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El Dorado de Jirueque (I)

 

Hemos pasado por Jirueque en una mañana fría y neblinosa. Las tierras de Jadraque, adentrándose con suavidad en las sierras ibéricas, lanzan su llamada agónica, su pulso débil y pajizo contra el cielo que se infla y se evade como un globo roto e inconcreto. Arriba del pueblo, hemos entrado en la iglesia. El cura decía misa, le ayudaban tres chiquillos rubios y ateridos, pedía a Dios por una larga lista de amigos muertos, con nombres de fuerte sabor campesino, Crispín, Filomena, Félix, Julián, Engracia…

Y allí lo vimos, en una capilla con dos puertas enrejadas, al lado de la Epístola. La escasa luz del día se multiplicaba en su dorado alabastro, haciéndole brillar con el pálido fragor de los siglos atesorados y engullidos. Diez minutos antes, ninguno sabíamos de su existencia. Ahora, nos era cotidiano y fiel. Le estábamos debiendo un rojo chorretón de san­gre.

La mañana de Jirueque, los verdes pastos cuajados de rocío, las disipadas lejanías malvas y grisáceas nos decían el nombre, nos contaban la historia de su silencio, nos abrían la brecha del ignorado siglo en que cuajó su idea. El alabastro, carne pura y celeste para los que pecaron, en la tierra, estaba allí, aprisionado y luminoso entre las manos levemente cruzadas sobre el pecho. Don Alonso Fernández de la Cuesta, el Dorado de Jirueque, se prestaba a la disección de nuestros ojos.

Muy pocos conocen su existencia, y muy escasa es la documentación referente a él. Orueta ni siquiera lo menciona en su clásica obra sobre la estatuaria funeraria en Castilla la Nueva (1), y don Francisco Layna Serrano se ocupó de él de una manera somera y descriptiva, aunque apuntando hipótesis respecto a su autor o autores (2). Poca luz se puede o podrá arrojar ya sobre el asunto, pues la destrucción del archivo municipal y parroquial en la guerra civil pasada nos deja en la más absoluta orfandad de datos. Describir y jugar a las posibilidades es todo lo que nos queda por hacer ¡Bueno, no! Nos queda algo más­ importante: nos queda la estatua, el mejor documento de todos, y, por tanto, el goce superior de su contemplación y la conciencia de encontrarnos entre sus poseedores.

El hecho de encontrar, en el centro de una capilla, una estatua yacente sobre sepulcro exento, con rica decoración y excelente talla, nos llevaría a pensar, de manera intuitiva, que nos encontramos ante la muerte consagrada y cincelada de un gran señor o prelado. Y nada de eso es cierto. El recostado sobre la fría losa pálida es un sacerdote, corriente y moliente, que a finales del siglo XV lo fue de las parroquias de Jirueque y de los pueblos de Cendejas de Enmedio y de la Torre. Nada sabemos de su vida o costumbres. Basándose en el apelativo de “Dorado” que para él guardan las gentes del lugar, el doctor Layna suponía que era poseedor de un gran caudal monetario el tal don Alonso Fernández. Considerándolo fríamente, nos parece un desenfado excesivo llegar a tal interpretación, siendo tan difícil, igual hoy que en el siglo XV, que un cura de aldea llegara a acumular el oro necesario como para merecer el calificativo de «Dorado». La estatua y enterramiento están hechos con un alabastro amarillento, «homogéneo y algo traslúcido, de manera que dicen los lugareños que al colocar dentro una vela, se trasparenta todo como si fuera «cuasi como de vidrio» (3). ¿Es aventurado, entonces, deducir su mote popular de «el Dorado» por su tinte crepuscular y suavísimo, que le da volumen y son de hueso tallado y redimido?

Pero dejemos éstas, que sólo son disquisiciones folclóricas, y pasemos a ver en qué consiste el mérito de la obra. Una caja sepulcral apoyada en seis cabezas de león, se cubre con tapa de pestaña voladiza y sobre ella descansa la estatua yacente del sacerdote. Las cuatro caras del enterramiento, exento, están decoradas y muestran también un gran interés.

Vamos paso a paso, y analicemos dos efigies que del Dorado aparecen en este enterramiento. (Quede lo otro para un próximo Glosario.)

En la pestaña voladiza, circundando el cuerpo, alabastrino, hay una leyenda en letras góticas, limpias y bien, legibles, que dice así: «aquí está sepultado el honrrado alonso fernández, cura que fue desta yglesia y las cendejas, el qual falesció a quinse días dell mes de octubre año de mill y quinientos y, dies años». Sobre la tapa, la primera y mejor representación del susodicho Alonso Fernández: correctamente colocada en posición de decúbito supino; la cabeza alzada apoyándose en un par de bordados almohadones; con ambas manos sujetando sobre el pecho el breviario cerrado, de prolija decoración; cubierto todo el cuerpo con la casulla de sacerdote ricamente adornada en las cenefas y en el rostro pintado, entre asceta y cruel, el rictus severo del hombre abandonando el mundo. Es esta estatua yacente una de las mejores obras de la escultura alcarreña, guardada en su cofre rústico, esperando la llegada de todas las ávidas miradas.

Don Alonso Fernández de la Cuesta aparece representado de otra manera en su propio sepulcro. Tal y como se ve en la fotografía, ocupa todo el espacio del paño delantero una sencilla figura arrodillada y orante que representa a un clérigo de rudas facciones,  amplia tonsura y largo flequillo, lisa casulla sin mangas y con amplias aberturas laterales por dónde aparecen los brazos, que se unen con dos manos grandes y toscas, en oración sencilla.

(1) Ricardo de Orueta, «La escultura funeraria en España», tomo 1, 1919.

(2) Dr. Layna Serrano, «El sepulcro de Jirueque». Boletín de la Soc. Esp. de Exc., tomo II, 1948.

(3) Layna Serrano, op. cit.

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