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Una vieja botica de Sigüenza

 En estos días de antesala de las fiestas en Sigüenza, se ha presentado una obra que trae y refresca la memoria de sus viejos tiempos, que fueron siempre tan lucidos y densos. Se trata de un libro que firma el doctor Javier Sanz Serrulla, y que trata de una institución que ya casi nadie recuerda, pero que dió aires de ciudad a esta que realmente lo viene siendo desde tiempo de los romanos, incluso antes.

La institución es la botica que tenía aneja el Hospital de San Mateo, también desaparecido en sus funciones, aunque hoy ejerciendo de apoyo a los enfermos y ancianos como Residencia de la Tercera Edad con ese título. Allí, en la calle de la Estrella, andaba esa botica a la que las gentes de Sigüenza y de toda la comarca, acudía a por sus pócimas milagrosas o casi.

 Entre albarelos y matraces

 La botica de Sigüenza surgió como un complemento al Hospital de San Mateo, que es fundación del siglo XV, exactamente de 1445, y que lo hizo posible un clérigo de la tierra, don Mateo Sánchez. A la botica de Sigüenza se la llevaron por delante las bombas de la Guerra Civil, en 1937, y desde entonces el edificio en su conjunto pasó largas décadas en la más lamentable ruina, con el claustro, las dependencias y viejos departamentos por los suelos. Finalmente se reedificó y destinó, por parte de la Diócesis y Cabildo, a Residencia de la Tercera Edad con el mismo título que los siglos la pusieron de Hospital de San Mateo.

La Botica la fundo un canónigo, dos siglos después. Se llamaba Mateo Sánchez Bravo, y fue un alto cargo del cabildo catedralicio seguntino. Natural de Martín Muñoz, en Avila, donde había nacido en 1604, aquí fue asesor además del Santo Oficio de la Inquisición, además de provisor y Visitador del Obispado. Un hombre de inspecciones, a lo que se ve.

Una vez creada, financiada y mantenida por el Cabildo de la Catedral, la dirección técnica la llevaron a lo largo de varios siglos los boticarios, personas de rango científico, que a veces surgían desde el cargo anterior de mancebo. El libro de Javier Sanz nos da la referencia completa, minuciosa, jugosa como todas las noticias de la obra, de cuantos boticarios tuvo esta institución.

Y así encontramos que el primero de ellos fue Dionisio de Loarca, clérigo presbítero científico e hijo de boticario. Que ejerció el cargo desde mediado el siglo XVII, sucediéndole a su muerte Juan Vallejo y Blas del Castillo, este último aprendiz del anterior, quien conseguiría el puesto no solo por ello, sino quizás por los buenos oficios que desplegaría su hermano, Juan del Castillo, a la sazón cirujano del Cabildo, muy querido de los canónigos. Al siglo siguiente aparecen tres nuevos profesionales que llenan con su larga actividad la centuria entera. Ese siglo XVIII se llena con Manuel López, durante los primeros 40 años del siglo XVIII, y García Linares los siguientes 30 años, hasta 1774, quien seguido de Rafael de Zubiaur se alcanza el final del siglo. El convulso XIX se llena con Andrés de Aguas y Pedro González Robles, seguidos por Juan de Dios Olivares y finalmente con el último de la serie, don Vicente Rodríguez Blanco, quien en 1860 ve cómo las normas del Estado impiden a las boticas de Hospitales vender medicamentos a la gente de la calle, con lo cual, y tras diversas peripecias legales, el Cabildo se conforma con acatar esa orden, y dejar de producir medicinas y de venderlas.

Nombres sonoros de la vieja farmacopea

En la calle de la Estrella, muy cerca de la catedral, el viejo Hospital de San Mateo tenía abierta su botica a la calle, de tal modo que las gentes de la ciudad y comarca se dirigían a ella para comprar esos remedios en los que unos (los boticarios y médicos) y otros (los pacientes y el pueblo) creían. Que ya hace falta Fe en cantidades industriales para pensar que el asfalto destilado o las cabezas de víbora curan algo… En unas amplias dependencias de la planta baja estaba esa farmacia de la que don F. Javier Puerto Sarmiento, director del actual Museo de la Farmacia Hispana, en su prólogo al libro, nos dice que “nos proporciona datos interesantísimos sobre la vida cotidiana de quienes poco tenían –pobres y huérfanos- y, sobre todo, noticia de la botica, los boticarios y los mancebos de una botica fantasmagórica, en su decoración sucinta y poco valiosa, en sus contenidos en fármacos y utensilios, abundantes y variados, jardín botánico y huerta propia, y en su desaparición cuando estaba a punto de ser salvada para la posteridad.

Nos cuenta Javier Sanz cómo se fabricaban las medicinas de San Mateo: El ejemplo más evidente es el que nos deja el boticario Juan Vallejo, quien refiere que acabando el mes de marzo o empezando el de abril, solicitaba licencia al Cabildo por dos o tres meses pues ese era el tiempo de las flores y aprovechaba para fabricar los medicamentos de composición vegetal que después almacenaría para dispensar durante el resto del año. En estas tierras siempre frías la botica debió de contar con una huerta donde cultivar las plantas necesarias. Existe la noticia fiel de que, al menos en octubre de 1696, el hospital tenía a su servicio una huerta donde crecían las plantas que usaba el boticario para fabricar sus mejunges.

Que se exponían luego en los estantes y vitrinas de la oficina. Allí había (y existieron todos hasta el año 1937) cantidad de albarelos, matraces, pesas, y un sin fin de elementos con los que preparar, pesar y conservar los medicamentos, Sanz Serrulla expone en la parte final de su estudio un listado, que es largo pero emocionante, de los elementos que contenían los albarelos de Talavera, todos en tonos azules, y tapados con pergaminos para que no perdieran su esencia. Había allí (y solo copio los dos primeros items de un largo listado de escalofrío y asombro) Belemnites, más de 20 kilos en un cajón, por lo que es fácil colegir que debía ser muy usado, al haber tanto. La teoría es que se tomaba para “quebrar” las piedras de la vejiga de orina y arrojarlas por la uretra. Había también Cabezas de víbora, metidas en un bote de porcelana, y que también debía ser muy usado ya que algunas gentes se dedicaban a la caza de este reptil para venderlo después a las boticas. Se indicaba para las Fiebres malignas e intermitentes, viruela, peste, y purificación de la sangre.

Había también minerales, y de ellos tomo alguno, el primero de la lista, como referencia asombrosa de los materiales que usaba la farmacopea antigua. Dice así Javier Sanz del Asfalto: “El de esta botica es un gran trozo contenido en un bote de Talavera. Tiene señales de haber sido raspado; lo usaban en la tisis pulmonar echando 5 ó 6 gotas en una cuchara que tenía miel o azúcar; estas gotas procedían de la destilación del asfalto, sal, mercurio y arena. A mediados del siglo XVII esta enfermedad hacía estragos en la juventud, y el “aceite de asfalto”, como llamaban a este líquido de destilación, llenaba la indicación antituberculosa”.

La evolución final de esta botica seguntina fue desgraciada. Porque abandonada ya desde 1860, con el Hospital anejo hundiéndose, lo lógico es que hubiera desaparecido todo comido por el tiempo, los bichos y el olvido. Y no fue así. Se mantuvo entera: el local espléndido, abierto, sus armarios y estantes llenos de albarelos, cajones y frascas, con sus rótulos, sus viejas hierbas dentro, sus pesas antiguas, sus matraces, todo estaba hasta que en 1935 el Cabildo decidió, a instancias de dos estudiosos de la historia de la Farmacia, donar todo el conjunto para que se trasladara a Madrid y fuera expuesto en el Museo de la Farmacia Española, que entonces se estaba montando. Blanco Juste y Mas Guindal hicieron el estudio e inventario meticuloso de la farmacia seguntina, publicando sus datos en “El monitor de la Farmacia y la Terapéutica” en 1932. Casi todos los materiales montados ya y preparados para el traslado, surgió cierta batalla sobre la ciudad de Sigüenza en el contexto de la Guerra Civil española. Y sobre ella, en esos momentos, cayeron varias bombas, dejando todo, local y contenido, reducido a cenizas. Así han acabado en España muchas cosas. Siglos de gloria y, en un momento, una bomba encima. Todo se acabó, como un sueño.

Un libro que lo cuenta todo

 La presentación, corrió a cargo del propio autor del libro, Javier Sanz Serrulla, y de Carlos Baltés, y su contenido está encerrado en 110 páginas de limpia letra y abundantes ilustraciones, dentro de la colección “Scripta Academiae” (Estudios Universitarios) nº 28 de la editorial alcarreña AACHE, en la que se incluyen otros temas de interés científicos e histórico. El prólogo corre a cargo de Francisco J. Puerto Sarmiento, director del Museo de la Farmacia Hispana.

El bien ganado prestigio del doctor Sanz, (que precisamente ha firmado este año el cartel de Fiestas de Sigüenza, uno de los más bonitos de su historia) avala esta obra, de fácil lectura y claridad expositiva, y la pone en la repisa de los libros fundamentales, vivos y eternos, que retratan a pinceladas la historia de la Ciudad Mitrada.

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