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Una Feria Medieval en Cifuentes

Para este fin de semana que ahora entra, del 27 al 29 de octubre, Cifuentes vuelve a ponernos en bandeja su Feria Medieval recuperada, sus tres días de mercadeo y bullanga en la Plaza Mayor, rememorando los viejos tiempos en los que la gente venía desde las altas sierras del Tajo, desde los cerros pelados de Arbeteta, o desde las vegas amables de Las Inviernas, hasta la capital del señorío cifontino, ya independizado del Común real de Atienza, para mercadear, divertirse, conocer noticias nuevas, saber que el mundo era más grande de lo que ellos pensaban. Era la Feria de San Simón y San Judas, que tradicionalmente, y desde tiempos medievales, se celebraba los días 28 al 31 de octubre, y que luego se llamó la Feria de Todos los Santos, por estar ya tan próxima a esa fecha. El Diccionario decimonónico de Madoz da la noticia de que Cifuentes tenía concedida Feria el 23 de octubre, aunque tradicionalmente no se hacía sino a finales. Decía así el geógrafo liberal: «el 23 de octubre hay una feria que dura hasta el 31 del mismo, pero las mercancías no se ponen hasta el 28: el principal tráfico es de ganados de cerda, lanar y cabrío; cereales y colmenas; también se ponen tiendas de quincalla y comestibles». Ya se sabe lo que era la quincalla: «conjunto de objetos de escaso valor… como dedales, telas en retales, alfileres, lazos, objetos de latón, puntillas y pañuelos de quita y pon…» Hoy en día, y este es el segundo año que se recupera, hay fiesta para todos, música, conferencias, pasacalles, y puestos de comidas, de bebidas, de telas también, además de libros, estampas y discos. Una remodelación, en un ambiente perfecto de medievalismo como es la Plaza Mayor de Cifuentes, soportalada y severa, de lo antiguo medieval en las mismas puertas del siglo XXI.

Cifuentes tiene tradición larga de ferias, de mercados. Centro de una ancha comarca, junto al Tajo, que secularmente tuvo la condición de espacio de paso y comercio denso, aquí hubo mercado dos días por semana, en los tiempos antiguos. Se reunían las gentes de la tierra cifontina los jueves y los domingos, al menos desde el siglo XIII. Así se asegura en las Contestaciones al Catastro del Marqués de la Ensenada, hecho ya en el XVIII, y se sabe que en ellos se comerciaban alimentos y mercancías de uso diario. Dice así el documento: «en esta Villa ay dos mercados, que se zelebran jueves y Domingo de cada semana en los que concurren algunos circunvecinos a vender trigo, cebada y otros simientes, y otros forasteros venden Abarcas y Paños ordinarios. Cuio producto de uno con otro se regula en veinte reales, que suman al respecto de cinquenta y una semanas dos mill y quarenta reales». No era frecuente que una localidad tuviera de forma continuada, durante siglos, dos días de mercado a la semana. Eso confirma la importancia comercial de Cifuentes durante mucho tiempo.

Como lo confirma también la noticia de la existencia de un grupo numeroso y fuerte de arrieros, de recueros que hacían de transportistas de mercancías entre las dos Castillas. La importancia que en ese sentido tuvo Atienza, tradicionalmente, con la fama de su Cofradía de la Trinidad formada por recueros que salvaron al rey Alfonso VIII y dieron lugar a la Fiesta de «La Caballada» eclipsó a los demás lugares que, como Cifuentes, fueron también núcleo importante de este tráfico mercaderil. Una carta real de Sancho IV el bravo, expedida en Berlanga el 7 de mayo de 1289, y confirmada luego por su hijo Fernando IV en 1301, disponía que los recueros cifontinos pudieran discurrir y desplazarse con sus mercancías de forma libre por todo el reino de Castilla, debiendo ser protegidos de cualquier tropelía o asalto por los justicias, alcaldes y merinos de los territorios por los que cruzaran.

En el mercado de Cifuentes (muchos recuerdan todavía cómo se celebraba en la explanada de los Parrales, junto a los restos de la muralla y su torreón y Puerta Salinera) hubo en la Edad Media algunos altercados y peleas que tuvieron que ser atajadas por disposición real. El monarca Fernando III dió orden al Concejo de que anualmente nombrara a dos hombres buenos para que guardasen el ganado e impidieran alborotos, pillerías, robos y peleas con daños físicos. En aquella época, todavía el concejo de Atienza tenía jurisdicción sobre el lugar de Cifuentes, de tal modo que la mitad de la multa que debían pagar los alborotadores había de entregarse a la villa castillera de Atienza. En muchos lugares (muchos libros hoy) pueden encontrarse mayores detalles acerca de estos acontecimientos. Layna en su famosa «Historia de la villa condal de Cifuentes» lo cuenta por menudo. Juan Catalina García en su «La Alcarria en los primeros siglos de la Reconquista» también se entretiene en ello. Y por supuesto Madoz, con tan minuciosa noticia de lo que acontece en cada pueblo, da referencia de ello. Es Pedro Ortego Gil en su libro «Aproximación histórica a las ferias y mercados de la provincia de Guadalajara» quien reúne en un magnífico trabajo todo lo conocido hasta el momento a este respecto.

Para quienquiera pasar mañana, y pasado, un momento de evocación y recuerdo, la Feria Medieval de San Simón y San Judas, en Cifuentes, puede ser un lugar idóneo. Aparte de los actos programados en torno a la fecha, y que en otro lugar de este periódico se citan, estará la alegría de ver una plaza soportalada y grandiosa, plenamente castellana y artística como es la de Cifuentes, cuajada de los puestos de quincalla y curiosidades que serán servidos por gentes ataviadas al medieval uso, escuchando la música de la chirimía, la flauta y el ravel, o mirando cómo los bufones persiguen a la chiquillería y atentan con sus bromas a los poderosos, que ese día perdonan cualquier cosa. Cerrar los ojos y transportarse al Medievo, con su olor, su sonido, su vibración unánime, será cosa de fácil consecución en este lugar. No lo olviden mis lectores: mañana sábado, y el domingo 29, serán días de ocasión única para vivir la Alcarria en esa otra dimensión que ahora las gentes de Cifuentes han querido sacar al aire y revivirla: la del tiempo antañón, la de la memoria medieval, palpitante y generosa. Del éxito de esta convocatoria depende que la iniciativa cuaje y se haga permanente, porque, al menos (en contra de otras ferias medievales que han ido surgiendo como meros espectáculos circenses al aire libre por nuestros pueblos) la de Cifuentes tiene un cimiento histórico, una razón de ser, y una certeza incontestable.

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