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Alocén abierto, un pueblo que avanza

Mañana sábado, primero de mayo, en Alocén va a tener la Fiesta del Trabajo un cariz especial, cultural y evocador, popular y solidario. Porque para mañana, a las 8 de la tarde, y en el salón de su Ayuntamiento, está prevista la presentación de un gran libro que acaba de terminarse, en escritura y edición, y que va dejar muy alto el pabellón de este pueblo alcarreño, ya de por sí en la cima del cuidado y la belleza urbanística.

 

Viajar a Alocén

Con este motivo, sería buena idea acercarse por Alocén a conocer un pueblo más de la Alcarria. Dice el autor del libro, el historiador alcarreño Aurelio García López, que Alocén fue siempre un pueblo sin importancia colgando de las altas laderas pedregosas y oliveñas de la margen derecha de un profundo y alborotado río Tajo. Lejos de todo, ajeno a la civilización, las modas y las tragedias, fue un espacio humano en el que apenas ocurrió nada en ocho siglos.

Sin embargo, en poco tiempo, en los últimos treinta años, Alocén ha despegado, y hoy tiene una personalidad tan fuerte que, sin duda, quien lo visita y lo disfruta aunque sea solamente unas horas no lo olvidará fácilmente. Es más, volverá seguro. Porque en Alocén se ha implantado la modernidad a través de unas medidas muy concretas y muy simples: se han arreglado todos los edificios, se han pavimentado todas sus cuestudas calles, se ha puesto limpio y reluciente el paisaje y el horizonte urbano: la iglesia restaurada y sus retablo limpios; la picota rodeada de un precioso jardín; las casas principales acicaladas y con el traje de domingo alcarreño; hasta se ha recuperado la portada de su vieja estación de ferrocarril…

A Alocén se llega muy fácil, desde Guadalajara, subiendo la “cuesta del Ave” (a la que los de siempre llamamos la “cuesta del Sotillo”) y tras dejar a lo lados Horche y Tendilla, en el alto de la Alcarria a la altura del Berral se tuerce a la izquierda (en dirección a Budia, que es la que sale en los carteles) y tras recorrer los ahora verdísimos campos se encuentra el tercer desvío a El Olivar y Alocén.

Antes de bajar al pueblo, es obligado pararse en el Mirador que ha construido el Ayuntamiento, en un lugar de privilegiadas vistas, con el embalse de Entrepeñas (ahora rebosante, en su mejor postura desde hace 10 años) a los pies, el viaducto, las Tetas de Viana al fondo, las sierras del Tajo, lejanas, y agua y verdor por todas partes. Desde el Mirador de  Alocén se tiene la sensación de volar sobre la provincia toda, sobre el mapa palpitante de la Alcarria.

Un poco de historia

Para centrarse el viajero, debe saber al menos unas pinceladas de la historia del lugar. Muy breve y sencilla, como antes dije. El historiador García López, autor de la “Historia de la Villa de Alocén” que se presenta mañana, en las 320 páginas de su obra ofrece los más mínimos pormenores de esa historia.

Deriva el nombre de Alocén de la arábiga palabra alfoz, que viene a significar lugar o paso. Desde el momento mismo de la reconquista de la Alcarria, en los finales años del siglo XI, perteneció Alocén en calidad de pago o alquería al monasterio cisterciense de Monsalud, fundado por Alfonso VIII. Los monjes aprovechaban la agricultura, molinos, ganado, etc. del término, sobre el que ejercían señorío y cobraban impuestos. La jurisdicción correspondía a Huete, en cuyo Común estaba el lugar. En el siglo XV, finales, Alocén se hizo Villa. Y en 1562, los monjes de Monsalud decidieron vender el enclave alcarreño a un hidalgo santiaguista, vecino de Huete: don Gaspar Fernández de Parada, quien pagó por ello 4.000 ducados. Inmediatamente, la villa decidió ejercer derecho de tanteo, para así comprarse a sí misma, y tener no sólo su jurisdicción, sino su propio señorío, eligiendo a los oficiales y escribanos entre sus propios vecinos. Obtuvo su pretensión en 1587, pagando al anterior poseedor la cantidad de 6.400 ducados, y colocando entonces horca y picota, instalando también cárcel, cuchillo y cepo. Nada de particular sucedió después que perturbara la tranquila vida rural de la villa alcarreña.

O sí, porque en esos años, en esos siglos de paz idílica y constante devenir de hambrunas, epidemias, cosechones y fiestas, en Alocén se fueron alzando algunos edificios que, sin llegar a ser catedrales ni patrimonios, tiene hoy un interés sumo para el visitante. Viajero yo mismo de mil caminos, sin rubor puedo decir que siempre que llego a Alocén (y lo he hecho este invierno varias veces, algunas con nieve, otras con nieblas y casi siempre lloviendo) que Alocén muestra su cara amable: sonríe siempre. Y ahora que brilla el sol y verdea el confín todo sorprende: el parque de la entrada, la calle mayor cuestuda y zigzagueante, la gran plaza con ese Ayuntamiento soportalazo y asomándose al brillo del paisaje mojado, y al fin la iglesia dedicada a la Asunción, y a la que merece la pena visitar con detenimiento, porque se encuentra en ella  la belleza de la arquitectura interior (es que la arquitectura es eso, el espacio creado entre los muros, los juegos de sol y sombra bajo un techo) y los objetos de culto que sobrevivieron a las malas épocas. Además de un rico museo en la Sacristía, con cuadros, telas, orfebrería y documentos, lo que más impresiona de este templo son sus retablos. Solo por ellos se justifica un viaje a Alocén.

Los retablos de Alocén

La iglesia parroquial de Alocén ofrece uno de los más densos e impresionantes conjuntos barrocos de toda la comarca de la Alcarria. En el muro principal de su cabecera, luce tres espléndidos conjuntos que vemos en esta imagen. El central, o retablo mayor, es una obra barroca de principios del siglo XVIII, que se complementa con un tabernáculo espléndido, del mismo estilo, procedente del convento de las Trinitarios Descalzos de Alcalá de Henares. A sus lados, en la zona de la epístola, el retablo dedicado a San Isidro, que primitivamente lo fue a San Nicolás, pues fue sufragado por aquella vieja Cofradía. Ofrece buenas pinturas de San Roque, San Sebastián, San Varón y Santa Águeda, más una pintura superior de la virgen del Peral de la Dulzura. En la zona del Evangelio, surge el retablo del Carmen. Como el anterior, es de finales del siglo XVII y su autor fue muy posiblemente Alejandro Bermejo, vecino de Brihuega. Este lleva pinturas de San Benito, San Francisco, y una santa crucificada, posiblemente Santa Librada.

En los brazos del crucero, a la derecha surge el retablo de Nuestra Señora de los Dolores, donado en el siglo XVIII por don Juan Corral Morales, y que ofrece de curioso, entre otras cosas, una puerta de sagrario en la que se pintan las armas episcopales del obispo de México don José Pérez Lanciego y Eguíluz, así como una escena muy poco frecuente en las puertas de los sagrarios: el héroe mitológico Hércules luchando y venciendo al león de Nemea.

Frente a él, en el otro lado del crucero, el altar del Cristo del Amparo, que además de la talla del patrón de la villa, presenta en lo alto un gran cuadro de la Virgen de Guadalupe, traído como regalo desde México, en el siglo XVIII. De todos ellos, destaca su perfil barroco, uniforme y espléndido. Un verdadero museo del arte de la Ilustración.

Memorias recogidas en un libro

Mañana sábado, 1 de mayo, a las 8 de la tarde, en el salón de actos del Ayuntamiento de Alocén, sito en su plaza mayor, se celebrará la presentación pública de su “Historia de la Villa de Alocén” que ha sido escrito por Aurelio García López y editado a través de la editorial alcarreña AACHE. El libro se ofrece en un tamaño grande, de folio, con 320 páginas de buen papel y con muchas fotografías a página completa y a color, de sus bellezas patrimoniales y paisajísticas.

En el acto intervendrán el alcalde de la localidad, Jesús Ortega Molina, siempre entusiasta de mejorar el pueblo y en este caso de dejar impresa su memoria de siglos; Antonio Herrera Casado, cronista de Guadalajara, que glosará autor y libro; y el propio autor, el joven historiador Aurelio García López, que últimamente ha sido protagonista de diversas presentaciones, conferencias y ponencias, pues no en balde es, hoy por hoy, el más dinámico investigador de la cosas antiguas de la Alcarria.

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