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El hospital de San Mateo en Sigüenza

 

Paseando no hace mucho tiempo con mi buen amigo Antonio Sevilla por las desiertas calles de Sigüenza, ya bien pasada la media noche, vinimos a dar ante la lúgubre y destartalada masa pedregosa que ha sobrevivido del que, fué hospital de San Mateo. Un portón de renaciente aspecto, mal avistado por lo cerrado de la noche, daba entrada a lo que prometía ser bello remanente del pasado. Detrás de las lisas paredes, altas y frías, coronadas por un alero de románicos modillones a todo lo largo de la calle de la Estrella, esperaban unos cuantos siglos con su rutinaria y sin embargó interesante historia dentro. Buscábamos en aquél momento la impresión, necesitábamos de un fuerte golpe de nostalgia que nos colocara adecuadamente en el ambiente seguntino. Ese bofetón de penas estaba al otro lado de la antigua puerta de entrada, en la oculta calle del Hospital, de cuyo frontispicio se retiró un relieve gótico, en alabastro, que representando a Cristo sedente rodeado de su Madre y San Juan, bajo el cual aparecen dos ángeles sosteniendo el escudo del fundador, con leyenda explicativa y recordatoria del hecho incluida, hoy se conserva dignamente en el Museo Diocesano de Arte Antiguo.

La ruina es estrella donde el viento levanta clamores de llanto. Un claustro magnífico, completo y dignamente conservado, mantiene sus cuatro costados plenos de columnas y arcos sencillísimos y austeros, dentro del estilo del siglo XVIII en que se levantó. Su techo es el blanco cielo nublado de la noche seguntina. Su misión actual (al otro lado la moderna Escuela ‑ Hogar de la comarca) el despertar recuerdos y añoranzas. Su historia es ésta, mal hilvanada pero quizás suficiente para ti, viajero empedernido por las pardas tierras de Guadalajara, cuando pidas nombres y fechas para esas piedras grises, enhiestas, heroicas y lastimosamente cuerdas que llevan aún con orgullo el nombre del ­Hospital de San Mateo.

No fue el primer establecimiento de este tipo que tuvo Sigüenza: a fines del siglo XII fundó uno el obispo don Rodrigo, quizás el que ‑ fue conocido ‑ durante mucho tiempo con el nombre de Nuestra Señora de la Estrella. El hospital de San Mateo, éste del que recinto, claustro, capilla y bienandanzas todavía quedan, lo fundó en 1445 don Mateo Sánchez, que fué chantre de la Catedral seguntina y hombre, a lo que se ve, de buen corazón y cristianos arranques.

Quisiera advertir primeramente lo que, desde nuestra Edad Media hasta el siglo pasado, se entendió por Hospital, institución abundantosa en el país y que hasta en los más recónditos lugares de nuestra geografía provincial tuvo su cabida. No tenla él Hospital la misión que cumple hoy esta institución, pues hay que reconocer que hemos adoptado, en unión con gran parte de los países, mediterráneos y occidentales, un nombre inapropiado para los centros donde se administra la salud. Las palabras Hospital y Hospicio derivan del latín «hospitum» que significa la hospitalidad, la buena acción (obligatoria en algunos fueros medievales) de dar cobijo al transeúnte, al peregrino, al pobre. En forma de institución organizada surge a la vuelta del año 1000 con el fin de acoger bajo, un techo benigno a los huérfanos, a los desheredados, a los que padecen alguna enfermedad repudiada por la sociedad. Son, pues, estas «casas de hospitalidad», de caridad y reposo, las que van surgiendo lentamente, a lo largo de los siglos bajo‑medievales, y con el nombre de «hospitales» intentando remediar un mal casi incurable: el de la pobreza. Para nuestras actuales instituciones sanitarias hay que ir tratando de buscar una definición más acorde con sus funciones, como han hecho los alemanes con su palabra «krankenhaus» (Casa de salud).

El fundador del hospital que ahora nos ocupa, el chantre de Sigüenza don Mateo Sánchez, lo dotó con bienes de su propiedad y lo puso bajo el patronato del Deán y Cabildo catedralicios. A esta fundación se agregó, a mediados del siglo XVI, otra que hizo el Canónigo Maestro Pedro Almazán, con destino a recoger niños expósitos, y que durante algún tiempo estuvo situada en la calle Nueva, fuera de la muralla, un poco más abajo de la que fue puerta de Guadalajara.

La principal institución de caridad de Sigüenza contó desde el primer momento con la ayuda decidida de los señores de la ciudad, los omnipotentes obispos seguntinos, que dieron dinero y prerrogativas a este hospital de San Mateo. Así en 1597, don fray Lorenzo de Figueroa y Córdoba dio 3500 ducados piara que, invertidos en rentas, se dedicasen a la colocación y sostenimiento de seis camas con destino a convalecientes.

En 1649 el obispo don fray Pedro de Tapia encargó al Cabildo aprobara una donación que hacia, al Hospital, con objeto de «hacer dos cuadras (dos habitaciones) con sus camas y todo lo necesario para convalecientes», todo lo cual se haría con los réditos que importaban los seis mil ducados que donaba. Para ello dio 4000 fanegas de trigo, para que el Administrador del hospital las vendiera a 18 reales la fanega, y si por cualquier razón había de ser a menos, él daría lo que faltara hasta los ducados prometidos.

A finales del siglo XVIII, la importante actividad social del obispo don Juan Díaz de la Guerra recayó también sobre esta benéfica institución. Visitaba a me nudo el hospital, se preocupaba expresamente por los niños expósitos “cuyas lactancias pagaba él mismo”. Por entonces mandó construir en, Gárgoles de Abajo una fábrica de papel, en la que rápidamente se comenzó a producir uno muy apreciado en toda Europa. A la vez que promocionaba la industria provincial, hizo donación de la dicha fábrica, con todos sus beneficios, al Hospital de San Mateo, de Sigüenza. Esto ocurría en 1793. El año anterior habla concluido el nuevo barrio seguntino de San Roque, señorial y elegante. Con los beneficios que la venta de sus casas reportaron, mejoró las condiciones «de los expósitos, convalecientes y tiñosos» del Hospital. Varia clientela tenía, como se ve, el piadoso instituto. Llegó a contar, en su mejor época, con 25 o 30 enfermos, entre hombres y mujeres; unos 50 expósitos «en régimen de lactancia» y otros 18 a 20 críos mayores de 7 años que recibían «manutención, educación e instrucción» a cargo de los dos capellanes que el señor Díaz de la Guerra puso para estos menesteres.

Las Leyes Desamortizadoras de Mendizábal acabaron con este Hospital de una manera pasajera, pues aunque fue despojado dé todos sus bienes, las grandes salas y el recoleto claustro vio todavía durante muchos años el celo y el bienhacer de las Hermanas de la Caridad para con todos aquellos enfermos pobres que hasta su puerta llegaban. Esta comunidad tuvo aquí su asiento desde 1843 hasta la época de la Guerra Civil pasada, en que sus avatares, le trajeron al suelo casi por completo. Con su ruinosa presencia se ponía broche a varios siglos de continuada y desinteresada labor humanitaria. Ojalá pueda llegar un día en que veamos de nuevo alzada esta presencia herida del Hospital ‑de San Mateo, cumpliendo con cualquiera de lós.mil objetivos con que un edificio puede servir a la sociedad. Con esa carga de empaque y elegancia, de larga­ historia almacenada, tendría ya su éxito asegurado. Reconstruir no cuesta tanto.

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