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La Ruta del Románico en Molina

Uno de los caminos que nos conduce por Molina, es el que forman sus templos románicos, los recuerdos arquitectónicos y ornamentales de un tiempo remoto, medieval, violento y generador. Para quienes vayan a formar su composición de lugar planeando un viaje provincial, en esta primavera que llega con fuerza, la tierra molinesa está dispuesta a recibirlos con los brazos abiertos.

En ella destacan muchas piezas patrimoniales, muchos paisajes, muchos caminos. Pero con los restos del arte románico, no demasiado abundante, pero sí interesantísimo, se puede construir una “Ruta del románico molinés” que es la que aquí brindo, para ser modelada por cuantos la hagan.

 

Restos del Románico

Apenas una docena de edificios de estilo netamente románico quedan actualmente en el Señorío molinés. Mínima repre­sentación de lo que debió ser en su origen este estilo arquitec­tónico, pues solo con atender al celo constructivo de los prime­ros condes, puede uno hacerse idea de lo que sería el territorio aforado allá por los siglos XII y XIII, recibiendo habitantes  desde todas sus fronteras, instalándose en nuevos pueblos, y  construyendo templos para su religión, a cual mejor.

Precisamente la riqueza y prosperidad económica y so­cial de los posteriores siglos, hizo que especialmente en las centurias XVI y XVII se derribaran muchos de los primitivos  templos parroquiales molineses, para elevar en sus solares nuevos edificios, más grandes y ostentosos, que manifestaran la riqueza  del lugar y sus habitantes. Esa circunstancia hizo que desapare­cieran por completo muchos templos románicos, y que de otros solamente quedaran detalles mínimos, portadas, muros con alguna ventana, ábsides, etc., salvándose en su integridad solamente las iglesias de aquellos lugares que ya por entonces se encontraban  en franca decadencia o en trance de abandono.

La Ruta empieza por Molina

Iniciamos nuestro recorrido por la capital del Señorío, Molina de Aragón. En ella se alza el más bonito de los templos románicos del territorio, la iglesia parroquial de Santa  María de Pero Gómez, coronando una costanilla con vistas al castillo que parece empinarse por detrás, sobre los muros rojizos y los cipreses, a mirar los que el espectador está viendo cómodamente. Hoy se conoce a este templo como “iglesia de Santa Clara”,  pues en el siglo XVI pasó a servir de  capilla conventual a la institución de clarisas fundada por la familia de los Malo. Es un edificio espléndido, de planta de cruz  latina con crucero apenas acentuado, bóvedas de crucería, ábside  semicircular cubierto de bóveda de cuarto de esfera, que al exterior se traduce en un valiente y elevado elemento pétreo en el que los ventanales aspillerados, los pilares adosados, los  capiteles vegetales y los canecillos conjugan y evocan la arqui­tectura de los condes con su tiempo de leyenda. La portada de  Santa Clara es, finalmente, un elemento magnífico, de reminiscen­cias francesas, elegante y pulcro, el más bello exponente de esta  arquitectura en el territorio de nuestra visita.

Algunos mínimos detalles quedan en la capital del estilo: de una parte, la iglesia hoy parroquial de San Gil tiene escondida por sus ábsides, solo visible desde patios interiores, una ventana románica. Y por supuesto el templo de San Martín, en la calle de las Tiendas, que lleva abandonado y en ruinas decenas de años, tras la fachada que lo mantiene oculto en su interior, y a través de los rotos de la puerta, se observa la bonita portada románica, de arcos apuntados en degradación y decoración de puntas de diamante de sus arquivoltas, con un crismón medieval en la clave del conjunto. Nada más puede verse hoy, y esperamos (algo se ha oido ya) de que pronto se inicien los trabajos de restauración de este templo, que tanto afea a la capital del Señorío en su más céntrica calle.

Si aún queremos ver otra construcción en Molina de la época románica, debemos bajar al río Gallo, y al final de los adarves nos ofrece la espléndida estampa de su “puente románico” (que no romano, como algunos lo califican). Permitía, desde el siglo XII, el paso a la ciudad desde la llanada de San Francisco, frente a la puerta de la muralla que llamaron “puerta del río”. Con tres ojos, este puente románico se mantuvo entero, aunque con algunos arreglos, hasta el siglo XVII, pero tras la estancia de Felipe IV en Molina en el verano de 1642 se hicieron notables mejoras por haberlo encontrado muy deteriorado. Consta en esencia de tres arcos escarzanos que apoyan sobre dos gruesos pilares con tajamares triangulares aguas arriba, redondeados aguas abajo, y unos estribos laterales, largos y quebrados para permitir el acceso progresivo, ayudados de pretiles de piedra, desde las calles laterales. El arco central tiene una luz de 8,30 metros, siendo los laterales más bajos y desiguales debido a los sedimentos aportados por el río, teniendo 7,20 metros el arco bajo el que corre habitualmente el agua, y solo 5,50 el que está seco. Es, sin duda, el único elemento arquitectónico románico no eclesial que queda en la tierra de Molina.

Por los caminos de las sesmas

Desde la capital, hemos de dirigir nuestros pasos a los diversos lugares de las cuatro sesmas donde quedan restos románicos. Por la tierra del Campo, nos iremos hasta Rueda de la Sierra, donde si conseguimos que nos abran la puerta de su iglesia, la exterior, nos será dada la oportunidad de contemplar una preciosa portada románica, muy bien conservada, pues desde hace siglos se mantiene protegida en un atrio cerrado. Es una portada, esta de Rueda, de múltiples arquivoltas decoradas con elementos geométricos, y algunos capiteles historiados.

Siguiendo la carretera del Campo adelante, llegaremos a Tartanedo, donde también se mantiene intacta, en su iglesia de San Bartolomé, un único detalle románico, precisamente la portada cobijada por atrio cubierta. Es rechoncha, ancha, con unos capiteles de burda decoración zoomórfica. Pedir que abran la puerta del templo si estuviera cerrado.

Unos kilómetros adelante, llegamos a Hinojosa, y en su término, después de haber pasado antes Labros (luego volveremos) nos encontramos con otra de las joyas sorprendentes del Señorío: la ermita de Santa Catalina. Aquí nos sorprende la belleza de su atrio meridional con arcadas, y la gran puerta abocinada de entrada al templo, más los capiteles y solemnidad de su interior. El atrio bien restaurado es evocador de la sencillez del románico rural molinés; el ábside semicircular  muestra en sus canecillos imágenes del bestiario medieval, muy variadas. Y los dos capiteles del arco mayor interior tienen también ecos de Silos, con arpías y monstruos de perfecta talla.

Volvemos a Labros, donde se suben las empinadas callejas hasta la eminente iglesia, bien restaurada hace pocos años, en la que aparece, hoy bajo atrio cubierto, la portada románica de simples y elegantes líneas, en la que destacan sus capiteles (solo quedan 3 de los 4 que tuvo, porque uno de ellos lo robaron hace poco tiempo) con un encestado silense de gran detalle, o animales y figuras de retórica enseñanza.

Hay que seguir por otras sesmas y caminos del Señorío para ver detalles, a veces mínimos, pero siempre encantadores, del románico rural. En la  ermita de la Carrasca (un par de kilómetros a levante de Castellar de la Muela, por camino cómodo) son las puras líneas de un románico simplicísimo las que nos asombran, y en Chilluentes se vieron hasta hace poco, pues algún amigo de lo ajeno se los llevó, unos interesantes grabados geométricos sobre las jambas de su ventana absidial.

Cerca de la capital, en dirección al Alto Tajo, aparece Teroleja, con una portada de su templo que tiene los elementos del románico en sus arcos decorados con bolas. En esta, como en todas las anteriores, sorprende la sencillez y rotundidad de su arquitectura, con vanos  semicirculares moldurados de baquetones repetidos en los que  suelen aparecer como decoración única puntas de diamante y al­gunos capiteles con elementos zoomorfos muy rudimentarios.

Acabar en el monasterio cisterciense de Buenafuente

Según se va llegando al Señorío, si desde el ducado de Medinaceli se viene, o desde el alto Tajo, y según se va saliendo, si por Mazarete hacia Cifuentes nos vamos, el viajero más que encontrar ha de ir a buscar uno de los más espléndidos conjuntos del románico en esta tierra: el monasterio de la Buenafuente del Sistal y su iglesia impresionante. Construida en el siglo XII por caba­lleros y monjes franceses, muestra su interior realizado totalmente en piedra de sillería, compuesto de una sola nave  adornada de arcos de refuerzo apuntados, y con un ábside plano en el que lucen bellas ventanas, más sendas portaladas de ingreso, a los pies del templo, con arcos semicirculares, finos haces de columnillas, capiteles de temas vegetales y metopas de lo mismo.

Es, en definitiva, un estilo medieval que en Molina evoca sus  primeros tiempos de repoblación, y que ofrece pocos pero muy interesantes elementos que bien pueden justificar una “ruta del románico” a través del país molinés.

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