie la voz cauta de académicos, historiadores y eruditos, pidiendo extremos en el celo de la conservación de nuestro arte. En un siglo como el nuestro que ha visto encenderse a lo largo de tres años de su Guerra de Liberación, la más grande pira del arte universal, los jóvenes de hoy, que no la conocimos, queremos a toda costa salvar lo que nos queda. Porque entendemos que es éste un momento crucial para hacerlo. Y porque la responsabilidad ante los siglos de los siglos, será también, en exclusiva, a nosotros tocante.

Después de los mosaicos romanos, de las catedrales góticas, de los retablos platerescos y tantos otros de (qué gusto da saber de las decididas protecciones oficiales a los hórreos norteños y mallorquines molinos), pidan cumplida atención esas piedras, cuyo doble valor histórico y artístico no necesita de la explicación ni el ditirambo; ellas solas son, con su granada exhuberancia de símbolos, o con la recia parquedad de sus silencios, las que nos dicen el antiguo idioma de España. Al que no debemos, por muy distinto sistema que sea el nuestro actual de vida, quedar sordos. Ciudades españoles como Santillana del Mar, Cáceres, Baeza, Cuenca o Santiago, poseen, como mínimo caudal, un par de escudos en cada calle. Y raro será el pueblo, por pequeño y retirado que esté, que en todo el territorio celtibérico, no tenga algún blasón que nos muestre le razón y el resultado de su prosapia linajuda.

En la provincia de Guadalajara, más concretamente, los hay a centenares. Muy bien cuidados e instalados algunos; otros, sin embargo, lastimosamente abandonados a la fácil merced de los profesionales del expolio. Tal vez el más hermoso ejemplar sea el que, atribuido al mismo Covarrubias, se traslado en el siglo pasado desde la puerta del Alcázar, en la muralla demolida, al patio renacentista del palacio de don Antonio de Mendoza: es un soberbio y completísimo escudo imperial de Carlos I, labrado en piedra de Tamajón, que ocupa toda una pared de dicho patio. Hay, asimismo, escudos reales por toda la provincia distribuidos: en el convento moderno, (y, a pesar de eso, gótico) de las clarisas de Alcocer, o el más moderno, ya borbónico, de las Ursulinas de Molina de Aragón. Son sin embargo, mucho más abundantes, y a veces hasta más ricos y ostentosos, los de las hidalgas estirpes alcarreñas que comienzan a surgir en el siglo XV. El solar de los Mendoza, que por cordial se hace definitivo en Guadalajara, verá repetir hasta la saciedad las bicolores banderas (verde y roja) partidas y oblicuamente asentadas junto a la frase «Ave María‑Gracia Plena» que gracias a don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y sus hijos, entre ellos el gran Cardenal don Pedro González, se extenderá a todo el territorio castellano. Ese es, junto al de Luna con quien emparentó el primer duque, el motivo fundamental que aparece en la portada del palacio del Infantado de Guadalajara. Ese es también, por ejemplo, el que doña Brianda de Mendoza y Luna, su nieta, coloca en la baranda de la escalera en su palacio arriacense. Y el que, ya con sucesivas variantes que van introduciendo nuevas ramas de la nobleza castellana, se reparte por toda la provincia: el convento franciscano de Mondéjar, el de los capuchinos de Jadraque, el palacio de Yunquera, la iglesia de Mandayona y una inacabable legión de etcéteras.

Son otras familias de raíz alcarreña, de sonora y decisiva voz en el acontecer hispano, las que también reparten sus emblemas, abundante y galanamente, por la geografía toda de Guadalajara; así, los duques de Medinaceli, con su protorrenacentista palacio de Cogolludo; o los Silva, leoninos y cultos, en Cifuentes y Pastrana; o los Valdés Molina, los Montúfar de Tamajón, los Gómez da Ciudad Real en Atanzón, o los Estúñigas de Galve… o, en fin, este bellísimo de los Arce, que en el sepulcro del Doncel don Martín Vázquez, de la catedral de Sigüenza, sostienen dos cuatrocentistas pajecillos.

A estos famosos, ya multifotografiados y conocidos, no va sino nuestra palabra de alabanza. La llamada de socorro se encamina, sin embargo, a esos otros minúsculos, desconocidos, a veces incrustados en la valla de un corral, en lo más oscuro de una escalera, o en cualquier esquina descolocados. Esos son los que reclaman nuestra ayuda y atención preferente.

Es necesario, en primer lugar, una rigurosa y exhaustiva catalogación, tanto documental como fotográfica, de estos escudos tallados en piedra, yeso o madera, que hay distribuidos a millares por toda España. Es nuestra provincia, concretamente, es una labor que, personalmente, ya he iniciado, pero que requiere la colaboración de un equipo competente que acelere su curso. Ninguna de estas tareas de catalogación es, hoy por hoy, para un hombre sólo. Forma parte de ese catálogo general del acervo histórico‑artístico de la provincia, que ha de comenzarse sin pérdida de tiempo, antes de que sea tarde, y, de momento, reunir en fotografías y fichas la totalidad de estas piezas.

Una vez controladas, ha de venir la ley protectora que impida su salida del pueblo o ciudad, más aún, del edificio mismo para el que fueron talladas. Sólo en casos excepcionales, cuando el edificio en que estaban cae para dar paso a una calle, a un jardín, o a otro nuevo edificio en total choque estético o de destino con el anterior, se llevarán el museo correspondiente, donde, su recia y venerable ancianidad tenga el tributo de admiración y recuerdo de unas nuevas generaciones de españoles. De momento, ya lo saben todos cuantos en la portada de su casa, en la escalera, en el patio, etc. tengan uno de estos blasones nobiliarios: ninguno de ellos se puede tocar pues, junto a su catalogación, han adquirido el espaldarazo de su comunitaria pertenencia. Sólo la historia de España, ese ente gigantesco que nos vigila y cobija, puede hacer deshacer en lo que lentamente ha forjado.

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