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El paisaje

 

Publicado en Nueva Alcarria el 22 febrero 1969

I

Tenemos un amigo que está algo olvidado, algo apartado de nuestra vida. Un amigo fiel que siempre espera nuestra llegada. Un compañero que siempre nos da la razón y nos conforta: es el paisaje. Vemos con tristeza como nuestro amigo va siendo dejado de lado, relegado a un mutismo ciclópeo y un poco hosco en su soledad. De un tiempo a esta parte, solo se ensalza al sol, la temperatura, lo artificial que el hombre pone sobre el paisaje. Se comercializa su color y su grandeza. Se le trata como oro para correr de mano en mano, como seda para ser usada, como aromático vino para ser bebido. El paisaje, se nos está convirtiendo, desgraciadamente, en un artículo más de consumo. El, que siempre ha sido tan callado y sumiso, no dice nada. Pero se sabe ofendido, degradado, y eso le hace sufrir mucho.

Entre las dos cuestiones de si es el hombre el que hace al paisaje, o es el paisaje el que hace al hombre, Ortega y Gasset se quedaba con la primera, y decía que Francia es verde porque así lo han querido los franceses, y que la aspereza de Castilla solo es debida a la aspereza de los castellanos. Largos párrafos habría que dedicar, creo yo, a debatir esta cuestión, que no está nada clara y, por supuesto, todavía sin zanjar.

Pero sí quisiera yo en es lugar, esbozar por lo menos mi modesta opinión que, de todos modos, ha de ser siempre colocada detrás de la de Ortega. El paisaje es un ser aparte en la historia de los hombres. Es un hombre más, pero distinto. Juez que tantas veces ha decidido el rumbo de batallas, musa de poetas, y padre que ha dado de comer (o, en otras ocasiones, ha dejado morir) a tanta gente.

Y, si esto es verdad en toda la redondez de la tierra, en España toma caracteres más acusados, y es aquí donde el paisaje se erige no ya en amigo, sino en hijo, en padre, en canción, en sueño, en persecución, en drama, en vida o muerte de los que habitamos este país. El paisaje español es bastante difícil de definir. Pensad en el color. El color es palabra que significa mucho y nada al, mismo tiempo. Pensad otra vez en el color. ¿Qué veis? Nada. Tal vez cierta opaca transparencia. Pero, sin embargo, el color comprende, encierra dentro de sí, todos los colores, toda la infinita variedad de los colores del Universo. Así es el paisaje español. Algo que es mucho y es nada al mismo tiempo. Ni es alto ni bajo. Ni callado ni alborotador. Ni humilde ni jactancioso. Es todo eso, pero diversa y sabiamente repartido. Es uno y muchos. Es algo que nos mira y nos encierra. Alguien que nos habla y nos sonríe. Pero, repito, es triste que todo esto comience a ser olvidado por muchos. Quisiera refrescar recuerdos y avivar emociones. Haceros sentir a, todos la presencia del paisaje, de este ser que nos encierra a todos todavía, y que algunos quieren encerar para sacarle donde o puando les convenga.

El hombre que más siente la presencia del paisaje es el campesino. El campesino pasa el día en camaradería, alegre o triste, con su paisaje. Le conoce porque pasa con él largas horas de sudor o de frío. Y ya sabéis todos que solo se ama lo que de verdad se conoce. El campesino ama el paisaje, su paisaje. Y éste le configura día a día, minuto a minuto, fundiéndose con él. Por eso, el campesino, cuando a veces nosotros, los de la ciudad, le vemos caminando con una pareja de mulas por un sendero que sube la montaña, es también paisaje. La mayoría de los campesinos no saben esto, y por eso su paisanaje es todavía más ingenuo y puro; más verdadero. De todo esto, sacamos que, cien mil paisajes distintos que hubiera en el mundo, cien mil clases de hombres y cien mil clases de espíritus alimentarían.

El hombre de la ciudad, en cambio, recibe la misma savia en cualquier parte del mundo. No quiero decir que todos los humanos que viven en grandes poblaciones tengan idéntica manera de pensar. Siempre hay una cultura sobre las espaldas de cada uno de nosotros, que modela incluso hasta las formas de andar o de mirar la Luna. ¡Claro que no son iguales un londinense y un pekinés! Pero tampoco se puede negar que hay entre ellos muchos rasgos comunes que se deben, única y exclusivamente, al hecho de vivir en grandes ciudades: el peligro de atravesar unas calle, los humos de los coches, el reflejo de los grandes anuncios luminosos, las cafeterías, el metro, los cines, y tantas cosas más que existen en todas las grandes ciudades, cualquiera que sea el lugar del Globo donde se encuentren, modelan la forma de pensar y de reaccionar de cualquiera de estos seres, acercándoles cada día más. Al fin y al cabo, la teoría no sufre en absoluto por esto. Es más: se consolida. Porque la ciudad pasa a ser un nuevo paisaje.

Un paisaje creado por el hombre. Un paisaje que, desgraciadamente, la mayoría de las veces es hosco, brutal, pendenciero y agresivo.

El paisaje, que hoy comienza de nuevo a caer en el olvido, salió a ocupar un primerísimo lugar en el mundo del arte en el siglo pasado, de mano de los románticos que hicieron de él, sobre todo del más exótico a los ojos particulares dé cada artista, un personaje auténtico.

El viejo amigo de los hombres, desde que el mundo es mundo, sufre los vaivenes de la voluble voluntad del hombre. Nosotros debemos alzar nuestra voz en su ayuda; reclamar para él una sonrisa, un pensamiento afectuoso, un emocionado recuerdo cada día cuando no nos sea posible un saludo directo, familiar y entrañable.

II

Debe el paisaje español toda su grande y corta andadura a los escritores de la generación del 98, que hicieron de él su base noble, recia y firme para su valiente afán de sacar a España del sueño fatalista en que el tratado de París la había sumido. El Guadarrama azul y la Soria cárdena de Machado. La Castilla eterna de Azorín. La tristísima Galicia de Valle‑Inclán. La umbría y varonil Vizcaya de Baroja. El Levante sensual y delicado de Miró… y tantos otros que resucitaron el nunca muerto paisaje de la vieja España.

España, como muy bien saben los turistas extranjeros que cada año nos visita, posee una inigualable variedad de paisajes. Se suele destacar ante ellos la suave amabilidad de la costa Mediterránea, que desde Algeciras a Port‑Bou, y a pesar de los múltiples matices que encierra en su recorrido, guarda para el que la visita, un murmullo dulce, una luz incomparable y un clima ideal. También solemos presumir de nuestros paisajes isleños, que a todos esperan como arrancados de un sueño, o de los verdes e ininterrumpidos montes y valles de la Costa Norte. Estos paisajes, en cuyo favor se gastan grandes cantidades de tinta tal año, son como la hermosa piel, como el bello estuche de nuestra Patria. El corazón, adentro. Palpitando. Nutriendo. Fortaleciendo. Castilla escondí mirando al cielo, pensando, divagando. El turista pasa por ella deprisa, huyéndola. A veces, si puede, la evita. Hace demasiado calor o demasiado frío. No interesa.

Pero, ¿por qué miles de extrañas razones, se han dedicado a Castilla los más encendidos versos y las más, hermosas y emocionadas palabras de todos los poetas y escritores? ¿Qué tienen esos campos pardos, infinitos, tristísimos, en los que sólo un campanario lejano les da vida y aliento? ¿Cuál es el misterio de los páramos, de los eternos caminos de las rocosas soledades castellanas? Aún no se sube. Sólo se puede afirmar una cosa: que España, para el que tiene un alma sensible, alerta, emocionada y noble, es Castilla. Solamente Castilla.

Quizás porque en su desnudez no quepa ninguna hipocresía. Por esa sensación que da de jugar limpio, a la vista de todos, sin trampa posible. Por su color de piel humana, que nos la hace más nuestra, más de nuestra raza. Porque llegamos a pensar que dentro de Castilla ha de haber un alma idéntica a la que por nuestros cuerpos corre. Cualquiera sabe, amigos. Yo creo que ésta no es cuestión de pensamiento, de matemáticas o de hipótesis. Es una cuestión de corazón adentro. Mejor es no pensar en ello, y cada día salir a ella, a hablarla, a confortarla o pedirla consejo. Son cosas éstas, que ni tienen explicación ni la necesitan.

Pero aún hay más. Dentro de esa Castilla, a caballo entre las que se han dado en llamar la Nueva y la Vieja (para mí, que las, dos son igual de viejas; pero en. fin, sigamos) se encuentra una tierra que coge la raíz y el fundamento de Castilla, pero que es, en realidad, un ser aparte, diferente y con una vida propia, dilatad, y grandiosa: ya todos sabéis que me estoy refiriendo a Guadalajara, a nuestra provincia encaramada en la Meseta, amiga, del Sol y del viento; mezcla de hombre y mujer; amasijo de trigos, jabalíes, corderos y roquedas; mora y cristiana; azul y gris; y parda, y transparente. Y mil cosas más que siempre se me olvidan cuando pienso en ella.

Sí, amigos. Guadalajara es tierra única. Su paisaje, uno y mucho al mismo, tiempo, que puede parecer más o menos hosco, más o menos embriagador, tiene al menos la valentía de no copiar a nadie: de ser él mismo, sin ayudas ni postizos.

El paisaje de Guadalajara es cada día más grande. Cada vez hay más soledad por sus montes y sus ríos; más azul en su cielo y más gris en sus sierras. El paisaje de Guadalajara se está quedando cada día más solo, más abandonado de todos. No pierde nada por eso. Al contrario: tiene más ganas de hablar cando se encuentra con alguien, porque cada vez son menos los que le dirigen la palabra. Y por eso su deber es más limpio, más claro, más transparente.

Nuestro paisaje está aún por descubrir. Cuando algún famoso hombre de letras ha dicho que Guadalajara es, si no la que más, sí una de las más hermosas regiones de España, o se le ha tachado de loco, o se le ha mirado con una sonrisa condescendiente y se le ha olvidado, o se ha creído que decía eso únicamente por llamar la atención. Nosotros sabemos que esos elogios por Guadalajara, por su paisaje y su gente, por sus lejanos pueblos y su melancolía suave, son verdaderos, y los agradecemos. Pero tampoco nos debe preocupar demasiado el que no se nos haga caso. Porque si vosotros tenéis en vuestra casa una pintura de mucho mérito y gran belleza, y decís a vuestros amigos: ‑ ¡Venid a ver la pintura que tengo en mi casa! ¡Es de mucho mérito y de gran belleza! ¡Os gustará, os lo aseguro!‑ Y ellos no vienen, ni os hacen caso (incluso hasta se ríen un poco de vosotros), ¿Os enojaréis Por ello? Estoy seguro que no. No hay que tomar disgusto de las palabras livianas, hirientes a veces, de los que sólo andan a su interés. Diríais: ‑Bueno, vosotros os lo perdéis‑. Y en vuestra casa, tranquilamente, gozaríais la emoción de contemplar vuestra valiosa y bella pintura.

Igual os digo de Guadalajara. Aquí está nuestro paisaje, grandote y buenazo, Esperando. Esperando a todos vosotros. Pocos, pero con buenas intenciones. No os defraudará, os lo aseguro.

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