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diciembre 1st, 2012:

A veces Pastrana

Ahora en estos días que preceden a San Andrés, cuando se preparan las gentes para que las nieves les lleguen a los pies, cuando las noches se vuelven heladoras, y son largas, y hondas, e impenetrables; ahora cuando parecen estrecharse los cielos y abrirse a la mañana el hondo valle que sin fin se abriga en la niebla, dan ganas de pensar en estos pueblos de la Alcarria que nunca dicen nada. Como Pastrana, como Valdeconcha, como Tendilla, como Hueva…

En los pueblos que tuvo la Alcarria un día con vida y sonrisas, hoy parece no escucharse apenas otro clamor que la bocina del panadero cuando llega, de mañana, a traer lo imprescindible. En muchos sitios ya no hay ni tiendas. Ya no hay médicos en ellos; los secretarios llegan, en algunos casos, una vez cada quince días; la gasolina anda en gasolineras lejanas, y cualquier cosa que se necesite (un cuaderno, una bufanda, una boina, o un lapicero… por decir las cosas que ocupan un puesto seguro en nuestra vida) hay que ir a buscarlas a la ciudad, a un centro comercial, más allá de todo. O yo no entiendo lo que pasa, o esto es ir a peor, al menos en la tierra de Alcarria, donde es lógico que nadie ponga su esperanza de vida.

He viajado estos años pasados por los caminos amables de esta tierra. He llegado a pueblos donde siempre había alguien conocido. Uno era popular –que no famoso- y por escribir en los papeles, o por estar siempre pendiente en el Hospital de lo que les pasaba a estas gentes, alguien identificaba al autor de estas líneas. Nos estrechábamos la mano, nos animábamos mutuamente. Pero esto va decayendo, no sé muy bien por parte de quien, pero se está apagando. Porque cuando voy a los pueblos están más vacíos (hago excepción de los puentes, del cogollo del verano, y de esas fechas en que se recuerda a los muertos y se va, haga el tiempo que haga, a poner unas flores encima de la sepultura de los padres) están más silenciosos, aunque se llega mejor a ellos. Por eso siempre pensé que las carreteras arregladas servían más bien para que la gente se fuera. Qué cruel, qué injusto soy al pensar esto. Debería callarme.

Pueblos con apellidos

Pero los pueblos de la Alcarria tienen un valor que no perderán nunca. Es el de su tradición, el de su sencilla historia, el del recuerdo de las gentes famosas que los incluyeron en sus biografías. De Valdeconcha, que está en lo hondo del valle del Arlés, era Antonio Pérez, el secretario del rey Felipe. O su familia. Bueno, que allí que ahora solo se escucha, y poco, el agua de la fuente que nos recibe al llegar, o el viento que le rasca las esquinas al templo en lo alto, se tiene siempre el recuerdo de que allí tenía Antonio Pérez casa, tierra, presencias de ir y venir siempre con prisas.

De Hueva era un músico solemne, que dos siglos después de su nacimiento dio motivos para hacer fiestas, conciertos, libros y jornadas culturales. De allí era natural don Melchor López Ximénez, que alcanzó a ser maestro mayor de la capilla musical de la catedral de Santiago de Compostela. Por él se recuerda ahora a Hueva, más que por su picota, su ayuntamiento clásico, sus calles empinadas.

En Tendilla surgen recuerdos siempre de don Pío Baroja, aquel escritor, oscuro y con boina, triste siempre porque se conocía al dedillo la historia de su tiempo, del que Ernest Hemingway dijo, en su entierro, que con gusto daría su título de Premio Nóbel por llegar a escribir como lo hacía don Pío. No se le perdonó al vasco que ejerció de médico en Cestona que se quedara en la España de Franco. Y eso que no creía en Dios, que no iba a misa y parodiaba a los curas. Don Pío y su hermano compraron unos olivares en las cuestas de Tendilla, y se hicieron una casa en el pueblo alcarreño. Iban muy de cuando en cuando por allí. A don Pío le gustaba saberse en tierras del Empecinado, en tierras donde las piedras parían guerrilleros. (más…)