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Milagro en los jerónimos

 

Cercano a nuestra capital, en una de las alturas que rodean a Lupiana y ponen alto muro pardogris a su valle, está desde el siglo, XIV el monasterio Jerónimo, de San Bartolomé donde unos eremitas españoles e italianos, bajo el ánimo de don Pedro Fernández Pecha fundaron el primer cenobio de la naciente orden. Las peripecias de la fundación y acrecentamiento, la tarea directriz de su instauración en la Península (de Lupiana salieron monjes a poblar Yuste, Guadalupe y El Escorial) y las obras de arte que tuvo y conserva no van a ser tocadas ahora aquí, pues más o menos ya son conocidas de todos y requerirían mucho más espacio del aquí dispuesto.

Es una ráfaga de su historia la que hoy nos llega. Un día cualquiera de la vida monástica, en el siglo XVII; por ejemplo, en un atardecer caliente y bochornoso de un día 4 agosto (1). Hace poco tiempo que se clausuró el Capítulo General de la Orden, que periódicamente se reunía entre los muros de San. Bartolomé. Es el 28 de agosto de 1630; ya se han dicho las Completas y tocan a las Ave María. La comunidad en pleno se alinea en procesión, y con velas encendidas, rezando Salmos y Alabanzas, acompañan al Viático que, por recomendación del médico del monasterio, va a darse a Melchor de Pastrana, donado que vive con los criados en edificio separado del Convento, pero dentro de sus cercas.

La tarde parecía prestarse a los milagros. Empezaron las maravillas a sucederse, cuando Melchor de Pastrana, que siempre había sido algo tartaja, se disparó a charlar con ligereza y desenvoltura. Horas más tarde, y a pesar de estar postrado en cama por “unas calenturas malignas” que se lo iban a llevar al otro mundo de un momento a otro se encontró, tan curado que el médico dijo no podía deberse aquello a causas na­turales.

Pero lo más importante del día aconteció al volver otra vez el monasterio toda Comunidad en Procesión. Un fuerte viento se levantó, una de esas ventoleras que al atardecer de los calientes días de verano  suelen templar un poco el ambiente de la meseta alcarreña. Los largos y grises ropajes de los monjes se agitaron, apagándose pronto, todas las velas, excepción hecha de la del Padre General de la Orden, por entonces fray Francisco de Cuenca. Comenzaron entonces a oírse «unas músicas suavísimas con tan excelente armonía que los puso a todos en rara admiración». No sólo los monjes, sino también los seglares y gentes del pueblo que acompañaban al cortejo, oyeron el raro fenómeno, aunque no pudieron distinguir qué tipo de canto interpretaban, ni en qué idioma lo hacían. Todos, sin embargo, juzgaron era cosa del Cielo, «lo uno por  la altura en  que se oían las voces; lo otro, por lo nuevo y raro de la armonía». Ni un momento cesó el concierto celestial, hasta que, puesto otra vez el Santísimo en el Sagrario, la calma se adueñó de la atmósfera, seguramente ya con la noche entrada y las capas bajas más niveladas en sus temperaturas, Después, todo fueron alegres comentarios, y aún doctas disquisiciones entre los habitantes de la santa casa. Este argüía citas de los Libros Sagrados, aquél recordaba una cosa parecida en otro Monasterio de la Orden… hasta el maestro de la Capilla alabó «la hermosa composición, unión y correspondencia de los Coros». Y los niños de la Hospedería, ya en las camas de su enorme dormitorio, decían contentos que hablan oído cantar a los Ángeles.

La prudencia del General de la Orden le llevó, pasados los primeros días de algarabía y pasmo, a promover una información jurídica acerca de lo acaecido, declarando todos los que como testigos hablaban y opinaban de supuestamente milagroso seceso. Hizo bien fray. Francisco, de  Cuenca, pues enseguida pidió el Cardenal don Antonio Zapata, Inquisidor General a la sazón, que las juntas calificadoras de la «Santa y General Inquisición» estudiaran con detenimiento el caso. El entredicho en que desde el siglo XV había estado la orden jerónima, ante los ojos escrutadores, y recelosos del Santo Oficio (motivos había tenido éste pata ello, pues se descubrieron muchos casos de criptojudiaismo en el seno de la orden) hizo que se llevara adelante el proceso de información y análisis, del que resultó finalmente la declaración de «hecho milagroso.

Con las espaldas salvas y el prestigio del cenobio alcarreño todavía más alto, se aprovecharon los últimos días del año para dedicarlos a fiestas pías en las que las procesiones y misas de entremezclaron con los conciertos musicales, representaciones de Autos y cantos de villancicos. Como colofón de tan venturoso suceso, mandó el General de la Orden y prior del convento de Lupiana (ambos cargos estuvieron. unidos en una sola persona desde el Capítulo que, celebró la Orden en 1415.en el monasterio de Guadalupe) que en la bóveda del Coro de la iglesia se pintaran. escenas representando el milagroso suceso.

Y nada más, que con lo dicho ya, huelgan, los, comentarios. De días así, sencillos y misteriosos a un tiempo, está tejido el inmenso tapiz de la vida monástica en nuestra provincia. Poco a poco irás leyendo, si tienes la paciencia suficiente, cosas que así, calladamente, fueron inflando un mundo y socavándole al mismo tiempo. Un mundo del que hoy sólo nos quedan, echándole buenas intenciones, al asunto, estas recónditas memorias.

(1) Nos lo refiere fray Francisco de los Santo en su “Quarta parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo”. Libro 3º, capítulo LVIII, pág. 618 y sigs.

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