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Por un cambio del escudo heráldico de Guadalajara

La inauguración, hace escasas fechas, del torreón de Alvarfáñez restaurado, nos ha permitido contemplar en su interior una serie de propuestas que recuerdan la leyenda de la conquista de la ciudad, y la evolución del escudo heráldico municipal, que hoy representa al héroe castellano al mando de su mesnada conquistando la ciudad a los musulmanes. No siempre fue así el escudo, y el hoy complicado emblema oficial es una especie de compleja leyenda o escena de ópera, cargado el escenario de personajes y guirnaldas que deberían ser revisadas, por no decir eliminadas, en aras del justo orden histórico.

El autor propone modificar el escudo de Guadalajara de la manera que aquí se ve.

Lo que hoy vemos en todos le edificios

El escudo de Guadalajara, tal como hoy aparece en documentos, edificios, autobuses y estandartes, muestra un paisaje medieval: un campo llano al fondo del cual surge una ciudad amurallada. Alguna torre descuella sobre las almenas del primer tramo. Una puerta cerrada se acurruca en una esquina del murallón. Sobre la punta de la torre, un banderín con la media luna nos dice que la ciudad es islámica, que la pueblan moros, aunque no se les vea. Sobre el campo verde del primer término, un guerrero medieval monta un caballo. Va revestido el caballero de una armadura de placas metálicas, una celada que le cubre la cabeza y plumas que como lambrequines brotan de élla. Va armado con una espada, o lanza, en señal de fiera ofensa. Detrás de él, formados y prietos, unos soldados admiran el conjunto, expectantes. De sus manos surgen verticales las lanzas. Parte de sus cuerpos se recubren por escudos que llevan pintadas cruces. Son un ejército cristiano que acaudilla un caballero: se llama Alvar Fáñez, el de Minaya, y está curtido en mil batallas por los campos de Castilla. Un cielo oscuro, de noche cerrada, tachonado de estrellas y en el que una media luna se apunta, cubre la escena.

Dice la tradición que este emblema, tan historiado y prolijo, es la imagen fiel de un momento, de una singular jornada de la ciudad. Representa la noche del 24 de junio de 1085, una noche espléndida y luminosa de San Juan. La ciudad del fondo es Guadalajara la árabe, la Wad-al-Hayara de las antiguas crónicas andalusíes. El campo verde sería la orilla izquierda del barranco del Coquín, lo que durante muchos años fue Castil de Judíos. Allá se apuestan el caballero Alvar Fáñez y sus hombres de armas. Esperan el momento, en el silencio de la noche, cuando sus habitantes duerman, y uno de los suyos abra el portón que da paso desde el barranco al barrio de los mozárabes. Escondidos cada cual por su lado, a la mañana siguiente aparecerán con sorpresa por las calles del burgo, y sus habitadores ya nada podrán hacer ante la consumación de la conquista.

Como fue en su origen

Pero el originario escudo heráldico municipal de Guadalajara no es el emanado de esa leyenda. Es algo más sencillo y prosaico. Se formó, posiblemente en el siglo XV, cuando las ciudades comenzaron a utilizar blasones heráldicos lo mismo que los individuos. En principio usó como emblema heráldico exclusivamente la imagen de un caballero, andante o galopante, con espada o lanza en la mano, solo o acompañado de un sembrado de estrellas. El origen de este viejo escudo está en el hecho de la toma de una imagen procedente del sello concejil, el juez o alférez de la hueste ciudadana, refundidas luego sus dos caras en una sola imagen, añadiendo el reverso de ese sello con una visión de la Guadalajara primitiva. La existencia de este sello la descubrió el primer cronista provincial de Guadalajara, don Juan Catalina García López, quien mandó reproducir, en cera, y a mayor tamaño, aquel sello que colgó de sedas rojas, blancas y verdes de los documentos medievales del concejo arriacense.

Ese sello, redondo, y en cera, lo ponía el juez en los documentos que el Concejo extendía. Donaciones, cambios, derechos, inventarios, etc. llevaban pendientes de sus pergaminos esta marca ciudadana. En su reverso aparecía una gran ciudad medieval sobre las aguas de un río. Por encima de las ondas suaves del agua (suponemos que del Henares) se alza una ciudad en la que, tras pequeña muralla, vénse iglesias, palacios y torreones. Es, sin duda, la Guadalajara del siglo XII, el burgo que con su Fuero y sus instituciones en marcha comenzaba a escribir una historia larga y densa. En derredor de la ciudad, una leyenda que dice «Sigillum Concilii Guadelfeiare», que viene a significar «el sello del Concejo de Guadalajara».

En el anverso, un caballero revestido a la usanza de la plena Edad Media, montado en brioso y dinámico corcel que cabalga. El personaje lleva entre sus manos una bandera, totalmente desplegada, en la que se ven varias franjas horizontales. Junto a él, una borrosa palabra parece interpretarse: «ius» que significaría «juez» y que identificaría al caballero con este personaje, el más importante y representativo de la Ciudad, en aquella época. Era el juez, el más señalado de los «aportellados» o representantes del pueblo, que gobernaban la ciudad durante unos años, renovándose periódicamente. Administraba justicia, presidía los concejos, cabalgaba al frente de las procesiones cívicas portando el estandarte de la ciudad. Y guardaba el sello concejil, ése en el que él mismo aparecía, para estamparlo en los documentos más importantes. En su derredor, otra confusa leyenda nos deja ver el fragmento del texto que lo circuía: «Vías Tuas Domine Demostra Michi Amen».

Largos siglos de uso

A principios del siglo XV, la todavía Villa de Guadalajara usaba por armas propias, según se lee en el «Libro de los Blasones de España», de Diego de Cervellón, en campo de oro, un caballero armado, jinete en caballo de plata, tremolando con la diestra mano un pendón de gules de dos farpas. Poco después, en 1460, el rey Enrique IV concedió a Guadalajara el título de Ciudad, y desde entonces fueron sus historiadores quienes se afanaron en determinar con exactitud la forma de su escudo de armas. Entre los tratadistas clásicos, debemos mencionar también a Diego Fernández de Mendoza, quien en su obra «Linajes de España» conservada en manuscrito en la biblioteca del Palacio Real de Madrid, describe así, a comienzos del siglo XVI, el escudo de la ciudad de Guadalajara: [tiene] por armas en campo de oro un caballero encubertado de malla, y una bandera en la mano, llamada el alférez. Hay que hacer notar que el caballero es señalado como alférez, por llevar en la mano una bandera, y porque ese era el cometido que se pensaba en la ciudad tenía el sujeto de su emblema. Si en su origen fue el juez (máximo mandatario civil) se transforma luego en alférez (elemento representativo del Concejo y de su hueste). En cualquier caso, queda clara la identificación de este caballero con el alférez de la ciudad, no con Alvar Fáñez de Minaya.

Ya a finales del siglo XVI, concretamente en 1579, aparece otra alusión al escudo. Está en el texto de las «Relaciones Topográficas» enviadas a Felipe II. En las Relaciones leemos Las armas que esta ciudad tiene y el escudo que trae es un caballero, armado de todas armas puesto en un caballo, que es Alvar Áñez de Minaya. Hay que señalar el cambio de identificación que se produce respecto al sujeto del emblema.

Los diversos historiadores de la ciudad en el siglo XVII describen el emblema de su Ayuntamiento, y por ende del burgo todo, y aceptan el cambio de significado del caballero que lo fundamenta. Dice así Francisco de Torres: «Tomóle la ciudad a Alvar Fáñez por armas en la misma forma que entró por la Puerta de la Feria, armado de punta en blanco, el caballo encubertado y la lanzada enristrada; está en campo azul con estrellas de oro, las cuales, dicen algunos, se pusieron por ser de noche cuando hizo la entrada». Claramente se decanta por identificar al personaje a caballo con el mítico conquistador de la ciudad a finales del siglo XI. La leyenda está ya cuajada.

Y Alonso Núñez de Castro, en su famosa «Historia de Guadalaxara» impresa en 1653, y recientemente editada en facsímil, especifia aún más: […] son las armas y blasón de esta ciudad, un caballero armado de punta en blanco a caballo, desnuda la espada en la mano derecha, levantado el braço, encubertado con coraças el caballo, y el campo del escudo con estrellas. Esta insignia es retrato de su conquistador el Conde Alvar Fáñez Minaya, a quien estimó tanto esta ciudad […] que juntándose todos los ciudadanos, concordaron entre sí, que se hiciesse una gran demonstración con el insigne libertador de esta ciudad, y pareciéndoles que la mayor era tomar por su blasón, y divisa el retrato de su conquistador, poniendo su estatua en el escudo de sus armas, con las mismas insignias que la conquistó, y porque se entró de noche la ciudad, se pone en el campo del escudo el cielo estrellado… Estas son las armas de Guadalaxara, y este su mayor blasón […] sobre sus torres, sobre sus murallas, en las plaças, y casas de ayuntamiento […]

Queda hoy un resto arqueológico que certifica la verdad del uso de este escudo descrito por los historiadores. Se trata de un par de medallones que hoy lucen en la escalera principal del Ayuntamiento, y que estuvieron en los contrafuertes que escoltaban la galería y fachada central del viejo edificio de Ayuntamiento, derribado a finales del siglo XIX, y sustituido por el moderno edificio actual. Se trata de un jinete sobre caballo agualdrapado, portando bandera y espada, y con un fondo de estrellas. Estos escudos fueron tallados hacia 1585, momento en el que sabemos se construyó ese edificio concejil a instancias del corregidor Jerónimo Castillo de Bobadilla.

De 1630 también es un sello de placa que se conserva en el Archivo Histórico Municipal. Además del caballero en relieve, armado de espada, sobre espacio circular, figura en su derredor la frase «La Ciudad de Guadalajara». Y de finales del siglo XVII o plenamente del XVIII con otros varios objetos municipales que aún hoy se conservan en perfecto estado y aún en uso: la campanilla de plata que sirve para amenizar las sesiones del Consistorio, lleva grabado el escudo con el sólo jinete. En el jarrón de votaciones aparece también, a color pintado, el caballero, y en la macolla de las grandes mazas que portan los maceros en las solemnidades se repite el mismo símbolo.

Del siglo XVIII es otro dato bibliográfico. El aportado por Antonio de Moya en su obra Rasgo heroico: declaración de las empresas, armas y blasones, con que ilustran y conocen los principales reynos, provincias, ciudades y villas de España y compendio instrumental de su historia, de 1756, en la que el autor describe así el escudo de Guadalajara después de haberlo visto por sus propios ojos, según refiere: tomaron su figura [la de Alvar Fañez Minaya] a caballo por blasones, la que mantiene dicha Ciudad en sus escudos, que blasona de Azur, sembrado de Estrellas de Oro.

Todavía durante la primera mitad del siglo XIX, el Ayuntamiento utilizó diversos sellos en tinta, con las armas tradicionales. Así lo demuestran ampliamente, en su estudio sobre la Evolución histórica del escudo de la ciudad de Guadalajara, los investigadores Javier Barbadillo y Salvador Cortés. En uno de esos sellos, el solitario caballero se rodea de la leyenda Antiquae Caraca Insignia. Y en otro de hacia 1840, que se usó mucho tiempo después, aparece un caballero de atavío novecentista sobre impronta ovalada y rodeado de la leyenda Ayuntamiento Constitucional. Guadalajara.

Es a lo largo del siglo XIX que aparece un elemento nuevo en el escudo de esta ciudad: una torre ante la que posa el caballero. Así lo vemos en el sello (1843) del Batallón Provincial de Guadalajara. Y en 1876 lo vemos en la «Medalla al Mérito en la Exposición Provincial» de ese año. A finales de ese siglo, ya se van pintando progresivamente la ciudad amurallada, la media luna en el cielo acompañando a las estrellas, y un grupo de soldados detrás del caballero, que es plenamente identificado con Alvar Fáñez, y a la escena con la toma de la ciudad a los árabes en junio de 1085. La leyenda, pues, se apodera totalmente del escudo de Guadalajara, quedando relegado a un saber erudito el viejo emblema, sencillo y medieval, auténtico y dignísimo, del caballero alférez sobre el sembrado de estrellas.

De todo ello cabe colegir la oportunidad, en tiempo de renovaciones y adelantos, como los que estamos, de conseguir, de un lado, simplificar y dar claror al emblema de la ciudad. De otra, apostar claramente por la tradición más lejana, la que más siglos ha estado válida. Con un estudio previo que el Ayuntamiento deberá encargar a algún especialista en heráldica, el cual presentará estudio y diseño unidos, y siguiendo los sencillos pasos que la ley autonómica manda, con la aprobación del pleno se enviará la propuesta a la Consejería de Administración Local de la Junta de Comunidades, la cual, tras pedir el visto bueno de la Real Academia de la Historia, sancionará oficialmente el uso del escudo heráldico municipal.

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