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Manu Leguineche, un personaje alcarreño

Esta tarde, en el salón de actos del Colegio “San José”, tendrá lugar el homenaje a la figura de Manuel Leguineche, periodista y escritor que ha recalado su vida en la villa de Brihuega, y ha dado nueva dimensión a la tierra de la Alcarria en sus escritos. Además del aplauso y el fervor cariñoso de cuantos le admiran, recibirá de la presidenta de la Excmª Diputación Provincial el título de “Hijo Adoptivo de la provincia de Guadalajara”, algo que muy pocos pueden mostrar, porque supone que oficialmente se les considera, -aunque venidos al mundo fuera de su geografía-, alcarreños a todos los efectos. Gentes de aquí, con la costra de ruralismo y esencia parda que a todos los que aquí hemos nacido se nos supone.

Sosegada visión de la obra de Leguineche

Tiene la tierra de Guadalajara un misterioso don de gentes, con el que consigue que muchos que alguna vez pasaron atravesándola, por el camino más fácil y aburrido, como es la N-II, se quedaran en ella para siempre, prendidos en el encanto inclasificable y difícilmente explicable de sus ámbitos rurales. Uno de ellos ha sido Manuel Leguineche, quien vasco de origen y viajero de todos los mundos, recaló en esta tierra que finalmente ha considerado la suya, porque cada uno es, como dice el refrán, “no de donde nace, sino de donde pace”. Y pacer, que posiblemente venga de paz, es lo que hace Leguineche entre nosotros: disfrutar de la paz de esta tierra de Alcarria.

En ella ha visto pasar la avutarda y la golondrina, ha escuchado en la noche cantar al búho (su canto es triste y monótono, señala que vive, simplemente) y ha charlado con las encinas, le ha despeinado el viento del Ocejón, y ha disfrutado de sus libros preferidos, “Las cartas desde Rusia” de Custine, el “Viaje a la Alcarria” de Cela, “El gatopardo” de Lampedusa, y algo de la Iliada y el Quijote. Añora su tierra natal, pero en esta encuentra la fuerza necesaria para sobrevivir. Más luz, y el horizonte más ancho. En Brihuega, donde vive, Leguineche dice que parece estar en una especie de microcosmos “de lo mejor que he conocido, no solo por el paisaje, sino por el paisanaje”.

La obra de Leguineche es para saborearla con calma, no valen las prisas. No es obra de lectura en el metro, ni de abrir sus libros mientras nos llaman para comer, o se aprovecha un hueco para ir adelantando. No: se requiere tiempo por delante, espacio ancho, temperatura uniforme, saber que mañana no habrá, tampoco, prisas ni compromisos.

La forma sobre el fondo

Los libros que nos ha ido entregando Leguineche, han pasado de la universalidad, del corretón de mundos que fue en su “La vuelta al mundo de un periodista”, al localismo, que es saber del mundo mirando a través de la ventana de la casa en que vives.

Y es en esa postura donde se desvela el hombre sensible con las ideas que yo apoyo: las del enraizamiento. Porque después de recorrer medio mundo, de saborearle y sufrirle, se da cuenta que la esencia de la vida está en un lugar pequeño. Y no solo eso, sino que se alimenta de los valores que ese lugar ha ido acumulando a lo largo de los siglos. De la Alcarria, Leguineche conoce las plantas y los animales, los vientos y las nubes, los panaderos y las posaderas, la historia de los obispos y el arte de los churrigueras. Siempre que ha escrito de la Alcarria, lo ha hecho yendo al meollo de las cosas, a su esencia: le importa más lo que piensa el agricultor de Cañizar que las crónicas de Catalina, y se fija más en “esa franja de sol en el barbecho que aparece cuando el otoño va bien entrado” y cualquier color resucita.

De entre los muchos patrimonios que tenemos (el aqueológico, el histórico, el costumbrista…) Manu Leguineche se interesa por el más humano: por las gentes, sus experiencias, sus juegos, sus sentimientos, eso es lo que busca. Yo creo, cada día más, que es necesario al hombre estar fundido con un espacio, y saberlo todo de ese espacio: los nombres de las calles, quienes lo poblaron antes, por qué se hizo esta casa y cuando toca reir todos juntos. La vida no solo es un latido, un sentir correr la sangre por las venas, sino tener el cerebro lleno de ideas y recuerdos, y saber la razón de por qué están allí. Quizás solo sean estas disquisiciones de viejo, pero a la larga ayudan a mantenerse despierto y con motivos para seguir adelante.

De entre los muchos libros que Leguineche ha escrito (no entro a recordar ni siquiera sus títulos, aunque haya cosas como aquella historia de los hoteles en guerra, o “El precio del paraíso” en que narra la aventura del anarquista español que se refugia en el Amazonas boliviano, o la historia miserable de Hearst cuando “él pone la guerra” para tener material en su periódico, incluso la peligrosa “vuelta al mundo de un periodista”) destaco dos en los que se justifica su amor a la Alcarria y este homenaje. Son “La felicidad de la tierra” y “El club de los faltos de cariño”.

Son estos libros dos contundentes alegatos, sueltos como cuentagotas sobre el lector que pasa, en los que el autor se explica en lo que concierne a su idea de la vida, y el lector encuentra de continuo las referencias a esta Alcarria que le palpita entre los dedos. El autor convierte una aldea (es Cañizar, pero podría ser cualquier otra) en el centro del mundo. De su mundo. Sin gota de orgullo, con humildad rotunda: fuera de aquello, más allá de las casas, los ejidos y los panes del alto, no existe nada. Pero allí dentro, en esos límites que conforma la olivareña ladera, la rubia meseta de alcarria, la olmeda que escolta al arroyo, está todo lo que necesita la vida para desarrollarse y ser plena. Quizás sea esa la lección que me han dado estos libros, este escritor, este amigo: que después de tanto viajar, de ver y sufrir tantos mundos, sabe y pregona que la felicidad está muy cerca, y cabe en un puño, en una palma de la mano, en una mirada…

Ya necesita Manu Leguineche un estudio serio, una tesis doctoral, un simposio monográfico, para analizar su obra, su mensaje y su trascendencia. Estos pasados días, dos mesas redondas organizadas por Siglo Futuro y la Diputación Provincial han servido para ahondar en su esencia literaria. Porque aún sin un estilo propio de escritura (como todo buen periodista, cuenta lo que ve y lo que siente, y no necesita de perífrasis y metáforas para ello) consigue sin embargo una radical personalidad en su obra, sumada de granos sinceros, de cápsulas de optimismo y alegría.

Analizando la obra de Leguineche

La obra “El Club de los faltos de cariño” la escribe Leguineche en su casa de Brihuega. Tiene esa casa (la de los Gramáticos, la que fue de Margarita Pedroso) todos los condimentos para hacer feliz a quien en ella viva. Aunque, ya se sabe, esos condimentos con los que se guisa la felicidad, dependen más, mucho más, del alma que vive, que del almario en que se vive. A través de los mensajes sin voz que emiten, a saber, un pato (Toribio), una gata (Muki) y un paisano (Jesús) Manu Leguineche interpreta el mundo. Dice él que ha vivido en el tiempo de las “cuatro bes”: bar, botella, baraja y brasero. El mundo de los jubilatas, al que todos estamos condenados pero que no queremos que nunca llegue.

Y no me resisto a copiar, en mi intento de desvelar la calidad de la literatura leguinecheana, una de sus mini-páginas más inspiradas. Cuando nos habla del otoño, de cómo ve el otoño a través de su ventana, de lo que pasa en el jardín, o en el cielo, allá entre las lomas que abrigan a Romancos y a Archilla: “Hay una enorme parva de hojas bajo los plataneros. Me hipnotiza la caída de la hoja, el vuelo, el balanceo de flujo y reflujo, las bruscas ráfagas, el rumor de hojas secas que recuerda el romper de las olas en una playa de cantos rodados, su deveaneo, su carrera desde el árbol al suelo acolchado. Algunas quedan suspendidas en el aire, se resisten a caer. Una de ellas, consciente de que vigilo su agonía, se viene hasta donde estoy sentado al sol, y se deja caer con displicencia… nada tiene la grandiosidad de un asalto del aire contra la masa arbórea, como la furia de los titanes contra el divino Apolo. El lenguaje de los árboles tiene más registros de lo que parece”.

Estas líneas creo (a mí me lo parece) que dan la dimensión del escritor que es Manu Leguineche. Deja de inventar argumentos, deja de narrar historias, falsas o verdaderas. Describe lo que ve, y finalmente deletrea lo que siente. Cuando uno es capaz de mirar por la ventana, en la tarde cayendo, y monta luego una página hermosa solo refiriendo que ha visto caer las hojas de los árboles, y lo que eso le hace sentir, es que tiene madera de escritor. Aunque no lo quiera. Y de poeta aún, porque los párrafos de arriba en cierto modo me recuerdan a Pedro Salinas desgranando en leve asombro lo que acaba de ver.

En ese andar nos encontramos con él los que pertenecemos al “Club de los amantes del otoño”. Y justo en estos días, en que el aire ha sido de oro, y ha pintado los árboles, los valles, los pequeños pueblos, y luego ha visto cómo todas las hojas, ateridas, eran vencidas por el fragor del viento norte, nos sentimos más hermanos, nos damos ánimos, que es lo único que nos queda.

Apunte

Y un libro para recordarle

También en el acto de homenaje, que tendrá un marcado acento de amistad, se pasará un documental sobre su vida. Y se presentará un libro que ha coordinado Raúl Suárez, y que la Diputación pondrá en manos de quienes asistan al acto: “Guadalajara ya tiene quien la escriba. Homenaje a Manu Leguineche”. Y en él las frases que su amigos, más de un centenar, le han dedicado. Será una especie de enciclopedia leguinecheana, en la que quede al descubierto, desde cualquier ángulo posible, la personalidad y la obra cuajada de este escritor vasco que ya se ha hecho, le hemos hecho entre todos, alcarreño.

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