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Guadalajara cumple 550 años

El pasado jueves 9 de diciembre se abrió la exposición que ha de ofrecer un centenar de imágenes y muestra de la historia de Guadalajara hasta el 16 de enero. Es una ocasión única para aprender nuevas cosas de la evolución de nuestra ciudad durante los últimos 550 años, que son los que este año que ya termina ha cumplido con su título de ciudad. Una ocasión que ha sido bien aprovechada, bien pensada y bien conducida por el Ayuntamiento capitalino, y que ahora culmina con esta muestra seria, digna y atrayente, que todos los guadalajareños deberían visitar. 

El paje de Sanchez de Hoznayo, figura de la escultura tardogótica alcarreña, del taller de Sebastian de Almonacid a finales del siglo XV.

 

En las salas bajas del palacio del Infantado, las que en la segunda mitad del siglo XVI don Iñigo López de Mendoza encargó que decorara con manieristas pinturas el florentino Rómulo Cincinato, se muestra ahora una colección espléndida de piezas que una a una dicen poco, pero en conjunto son como el embrión de una epopeya, el pistoletazo de salida de un futuro Museo de la Ciudad, al que ya le va tocando vivir, aunque su parto sea tan lento. 

Esta muestra, que ha comisariado Pedro Pradillo y Esteban, y que ha tenido el acierto de pensar y sufragar la Concejalía de Cultura y el Patronato Municipal de la Ídem, está meticulosamente pensada, y su visión nos despierta recuerdos y apadrina saberes de la historia ciudadana. Tantas veces pidiendo que se refuercen las raíces del conocimiento de nuestra comunidad, no puedo por menos que aplaudir esta iniciativa, que viene a hacer esto: a decirnos a todos los guadalajareños que esta ciudad fue viva, latió y sonrió durante cinco siglos y medio (algunos más, desde luego, antes de esa fecha de 1460) y que ahora se ofrece en piezas vivas, en cien elementos que dan razón cierta de su existencia: documentos, grabados, retratos, maquetas y viejos trozos de cerámica. Todo conjuntado, explicado y armónicamente dispuesto para que sea entendido. 

 Retratos 

 La gente que hubo vida en siglos pasados, hizo algo, mucho, por la ciudad. Desde los anónimos habitantes, gentes de gremios diversos, escritores, clérigos y soldados, hasta los Mendoza capitanes y el Cardenal orgulloso, los reyes de Madrid, y algunos buhoneros frente al palacio del Infantado. Todos ellos están recogidos ahora en esta muestra que rememora los “550 Años de Historia de Guadalajara”

Hay además algunas tallas, que sin ser de primera fila, hablan de modos clásicos de contemplar la religión corporeizada. Así surge una cabeza de Dolorosa, del círculo de José de Mora, que se guarda en el Ayuntamiento recuperada de la capilla del Cementerio Municipal. O la curiosa talla de un Niño Jesús salvador del mundo, desnudo, que se conserva también en las dependencias municipales. 

De cuadros hay diversos, como el que representa al Cardenal Pedro González de Mendoza, hecho a mediados del pasado siglo y que luce habitualmente en el despacho de la Alcaldía. Otros retratos de reyes son los que oficialmente colgaron en dependencias municipales cada vez que un nuevo monarca accedía al trono. Está Felipe V, el primer Borbón, del taller de Van Loo; Carlos III, de autor anónimo; y Fernando VII, de Carlos Blanco. Más algunas esposas de reyes, y poco más. La sociedad civil ha sido remisa a “salir en la foto” de los fastos ciudadanos. 

 Maquetas 

Las reproducciones a escala de ciudades, edificios y objetos es uno de los elementos que mejor aclaran lo que se intenta explicar cuando de ciudades, entornos y monumentos hablamos. En esta exposición, son de ver algunas: ya hecha desde 1991, la maqueta de la ciudad en ese año es una visión muy amplia de cómo era nuestra Guadalajara va ya para 20 años. Otra muy simpática es la reconstrucción de una Plaza Mayor clásica que nos retrotrae a los años de la infancia. Se añade una estupenda reproducción del edificio de la Academia de Ingenieros Militares, y un par de reproducciones a escala 1:10 de sendos aviones que fueron por primera vez utilizados, a principios del pasado siglo, en la Guadalajara que vio nacer la Aerostación Española. 

 Restos Arqueológicos 

 Con motivo de la realización de aparcamientos subterráneos, han ido saliendo a la luz algunas piezas, estructuras y memorias que se mantenían cubiertas por el manto lerdo de la ciudad. Otra muchas seguirán estando ahí debajo, pero las que han aparecido en la recientes excavaciones del Alcázar Real, y de la plaza mayor, nos proporcionan imágenes muy curiosas, como juguetes islámicos, y cacharros (seguro que hechos en el barrio de San Julián, en las antiguas “cacharrerías” guadalajareñas) decorados con elegancia, en los que se comieron quien sabe cuando y quien sabe quien, los duelos y quebrantos que tanto gustaban hace siglos. 

Documentos 

En este tipo de exposiciones no suelen faltar los documentos, que son como notarios simpáticos, locuaces, de fastos antiguos. Así se abre ante la mirada curiosa del visitante el libro del Concejo donde figura la copia de la Real Provisión de Enrique IV dada en 1460 nombrando Ciudad a la hasta entonces villa de Guadalajara. Otros viejos libros, inmaculados y elegantes, de Actas Concejiles, cuentas de propios, y certificaciones de negocios nos hablan de costumbres veteranas. 

Pero son siempre los planos, los mapas, los dibujos y las imágenes gráficas las que más llaman la atención. Porque siempre es la imagen la que mejor fragua el mensaje de la memoria. Y así destacaría dos elementos fundamentales, que invito a ser meticulosamente observados por los visitantes de esta exposición. Uno es el dibujo que a mediados del siglo XVI hizo Pier María Baldi de la ciudad que habitamos, cuando acompañando al gran duque de Toscana, Cosme de Médicis pasó por ella mirando su perfil con detenimiento. Otro, el mejor, reproducido a tamaño gigantesco en esta muestra, es el dibujo que Antón van den Wyngaerde hizo en 1565 y hoy se conserva en la Biblioteca Nacional de Viena. En ese dibujo aparecen las torres de las iglesias y conventos, los palacios, las murallas, los puentes, la horca y el Calvario, los caminos y cuestas… una imagen vale más que mil palabras. De todo el conjunto yo invito a que el espectador se fije en esa zona que el pintor flamenco retrata con detalle en torno al Torreón del Alamín (al que denomina “el postigo”) los numerosos torreones y lienzos que en esa zona existían perfectos, y el convento de San Francisco en lo alto de la loma, supervisando la ciudad desde su extremo oriental. 

Un Museo cada vez más cercano  

 Sin duda que esta muestra se perfila como el embrión del futuro Museo de la Ciudad. Un Museo que ya debería estar hecho, porque ha figurado en los programas electorales de los partidos que se han alternado en la alcaldía en los últimos decenios, y que no termina de hacerse nunca. ¿Es que no hay suficientes piezas? ¿No hay suficiente información? ¿No se le ha encontrado sitio? Por lo que pueda valer una opinión de a pie: el mejor sitio para ubicar el Museo de la Ciudad es sin duda el antiguo Convento de San Francisco. Es grande, amplio de naves y luminoso de claustros. Está muy bien situado, porque San Francisco sobre Bejanque es hoy, ya, un lugar muy céntrico. Está vacío, sin uso actual y sin uso previsto. El entorno de San Francisco, con su parque residencial acabado y a punto de transformarse en un barrio vivo y boyante, es el lugar perfecto para colocar el Museo de la Ciudad al que le daremos, -hay que ser generosos-, otros cuatro años de plazo. Pero no más. Material, -se ha visto en esta exposición- hay de sobra.

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