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Ciencia antigua en la Universidad de Alcalá

Desde hace unos años, por una u otra causa, estamos asistiendo a las conmemoraciones del Quinto Centenario de algún hecho histórico relacionado con la Universidad de Alcalá: su fundación por el arzobispo toledano Francisco de Cisneros, la erección de sus edificios, la primera clase en ella impartida, la promulgación de sus constituciones, etc, etc.

Por todos es reconocido el hecho de que Alcalá, la Universidad cisneriana del valle del Henares, fue junto a Salamanca, Valladolid y Valencia, una de las llamadas Universidades Mayores de la España del siglo XVI, y un auténtico semillero de famosos maestros de la ciencia médica.

Ya el inolvidable don Luis Alonso Muñoyerro, obispo de Sigüenza y emérito alcarreño (trillano, por más señas) en 1943 dejó patente tal aserto, cuando vio publicado su extraordinario estudio titulado La Facultad de Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares. Y otros estudios posteriores, especialmente de Casado Arbonies y Gil Blanco, han seguido profundizando en los avatares de profesores y estudiantes de aquella Facultad que tantas figuras de relieve dio a lo largo de los siglos.

En estos días en que, por los avatares del tiempo que pasa sin descanso, me tengo que retirar como profesor de esa Facultad de Medicina, en la que he impartido clases durante los 34 años que lleva viva la renacida Universidad de Alcalá, saco a luz a estas figuras que nos precedieron y marcaron el camino.

 Ilustres médicos alcarreños del Siglo de Oro

El interés que para los alcarreños puede concitar la memoria de aquellos nombres y aquellas aulas, es el de ver juntos, en piña unánime y brillante, a tantos alcarreños que destacaron en el arte médico de esa época. No pretendo aquí otra novedad que recordar algunos nombres que, surgidos de Guadalajara ciudad y de sus pueblos, elevaron la ciencia española con su dedicación y su inteligencia.

Durante los 132 años que estuvo abierta y funcionando la Facultad de Medicina complutense, desde el día de Santa Ana (26 de julio) de 1508, hasta el curso de 1640-41, alcanzaron en ella el título de Bachiller 1.524 individuos, y de ellos 261 culminaron su carrera con el título de doctor. Entre todos ellos, algunos destacaron como médicos prácticos en diversos lugares, cortes y cabildos. Otros, se dedicaron a la enseñanza en esta Universidad alcalaína, o en otras de Castilla. Y muchos de ellos escribieron libros que luego vieron publicados, en los que pusieron sus saberes, sus descubrimientos y aportaciones terapéuticas. Un crecimiento ininterrumpido de más de un siglo, que con toda justicia podemos llamar de oro, en esto de la Medicina.

Aunque con ciertas reservas, a Antonio de Cartagena se le cataloga como natural de Sigüenza: estudió en Alcalá, alcanzó el primer título de doctor que dio esta Universidad, y llegó a ser Catedrático en ella, de Prima, entre 1510 y 1533. Además fue decano y ganó gran reputación por su erudición, siendo llamado por el Emperador Carlos I para cuidar de la salud de los rehenes que dejó Francisco I de Francia, sus propios hijos, en la fortaleza de Berlanga de Duero. Allí decidió escribir un gran Tratado teórico y práctico de la Medicina, para ponerla al día, toda entera, con su saber, pero la llegada de un epidemia de peste truncó sus planes, de tal modo que a lo que se dedicó con ahínco fue a investigar sobre ella, escribiendo finalmente su Liber de Peste… añadido del estudio del aojamiento, que entonces se consideraban afecciones médicas y paralelas. Terminó de catedrático en Salamanca, donde murió en 1560.

Esta figura, poco conocida, es solo el preámbulo de otras muchas que dieron gloria a Alcalá, a su Universidad, y a la tierra alcarreña en que nacieran. Así es de recordar la de Cristóbal de Vega, que vino al mundo en 1510 en la villa de Peñalver, se doctoró en Medicina en 1533, y alcanzando una cátedra de Medicina en 1545. Pasó luego con el mismo título a la máxima altura de la ciencia universitaria, a catedrático de Salamanca, y dejando a lo largo de su vida un largo acervo de publicaciones e investigaciones, que le llevaron a ser famoso y requerido. Tanto, que algunos de sus libros fueron editados primeramente en Europa, concretamente en Lyon, antes que en España. Los Comentarios a los libros de Aforismos de Hipocrates, los Comentarios de Orina y el De Medendi Methodo en el que hace una revisión de los aspectos más candentes del arte médico. Finalmente, tras su muerte, toda Europa (la científica, que era a finales del siglo XVI numerosa y extensa) corrió a leer la Opera Omnia del alcarreño Cristóbal de Vega, publicada en Lyon en 1576 y en varias ediciones posteriores.

Entre estas figuras señeras de la Guadalajara clásica, destacamos el paso por Alcalá de Francisco Pérez Cascales, que al parecer nació en la pequeña aldea de Bujes, muy cercana a Meco, y hoy desaparecida del mapa. El se titulaba hijo de Guadalajara, y tras estudiar en Alcalá, y doctorarse en 1580, fue a ejercer en la villa de Yepes, alcanzando luego en 1607 el puesto de catedrático de Prima en la Universidad de Sigüenza, médico del Cabildo (lo cual suponía prestigio y ducados) y Alcalde Mayor de la ciudad. Todo un personaje que, además, ha pasado a la historia como el primer descriptor de muchas de las enfermedades de la infancia, de modo tal que los pediatras españoles le tienen por su profeta, y el Liber de affectionibus puerorum por el primer escrito en que se describen con claridad y lógica afecciones del tipo de la epilepsia, la difteria (o garrotillo como hasta hace muy poco se ha llamado), el intertrigo, lo sabañones, el sarampión y las viruelas.

Pero no podemos olvidar, aunque sea en breve referencia de nombres y fechas, a muchos otros autores nacidos en nuestra provincia y creadores de esa impresionante escuela médica de la Alcalá del Siglo de Oro: José de Villarreal, de Pastrana, quien además de médico de cámara de Carlos II fue poeta de altura. Juan Gutiérrez de Solórzano, de Cifuentes, licenciado en Alcalá en 1592, médico en sus años fructíferos de la Reina y de la Inquisición, y muy amigo de Calderón de la Barca, quien le nombra en alguna de sus obras, y se le recuerda por haber escrito algunos comentarios sobre las propiedades del tabaco.

El segundo catedrático de medicina que hubo en la Universidad de Alcalá fue el llamado maestro Bernardino quien había nacido en el pueblecito serrano de Miedes de Atienza, y que además de escribir un curioso opúsculo que tituló Manual instrumento de salud contra el morbo articular que llaman gota, todavía a finales del siglo XV, fue luego médico personal del condestable de Castilla, don Bernardino Fernández de Velasco.

Al servicio médico de los Mendoza estuvo otro ilustre médico salido de las aulas alcalaínas: don Antonio Alvarez del Corral, quien antes fue médico en lugares de densa habitación como Santorcaz, Illescas y Añover de Tajo. Un Hipócrates vindicado y diversas reflexiones sobre los aforismos del médico de Cos son la única huella impresa que nos ha quedado de lo que indudablemente fue un saber granado y útil: el quinto duque del Infantado no quería ir a ninguna parte sin llevar a su doctor Alvarez al lado.

Y en fin, y por no cansar, recordar aún nombres como los de Luis de Lucena, el yunquerano Antonio de Aguilera, el arriacense Gregorio Lillo Hidalgo del Hierro, o el cifontino Juan de Salazar. Todos ellos, además de esos nombres que tallados en bronce debieran aparecer a las puertas de la Universidad Complutense como son los de Huarte de San Juan, Francisco Vallés el Divino, Andrés Laguna o Francisco Díaz, han venido a mi memoria en esta ocasión en que me ha parecido adecuado traer a la actualidad aquellas viejas personalidades llenas de ciencia, de bondad y humanismo.

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