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Almenara, un castillo mendocino en la Mancha

 

Aunque a muchos el Cardenal Mendoza les siga pareciendo un personaje torvo y antipático (especialmente a raíz de la colocación de su estatua brocínea en la lonja del palacio del Infantado, demasiado oscura en su tono, y triste en su escorzo) hay que reconocer que a Guadalajara le hizo muchos favores, y su memoria ha estado siempre prendida de libros y discursos, de ejemplos y representaciones, quizás antes, -en la evanescencia de su memoria-, con mayor tranquilidad que ahora que le vemos físicamente encima de su pedestal.

El Cardenal de España don Pedro González de Mendoza, canciller del Reino con Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, factotum de la unificación peninsular e introductor del arte del Renacimiento en Castilla, dejó buenas pruebas de su quehacer constructivo y fundador por Guadalajara y su entorno. Ya he hablado muchas veces de ese tema. Por eso, si le traigo hoy de nuevo a esta página, es porque hay un lugar en Castilla-La Mancha que le debe especialmente a él, y luego a su lejana heredera la Princesa de Éboli, la visión espectacular de un edificio que recientemente he visitado y recomiendo hacerlo a todos cuantos me lean. Se trata del castillo de Almenara, en la provincia de Cuenca, no lejos de nuestros propios términos provinciales.

Llegar a Almenara

Circulando por la carretera que nos conduce desde Tarancón a Villamayor de Santiago, poco después de circunvalar Pozorrubio, y siempre en la provincia de Cuenca, nos desviamos a la izquierda por una tranquila carretera hacia La Puebla de Almenara. Por ella nos encontramos pronto con la visión, de frente, hacia levante, de los altos de la sierra de Almenara o sierra Jarameña, y en ella, perdidas y medio fundi­das con las manchas de encinar se distinguen nítidas y retadoras  las ruinas colosales de lo que debió ser en la antigüedad una  magnífica fortaleza. Es la que se conoce como castillo de Almena­ra, un edificio, arruinado ya en gran modo, que todavía mantiene  su estampa señorial y fantástica, y que invita, con llamada nítida y resuelta, a su visita y al disfrute de la  imaginación en su torno.

Este castillo de Almenara tiene su origen perdido en la  leyenda. Dicen las consejas populares que lo fundó el caballero  castellano Alvar Fáñez de Minaya, a quien en toda la comarca de Alcarria y norte de la Mancha se tuvo siempre como un héroe  legendario conquistador de tierras, villas y castillos. Es muy posible que en época árabe, ya existiera una torre o pequeña  fortaleza vigilante en su emplazamiento, pero es indudable que la  actual edificación fue construida tras la toma del territorio por Alfonso VIII, a finales del siglo XII, y posiblemente sería la  Orden militar de Santiago, propietaria desde muy pronto de toda  la comarca circundante, la que se encargara de construir este  magnífico bastión guerrero.

A mediados del siglo XIV estaba en poder del infante don Juan Manuel, que como ya es sabido fue señor de numerosos castillos extendidos por toda España, de tal modo que era capaz  de viajar desde Navarra hasta Murcia, pernoctando siempre en  algún edificio de su propiedad, muchos de ellos en tierras alcarreñas. Este magnate, dueño también del  territorio circundante, dio en esa época una carta‑puebla con  posibilidad de repoblar una localidad que surgió en la parte baja del valle, y que denominó La Puebla de Almenara. Trátase del  actual pueblo, en la carretera, quedando entonces el castillo  aislado, y progresivamente abandonado. 

En el siglo XV, el alcázar pasó por varias manos, y a finales aparece como propietario de la fortale­za un tal Juan de Heredia, a quien en 1487 se lo compró don Pedro  González de Mendoza, el Gran Cardenal de nuestra Plaza de los Caídos. Posiblemente en  esta época inició su construcción tal como hoy lo vemos, pues  indudablemente los restos actuales pertenecen en su inmensa mayor  parte y general estructura a la segunda mitad del siglo XV. Es  más, sobre una de las torres del edificio, aparece un escudo con  las armas puras de Mendoza, lo que evoca el entorno de esta familia como  constructora del recinto. Es posible, incluso, pensar en Juan de  Zamora (arquitecto de la fortaleza de Iscar en Valladolid) como artífice material y maestro de obras de la  fortaleza de Almenara, pues en ambos edificios se utilizan exac­tamente las mismas soluciones arquitectónicas.

En el siglo XVI, en su segunda mitad, aparece como  propietaria del castillo de Almenara la princesa de Éboli, doña  Ana de Mendoza y de la Cerda, señora también junto a su marido Ruy Gomez de Silva, de Pastrana, Sayatón, Escopete y otros  lugares de la Alcarria. Lo había heredado de su padre el conde de  Mélito, hijo segundo del Cardenal Mendoza.

Visitar Almenara

Es fácil visitar la fortaleza de Almenara. Con coche se llega, subiendo desde el pueblo hasta su cerro por la carretera que va a Villamayor, a una ermita y Bar donde se deja el coche y se asciende, andando, en poco más de cinco minutos. Los más escaladores pueden acceder por donde lo hicieron los viajeros hace pocos días: por su espalda de poniente, a través de un camino de tierra que le bordea entre encinares, y donde se consiguen las mejores fotografías a la caída de la tarde. Desde un barbecho se sube, trepando sin dificultad, hasta la fortaleza.

A pesar del estado de ruina en que actualmente se  encuentra la que fue gran fortaleza de Almenara, aún reúne los suficientes elementos para observar con amplitud la estructura y  detalles de lo que todo un castillo medieval era: en la altura  del cerro, sobre el pico de unos serrijones cubiertos de bosque­cillos de encinas, aparece el conjunto de los dos recintos que  tenía el castillo. Su aspecto, sea cual sea el lugar desde el que se mire, es siempre de poder y altanería. Parece como si la tierra, alzada en esa sierra dura y rocosa, no tuviera ya más techo, y este estuviera muy cerca, que el propio cielo.

Es interesante recordar aquí la descripción que de estas ruinas hacían en 1578 los vecinos de La Puebla de Almenara, en lo que se han dado en llamar las “Relaciones Topográficas” de Felipe II, relativas a ese pueblo conquense. Este texto, a pesar de su sencillez, viene a poner ante nuestra  imaginación la grandiosidad de este edificio, que aún por enton­ces, y a pesar de estar totalmente aislado en medio del campo,  constituía toda una fortaleza de respeto. Decían así: …la dicha  villa tiene una fortaleza, que se dice el Castillo de Almenara,  que está en la Sierra Jarameña en un cerro alto, que está entre el término de la dicha villa y el de la de Villamayor, que es de  la Orden de Santiago, que tiene tres puertas principales. La  primera está en la primera cerca, hacia poniente; y la otra junto al rebellín; y la otra en el cuerpo de la fortaleza. Y hay una  cerca que tiene seis cubos, y la dicha cerca diez pies de ancho.  Item, tiene unos sótanos antes de llegar al patín a la redonda del alxibe, que son caballerizas, que podrán estar en éllas cien  caballos, y sus portales y zaguán. Item, tiene la dicha fortaleza  un patio enlosado y en medio de él un alxibe de agua, que tiene  el patín a la redonda cien pasos, y el alxibe con mucha agua y  buena, con ocho lumbreras de hierro y sus cerraduras, y corredo­res arriba. Item, hay una sala que se dice la Guardarropa de  arriba, que tiene muchas piezas y rodelas y escopetas y tiros  pequeños de campo, y ballestas, y tiene la dicha sala dos venta­nas con sus rejas. Hay otra sala, que se dice la Guardarropa de  Abaxo, que tiene algunas corzas y armas viejas, y en ella hay una  tahona, y tiene dos puertas y una ventana con reja grande. Item,  hay treinta y cuatro aposentos altos y baxos en la dicha fortale­za. Item, una ronda en la dicha fortaleza, que tiene ciento y  cinquenta y seis pasos, y doce ventanas, y cuatro aposentos y una  campana, y una torre que se dice del Homenaje. Item, tiene la  dicha fortaleza veinte rejas grandes de hierro a la redonda de la fortaleza. Item, cuatro tiros, los dos grandes y los dos pequeños, de hierro. Item, hay siete chimeneas en los aposentos, y  está en un cerro armada sobre piedra.

Sorprende a cuantos lean esta relación, y hoy visiten Almenara, la destrucción que el paso de los últimos cuatro siglos  ha impreso sobre lo que aun en 1578 era toda una maravillosa  fortaleza medieval bien conservada. Efectivamente, nos encontra­mos con que fundamentalmente presenta dos recintos concéntricos. Se alarga la fortaleza de norte a sur, y se amoldan sus construc­ciones diversas a las irregularidades del terreno, especialmente  escarpado por el poniente.

El recinto externo es casi lo mejor conservado. Encon­tramos en la parte sur un fuerte mural, íntegro, en el que sobresalen algunas torres, especialmente llamativa la de planta pentagonal que remata el extremo meridional de la fortaleza. En el extremo  noreste de esta cortina, aparece una torre fuerte rematada en sus  ángulos con refuerzos cilíndricos, en la que aparece la entrada, dispuesta en zig‑zag. Todavía otra fuerte torre de planta circu­lar defiende a Almenara en su extremo norte, siguiendo por el  costado de poniente el recinto externo, aquí más débil por estar  rematando una fuerte escarpadura de muy difícil acceso. Este  costado es especialmente interesante, por la variedad de perfiles  que consigue, al ir alternando pequeños salientes y torreones  cilíndricos y triangulares, que en la distancia le confieren un  valor estético indudable.

Este fuerte recinto externo descrito, auténtico bastión  defensivo, encierra en su interior al castillo propiamente dicho.,Este es una construcción muy irregular, en la que indudablemente  aparecen algunos fragmentos de muro, en su costado occidental, de  aparejo antiguo y que demuestran haber sido ésta una fortaleza muy remota en su construcción, incluso posiblemente árabe. Sobre élla, como he dicho, el Cardenal Mendoza a finales del siglo XV levantaría la construcción aun existente. Al recinto interno se accede a través de una abertura amplia en el muro de lo que  viene a ser un patio o recinto previo situado al sur del cuerpo central del castillo. En éste, muy derruido, sobresalen por el costado de poniente dos torreones de planta semicircular, y en el  interior, los mínimos restos de habitaciones, caballerizas, y bajo el patio central un amplio aljibe, revestidas sus paredes de  una sustancia impermeable de antiguo origen, y todo él rodeado por estancias arruinadas, destechadas, que servirían de caballerizas. Se han realizado no hace mucho algunas tareas de reconstrucción por parte de la Diputación Provincial de Cuenca, que hacen alentar la esperanza de que, si al menos no se reconstruirá nunca, sí que evitará su desplome total.

A pesar de esa ruina actual, merece realizar una visita, pues pocas veces es dado al viajero contemplar, aisladas en pleno campo castellano, unas ruinas de  tan magnífico aspecto como estas, que revelan el esfuerzo y la atención que a sus constructores supuso. Es, en todo caso, un  bello ejemplar de castillo castellano‑manchego, elocuente resto de un modo de vida y de lucha en el Medievo, y que por añadidura lleva en gran modo el sello indeleble de los Mendoza, de su jefe familiar a finales del siglo XV, don Pedro González de Mendoza, el gran Cardenal.

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