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diciembre, 2010:

La boda de Felipe II en Guadalajara – 1560

Se ha cumplido este año que hoy acaba, otro aniversario de postín en los anales de la historia de la ciudad. Este ha tenido menos relumbrón que el de los 550 Años del Título de ciudad. Tan sólo el grupo “Gentes de Guadalajara” lo recordó el pasado mes de Noviembre, insertando su representación, un tanto volandera, entre la del Tenorio Mendocino que traía la noche de difuntos.

La boda de Felipe II e Isabel de Valois en el palacio del Infantado de Guadalajara. Así se muestra en cerámica en la Plaza de España de Sevilla

El rey más poderoso que ha tenido España, Felipe II de Habsburgo, casó cuatro veces. Al parecer con muchachas de frágil salud que no llegaron a ser comprendidas en sus afecciones por los grupos de médicos cortesanos a los que llamaban cada vez que se mareaban. Todas fueron muriendo de jóvenes, dejando en la boca del monarca un amargor progresivo, porque lo que tenía de grande en dominios (en su Imperio, ya lo sabemos todos, “no se ponía el Sol”) lo tenía de pequeño y triste en su vida personal y familiar.

La tercera boda del rey Felipe, con la hija de los reyes de Francia, Isabel de Valois, se desarrolló en Guadalajara, durante unas memorables jornadas que ocuparon los primeros días del mes de febrero de 1560, en torno a la Candelaria y San Blas. Parece que hubo suerte y no nevó, ni tampoco hizo un frío ruin. Se conoce que todavía había invierno para rato.

De resultas de la Paz de Cateau-Cambresis, entre los reinos de España y Francia (que tantas guerras habían ocasionado en la primera mitad del siglo XVI) se acordó sellar esa amistad con la boda del rey español, a la sazón viudo, con la hija del rey Enrique II de Francia. Él era un mocetón ya maduro, cargado de experiencia y de problemas, pero deslumbrante “emperador del mundo”. Tenía a la sazón 32 años. Ella era una jovencísima princesa que aún andaba jugando con muñecas, con tan sólo 15 de su edad. La boda se celebró en París, “por poderes”, pues el rey no pudo viajar a ello. Le representó y tomó posesión (totalmente simbólica) del tálamo nupcial, el gran duque de Alba, su más fiel apoyo.

En las fiestas que siguieron, en París, el padre de la novia, Enrique II, recibió en un torneo elegante un golpe sobre el ojo de una astilla desprendida de la lanza del contrincante. Todo se complicó, nada se pudo hacer por él, aunque fueron llamados a toda prisa los mejores médicos de Europa, pero a los 7 días el rey galo murió.

Poco después se preparó toda la comitiva para hacer el viaje a España. Se decidió que la boda real se celebraría en Guadalajara, en el palacio de los duques del Infantado, siendo estos los que se encargarían de viajar hasta la frontera con Francia para allí recoger a la joven novia y conducirla hasta Guadalajara. Rodeada de sus parientes, de su madre Catalina de Médicis, de sus hermanos y amigas, llegaron a Roncesvalles, tras subir el puerto desde Saint Jean du Pied de Port, un gélido día de Reyes, el 6 de enero de 1560. Tanto nevó y tanto frío hizo que la comitiva prefirió aguardar a que mejorara el tiempo alojados en el monasterio de Roncesvalles. No se aburrieron allí las delegaciones, tanto la de la casa de Valois, como los Mendoza castellanos: hubo bien que cenar y muy buenos vinos y muy buen entretenimyento de música y conversacion a la española y a la francesa y paresció que quedaron todos muy contentos de unos y otros.

Después salieron en dirección a Guadalajara, donde llegaron el 28 de enero. El recibimiento de la ciudad a la princesa de Francia y futura reina de España fue apoteósico. Diversos cronistas cuentan y no acaban de todo lo que aquellos días se hizo en nuestra ciudad. Como ejemplo valga decir que se montó (llevaban tiempo atrás preparándolo todo) un bosque artificial en lo alto del Amparo, junto a la ermita de la Virgen, más o menos donde hoy está el parque San Juan Bosco. Se alzaron también tres arcos triunfales en arquitectura perecedera, con cartones y duros materiales: uno se puso donde la puerta del Mercado (el inicio de la calle mayor desde Santo Domingo), otro en la plaza mayor, y otro al llegar al palacio de los duques.

La comitiva fue lucidísima, y cuentan que todavía estaba saliendo gente desde la ermita del Amparo, cuando la cabeza de la procesión ya estaba entrando en el palacio. Al entrar realmente a la ciudad, en la puerta del Mercado “avia un arco trinphal grandissimo y curiosissimo lleno de versos y geroglificos ingeniosos; alli cerca del arco estava el ayuntamiento, el corre­xidor y rrexidores con un rrico palio de brocado con dieciocho varas, los rrexidores con rropilla y calzas y çapatos de terçiopelo blanco guarneçidas de gandujados, pestañas y cadenillas, los ropones de ter­çiopelo carmesi forrados de felpa parda y guarnición de pasamaneria de oro, gorras de terçiopelo negro con trenzas vordadas de oro y pluma blanca; a los maçeros, Reyes de armas y ofiziales publicos, vistió la çiudad de amarillo y pardo y los Ropones de terçiopelo carmesí”. No es difícil imaginar el momento, lucido y colorista, animado y despreocupado. Un día feliz para Guadalajara.

El Concejo entero, sus oficiales, y las gentes del duque, con don Diego Hurtado de Mendoza a la cabeza, llevaban rodeada a la princesa, vestida con uno de aquellos trajes de inusitada riqueza y hermosura a la que tan acostumbrada tuvo que hacerse. Trajes de reina en el siglo XVI, de muchos kilos de peso por la cantidad de joyas que le cuajaban.

El cabildo de clérigos la recibió a la altura de la calle mayor baja, y la hizo entrar en la iglesia de San Andrés, donde se celebró una ceremonia religiosa. Al llegar al palacio, el rey miró tras unas cortinas a la novia, a la que solo conocía de retratos. Y dicen que quedó entusiasmado, y enamorado de ella. Pero solo pudieron saludarse personalmente en el inicio de la propia ceremonia de enlace matrimonial, el 2 de febrero por la mañana, en un salón de linajes habilitado para la misa de velaciones, a la que acudieron hombres sobre todo (dicen los cronistas que las mujeres no fueron admitidas, con lo cual hay que imaginar a la duquesa y toda su corte, rabiando por no poder presenciar aquella boda… única en la historia, y que se se celebraba en su propia casa.

Entre los hombres, lo más granado de la Corte filipina. No cabían muchos, pero allí había desde ministros del rey, y secretarios reales, a capitanes, embajadores, corregidores, comendadores, clérigos, concejales, poetas y pintores. Algunos cronistas refieren con detalle los nombres de aquella compaña de invitados, entre los que reconocemos a algunos ilustres que tienen que ver con Guadalajara, entre ellos a Francisco de Eraso, secretario real, y, por supuesto, todos los Mendoza vivos en aquel momento, que eran muchos. Ofició la ceremonia el obispo de Burgos.

Refiere Layna con todo detalle en su “Historia de Guadalajara” estas jornadas-. Dice así sobre lo que corrió después de la ceremonia y la correspondiente comida: A las siete de la tarde volvieron los reyes y acompañamiento al salón de linajes, sentándose con algunos grandes, en el estrado mientras los demás estaban abajo con las damas y poco después empezó el sarao durante el cual sirviéronse confituras, pastelillos y otras golosinas. Don Diego de Cór­doba sacó a doña Ana Fajardo y bailaron primero una pavana y luego una alta; el duque del Infantado danzó con madame de Montpensier y tras ellos salieron las damas españolas y francesas a danzar el alemana, el duque de Francavila con doña María de Aragón, el marqués de Villena con doña Ana Fajardo, el conde de Módica con doña María Manuel, el de Riba­davia con doña María Colonna que a dicho de todos es la mas bien vestida de todas, don Luis Méndez con una francesa y otros muchos con españolas y francesas que anduvieron danzando una “alemana” muy revuelta

Al día siguiente, los reyes fueron a oir misa a San Francisco, subiendo de nuevo la calle mayor, y al llegar a la “plaza de la cárcel” (la actual plaza mayor de Guadalajara) mandó Felipe II que fueron sueltos y libres todos los presos que en ella hubiera. Por la carrera de San Francisco discurrió la comitiva, y en la iglesia toda la congregación, y cientos, quizás miles, de invitados, nobles y grandes títulos llenaron aquel recinto majestuoso.

En la calle, la fiesta duró varios días: se pusieron mesas con comida en las principales plazas, y fuentes de vino en la Plaza Mayor y en la del Concejo. Delante del palacio, en lo que entonces era enorme plaza ducal, se celebraron corridas de toros, una de diez toros la tarde de la boda, y los siguientes días juegos de cañas y distracciones caballerescas, que el rey y la reina, con toda su corte, contemplaban desde los balcones altos de la fachada (aún no había hecho el 5º duque las reformas que dejaron el frontal palaciego tal como hoy lo vemos).

El 3 de febrero los reyes partieron de la ciudad, rumbo a Madrid primero (una villa en la que Isabel de Valois se fijaría y le pediría a su apuesto marido que la hiciese capital de España) y luego a Toledo, al alcázar, donde estaba la sede de la Corte. Los Mendoza, suponemos que todavía mareados de tanto ir y venir, quedaron contentos y mucho más pobres que al inicio de este acontecimiento. Pero más metidos en la confianza del rey, que vivió feliz con doña Isabel durante 8 años, en los que ella le dio dos hijas, las preferidas del triste Felipe: Isabel Clara Eugenia, y Margarita Micaela. En el tercer embarazo, la reina se amustió, decayó, palideció, y nadie sabe de qué modo ni manera, se murió. Dejando al rey estupefacto, más triste aún y con más problemas en Flandes, en Italia, en Africa y en los confines de los turcos.

En todo caso, una memoria que convenía airear, porque fueron esos días de inicios del año 1560, hace ahora exactamente 450, cuando la ciudad fue feliz, alegre y entusiasta, y todos sus habitantes tuvieron cosas de qué hablar durante meses después, durante años. Desde aquí invito a mis lectores a que también ellos, cuatro siglos y medio después, hablen de ello, y se alegren al tiempo.

Guadalajara viva en Sevilla

Un viaje cultural por la ciudad de Sevilla, me ha servido para recoger algunas imágenes, visiones y recuerdos de Guadalajara en la ciudad del Guadalquivir. Ella, la más hermosa perla de Al-Andalus, la ciudad sorprendente que enamoró a reyes, escritores, artistas y viajeros durante siglos, tiene unos cuantos ladrillos de su edificio hechos con la argamasa de la Alcarria. 

El sepulcro renacentista de don Diego Hurtado de Mendoza, en la capilla de la Virgen de la Antigua, en la catedral de Sevilla.

 

La Virgen de la Antigua 

 Si Guadalajara tiene a la Virgen de la Antigua por su patrona celestial, y cuenta con el cariño y la veneración de miles de ciudadanos, los sevillanos no le van a la zaga y defienden esta advocación de María madre de Dios como su principal referencia. Y eso nada menos que en la tierra de María Santísima como se denomina popularmente a la campiña sevillana. 

Dice la tradición hispalense que cuando en 1248 entró triunfante en Sevilla el rey castellano Fernando III, apareció una imagen en una pintura mural en una de las mezquitas de la ciudad, que luego se transformó en catedral: efectivamente, la iglesia mayor, dedicada a la Virgen, de la Sevilla cristiana, se alzó sobre una importante mezquita (no la principal) de aquel cosmos islámico. Y aún cuentan las leyendas que una noche, durante el asedio a la ciudad de Sevilla, el rey Fernando de Castilla, estando en el campamento, se postró ante la Virgen de los Reyes para pedirle auxilio. Fue entonces cuando la Virgen le llamó por su nombre y le dijo: “Tienes una constante protectora en mi imagen de la Antigua, a la que tú quieres mucho y que está en Sevilla“, prometiéndole la victoria. Después, un ángel le hizo penetrar en la ciudad hasta llegar a una mezquita señalada, en cuyo interior le fue mostrada la pared que la ocultaba, que se volvió transparente, tal como el cristal, y Fernando III pudo contemplar la imagen de la Virgen tal como había sido pintada siglos atrás. El mismo ángel le orientó para volver al campamento, al que llegó sin menor sospecha e ileso. 

Esa imagen aparece en muchos lugares de Sevilla. El principal, la capilla de su advocación en la catedral, junto a la puerta del crucero norte. En la capilla donde descansa desde 1502 el alcarreño Diego Hurtado de Mendoza. Es una imagen pintada, no de talla. Y su estilo es plenamente bizantino, una imagen en pie, cubierta de un amplio manto que le sobrepasa por completo la cabeza, sosteniendo a su Hijo en brazos. Sostiene delicadamente en su mano derecha una rosa, mientras carga en su brazo izquierdo al Niño, que juega con un jilguero. 

Un poco en el estilo de la Virgen del Perpetuo Socorro y de otras tan populares en el mundo cristiano oriental, en el mundo de fe ortodoxa. Sobre la cabeza, dos ángeles se disponen a coronarla, en tanto otro ángel, más arriba, extiende una cartela en la que se lee la frase evangélica “Ecce María venit ad Templum” en una alusión a la festividad de la Purificación.El fondo de la imagen es dorado, adornado con un fino tapiz geométrico de motivos estrellados. 

Esa misma tipología la encontramos en otros lugares sevillanos que hemos visitado estos días y en que casualmente nos hemos encontrado con la misma imagen. Así por ejemplo en el templo mayor de Carmona, donde tiene altar la virgen de la Antigua en la cabecera de la nave de la Epístola. En uno de los altares laterales de la recién restaurada iglesia del Salvador, en el corazón de la vieja Sevilla, cuya imagen reproduzco junto a estas líneas. O en una estampa que se guarda, grabada en cobre, en el Hospital de los Venerables Sacerdotes del barrio de Santa Cruz. 

No hace falta decir nuestra simpatía hacia estas apariciones, recordando además la popularidad de la advocación de María Antigua en tantos y tantos lugares de la Cristiandad, tanto de España como de América hispana. Desde la que está en el Santuario de Nuestra Señora de La Antigua en Orduña (Vizcaya) hasta la de El Casar, en nuestra provincia, o la de Villarta de los Montes, en Badajoz. O más allá del mar, desde la que sirvió para fundar el primer santuario dedicado a la Virgen Antigua en Darién (Panamá), hasta la que hoy preside también altar y capilla en la catedral de México. La lista se haría interminable. Dejo a mis lectores la imagen de la sevillana Virgen de la Antigua, en la que quizás habría que fijarse para establecer más concretamente los orígenes de la advocación arriacense. 

 El sepulcro del Cardenal Mendoza en la catedral de Sevilla 

En la Capilla de la Virgen de la Antigua, que es la primera que se abre junto al enterramiento de Cristóbal Colón, en el crucero norte, hay dos grandes enterramientos de arzobispos. La capilla es un Museo de cosas notables, principalmente el retablo barroco de la Virgen titular. Pero quizás lo más interesante sean los enterramientos. El de la derecha del espectador corresponde al arzobispo y Cardenal Luis Salcedo Azcona, del siglo XVIII. Y el de la izquierda, lo mejor de todo, es el de nuestro paisano Diego Hurtado de Mendoza, un Tendilla puro, que fue Arzobispo de Sevilla (los tempus de la Historia se repiten: ahora el arzobispo sevillano es un seguntino) en los años finales del siglo XV, cuando los Reyes Católicos andaban montando España. 

Diego Hurtado de Mendoza y Quiñones, fue hijo de Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, y de Elvira de Quiñones, cuyos enterramientos, procedentes del convento de Santa Ana de Tendilla, todavía se ven, aunque descuartizados, en el crucero de la iglesia de San Ginés de Guadalajara. 

Fue hermano del segundo conde de Tendilla, llamado como su padre Iñigo López de Mendoza, y principal cortesano de los reyes Isabel y Fernando. Fue el segundo cardenal de los Mendoza (el primero lo había sido el que tiene la estatua de bronce en la plaza de los Caídos). Como él estudió en Salamanca comenzando su carrera eclesiástica como ayudante de su tío, cuando era obispo de Plasencia en 1481. Luego fue nombrado obispo de Palencia desde 1471 a 1485, y más tarde arzobispo de Sevilla en 1485. También fue nombrado cardenal de Santa Sabina en 1500. 

Tras aparecer siete años en su magno puesto eclesiástico, la muerte le alcanzó en Tendilla, en 1502. Por ello fue enterrado, como sus padres, en el presbiterio del monasterio jerónimo de Tendilla, del que había sido importante benefactor, pero una vez concluido este mausoleo de la catedral sevillana, encargado por su hermano, sus restos se trajeron aquí. 

Este sepulcro se hizo entre 1508-1509. Fue su autor Domenico di Alessandro Fancelli, y lo hizo en Florencia, por encargo del hermano del muerto, don Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla, y primer marqués de Mondéjar, capitan de los Reyes Católicos y su embajador en Italia donde estuvo casi dos años, empapándose de cultura renacentista. El sepulcro está hecho a imitación del del Papa Paulo II en el Vaticano, obra de Mino da Fiésole y Giovanni Dálmata. Gustó tanto este enterramiento, que le llovieron encargos a Fancelli, sobre todo los reales de la tumba del príncipe Juan en Santo Tomás de Avila (1512) y de los Reyes Católicos (1517) en la Capilla Real de Granada. 

Cuando lo encarga Iñigo López de Mendoza, dice que sus “ymagines eran lo más principal y costoso de toda la obra” y en una carta al maestro mayor de la Catedral de Sevilla Alfonso Rodríguez, le pidió que el sepulcro se haga totalmente “al romano” porque “my voluntad es que no se mezcle con la otra obra ninguna cosa francesa ny alemana ny morisca sino que todo sea romano y que de lo otro que aya en él debuxado no se mude cosa ninguna” 

El sepulcro, al que invito a mis lectores alcarreños que no dejen de visitar algún día, y admirarlo como se merece, es un tipo de sepulcro arcosolio u hornacina muy del gusto de los artistas italianos del quattrocento en las iglesias de Florencia y Roma. El yacente, tratado con suaves líneas y planos, reposa sobre una cama o lecho que a su vez se sustenta sobre ménsulas que sujetan un cuerpo muy labrado y adornado con guirnaldas. 

Sobre el cuerpo del personaje, en la pared, realizó Fancelli tres relieves representando a la Virgen sentada con el Niño, más la escena de la Resurrección y la de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen. Por encima de este friso hay otro dividido en cuadros, con símbolos religiosos y en los extremos los retratos de los hermanos del cardenal, muy semejantes a los retratos de los sobrinos del obispo Thomas James (obispo) en su sepulcro de la catedral de Dolde-Bretagne (1507) realizados por Antoine de la familia de escultores Giusti de Florencia. Fue el historiador de arte Èmile Bertaux quien señaló este parecido, dando noticia probada de que Fancelli tuvo relación profesional con estos escultores. 

El arco de medio punto descansa sobre columnas con fustes muy decorados. Le sigue otra rosca y finalmente otra a modo de guardapolvos, todas con abundante ornamentación renacentista. En las enjutas de la rosca exterior pueden verse los escudos del linaje mendocino. A los lados de las columnas hay tres hornacinas aveneradas con las esculturas de San Pedro, San Juan, San Isidoro de Sevilla en un lado, y San Pablo, Santiago y San Andrés en el otro. En el centro del zócalo hay un epitafio con el resumen de la vida del cardenal que fue arzobispo hispalense y Patriarca de Alejandría. 

 El pabellón alcarreño en la Plaza de España 

 La mañana de sol otoñal invita a pasear la sevillana plaza de España. Recientemente restaurada de tanta inclemencia y tan poco respeto como se la ha tenido últimamente, ahora luce con todos los brillos de su ladrillo puro y su cerámica colorista. En el amplio semicírculo se instalan bancadas, rincones, dedicados a todas y cada una de las provincias de España. Era la forma de homenajear al propio país anfitrión de aquella Exposición Iberoamericana de 1929, tan espectacular y perpetuada en edificios y obras de arte. El arquitecto diseñador de tal maravilla, Aníbal González, derrochó ingenio e inspiración en ella. 

La provincia de Guadalajara tiene su bancada, ahora recuperada y con todas sus imágenes dispuestas a la admiración. Encima del todo, está el escudo de la ciudad, que vemos junto a estas líneas, y cubriendo el respaldo de los asientos, una composición de azulejos en la que aparece la escena de las bodas de Felipe II e Isabel de Valois, del que se acaba de cumplir los 450 años, y que a la semana que viene dedicaré el memorial que el hecho merece. 

Los bancos fueron realizados en el taller cerámico de la viuda de J. Toba Villalba, en el barrio de Triana. Y en ellos aparecen 8 imágenes de la capital de la provincia, en tinta parda amoratada sobre fondo blanco. Son estas las imágenes de Guadalajara, de una Guadalajara de hace cien años, qque aparecen en la plaza de España de Sevilla: El Panteón de la duquesa de Sevillana, terminado por esos años, y en vista desnuda del edificio, no hay ningún otro elemento, ni árbol, ni nada en torno a él; El torreón del Alamín; las vallas del Cuartel de San Carlos; el molino harinero del Henares; el puente árabe sobre el río; La Excmª Diputación Provincial; la Academia de Ingenieros y el Parque de la Concordia. Un colección de postales que permanecen en cuadernillo abierto sobre los bancos en los que cualquier alcarreño, al tibio sol del otoño (ni se le ocurra ir allí en verano!) podrá evocar de cómo era Guadalajara hace 80 años. 

El Hospital de los Venerables 

 En el barrio de Santa Cruz, dándose de codazos con los turistas que abarrotan sus minúsculas calles, sus plazas colmadas de mesitas para beberse el café o la cerveza a precio de Manhatan, surge la fachada blanca y severa del Hospital de los Venerables Sacerdotes. De casualidad entramos en él. Y no queda más que recomendar a todos su visita. Espectacular el patio, la iglesia, el íntimo silencio de sus galerías soleadas. Sobre todo impresiona el templo, cumbre de la ornamentación barroca andaluza: Valdés Leal en las pinturas y Pedro Roldán en las esculturas consiguen una atmósfera irreal, fuerte, espléndida.

Guadalajara cumple 550 años

El pasado jueves 9 de diciembre se abrió la exposición que ha de ofrecer un centenar de imágenes y muestra de la historia de Guadalajara hasta el 16 de enero. Es una ocasión única para aprender nuevas cosas de la evolución de nuestra ciudad durante los últimos 550 años, que son los que este año que ya termina ha cumplido con su título de ciudad. Una ocasión que ha sido bien aprovechada, bien pensada y bien conducida por el Ayuntamiento capitalino, y que ahora culmina con esta muestra seria, digna y atrayente, que todos los guadalajareños deberían visitar. 

El paje de Sanchez de Hoznayo, figura de la escultura tardogótica alcarreña, del taller de Sebastian de Almonacid a finales del siglo XV.

 

En las salas bajas del palacio del Infantado, las que en la segunda mitad del siglo XVI don Iñigo López de Mendoza encargó que decorara con manieristas pinturas el florentino Rómulo Cincinato, se muestra ahora una colección espléndida de piezas que una a una dicen poco, pero en conjunto son como el embrión de una epopeya, el pistoletazo de salida de un futuro Museo de la Ciudad, al que ya le va tocando vivir, aunque su parto sea tan lento. 

Esta muestra, que ha comisariado Pedro Pradillo y Esteban, y que ha tenido el acierto de pensar y sufragar la Concejalía de Cultura y el Patronato Municipal de la Ídem, está meticulosamente pensada, y su visión nos despierta recuerdos y apadrina saberes de la historia ciudadana. Tantas veces pidiendo que se refuercen las raíces del conocimiento de nuestra comunidad, no puedo por menos que aplaudir esta iniciativa, que viene a hacer esto: a decirnos a todos los guadalajareños que esta ciudad fue viva, latió y sonrió durante cinco siglos y medio (algunos más, desde luego, antes de esa fecha de 1460) y que ahora se ofrece en piezas vivas, en cien elementos que dan razón cierta de su existencia: documentos, grabados, retratos, maquetas y viejos trozos de cerámica. Todo conjuntado, explicado y armónicamente dispuesto para que sea entendido. 

 Retratos 

 La gente que hubo vida en siglos pasados, hizo algo, mucho, por la ciudad. Desde los anónimos habitantes, gentes de gremios diversos, escritores, clérigos y soldados, hasta los Mendoza capitanes y el Cardenal orgulloso, los reyes de Madrid, y algunos buhoneros frente al palacio del Infantado. Todos ellos están recogidos ahora en esta muestra que rememora los “550 Años de Historia de Guadalajara”

Hay además algunas tallas, que sin ser de primera fila, hablan de modos clásicos de contemplar la religión corporeizada. Así surge una cabeza de Dolorosa, del círculo de José de Mora, que se guarda en el Ayuntamiento recuperada de la capilla del Cementerio Municipal. O la curiosa talla de un Niño Jesús salvador del mundo, desnudo, que se conserva también en las dependencias municipales. 

De cuadros hay diversos, como el que representa al Cardenal Pedro González de Mendoza, hecho a mediados del pasado siglo y que luce habitualmente en el despacho de la Alcaldía. Otros retratos de reyes son los que oficialmente colgaron en dependencias municipales cada vez que un nuevo monarca accedía al trono. Está Felipe V, el primer Borbón, del taller de Van Loo; Carlos III, de autor anónimo; y Fernando VII, de Carlos Blanco. Más algunas esposas de reyes, y poco más. La sociedad civil ha sido remisa a “salir en la foto” de los fastos ciudadanos. 

 Maquetas 

Las reproducciones a escala de ciudades, edificios y objetos es uno de los elementos que mejor aclaran lo que se intenta explicar cuando de ciudades, entornos y monumentos hablamos. En esta exposición, son de ver algunas: ya hecha desde 1991, la maqueta de la ciudad en ese año es una visión muy amplia de cómo era nuestra Guadalajara va ya para 20 años. Otra muy simpática es la reconstrucción de una Plaza Mayor clásica que nos retrotrae a los años de la infancia. Se añade una estupenda reproducción del edificio de la Academia de Ingenieros Militares, y un par de reproducciones a escala 1:10 de sendos aviones que fueron por primera vez utilizados, a principios del pasado siglo, en la Guadalajara que vio nacer la Aerostación Española. 

 Restos Arqueológicos 

 Con motivo de la realización de aparcamientos subterráneos, han ido saliendo a la luz algunas piezas, estructuras y memorias que se mantenían cubiertas por el manto lerdo de la ciudad. Otra muchas seguirán estando ahí debajo, pero las que han aparecido en la recientes excavaciones del Alcázar Real, y de la plaza mayor, nos proporcionan imágenes muy curiosas, como juguetes islámicos, y cacharros (seguro que hechos en el barrio de San Julián, en las antiguas “cacharrerías” guadalajareñas) decorados con elegancia, en los que se comieron quien sabe cuando y quien sabe quien, los duelos y quebrantos que tanto gustaban hace siglos. 

Documentos 

En este tipo de exposiciones no suelen faltar los documentos, que son como notarios simpáticos, locuaces, de fastos antiguos. Así se abre ante la mirada curiosa del visitante el libro del Concejo donde figura la copia de la Real Provisión de Enrique IV dada en 1460 nombrando Ciudad a la hasta entonces villa de Guadalajara. Otros viejos libros, inmaculados y elegantes, de Actas Concejiles, cuentas de propios, y certificaciones de negocios nos hablan de costumbres veteranas. 

Pero son siempre los planos, los mapas, los dibujos y las imágenes gráficas las que más llaman la atención. Porque siempre es la imagen la que mejor fragua el mensaje de la memoria. Y así destacaría dos elementos fundamentales, que invito a ser meticulosamente observados por los visitantes de esta exposición. Uno es el dibujo que a mediados del siglo XVI hizo Pier María Baldi de la ciudad que habitamos, cuando acompañando al gran duque de Toscana, Cosme de Médicis pasó por ella mirando su perfil con detenimiento. Otro, el mejor, reproducido a tamaño gigantesco en esta muestra, es el dibujo que Antón van den Wyngaerde hizo en 1565 y hoy se conserva en la Biblioteca Nacional de Viena. En ese dibujo aparecen las torres de las iglesias y conventos, los palacios, las murallas, los puentes, la horca y el Calvario, los caminos y cuestas… una imagen vale más que mil palabras. De todo el conjunto yo invito a que el espectador se fije en esa zona que el pintor flamenco retrata con detalle en torno al Torreón del Alamín (al que denomina “el postigo”) los numerosos torreones y lienzos que en esa zona existían perfectos, y el convento de San Francisco en lo alto de la loma, supervisando la ciudad desde su extremo oriental. 

Un Museo cada vez más cercano  

 Sin duda que esta muestra se perfila como el embrión del futuro Museo de la Ciudad. Un Museo que ya debería estar hecho, porque ha figurado en los programas electorales de los partidos que se han alternado en la alcaldía en los últimos decenios, y que no termina de hacerse nunca. ¿Es que no hay suficientes piezas? ¿No hay suficiente información? ¿No se le ha encontrado sitio? Por lo que pueda valer una opinión de a pie: el mejor sitio para ubicar el Museo de la Ciudad es sin duda el antiguo Convento de San Francisco. Es grande, amplio de naves y luminoso de claustros. Está muy bien situado, porque San Francisco sobre Bejanque es hoy, ya, un lugar muy céntrico. Está vacío, sin uso actual y sin uso previsto. El entorno de San Francisco, con su parque residencial acabado y a punto de transformarse en un barrio vivo y boyante, es el lugar perfecto para colocar el Museo de la Ciudad al que le daremos, -hay que ser generosos-, otros cuatro años de plazo. Pero no más. Material, -se ha visto en esta exposición- hay de sobra.

Un hecho mínimo

Hay cosas que ocurren y que parecen circunstanciales, anecdóticas, puntuales sin proyección más allá de una fecha, o de un lugar. La mayoría son así, latidos anónimos de la vida de un individuo, o de una ciudad… pero algunos tienen, en su minimalismo y silencio, un mensaje hondo, que permite generalizar y apunta a la temperatura de un sistema social.

En estas líneas va, resumido, un hecho breve, puntual, mínimo. Ocurrido en un lugar perdido del planeta Tierra, conocido solo por dos o tres personas; o una docena. En definitiva, casi nada. Pero la dimensión de lo que se traduce de ello es grande. Me explico.

En el siglo XV los caballeros de la Orden de Calatrava alzaron un castillo, uno más de sus sistema de poder, en la orilla derecha del río Tajo, en término y encomienda de Auñón. Del castillo poderoso, tras el paso de los siglos, solo quedó una torre, en pie, a la que la gente que por allí pasaba la llamaba El Cuadrón o torre de Santa Ana, porque en tiempos sirvió de ermita. Era el resto de una enorme torre de homenaje de un castillo medieval: villa de Auñón, la Alcarria., tierra de Guadalajara, Castilla. Una nación con solera, que recibió su nombre de los alcázares defensivos que en cada otero se alzan.

Tras casi seis siglos de existencia, y sin aparente daño estructural, en una noche, la torre del Cuadrón se ha venido al suelo. Se ha convertido en un montón informe, blanquecino, de piedra pulverizada. Un derrumbe muy medido. Ya no queda nada. Ya nadie puede impedir que el dueño del terreno construya en su cerro una urbanización de chalets con vistas al Tajo, como desde hace tiempo pretendía.

¿Alguien se ha quejado, lo ha denunciado, se ha lamentado? Sobran los dedos de una mano para contarlos. Este es el hecho, y el correlativo síntoma. La pérdida de la sensibilidad y el amor a la historia de la tierra en que vivimos. El aire no se ha movido apenas. Los espíritus tampoco. Paz absoluta.

 Publicado en la Revista Virtual dirigida por Juan Ruiz de Torres.

Atalayas olvidadas de Guadalajara

Por aquello de que hay que proteger a los más indefensos, y abogar por los que menos posibilidades tienen de triunfar en la vida (en la historia, en este caso) me voy a dedicar hoy a hacer un repaso de esos pequeños castillos, torreones, atalayas, castros singulares y demás monumentos que necesitan que alguien les aúpe y ponga un brazo sobre el hombro, para que no se sientan solos, incluso para que quienes pueden alzarlos lo hagan. Protegiéndolos.  

La "Torre de los Moros" vigila el alto valle del Tajuña, en término de Luzón

 

  Castillos de tercera fila  

 En nuestra provincia, que es enclave principal de la nación castellana única y antigua, hay muchos castillos alzados, más o menos conservados. Principescos unos, como el que hoy es Parador Nacional de Sigüenza. Dignísimos otros en su precariedad, como el de Jadraque, el de Molina, el de Cifuentes… y otros en tercera fila que apenas son restos inestables, torres fortificadas, puestos vigías, pero emocionantes testigos de una historia que nos pertenece.  

A esos castillos mínimos, olvidados, pordioseros de las ayudas y las atenciones, van dedicadas estas líneas. Esperando que, al menos, estando en nómina, no se les deje caer. Aunque no hay que tener mucho miedo, si nadie va de frente contra ellos. Porque, como siempre he dicho, los castillos no se caen. A los castillos los tiran.  

Cantalojas. Castillo de Diempures  

 En la parte más noroccidental de la provincia, y en término de Cantalojas, quedan restos de una fortaleza muy antigua, que ya figuraba en el Fuero de Atienza, que la ponía por límite occidental del territorio, fronterizo con Sepúlveda y Riaza. El castillo que llamamos de Diempures, y que allí conocen como “de los moros” y le sitúan en el pago de “El Castillar”, asienta sobre los restos de un castro celtibérico de la Edad del Hierro. Se alza sobre una empinada eminencia del terreno, oteando el hondo cauce del río Sorbe que va en una cortadura de pizarras bajo la mirada de la peña del Liguero. Sin llegar a ser un castillo en toda regla, se utilizó como puesto de vigilancia y sede de una reducida guarnición vigilante del límite entre comunes. La peculiaridad de este castillo es el uso de pizarra para su construcción, compactando sus muros únicamente con argamasa formada por “cal y canto“. Como todos los demás castillos de Castilla, las ruinas de Diempures están protegidas de cualquier agresión por el Decreto Protector de los castillos españoles de 22 de abril de 1949 y por la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español.  

La Torresaviñan. El castillo de la luna  

 Desde la autovía del Nordeste, a su paso por el término de Torremocha del Campo, se divisan en un altozano los restos del castillo de la Luna, que fue otro de los que puso don Manrique de Lara en el límite occidental de su independiente territorio molinés. De hermosa estampa castillera, todos los automovilistas le ven y dejan un instante volar a la imaginación, pensando que en esta tierra cabalgaron aquellos seres de los que hoy solo nos quedan, -a la mayoría- imagen de cómo eran y qué pensaban por las películas de Cecil B. de Mille.  

También en muy antiguos tiempos, este otero sirvió de habitáculo a los pueblos celtibéricos. Sobre él se construyó, durante la dominación árabe, un torreón vigía, y tras la reconquista y repoblación de la comarca, efectuada en el siglo xii por don Manrique de Lara, se reforzó la torre, levantando verdadero castillo, y poniendo en su derredor un humilde y escaso caserío, con pequeña iglesia dedicada a San Juan o San Illán. El Rey Alfonso xi, en 1154, se lo donó al obispo de Sigüenza, don Pedro de Leucata y a su Cabildo catedralicio, para que lo ostentaran en señorío, así como su aneja aldea de la Fuente, hoy Fuensaviñán. Pasó posterior­mente a ser propiedad del infante don Juan Manuel, quien reforzó el castillo, y de este infante, en 1308, a través de venta realizada por su hijo, pasó al obispo de Sigüenza don Simón, que­dando a partir de entonces bajo la jurisdicción de los prelados seguntinos. Bajo este señorío, la población de La Torresaviñán se trasladó a más acogedor y templado lugar, abandonando y dejando solitario el castillo en lo alto del cerro.  

El castillo, que las gentes de la comarca llaman de la luna, posee una bella estampa sobre el otero en que asienta. Cons­taba de un breve recinto cuadrangular, de altos muros de mampostería, con cubos en las esquinas y una gran torre del homenaje en su ángulo suroriental, que es casi lo único que per­manece. Rodeado de fosos, hoy ya casi cegados, mantenía una defensa no demasiado fuerte. En realidad, su misión era más de vigilancia que de defensa de un territorio. Lo que queda actualmente muestra las señales de los cuatro pisos que tuvo, con entrada a nivel del primero de ellos, al que sólo podía llegarse por medio de una escala de mano. La estancia baja, con muros de más de dos metros, de espesor, sólo tenía la luz que le permitía pasar un estrecho agujero hecho en el suelo de la primera planta. Quizás se utilizó como mazmorra.  

La visita de este castillo, que es mucho más grande de lo que parece, visto de cerca, puede hacerse cómodamente aparcando el coche en la cuneta de la carretera que va hacia La Fuensaviñán, y atravesando los campos se trepa cómodamente por la loma que nos conduce a su altura. Allí los muros derruidos de la cerca, y la gigantesca presencia de la torre del homenaje, nos dicen claramente de su grandiosidad primitiva.  

Hortezuela de Océn. La fortaleza de Almalaff  

Llaman castillo de Almalaff, según lo nombraba el Fuero de Molina en el siglo XII, al que hubo sobre un empinado cerro frente al pueblo de la Hortezuela de Océn. Domina el valle ancho de un arroyo que corre hacia el Tajuña, y se accede a él por buen camino que llega hasta el Santuario de Santa María de Almaláff. Fue mandado construir por don Manrique de Lara, primer señor de Molina, como defensa de la frontera del señorío en esta zona oriental. Hoy no queda más que un enorme paredón, con los vanos de sus antiguos ventanales. En equilibro inestable pero con sujeciones firmes, no se caerá así como así.  

 Balbacil. La torre vigía  

Cerca de Maranchón, por carretera fácil, está Balbacil, que junto a Codes hacen una pareja de gran interés para visitar. En Balbacil vemos, antes de llegar al pueblo, sobre un altozano, la torre vigía, que hoy ha sido reaprovechada como palomar. Fue construida en época medieval, entre los siglos XII y XIII, para servir de vigía y defensa de esta zona que siempre fue frontera entre el Señorío de Molina y el Ducado de Medinaceli. Inicialmente cayó en el lado del Señorío, pero luego fue anexionada por los Medinaceli para su territorio.  

Es un fuerte bastión de sillarejo acumulado, con muros muy anchos, y un interior al que se accedía por pequeña puerta en alto, lo que obligaba a utilizar una escala que se sacaba desde dentro, y que debería medir los 3 metros que la separan del suelo. No ofrece ningún otro vano esta torre, que tendría iluminación en lo alto, hoy reutilizado como palomar. Las cuatro paredes de su original construcción medieval se conservan intactas.  

Concha. El lugar de Chilluentes  

En término de Concha se encuentran los restos del antiguo pueblo de Chilluentes, que aún estaba habitado en el siglo XVII. Quedan en medio de los campos cerealistas algunos restos de edificios, las ruinas de la que fue su iglesia, de estilo románico, dedicada a San Vicente Mártir, con un ábside semicircular en el que pueden verse grabados signos cruciformes, y en su interior una gran pila bautismal. Y queda la presencia de una gran torre, espectacular y solemne sobre el valle amplio que desde Establés y el río Mesa ascendía hacia la meseta central del Señorío, hacia su capital. Esta torre o atalaya simple, vigilaba este camino de acceso al centro del territorio, y por lo que hoy vemos debió ser sumamente recia, con varios pisos y una construcción de sillarejos dispuesto en espiga que remonta su origen a los siglos de la dominación árabe, aunque evidentemente fuera más tarde reconstruida y utilizada por los cristianos. Solamente los altos muros quedan de la torre de Chilluentes, pero en todo caso merece la pena visitarlos, llegando desde Concha por caminos fáciles.  

 Fuentelsaz en Molina. El castillo  

 Francisco Núñez, en el siglo XVI, en su “Archivo de las cosas notables de esta leal villa de Molina“, dice así de Fuentelsaz: “Zerca de este Pueblo [MILMARCOS] ay otro que tiene un Castillo muy fuerte y nombrado en las hystorias de Castilla y Aragon que llaman fuente el Salz.  

Surge el castillo de Fuentelsaz por el interés estratégico y fronterizo del lugar, que estuvo siempre en la raya de Castilla con Aragón. Sobre todo en la primera mitad del siglo xv, durante las guerras que el castellano Juan II mantuvo con su primo el rey Juan de Navarra y regente de Aragón. También a mediados de ese siglo, cuando el rey Enrique IV entregó el Señorío molinés a su favorito Don Beltrán de la Cueva y los molineses se levantaron en armas contra él.  

La fortaleza de Fuentelsaz permaneció fiel al rey Enrique y por consiguiente se situó a favor de Beltrán de la Cueva. Era alcaide de la fortaleza en esas fechas Pedro del Castillo quien tenía en la fortaleza tropas de Don Beltrán. Y no más fastos guerreros tuvo este enclave, hasta el siglo XIX en que, durante la primera guerra carlista, lo que quedaba de castillo vino al suelo destruido a causa de una explosión que se produjo en su interior utilizado como polvorín.  

Fue en sus buenos tiempos un típico castillo roquero, con su plano adaptado a los desniveles del terreno, y construido a base de sillarejo unido con argamasa, con espesores de más de un metro. Queda un gran lienzo de muralla, en la zona no protegida por la roca. La puerta de entrada estaba a la izquierda de este muro, y a la derecha se levantaba la torre del homenaje, de la que solo quedan los fundamentos. Por su posición atalayada, desde lejos parece más de lo que es.  

Una docena más, y uno menos  

 Mucho trecho podría seguir nombrando, describiendo, emocionando con los nombres antiguos y solemnes de castillos pequeños. Por ejemplo, el de Inesque, en término de Pálmaces de Jadraque. Fortaleza de origen árabe que luego castellanizaron y levantaron los de Atienza para proteger un valle de subida a su villa. Hoy se reconoce, lo he publicado en estas páginas y en mis libros, y quizás alguien haya llegado hasta él, para verlo.
En Cobeta se alza, incluso reconstruida no hace muchos años, la torre de los Tovar, que es lo único que queda del castillo que fue recinto cuadrado con cubos en las esquinas, y una torre del homenaje cilíndrica con almenas sobre el grueso moldurón de su remate, quedando de todo ello sólo esta torre y las trazas en el suelo y en el cerro del arranque de los muros.  

De Beleña de Sorbe, en estratégico lugar controlando un vado y un puente sobre el río serrano, quedan los restos de su castillo, que levantaron los Valdés, parientes de los Mendoza, y fue tan grande que sus muros cobijaban, en segunda ronda de murallas, el pueblo entero. La soledad de estas tierras, progresiva e imparable, ha hecho que anden sus dos muros paralelos cantando en vano sobre lo alto de un cerro rocoso.  

Un castillo que fue enorme, temido, valioso: el de Uceda, sobre el valle del Jarama empinado. Desde la reconstruida iglesia de la Virgen de la Varga, joya románica de la villa, se ven allí abajo los restos de la fortaleza. No quedan muros, solamente huellas de su traza. Pero lo poco que hay, merece la pena conservarlo.  

Y de torres, y para acabar, dos ejemplos más: la de Luzón, a la que llaman “de los moros” y que se empina sobre unas rocas que controlan el valle manso del Tajuña. Y la de Anguita, a la que llaman Torre de las Cigüeñas, que miraba estratégica el paso estrecho y rocoso del río Tajuña por el pueblo. Bien cuidada, no hay peligro de que pase con ella como ha pasado hace dos meses con el Cuadrón, en Auñón, que se ha venido al suelo sin saber cómo. Este es el castillo que echamos, a partir de ahora, de menos en la nómina de los monumentos medievales alcarreños.