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Días de Botargas

En la primera semana de febrero aparecen las botargas por las tierras de Campiña y Serranía. Un rito ancestral, muy antiguo, que tiene por protagonistas a los hombres de esta tierra. Lo hacen sin saber por qué, simplemente porque en la pizarra de sus frentes se enciende un brillo que asocia el inicio de febrero, el momento más frío del año, con la idea de una segura vitalidad productiva: en el más hondo espacio de su latiente corazón hay algo que les provoca, una voz que les dice que hay que vestirse de colores, taparse la cara, salir a la calle, saltar por ella, subirse a los cerros, hacer mucho ruido, provocar con su aspecto y su expresión… la botarga de la tierra de Guadalajara no admite explicaciones eruditas: es como es, y hay que ir a verla.

La botarga de Retiendas

Hace muchos años que fui a Retiendas un día como hoy, el de la Candelaria. Entonces era todavía un pueblo serrano en estado puro, quizás incómodo para vivir en él, pero en el estado sin mácula en que lo construyeron, cientos de años antes, los pastores de aquellos altos: las casas de tono rojizo se alineaban en las dos orillas de un profundo barranco que corría por en medio. Hoy es todo cemento, uralitas y alicatados. La modernidad le ganó, una vez más, el terreno a lo tradicional.

Y allí en medio de aquel arroyo, al llegar, me sorprendió el tipo que daba saltos, corría veloz entre la gente, sin decir ni pío, vestido con un traje de rabiosos colores amarillos, rojos y azules. Y con la cachiporra de madera se entretenía en perseguir a chicos y grandes. Quizás el momento más espectacular de aquélla fiesta de Candelas fue cuando en la pequeña iglesia del pueblo, atestada de paisanos severamente vestidos de traje de pana y camisa blanca almidonada, la botarga empezó a hacer sonar sus cencerros, a corretear entre los bancos pidiendo limosna, y los hombres que portaban en andas a la Virgen se arrodillaron con ella encima, tres veces en el trayecto del pasillo central, antes de llegar ante el altar, mientras los demás echaban monedas a las andas…. un momento de fuerte devoción, de visceralismo incontenido.

De eso ha quedado poco, pero la botarga de Retiendas sigue saliendo tal día como hoy (el sábado más cercano a la Candelaria ahora, o sea, mañana día 3). En su libro sobre las “Fiestas Tradicionales de Guadalajara” López de los Mozos nos cuenta en qué consiste esta larga y ancestral fiesta, la más pura quizás de todas las que llevan botarga incluida en estos días del invierno serrano. Dice que es de carácter agresivo y vestimenta similar a la de otras botargas serranas, estos es, con un traje de telas bastas de muchos colores, con cachiporra, castañuelas y cencerros a la cintura, cubriendo su rostro con una máscara. El día de las vísperas sale ya, para acompañar a las autoridades a la iglesia, haciendo después una gran hoguera que a veces ha llegado a durar los cuatro días que suele durar la fiesta. La botarga salta sobre ella y se revuelca sobre sus cenizas llenando con ellas un saco y arrojándola luego a los niños y las mujeres. También va echando pelusa de espadaña, como si fuera (eso dicen los entendidos en ancestralismo) una simienza propiciatoria del crecimiento vegetal y natural. El día de la celebración grande, como ya he dicho, la botarga entra en el templo haciendo genuflexiones, y a la salida persigue a los asistentes y asusta a la chiquillería. Después tiene lugar la procesión de la Virgen de las Candelas, en la que la botarga se desplaza siempre dando la cara a la Virgen, y dándole “Vivas” y gritos en su homenaje. El saludo tradicional, las únicas palabras que la botarga expresa en esta fiesta, es el de “Viva la Virgen Santísima”.

En la tarde de ese día, vuelven a sacar la imagen patrona delante del templo, y allí subastan las ofrendas que se le han hecho. En una de esas ofrendas (dulces generalmente) se pone un pajarillo de mazapán que la botarga ha de robar, y llevarse corriendo hacia el monte. Una vez arriba, coloca su cachiporra clavada en el suelo, y el pajarillo de dulce cerca de ella. La chavalería tira piedras a ambas cosas, a darlas. Y después de ello, cuando alguien le ha acertado de un cantazo a la figura del dulce, la botarga se arroja rodando por la terrera, como vencida por la habilidad de los humanos. ¿Qué rito pagano, que mistérica celebración subyace en esta fiesta de la botarga de Retiendas? Es imposible descifrarlo, pero ahí está, y merece la pena ir a verla.

La botarga de Robledillo

Otro de los lugares en que se celebran botargas en estos días es Robledillo. Es una fiesta “colegiada” y “colegial” en el sentido de que son los niños los que se visten especialmente para este día y acompañan en grupo al botarga. Se celebra con motivo de la Fiesta de la Virgen de la Paz. Recubierto de un traje multicolor en el cual se ven dibujados lagartos, cosidas serpientes, añadidos dragoncillos, una enorme cachiporra en las manos sirve para asustar al público que la mira, seguida de cerca por los niños, disfrazados de pastores y aldeanos antiguos, que danzan en su torno, cantan y llevan cestos para recoger las ofrendas de los vecinos. El botarga, que suele ser también un chaval adolescente, añade a su desfiguración un gran bigote que se pinta o pega sobre el labio. No lleva careta.

Y la botarga de Arbancón

También hace años, cuando nevaba, un día de la Candelaria viajé a Arbancón a ver la que allí sale. Caían los grandes copos suavemente y solamente estaba por las calles, sonando sus cencerros con tal fuerza que aún hoy me parece oírlos, esta botarga de careta de madera que había fabricado el Mere, el artesano de la luz pintada, de la fuerza indomeñada de la talla maderera. Revestido de un traje de franelas sueltas, cosidas en mosaico llamativo y chillón, con una cachiporra viejísima en una mano, y una naranja en la otra, desde la mañana temprano va con sus alforjas recogiendo por las casas limosnas en silencio absoluto. Se comen, en todas las casas, unos pestiños hechos con masa de harina y forrados en miel, que están para chuparse los dedos. Y el espectador se deja envolver por esa magia que tiene el color, el movimiento, la seguridad de estar ante una fiesta de hondísimas raíces, de una vistosidad y una fuerza que en muy pocos lugares existe.

Las botargas de los pueblos de la Campiña del Henares y la presierra guadalajareña, que este fin de semana tendrá quien quiera la oportunidad de contemplar, fotografiar y llevarse en el recuerdo, es uno de los patrimonios más ciertos de nuestra cultura milenaria, que siempre deberán ser protegidas y cuidadas. Un buen motivo, en cualquier caso, para echarse al monte y mirarlas.

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