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La taumaturgia de Monsalud

 

Están las ruinas del monasterio de Monsalud, cerca de Córcoles, a la orilla de la carretera que va de Sacedón a Alcocer. Apagados los ecos del, canto gregoriano, vacíos los pasillos y los claustros del albor perenne de los sayos, sujetas al rigor del tiempo las piedras en equilibrio de la pasada grandeza. En el siglo XII lo fundó Alfonso VIII, siendo ocupado, al parecer en un principio, por monjes de la orden de San Benito, y luego por los de San Bernardo, que ya lo ocuparon ininterrumpidamente hasta los años duros de la Desamortización.

Dejando ahora a un lado el influjo que estos religiosos tuvieron, en la defensa territorial y espiritual de este pedazo sureño de la Alcarria que es la Hoya del Infantado, en cuya cabecera asienta, vamos hoy a recordar uno de los motivos por los que este monasterio se hizo famoso en todo el territorio hispano, su Virgen de Monsalud, pequeñita y milagrosa, repartió la perdida de cuerpos y almas a lo largo de varios siglos, llegando hasta su santuario, en la capilla mayor de la gran iglesia románica del monasterio, cantidad de peregrinos en busca de la curación o en agradecimiento de haberla conseguido previamente, Pero como siempre ocurría en estos casos de milagrosas curaciones, el proceso a seguir para obtener la deseada salud era imprescindible y riguroso: con varias modalidades de procedimiento, y una buena dosis de fe por delante, favor, solicitado a la Virgen de Monsalud, era favor conseguido. De los muchos casos prodigiosos que el padre fray Bernardo de Cartes publica en su «Historia de Monsalud», editada en Alcalá en 1721, podemos sintetizar los diversos modos que el ritual taumatúrgico tenía en este Monasterio (1).

Uno de los más fáciles mecanismos de obtener el favor divino era el voto previo de peregrinación al santuario. En 1354, un vecino de Villarrobledo enfermó de «gota coral y perlesía». Hizo voto de visitar la Imagen de Nuestra Señora de Monsalud si le libraba de sus dolencias. Así ocurrió. Fué al monasterio alcarreño, y allí estuvo los 9 días «que la devoción acostumbra». Igual ocurrió con dos niños «quebrados» o herniados, cuyas madres prometieron llevarles a Monsalud si la Virgen los curaba. Así ocurrió.

Otro sistema sencillo era la simple advocación a la Virgen. La frase «Señora de Monsalud», valedme» fué remedio probado en difíciles situaciones de peligro, accidentes de la construcción y ataques de perros rabiosos. También fué sistema usado por los que vivían alejados del Convento, el de poner a la cabecera de la cama del enfermo una estampa de Nuestra Señora de Monsalud. Eso bastaba para conseguir inmediatamente la salud. Así ocurrió con Ángela Calzada, de Campo de Criptana, quien estando embarazada, «repentinamente» le asaltó un fluxo de sangre de narices, sin que Médico y Cirujano, con remedios ni experiencias pudiesen detener la evacuación peligrosa». Poner a la cabecera de la cama una estampa de la Virgen, y cortarse la hemorragia, fue todo uno Igual le ocurrió a una mujer de Roa que llevaba largos años aquejada de «recio y continuo mal de corazón». En 1679, una mujer de Alcaraz tenía ya la mortaja a la cabecera de la cama. Su padre le puso en la cabeza la estampa de Ja Virgen de Monsalud, y el peligro desapareció.

Pero éstos que eran podríamos decir, sistemas menores, quedan eclipsados por el auténtico y prestigiado sistema taumatúrgico de Monsalud, que con muchas variantes paulatinamente introducidas, fué siempre en esencia el mismo. Un ejemplo claro podemos sacarlo de lo que hicieron con un hombre de Sigüenza al que un perro rabioso le había mordido en rostro y garganta, que son los lugares que agravan en extremo el pronóstico de esta enfermedad. Le llevaron a Monsalud, y allí «el padre sacristán saludóle, ungióle con el azeyte, de las lámparas; dióle pan bendito; y quedó el punto libre».

Analicemos ahora, punto por punto, esos tres ritos que aplicados aislada o conjuntamente, eran vehículos del poder celestial. Consistía el saludo en la recitación de variadas oraciones, cuya sucesión no podía alterarse, ni alcanzaba validez si no la recitaba un religioso de la orden cisterciense, guardiana de la imagen, La cos­tumbre medieval de los saludadores continuaba aún viva en el siglo XVII, y muchas eran las personas que tenían contratados saludadores particulares,  para sus propias necesidades. Llegó en cierta ocasión a Monsalud un catalán «tocado del mal de rabia» pero se rió del sistema usado por los monjes, y sólo se acogió a las palabras de su saludador particular. Naturalmente, murió en pocas horas del terrible mal. En cierta ocasión intervino a este respecto el Tribunal de la Santa Inquisición de Cuenca, famoso por la meticulosidad de sus procedimientos, como consecuencia de haber sanado milagrosamente «toda, la familia del Cirujano de la Santa Inquisición, a causa de haber mordido y maltratado un bruto rabioso a, todos los de su casa». El padre fray Sebastián Sánchez, de Monsalud, usó del aceite y recitó las salutaciones de la Virgen, pero el piadoso Tribunal conquense, atento a cualquier grieta que pudiera abrirse en el monolítico paredón de la fe católica, hizo averiguaciones acerca del religioso alcarreño, que tuvo que demostrar cómo eran «oraciones aprobadas por la Iglesia, deque usan y han usado siempre los Monges del Monasterio» las que utilizó en el milagroso caso.  El susto, desde luego, se lo llevó bien grande. Otro religioso de Monsalud usó de estas salutaciones paria curar en Madrid a la hija de «uno, de los Médicos del primer crédito de la Corte», a quien su padre y otros doctores habían ya deshauciado. El sistema de la oración y recital milagroso fué usado, incluso, con animales enfermos, surtiendo siempre excelente resultado (2).

El elemento capital de toda esta taumaturgia, lo constituía el aceite de las lámparas que ardían delante de la imagen de Nuestra Señora de Monsalud. Fray Basilio Centenero hace su elogio y alabanza de esta manera: «cualquier mordedura de animal rabioso que se unta con este Santo azeyte, (así en hombre como en animal) aunque más morada esté, luego sana sin otro medicamento alguno. Con este divino azeyte untándole la parte del corazón, sanan del mal incurable de corazón y melancolías; y para muchas otras enfermedades es de milagroso efecto». El padre fray Luís Castellón, de Monsalud, en su viaje a Italia usó de él y constató su valor de panacea universal¡ pues veía con admiración que para todo valía: curó lepras, sanó rabiosos, cicatrizó úlceras, serenó tormentas marinas «rociando el aire con el Santo azeyte … » incluso en el monasterio de monjas bernardas de Buenafuente probó su valor de «elixir de la juventud», logrando que una de las hermanas, ya muy anciana, enferma y tullida, con sólo ungirse el óleo milagroso «se levantara de la cama, tan robusta, como si fuera moza».

El pan bendito se obtenía el día de la Anunciación, en que por privilegio del Papa se celebraba en Monsalud plenísimo Jubileo. De este pan se podía comer sólo, ó bien mojado en aceite. Con este bocado santo le sanó el juicio, a un vecino de Colmenar de Oreja, a quien un día, mientras dormía al pie de un árbol, «el aliento de su perro le privó de la razón».

Muchísimos otros ejemplos, todos ellos a cual más ilustrativo, cabría poner de la virtud  maravillosa que estas salutaciones, aceite y pan de Monsalud tenían sobre cualquier clase de enfermedades. Pues aunque a la Virgen alcarreña se la reconocía como abogada eficacísima «contra la rabia, melancolías de corazón y mal de ojo», fué probada su intención en los más variados casos de la patología humana y veterinaria. Hoy ya no quedan los monjes, no está en su trono de magnificencia la Señora de Monsalud, no se arracima la popular devoción en torno al santuario, pero quedan estas historias antiguas para el que, matando sus ratos libres, se entre tiene en recordar las pretéritas maneras de aliviar el dolor y la angustia que la vida humana lleva en su traje prendidas.

(1) ‑ También el padre Yepes, en su «Crónica de la Orden de San Benito», 1621, tomo VII, págs. 314 y 315, hace una amplia reseña de las virtudes milagrosas que en la imagen de Nra. Sra. de Monsalud se contenían. Abunda en lo que un siglo más tarde habría de decir el padre Cartes, y añade que «señaladamente hace nuestra Señora muchos milagros en los hombres y mugeres que están posseydos de los demonios, los quales en entrando en el término desde santo Mto., suelen hazer grandes extremos como quien no puede sufrirverse en tierra de la Madre de Dios». Ver también fr. Bernardo de Montalvo, «Crónica del Cister 1602, y Fr. Ángel Manrique, «Annales Cistercienses».

(2) ‑ Lo confirma el padre Yepes, op. cit., cuando dice «y no es menos virtud el efecto que el pan y la sal que se bendize en esta santa casa haze en los animales brutos, los quales comiendo algo desto, en dondequiera que estén, sanan de la enfermedad de la rabia». Señala luego la manera de, solucionar un litigio que el monasterio de Monsalud y el pueblo de Córcoles tenían acerca de la propiedad de una tierra. Llevaron a ella ganado enfermo de rabia, y como vieron que sanaba, fue señal cierta de que aquella tierra era propiedad del Monasterio, pues sólo entrando en sus posesiones curaban los animales.

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