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San Pedro de Hontoba (I) (Historia de un redescubrimiento)

 

Vaya en primer lugar, delante de toda esta procesión (un tanto triste y aburrida para el no introducido, lo comprendo, pero sabrosa e interesante, espero yo, para los buenos catadores del arte antiguo) una explicación breve de lo que este «redescubrimiento» del subtítulo significa.

Recientemente ha aparecido, editada gracias al Patronato Provincial de Cultura, la segunda edición de una .de las mejores y más solicitadas obras del doctor Layna Serrano, «La arquitectura románica en la provincia de Guadalajara», buscada por eruditos españoles y extranjeros, que se velan en la imposibilidad de poder consultarla o aún leerla por estar agotada desde casi su misma aparición en el año 1935. El buen proceder de la Sección de Publicaciones del Patronato Provincial de Cultura, como parte del homenaje que se pensaba tributar a nuestro gran Cronista Provincial, y que, como casi siempre pasa llegó tarde, decidió lanzar una nueva edición de la obra.

Todos los buenos aficionados a la historia y al arte de nuestra provincia, nos apresuramos a conseguir un ejemplar de este libro. Muchos conocíamos ya por completo la obra, por haberla leído en alguna biblioteca. Otros la han podido leer y saborear ahora por primera vez, y se habrán convertido en entusiastas admiradores del arte románico rural en Guadalajara.

Sin embargo, y aun con ser una obra de ingente dedicación, trabajo y amor desplegados, ciertas lagunas se hacían sentir en ella. Faltaba la descripción y aún la cita de bastantes edificios religiosos de este estilo que podríamos imputar al difícil acceso que, en los años de la República, tenían bastantes de nuestros pueblos. Cuando se anunció esta segunda edición, muchos pensamos que estas lagunas serían rellenadas por el doctor Layna, que en sus continuos peregrinajes por pueblos y archivos, habría dado con los monumentos que faltaban en su primera colección. Nuestra desilusión ‑ha sido grande. Como don Francisco dice en el prólogo a esta edición, el temor suyo a que esta obra quedara «casi desconocida, sin la naturalidad y frescura de la prosa original», lo ha inducido a no añadir las fotografías y largas notas histórico – descriptivas referentes a ocho o diez templos románicos más», con lo que nos ha dejado con un buen bocado delante de la boca, y una prosa antigua a la que no lo hubiera venido nada mal algún retoque de más o menos. Una reedición, a fin de cuentas, que ha dejado en «casi perfecta» una obra que hace poco más de treinta años era perfecta.

Una de esas lagunas de la obra del doctor Layna Serrano ha sido Hontoba: la iglesia románica de San Pedro en Hontoba. Hace tiempo que conocía su existencia, pero las diarias ocupaciones me habían impedido lle­gar hasta este escondido pueblo re­costado en un vallecillo afluente del Tajuña, hasta fecha reciente en que nuestro grupo de trabajo, que forma­mos José Ramón López de los Mozos, Emilio Herranz Cercenado y yo, nos acercamos a este lugar con objeto de mirar de arriba abajo todo lo que en él hubie­ra de interés, y dar así a la luz pú­blica, noticia cumplida de sus tesoros, pequeños o grandes, eso ya es según desde la altura que se mire, pero con la conciencia tranquila de estar cumpliendo con un deber hacia nuestra provincia y nuestros paisanos.

De una mañana de abril han bro­tado estos trabajos. El de presenta­ción del pueblo; el reportaje gráfico, magnetofónico y documental de la iglesia románica de San Pedro, de sus calles, plazas y casonas, de sus costumbres, sus tradiciones, sus cán­ticos y sus leyendas; y el regusto nos­tálgico de su medieval y cristalina presencia. Hontoba redescubierta, hoy para todos vosotros.

Redescubrimiento lo llamo, y ahora se verá por qué. En las horas en que nuestro reducido grupo estuvo en Hontoba, fuimos atendidos cordialísimamente, si bien con cierto recelo al principio (dimanado, supongo yo, de alguna que otra barba larga, rostros juveniles o exceso de aparatos, cables y luminarias) por los suegros del señor alcalde, algunas ancianitas surgidas de cualquier cuento invernal, y un grupo de viejos mozos entre los que destacó con su rotundo decir Eugenio Ambite y faltó, para pesar nuestro y de todos, el Rogelio, que no pudo venir.

El tiempo que estuvimos en la iglesia tomando datos, midiendo, fotografiando y husmeando todo, se dejó sentir la presencia de don Francisco Layna. Porque no tengo la menor duda de que estuvo allí, hace pocos años, haciendo lo mismo que nosotros. Pero las buenas mujeres no supieron decirnos el nombre de ese’, señor «delgadito él, con gafas redondas, ya mayor, desde luego, bastante mayor, con dificultad al hablar, que dijo que era el Presidente de los Monumentos, y que la iglesia era de mucho valor, que era románica, muy antigua, y que venía con otros dos señores que hicieron fotos también, y también tomaron medidas, como ustedes». Don Francisco estuvo en San Pedro de Hontoba, estudió la iglesia, se maravilló de ella, seguro. Pero se murió sin publicar absolutamente nada de esto. Por eso ahora nosotros, jóvenes sin experiencia, pero con el mismo encendido afán que él puso en estas cosas, queremos dar a conocer lo que no merece permanecer por más tiempo en el olvido. Y lo hacemos con un poco de miedo, pero con alegría.

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