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La iglesia de Jadraque: museo y monumento

Tiene Jadraque una buena colección de cosas que ver: Desde las mesas repletas de buenas carnes serranas, hasta la artesanía del alabastro, pero todo ello pasando por su acervo patrimonial, que ahora se muestra en visita guiada, los días de fiesta, mañanas y tardes, desde la Oficina Municipal de Turismo, que es un edificio de madera que hay delante del parque que se ve al entrar a la población, a la derecha.

De tantas maravillas (un castillo roquero, con leyendas cidianas incluidas, hasta un palacio de los Perlado Verdugo con la memoria de su estancia en él de Goya y Jovellanos) nos quedamos hoy con una: con su iglesia parroquial dedicada a San Juan, que hemos visitado y palpado en sus mil detalles, todos de interés, y bien dispuestos a la contemplación.

Jadraque, una historia densa

El Cid Campeador fue uno de los primeros visitantes de Jadraque, porque fue quien conquistó la villa y su castillo a los musulmanes de Al-Andalus. El castillo, luego reforzado, y hasta crecido a dimensiones de palacio, es hoy uno de sus recuerdos y de los símbolos del lugar. Sobre el cerro se yergue orgulloso y desafiante atisbando las distancias de valles y sierras. Trae los recuerdos del Cid, del gran Cardenal Mendoza, y de su hijo el valiente guerrero Marqués de Cenete.

Pero antes de él, hubo otros muchos. En la atalaya de su cerro vigía del anchuroso valle de Henares, tuvieron los iberos su castro seguro. Romanos vigilantes y árabes dominantes se apoyaron en su altura para mantener el control, político y económico (impuestos, pontazgos y algaras) de todo el valle. Tras la reconquista, en la que el Cid le puso en bandeja a su señor Alfonso VI el dominio de la fortaleza, se hicieron señores de la villa y territorio circundante los Carrillo, que se lo vendieron luego a los Mendoza, únicos propietarios de vidas y haciendas hasta el siglo XIX. El paso del ferrocarril, a mediados de ese siglo, fue un motor seguro para su desarrollo.

Construcción de la iglesia

La iglesia parroquial fue construida, en su edificio actual, durante el siglo XVII, y fue su tracista y constructor el arqui­tecto montañés Domingo de Villa Moncalián. Aunque desde el medievo tendría su templo parroquial, este se declaró tan viejo que ya en ese siglo se propuso el concejo y la diócesis levantar nuevo edificio.

En un documento que rescata de la memoria el investigador Marco Martinez, se dice que las campanas de la iglesia estaban sonando desde una espadaña “poco decente y de poca autoridad, pues no se distinguía de la de unos pobres religiosos descalzos o de una pobre aldea… de poco adorno y lucimiento así para la iglesia como para la autoridad del lugar, porque parecía espadaña y campanario de aldea pobre y que corrían los vecinos de esta villa porque en otros lugares les decían que eran de lugar de campanario, siendo así que otros muchos lugares de menor estofa y autoridad tienen torre y en ella las campanas…” En el año 1678 amenazaban ruina la portada, la espadaña y la iglesia entera. De empezar por algo se empezó por la torre. En 1681 se ajustó con el maestro de obras y arquitecto montañés afincado en Sigüenza Domingo de Villa Moncalián la obra a hacer en 67.550 marevedises, puestos a medias por el Concejo y los fieles. En 1696 se acabó, pues, la obra de la torre, tal como hoy la vemos.Y de inmediato se empezaron las obras de la iglesia, muros, techumbres, portadas…. acabándose en los primeros años del siglo XVIII. La conclusión definitiva del templo llegó a mediados de esa centuria, con la construcción de la admirable bóveda hemiesférica sobre el crucero. En ella se lee, en el anillo inferior: “Anno Domini 1759 adno. factum est istud solicitudine, zelo et amore illius magnanimi viri ylmº D.D. Francisci Diaz Santos Bullon, epi. (episcopus) olim Barchinonis castellae senatus gubernatoris, nunc vero epi. ac domini seguntini dignissimi. Anno Domini 1759”.

Asombros de arte

La portada del templo, orien­tada a poniente, es obra de estructura manierista, con ele­mentos ornamentales y estructurales que rompen totalmente la serenidad del clasicismo, y sorprenden por su arrebatada imaginación de equilibrios imposibles: es barroca en sus ornamentos, sin duda.

El interior es de gran­des proporciones, de tres naves paralelas y coro alto a los pies. Gruesos pilares sutentan las bóvedas, de las que destaca la semiesférica sobre el presbiterio, con las imágenes de los evangelistas pintadas sobre sus pechinas. El altar mayor es de estilo barroco, está dedicado a San Juan, y procede de una iglesia de Frómista, en Palencia. Destacan en las capillas late­rales una serie de lápidas y estatuas yacentes de caballeros y personajes jadraqueños (Juan de Zamora, su mujer María Niño, y el cura de la parroquia Pedro Blas, todos ellos del siglo XVI); una hermosa talla de Cristo crucificado, atribuída a Pedro de Mena; y un óleo de Zurbarán, el *Cristo recogiendo sus vestiduras después de la flagelación+, pintado en 1661, y que es una obra genial de la época tenebrista y final del maestro extremeño. Esta pieza artística, que de siempre ha sido tenida por la más importante del templo jadraqueño, está hoy perfectamente restaurada, recuperados sus colores originales, y puesta en valor para muchos años en adelante, pudiéndose admirar en el recinto de la sacrsitía, donde hay otros cuadros y tallas de interés, además de la gran fuente tallada en piedra que allí se puso procedente del convento de frailes capuchinos que hubo en Jadraque.

El cuadro de Zurbarán, uno de los últimos que pinto en su vida, y que pertenece a la etapa plenamente tenebrista del pintor extremeño, está bien identificado gracias a una cartela baja en la que el autor dejó escrito su nombre y fecha de ejecución. Ha estado en numerosas exposiciones artísticas, levantando la admiración que merece. Ahora ofrece una iluminación, patrocinada por Ibedrola, de auténtico lujo, reavivándose sus formas, colores y naturalismo. Decía José Antonio Ochaita (al menos a mí me lo dijo, una vez que lo contemplé con él) que más que un Cristo es una llama. Es cierto: parece que del hondón de la tiniebla surge un fulgor de luz  mágica. Es el Cristo, semidesnudo, que se agacha a coger unos paños morados, y nos mira desde su juventud cansada.

El párroco actual, ha ido preparando un pequeño Museo en el templo y sus dependencias, llevando a la práctica la norma de la Iglesia Católica, de exponer a la admiración de los fieles, con un fin catequístico y al mismo tiempo de oferta cultural, las riquezas patrimoniales de sus templos. Así, en la capilla del Cristo de los Milagros, que es una talla impresionante en madera, del siglo XVII, atribuida al malagueño Pedro de Mena, se ve también el restaurado lienzo, de características populares, con la efigie del fraile mercedario Pedro de Urraca, nacido en Jadraque en el siglo XVI y misionero y casi santo ya en el Perú virreinal. Además, en una sala alta, se han ido reuniendo numerosas piezas de orfebrería salidas de los talleres de Sigüenza y Atienza, así como relojes, sagrarios y cuadros. Un conjunto en definitiva, que merece ser visitado, cosa que se puede hacer, de forma guiada, los sábados y festivos, contactando antes con la Oficina de Turismo municipal.

Apunte

El Castillo

El castillo de Jadraque está construido en la cima de un cerro de proporciones perfectas. Su alargada meseta, que corre de norte a sur estrecha y prominente, se cubre con las construcciones pétreas de este. El acceso lo tiene por el sur, al final del estrecho y empinado camino que entre olivos asciende desde la basamenta del cerro. Hoy pavimentado este camino, permite un acceso cómodo, aunque empinado, hasta la entrada del castillo.

El interior, completamente vacío, nos ofrece el ancho receptáculo de lo que fue castillo-palacio levantado por el Cardenal Mendoza, y mejorado por su hijo don Rodrigo Díaz de Vivar, marqués de Cenete. A través de una escalera incrustada en el muro del norte, se asciende al adarve que puede recorrerse en toda su longitud. En el seno de la torre mayor, de planta rectangular, que ocupa el comedio del muro del mediodía, se ha puesto hoy una pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de Castejón, patrona del pueblo. La amplitud del interior, la homogeneidad de su silueta, y una serie de detalles en la distribución de los ámbitos destinados a lo castrense y a lo residencial, nos muestran al castillo de Jadraque como una pieza netamente renacentista y ya moderna. En todo caso, un lugar a visitar y saborear en su dimensión de monumento y atalaya.

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