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Una pincelada de Renacimiento

 

Creo que ya todos mis lectores están enterados, por la publicidad que en estas páginas se ha hecho, de que con el Nuevo Año va a empezar a regalar nuestro diario NUEVA ALCARRIA, en forma de coleccionable, un libro de grandes dimensiones y hondo calado que se titulará “El Renacimiento en Guadalajara”. Desde hace varios meses vengo trabajando, casi en exclusividad, en esta empresa, en la que pretendo reunir, tras una introducción aclaratoria del tema, todas las expresiones que el Renacimiento, en los ámbitos político, filosófico, literario y artístico, dejó en nuestra tierra de Guadalajara.

El marqués de Santillana, los alumbrados, los obispos seguntinos, los palacios alcarreños, las torres y galerías, las novelas pastoriles, los poetas garcilasistas, la academia del cuarto duque, los grandes retablos, la orfebrería…. un mundo increíble, pleno, que debe ser conocido y apreciado por todos.

La pintura renacentista en Guadalajara

Un detalle de esa inmensidad patrimonial, que se parcela en arquitectura, pintura, escultura, orfebrería, telas y arte efímero, es la pintura, que se centra en los retablos, fundamentalmente y en elementos murales de gran calado. Algunas, muy pocas, pinturas de caballete, pertenecientes a los altos linajes mendocinos, y poco más. Nos vamos a dar una vuelta por la provincia, con la cámara de fotos preparada, y los ojos bien abiertos, para disfrutar de la belleza de formas y colores que nos ofrece este tema.

Los conjuntos pictóricos murales son fundamentalmente tres. Muy desiguales entre sí: los techos de las salas de la planta baja del palacio del Infantado, de gran aliento manierista italianizante; las bóvedas de la capilla de Luis de Lucena, con ínfulas vaticanas pero resueltas con aire provinciano; y el muro de un cuarto de estar de una casa particular de Albares.

Las del Infantado las pintó Rómulo Cincinato, entre 1578 y 1580, aprovechando una licencia que le diera Felipe II para trasladarse a Guadalajara a servir de este modo al duque del Infantado, quien por entonces se encontraba rematando su colección de reformas palacianas. Cincinato no demostró ser un genio de la pintura, pero sí nos dejó buena muestra de su oficio depurado, de su ambiciosa capacidad en el diseño de las grandes escenas, de su soltura en el manejo de los colores, y de su apego al grutesco y la decoración pompeyana.

Podemos ver estas salas, cuando están abiertas, accediendo desde el patio de los Leones, a través de la primera sala que es conocida como sala de Cronos, estrecha y alta. En el centro de su techumbre vemos la figura, aguerrida y alada, escoltada por dos ciervos, y con sus clásicos atributos, la hoz y el reloj de arena en ambas manos, del viejo dios Cronos. Aparece en un atrevido escorzo vertical, pues ocupa su imagen el plafón central de la techumbre. Se rodea mediante ancha cenefa por multitud de grutescos y adornos florales, entre los que aparecen, realizados con una gran sencillez y naturalismo, los doce signos del Zodiaco, compañeros del padre Tiempo en muchas de sus representaciones. Se completa la decoración de esta sala con varios escudos del duque y la duquesa patrocinadores.

En la gran Sala de Batallas o de don Zuria se desarrolla un mundo iconográfico variopinto y abigarrado, en el que aparecen numerosas escenas guerreras, protagonizadas por no bien identificados personajes vestidos a la usanza romana. Su autor tomó por modelo la soberbia techumbre que para el salón de Cinquecento del Palazzo Vecchio de Florencia, trazó hacia 1565 Giorgio Vasari. A lo largo de diecinueve grandes plafones, sobre el centro del techo, y en forma de medallones en su moldeado declive, aparecen diversas escenas pobladas de guerreros y luchas, descritas con gran riqueza de medios. Batallas y escenas en las que los protagonistas visten ropajes de la época, pero con muchos rasgos y modismos de la antigüedad clásica romana. En general se trata de batallas y asaltos de ciudades entre hombres occidentales y orientales. En los cuadros centrales se representa una batalla en la que vence un sujeto de barba blanca, fácilmente identificable con el mítico creador de la dinastía mendocina, don Zuria, el Blanco. Se trata de la batalla de Arrigorriaga en la que vencieron a sus enemigos leoneses. El resto representan acciones guerreras de los Mendoza a lo largo de su historia, y particularmente en la guerra de Granada. Se entremezclan con estas escenas, diversas figuras simbólicas, magníficamente realizadas, del Honor, la Fama, la Gloria y la Victoria, así como innumerables figurillas de putti que juegan con arneses guerreros. Al fondo de este gran salón aparecen dos pequeñas y ovaladas saletas con sus paredes y techos totalmente decorados, en estos casos de escenas mitológicas y de las Historia de Roma. Los escudos de don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, y su mujer doña Isabel Enríquez, llenan rincones y cartelas.

La sala de Caza o de Atalanta es más reducida que la de Batallas, pero la destreza de su ejecución gana, indudablemente, a todas las anteriores. Su rectangular techo cuajado de mil colores distintos prende de inmediato el ánimo de quien la contempla. Presenta escenas de la leyenda de Atalanta e Hipómenes según la describe clásicamente Ovidio en sus Metamorfosis, y se distribuyen en cinco grandes pinturas rectangulares. Esta leyenda viene a ser una representación alegórica de la lucha del hombre con el Tiempo, aunque añade cuatro grandes medallones representando dioses de los cuatro elementos naturales, y en la cenefa algunas escenas de caza tal como se desarrollaba, por el duque cazador que era don Iñigo, en el siglo XVI: el jabalí, el venado, los patos y grullas que en los bosques de la provincia de Guadalajara, por donde tenía don Iñigo sus estados, había en grandes cantidades. Se completa la riquísima decoración de este techo con abundantes imágenes de aves exóticas o domésticas, incluso con alguna interesante interpretación de Diana, cual son la poco frecuente de la Artemis de Efeso, y la de Flora.

Nos trasladamos luego a la Capilla de Luis de Lucena, en la cuesta de San Miguel, abierta los sábados (mañana y tarde) y los domingos por la mañana, para su admiración detenida. Las pinturas de las techumbres, arcos y enjutas de esta capilla se encuentran hoy en buen estado de conservación, tras una cuidadosa restauración a la que ha sido sometida esta capilla, y así se puede admirar su conjunto y el programa religioso que forman: la línea central de rectangulares cuadros ocupa, en sucesión y disposición que recuerda a la de la Capilla Sixtina, toda la bóveda de la capilla, y en ella aparecen escenas de la historia del pueblo judío, guiado por Moisés, y luego por Salomón, representándose en el arco mayor una magnífica escena de la llegada a Tierra Prometida. En las mismas bóvedas, se ven representaciones de las Virtudes Cardinales (cuatro figuras magníficas, de fina ejecución) con sus correspondientes atributos, de diversos profetas y luego de Sibilas, que en número de doce rellenan también algunos espacios de enjutas, completándose con representaciones de las virtudes teologales. Pueden interpretarse como un «camino en el Cielo hacia Cristo» de indudable inspiración erasmista.

Rómulo Cincinato pintó, al menos, las cuatro virtudes de la primera bóveda, y quizás sus dos iniciales secuencias históricas, dejando el resto a otros pintores, pues hay cosas de distinta mano, e incluso algunas figuras y escenas quedaron a medio terminar. La capilla tuvo un retablo en su muro de levante, del que no queda resto ni descripción alguna.

Un tercer ejemplo de pintura mural renacentista es el que encontramos en una casa de Albares, donde algún entusiasta admirador del marqués de Mondéjar, en el siglo XVI, mandó a algún pintor rural y peregrino plasmar la imagen del aristócrata, en trance de ganar una batalla a los moros, y amparado por algunos santos de su devoción. Pinturas murales que cuentan con la fuerza de los siglos, pero sin demasiada calidad.

La pintura renacentista por la provincia

Apenas ha quedado memoria de obras “de caballete” en nuestra provincia, durante los años del Renacimiento. Tanto los poderosos nobles, Mendoza y compañía, como los eclesiásticos, ambos grupos únicos de comitentes de obras pictóricas, solo se preocuparon de apadrinar retablos, y más retablos, y alguna composición mural. Los duques del Infantado, desde el tercero a la sexta, nos consta, encargaron retratos de ellos, de sus esposas e hijos, a las primeras manos de Europa: sabemos que el cuarto duque don Iñigo López de Mendoza, fue retratado por el Tintoretto. Doña Ana lo fue por Rubens. Sánchez Coello plasmó en lienzo la belleza de la princesa de Éboli, y el embajador Diego Hurtado de Mendoza gozó de la honra de ser retratado por Tiziano. Esas y muchas otras obras están hoy en poder de la familia Arteaga, herederos directos de los Mendoza.

Por los escasos museos existentes en la provincia, aún podemos rastrear algunas pinturas del Renacimiento que pueden ser aquí señaladas. Es una la existente en el Museo de la Colegiata de Pastrana, representando sobre tabla un “Descendimiento de Cristo” que es el único resto que nos queda del por todos alabado retablo mayor del templo encargado a Covarrubias y a Juan de Borgoña a inicios del siglo XVI. A este último, principal representante del Renacimiento pictórico castellano, hay que atribuir esa pintura.

Son otros los lienzos que llaman nuestra atención en ese museo, en concreto los que representan a dos de los hijos de la princesa de Éboli. Retratos sólidos, muy personalizados, con mucha alma, debidos a los pinceles de ignota pero primera figura del Renacimiento, que bien podría ser un Sánchez Coello o de su estilo. Uno es el de don Pedro González de Mendoza, en sencillo hábito de franciscano, orden a la que pertenecía a pesar de luego llegar a obispo de Sigüenza y de Granada. Otro es el de Ana de Silva y Mendoza, hija menor de la Princesa, cuando a la muerte de su madre decidió entrar en clausura, desprendiéndose de sus joyas y atavíos.

En el museo de San Gil de Atienza quedan hoy unas tablas, cuatro en total, representando cada una de ellas un par de profetas, procedentes de algún gran retablo de alguna de sus numerosas parroquias. La fuerza, limpieza y sonoridad de los rostros, actitudes y atavíos de estos ocho profetas y sibilas, recuerdan en principio la mano de Berruguete, pero por diversos especialistas han sido atribuidas recientemente, aunque sin documentación de apoyo, al aragonés Juan de Soreda: en todo caso, unas pinturas de lo mejor del Renacimiento, en otro museo de la provincia.

Pintura renacentistas en Sigüenza

En el Museo Diocesano de Sigüenza hay algunas tablas de enorme interés, como el “Enterramiento de Cristo” que procede (el formato de arco lo delata) de un muro de enterramiento, en la parroquia de Pozancos. La belleza de rostros y actitud, la riqueza de los paños y el tratamiento de la escena recuerdan a Juan de Borgoña, aunque ha sido adscrito a un ignoto “Maestro de Pozancos”. También hay un buen cuadro, del Manierismo declarado, atribuido a Luis Morales el Divino. Es una Piedad muy en su línea, con rostros desencajados y dramáticos, como todo lo del extremeño.

Finalmente, el retablo completo del altar de Santa Librada, debido al pincel genial de Juan de Soreda, es un conjunto clave en el Renacimiento seguntino pues a la calidad técnica, y al aire rafaelesco de sus formas y escenarios, se suma un complejo programa de neoplatonismo humanista, que le hace eje del movimiento social y artístico que pronto veremos completo y en panorámica provincial: el Renacimiento más genuino.

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