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Uceda, una cita en los rayanos

Uceda, una cita en los rayanos

La torre de la iglesia

Llaman rayanos a los que viven en las fronteras. Al menos, ese nombre se lo damos por aquí a los que son de lugares que limitan con otras provincias, con otras regiones. Es clásico decir de los que nacieron en Milmarcos, y en Villel, y en Fuentelsaz o en Alustante, que viven en la raya de Aragón, y entre ellos se llaman rayanos.

Pero también tienen ese apelativo quienes residen en lugares fronteros con Madrid, o con Cuenca. Tuvieron siempre, en las historias, en las fiestas y en los puntos de vista con que encaran el mundo, una forma distinta de hacerlo que los de provincia adentro. Por eso, hoy nos hemos ido hasta los rayanos de Uceda, que están ahí mismo (no se tarda más de veinte minutos en llegar a esta villa desde Guadalajara) y aprovechar a contemplar sus edificios y sus calles, charlar con sus gentes y animar los ojos con la proximidad nevada de la Sierra.

 Un templo románico restaurado

 En el extremo más occidental de la provincia, rayando con Madrid, sobre una meseta que otea desde su altura el hondo valle del río Jarama, capitaneando una tierra bastante llana, y uniforme en sus campos de cereal y en sus bosquecillos de chaparral, capital de una minicomarca a la que en tiempos llamaron “Tierra de Uceda”, asienta la villa que fuera señorío de los arzobispos toledanos, y que por ello tuvo importancia histórica como referente estratégico y moneda de cambio.

En el extremo más occidental de esa occidental villa, se levanta la que fuera principal iglesia parroquial de la medieval ciudadela. Es la iglesia de Nuestra Señora de la Varga, un monumental ejemplo de la arquitectura románica en los extremos de la Campiña. Acaba de recibir un benemérito proceso de restauración que la ha dejado hecha un cromo, una sonriente estampa de vieja esencia medieval. Solo por eso merece la pena acercarse a verla. Pero además supone ser la excusa para darse una vuelta por el pueblo y ver aún los restos de las murallas antiguas, o la gran iglesia actual de estilo neoclásico, presidiendo su gran plaza de esencias castellanas.

La Virgen de la Varga (varga, en roman paladino, o sea en castellano antiguo, quiere decir cuesta) fue abandonada como templo hace muchos siglos, y sufrió el proceso de su ruina y saqueo de sus piedras durante largas centurias. Lo que queda es, sin embargo, espectacular, y la restauración recibida la ha dejado en un perfecto estado de admiración.

Es esta una obra de transición del románico al gótico, levantada en la primera mitad del siglo XIII por los arzobispos toledanos, señores de la villa (quizás por don Rodrigo Ximénez de Rada, introductor de las normas arquitectónicas cistercienses en España). Está toda ella construida en sillar calizo, blanco‑amarillento, y muestra entero el muro de mediodía, en el que se abre la portada principal, que se alberga en un cuerpo saliente, y se forma por ocho arquivoltas sobre columnas adosadas excepto la más externa y más interna que apoyan sobre pilastras. Los capiteles son sencillos y sin decoración. La traza del arco es ligeramente apuntada. En el muro de poniente aparece otra puerta, hoy tapiada, formada por varias arquivoltas apuntadas. Es un elemento muy sencillo, y, a partir de los mensulones que aparecen en su parte superior, se puede colegir que antiguamente estuvo protegida por un porche. La planta del templo, al que hoy le falta la cubierta de las naves, es ligeramente alargada de poniente a levante. Su extremo oriental está ocupado por los tres ábsides, el principal y dos laterales, que se abrían a las correspondientes naves por sendos arcos apuntados doblados, sobre pilares en cuyos frentes van adosadas semicolumnas con capiteles y cimacios decorados con motivos vegetales esquemáticos. En la capilla mayor, que va precedida de un corto tramo recto, se ve muy bien conservado un capitel en el que aparece una figura humana escoltada de dos animales. Las tres capillas absidiales van separadas entre sí por arcos de medio punto abiertos en el grueso muro. Se iluminan por delgadas ventanas abocinadas, escoltadas por molduras semicirculares, con columnillas y capiteles vegetales del estilo. Las bóvedas son de cuarto de esfera y tramos de cañón. Al exterior, se marcan columnas adosadas y cornisa sostenida por canecillos. En la mampostería que forma el muro norte se ven todavía numerosos fragmentos de finas tallas de cardinas, arcos y otros detalles que denotan haber existido uno o varios enterramientos de época gótica. Su interior, que debía ser riquísimo de obras de arte, altares, orfebrería, enterramientos de nobles y muchos otros detalles, está solamente ocupado de sepulturas modernas: es hoy el cementerio de Uceda.

De las otras dos iglesias parroquiales que existieron en el contexto de la vieja villa murada de Uceda, y que llevaban por títulos los de Santiago y San Juan, probablemente también románicas, ya nada queda.

 Más cosas que ver en Uceda

 Pero el viajero ha de animarse a recorrer el pueblo, por entero, a pasearse su larga calle central, calle mayor secular, y a partir de ella mirar otras plazas, caserones, iglesias, restos de conventos.

Llegará así al centro de la villa, donde presidiendo su bella plaza mayor se encuentra la actual iglesia parroquial, también dedicada a Nuestra Señora de la Virgen de la Varga. De primeras impresiona por su monumental traza y dimensiones. Se trata de un edificio construido en sillar calizo y sillarejo, de grandes dimensiones externas e internas. Se abre una puerta de ingreso, tras breve atrio descubierto, a mediodía, y otra puerta, más principal y solemne, a poniente: sobre ésta aparece un relieve tallado en piedra representando a la Virgen de la Varga, patrona de Uceda, escoltada de dos escenas tradicionales de la Villa: un caballero matando una gran serpiente, y un cautivo con sus cadenas rotas por milagro de la Virgen. Esta fachada de los pies de la iglesia es monumental, realizada conforme al estilo severamente clasicista de la segunda mitad del siglo XVI con cuatro medias pilastras toscanas y hornacinas, más la puerta adintelada. Una torre altísima, sin rematar en el chapitel que tenía proyectado, asienta en el ángulo sur‑oeste del templo. Es curiosa en ella la ejecución de su centenar largo de escalones, hechos con lápidas sepulcrales traídas quizás de la antigua iglesia. El interior es de una sola nave, con crucero levemente acentuado y capilla mayor elevada. El crucero se cubre con cúpula semiesférica, y el resto del templo con bóveda de yeserías en estilo barroco. El interior está vacío de obras de arte, pues lo poco que tenía, y eso moderno o procedente del convento de franciscanos de la villa, acabó siendo destruido en la Guerra Civil de 1936‑39.

Este magnífico templo, cuando en el siglo XVI comenzó a tomar incremento lo que hasta entonces había sido solamente arrabal, fue mandado construir por el cardenal Silíceo, arzobispo de Toledo y señor de Uceda, en 1553. Autorizó la recolecta de limosnas por la diócesis y territorios adyacentes, consiguiendo así una gran cantidad de dinero para poder levantar dicha iglesia. Fue encargado de construirlo el famoso maestro de cantería, vecino de Cogolludo, Juan del Pozo. Fue ayudado en principio por el complutense Diego de Espinosa, y más tarde por Fernando del Pozo, Juan del Pozo de la Muela y Pedro de la Sota. Hasta 1557, año de la muerte del arzobispo, se levantaron muros, portadas y la torre. Pero luego se paralizaron las obras, prosiguiéndose con arreglo al plan original en 1627, esta vez dirigidas por el maestro Jerónimo de Vega. Nuevamente paralizadas, dieron remate a fines del siglo XVIII, por el enérgico impulso que todo el pueblo, ayudado del arzobispo de Toledo, cardenal Lorenzana, le dio a las obras, terminándose en 1800 según reza una inscripción en piedra que puede leerse sobre la puerta que da al atrio meridional. «Fabricóse esta iglesia por disposición del Emmo. Sr. Cardenal de Lorenzana, arzobispo de Toledo, a solicitud de su cura propio D. Joaquín Alonso Carrera, año de MDCCC».

Aún el visitante puede ocupar su tiempo en pasear el pueblo y admirar en él algunas importantes y bellas casas nobles, de linajudas familias de hidalgos de la villa. Son construcciones del siglo XVII, con grandes escudos sobre la entrada, y arquitectura peculiar de la zona a base de aparejo de ladrillo y sillarejo. Una de estas casonas posee un gran sótano practicable con bóveda de cañón muy curiosa. Otra, que perteneció a los cartujos de Rascafría, ha sido finalmente transformada en Hotel Rural de estupenda estampa. También pueden admirarse diversos ejemplares de arquitectura popular de esta zona, con aparejos del estilo descrito, entramados, adobes, sillarejo en plantas bajas, y magníficos ejemplos de forja popular en forma de rejas, clavos, llamadores, etc.

 Una sombra del castillo y sus murallas

 Herencia de su importante posición estratégica sobre el valle del río Jarama, al que se da vista ancha desde la altura de la población, es la memoria de su castillo, del que apenas si queda la sombra. Solo podemos ver hoy sus ruinas, muy elocuentes miradas desde la pradera que se abre junto a la iglesia de la Varga. De indudable origen árabe, levantaba su núcleo fuerte principal en una eminencia del terreno avanzada sobre el valle y cortada a pico en sus vertientes norte y poniente. El pequeño recinto poseía en un ángulo una torre pentagonal, y se rodeaba de un foso hoy ya casi cegado. Sus muros eran espesos, muy fuertes, construidos de argamasa bien trabada. Le rodeaba un amplio recinto del que aún se ven restos y que se extendía por la meseta circundante: presentaba al nordeste la Torre Herrena de la que aún quedan restos, bien reforzados, de planta pentagonal, y junto a la cual había un complejo de puertas delante de las cuales aparecía un puente levadizo. Nada queda de la puerta nueva, que se situaba entre dos fuertes torres. En esta gran fortaleza guardaban los arzobispos de Toledo sus tesoros y rentas dinerarias. En él se sublevó Alfonso Carrillo, junto a otros obispos castellanos, contra Enrique IV, y aquí padecieron prisión, entre otros, Francisco Jiménez de Cisneros, luego cardenal y regente (por orden del arzobispo Carrillo), el duque de Alba (por orden de Felipe II) y aun el propio duque de Uceda según mandó Felipe IV. Este poderoso baluarte sirvió para conferir a la villa de Uceda su propio escudo de armas, pues según se ve en algún sello de cera de antiguos documentos, el escudo se componía de un castillo cerrado, con tres torres, y en la central una bandera llevando en las laterales sendas estrellas, y alrededor esta frase: SIGILLUM: CONCILII: VZETENSIS.

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