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La Torre de Aragón, valiente y nueva

Hoy mismo, viernes, 24 de febrero de 2006, por la mañana, ha tenido lugar la solemne inauguración de los trabajos de restauración de la gran “Torre de Aragón” de Molina, uno de los edificios más impresionantes y emblemáticos de nuestra provincia. Que representan con su silueta y la historia que contienen, buena parte del pretérito discurrir de nuestra tierra.

A la inauguración ha asistido la Consejera de Cultura del gobierno regional, doña Blanca Calvo, y el alcalde de la ciudad, don Pedro Herranz, así como representantes de la entidad financiera Ibercaja, que ha corrido con el costo total de la obra, y responsables técnicos de la restauración, entre ellos don Carlos Clemente San Román, arquitecto conservador del patrimonio monumental de la Universidad de Alcalá.

Aunque la Torre de Aragón está en lo más alto de Molina, batida de todos los vientos, y sometida a unas temperaturas siempre frescas, por no decir gélidas en estas épocas invernales, el calor que emanaba la alegría de los circunstantes a punto estuvo de derretir las piedras. No era para menos: se conseguía dar un giro de ciento ochenta grados en el devenir de este monumento, de parar su progresiva ruina, y de abrir un cauce de dinamización, a través del cual no solo la Torre de Aragón volverá a la vida, sino que ella arrastrará la revitalización del castillo entero, y de la población molinesa. Seguro.

Cara meridional de la Torre de Aragón, como remate y torre albarran del castillo de Molina.

Un monumento capital

La Torre de Aragón es uno de los edificios más altos que se levantan en la Edad Media castellana. Nada menos que 30 metros mide desde el nivel del suelo, hasta la terraza. Diecisiete hombres altos, uno encima de otro, equivaldrían a esa altura. Con los sistemas de ataque practicados en la época de su construcción, aquel bastión era inexpugnable. Y, en efecto, a pesar de diversas batallas y ataques sufridos, nunca ningún ejército pudo conquistar la Torre de Aragón.

Es el núcleo del que surge el castillo molinés. Fue construida, (muy posiblemente sobre un primitivo castro celtíbero, dominante del valle del río Gallo) por los árabes, que en ella fundamentaron la esencia de un reino taifa, de los pequeños, sí, pero con su personalidad propia. A mediados del siglo XI, cuando el Cid Campeador pasa por aquellas alturas, en su camino desde Burgos hacia Valencia, le recibe Abengalbón, rey moro de Molina, y le alberga en su castillo-palacio. Muy posiblemente en esta misma torre.

Tras la reconquista del territorio, por parte del rey aragonés Alfonso I el Batallador, y de su paso a pertenencia de la familia Lara, que aquí fundamentan su señorío, en la primera mitad del siglo XII, esta torre sería reconstruida. En los trabajos actuales de restauración, se han encontrado las basamentas de la primitiva defensa árabe, y se ha evidenciado que sobre sus ruinas, y aprovechando los restos de su derrumbe, don Manrique de Lara levantó el nuevo complejo, que ya sería definitivo.

Si esta Torre de Aragón tiene una corta serie de protagonistas (el rey moro Abengalbón, el conde don Manrique de Lara, el general francés Suchet, el general carlista Cabrera…) hoy añade a ella un nombre sin connotación guerrera alguna: más bien un pacifista que ha puesto todo su empeño en devolver la forma y el empaque a la Torre. Es Pedro Herranz Hernández, actual alcalde de Molina, y persona de entereza y convicciones, admirable. Un ejemplo de político que marcará, con su estilo propio de hacer las cosas, toda una época.

El castillo molinés

Molina de Aragón, la capital del Señorío, está presidida por uno de los castillos más hermosos y ge­nialmente dispuestos del país. El relato de su historia es el relato de la de sus señores y vasallos. Desde que a comienzos del siglo XII creó el Señorío molinés don Manrique de Lara, dando Fuero al pueblo y tierras de su contorno, comenzaron a levantarse murallas, torres y al­menas, como expresión máxima de un poder sobre la tierra en torno.

Don Manrique fue quien, aprovechando el viejo y decrépito alcázar árabe, que solo consistiría en una precaria torre situada en lo más alta del cerro, rodeada de pobres construcciones desvencijadas, comenzó a levantar la fortaleza, que es, por tanto, de construcción totalmente cristiana y occi­dental. A pesar de su aspecto arabizante y alcazareño, el castillo de Molina de Aragón es concepto y masa nacida de manos castellanas.

Lo lógico es que fuera primeramente levantada la hoy protagonista torre de Aragón, que es el bastión que corona la ladera norte del pueblo, y que, asomándose hacia la cuenca del Jalón lejano, domina amplísimas extensio­nes de terreno. Probablemente fuera el rey don Ramiro de Aragón quien iniciara esta construcción, con idea de fortificar y dominar el paso de su reino al de Castilla, pues sólo con ese edificio bastaba para sus fines. Pero con seguridad sería el primer conde, don Manrique, y desde el momento -año 1129- de su asentamiento defini­tivo como señor de Molina, comenzó a levantar torres y murallas.

Sus descendientes, los condes don Pedro, don Gonzalo y doña Blanca, se dedicaron a reforzarlo e ir completando detalles. Esta última, quinta en la lista de los señores molineses, puso su energía bien patente en mu­chas actividades de la ciudad del Gallo. Fundó templos y construyó mo­nasterios. Peleó cuando hizo falta y no cejó en la tarea de engrandecer a Molina y su territorio por todos los medios a su alcance.

Datos y detalles de la Torre de Aragón

El elemento superior de la fortaleza, la torre de Aragón, auténtica torre albarrana de este alcázar, fortín singular por sí mismo, es lo más antiguo de todo el castillo. De planta pentagonal, apuntada hacia el norte, guarda tres altos pisos unidos por escalera y coronados por terraza almenada. Se rodea por un recinto externo de alto murallón, y se comunicaba con el castillo por una sinuosa coracha o túnel, ya hundido y hoy con visos de trinchera. La silueta inmensa, coloreada de rojizos sillares en cada una de sus múltiples esquinas, de este alcázar medieval, es un estandarte magnífico que puede llevar la tierra molinesa como explicativo de su historia.

Su capacidad defensiva es pareja a la función de vigía. Es curioso señalar que su planta pentagonal no se corresponde con su interior, que tiene cuatro paredes. Esto significa que el fragmento de torre que mira al norte-nordeste, el que apunta hacia Aragón, y que está peor defendido por tener frente a sí las llanuras de la Sexma del Campo, está construido en forma de proa, muy macizado y por lo tanto resistente a los bombardeos.

Lo torre, hoy convertida en “Centro de Interpretación” del conjunto de la alcazaba, se rodea de un alto muro que la convertía en “donjon” de estilo francés, esto es, un castillo independiente, todo él “torre de homenaje”, recinto único. Se penetra a ese recinto interior, que puede recorrerse en todo su trazado, descubriendo además elementos aparecidos durante la restauración: niveles salvados mediante escaleras de piedra, subida al adarve almenado, horno para cristal, acequias talladas y otros curiosos detalles que nos hablan claramente de la historia de la torre, en la que fueron protagonistas los Lara, pero que también sufrió avatares durante las guerras fronterizas con Aragón, en la Guerra de la Independencia, que fue ocupada por el ejército de Napoleón, y en las guerras carlistas. Se salvó de milagro de su derrumbe total, para el que ya había daod autorización la reina Isabel II.

El interior, al que se accede hoy por su auténtico portón de entrada, aunque en épocas de guerra solo podía entrarse a través del orificio abierto en el primer piso, por medio de escalas móviles de mano, es un delirio espacial, por el asciende, entramada en madera, la escalera que con sus 78 escalones nos permite subir a la terraza, y entre las almenas puntiagudas mirar allá abajo, como en una miniatura o maqueta, el auténtico castillo, la ciudad entera, los caminos y calles, el río, los montes lejanos, otros castillos en la bruma del horizonte (Zafra, Peracense), y el verdor oscuro del Alto Tajo, todo al Sur.

Un folleto explicativo

Un sencillo pero bien trazado folleto de 32 páginas, titulado “La Torre de Aragón, centro de interpretación del castillo de Molina de Aragón”, nos sirve a partir de hoy como guía certero para descubrir este monumento. Su historia primero, su descripción después, sazonada con mil y un detalles de curiosidades y sorpresas, más la oferta de admirar una tierra inmensa y rica desde lo más alto de sus almenas, es lo que nos cae en las manos si accedemos a él.

Está escrito íntegramente por Pedro Herranz, actual alcalde de la ciudad de Molina, e ilustrado con fotografías de ZENZA. Con un lenguaje amable y cercano, casi coloquial, el autor nos va dando razón de los porqués de esta gigantesca construcción: en sus páginas explica cómo llegar, por donde entrar, lo que hay que ver, como era y como es la entrada, la escalera interior, la terraza almenada, lo que se ve desde arriba… en definitiva, un inestimable compañero de viaje para empezar a conocer tamaña tierra: la de Molina.

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