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La Guadalajara de hace 100 años

 

En estos días de fiesta en Arriaca, ha caído en mis manos, de casualidad y muy temporalmente, un libro hermoso y muy buscado. Uno de esos libros que parecen llevar dentro una vocecita que saluda y nos guiña. Es la «Guía del Turista en Guadalajara» escrito por don Juan Diges Antón, y publicado en 1914 en los talleres tipográficos de la Casa de Expósitos, a expensas de la Junta Provincial del Turismo, que actuó en este caso de entidad editora.

Un librito de 12 por 19 centímetros, encuadernado en cartón, impreso a una tinta, con papel satinado de gran calidad y peso, muchísimas fotografías, algún que otro plano desplegable y 124 páginas. Una delicia de libro y de guía, que nos pone en la mano una Guadalajara antigua ya, de casi un siglo atrás, con evidencias de los cambios sufridos que se hacen en algunos casos positivamente videntes, y en otros no puede por menos de entristecernos al ver las cosas perdidas.

Las casonas solariegas

En su capítulo sobre las «Casas Solariegas», Diges Antón hace un recorrido por las que él conoce y le causan una especial sensación. Unas por su antigüedad (aunque estuvieran a punto de caerse), otras por su historia, y otras por sus elementos artísticos. Lo que da bastante pena y un punto de escalofrío, es comprobar cómo la inmensa mayoría de estas casonas que adornaban las plazuelas de Guadalajara a comienzos de este siglo que ahora acaba, hoy ya no existen. Y las que lo hacen, han cambiado o van a cambiar tanto su aspecto, que parecen otras. Que si sus constructores levantaran la cabeza, se volvían a morir del susto.

Dice Diges que una de las casas solariegas más típicas de Guadalajara es la del Sr. Conde de Romanones. Lo que hoy es conocido como «Palacio de la Cotilla» pertenecía, para su habitación cuando venían a esta ciudad, a los marqueses de Villamejor. A la sazón el señor marqués era nada menos que Presidente del Gobierno. Así la describía el cronista de la ciudad: La fachada principal es… una portada sencilla de sillería coronada por el escudo nobiliario de la familia; aristones, jambas, dinteles, cornisamiento, machones y verdugadas de ladrillo con cajones de mampostería; balconaje y rejas de hierro forjado con material abundante. Un gran jardín.

Seguía describiendo la de los Guzmanes, en la calle de Budierca (hoy del Dr. Creus). Y la describía como de portada de sillería, y del mismo material, las jambas del hueco que cae encima, terminando con el escudo nobiliario de la familia. El resto de la fachada es de ladrillo con grandes balconajes de hierro, y estaba en parte rodeada por un hermoso jardín, en otros tiempos. La verdad es que de todo ello hoy sólo queda el hueco de entrada, coronado del escudo heráldico de los Guzmán. Se ha transformado en un moderno edificio destinado a Residencia Universitaria de la Junta de Comunidades.

En la cuesta de San Miguel, a media altura enfrente de la capilla de Luís de Lucena, donde antiguamente estuvo la Escuela Normal de Maestras, tuvo su palacio la marquesa de Cogolludo. Y en la plaza de Beladíez, en el solar en que hoy se levanta el edificio de la Delegación de Trabajo que pronto será destinada a sede de los Juzgados, estuvo el Palacio de los Labastida. Fue luego sede del Casino «La Nueva Peña» y más tarde de la Organización Juvenil Española. Muchos recordarán aún su vetusta estampa, su escudo en lo alto de la fachada, su gran patio y su escalera de más o menos empaque. Un viejo palacio arriacense que también feneció.

En la casa del Conde de Medina, que fue también de los Romanones (que sigue siendo, mejor dicho) y hoy está ocupada por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha donde está la sede de su Delegación provincial, hay una preciosa portada de gran carácter, con almohadillado prominente en el contorno de su hueco, y un bonito escudo sobre la puerta. En esa misma plaza de San Esteban estuvo el palacio que fue de los Caniego de Guzmán, y luego de los condes de la Concepción, siendo ocupada ya en este siglo por la Delegación de Correos, antes de construirse el edificio que hoy ocupa. Cayó en los años 50 de este siglo. Y aunque en esa plaza se mantiene en pie lo que fue casona de don Antonio del Hierro, vizconde de Palazuelos, y en cuya esquina estuvo la imprenta y librería de Antero Concha, hoy no ofrece más aspecto que el de una vieja casona si estilo.

Casonas hubo también en la plaza de Prim (la del Conde de Clavijo) y en la Plaza del Mercado la del marqués de Vallecerrato. Todavía en 1914 estaba en pie la hermosa casa palaciega de los Bedoya, en la cuesta de Cervantes, en el lugar en que hoy se alza el Instituto de la Seguridad Social y primitivo Ambulatorio del Seguro. Después de la Guerra se tiró y solo añejas fotografías quedan. En la calle de Montemar estaba el palacio de los condes del mismo nombre, y en la Calle Mayor las de los señores Valle, que hoy remozada ocupa la Cámara de Comercio de Guadalajara.

La plazuela (hoy aparcamiento público) de Dávalos era especialmente densa en cuanto a casonas señoriales. Aparte de la de los Ávalos, sus constructores a principios del siglo XVI, y que milagrosamente en pie pero ya muy tocada espera ese repetidamente anunciado desembolso de cientos de millones para ser convertida en Biblioteca Pública Provincial (eso será pasada la hoja del siglo) hubo otros palacios en este espacio urbano. El marqués de Peñaflorida tuvo su gran casona, que luego el Sr. Vega a principios de siglo derruyó dejando como muestra la almohadillada portada, que casi llegó a nuestros días. La familia Medrano tuvo otro caserón con escudos, que también se han perdido.

Otros edificios

Aunque ya no palacios de la aristocracia, en la Guía del Turista en Guadalajara del Sr. Diges Antón se reflejan algunos otros edificios que hoy ya no existen. Es uno de ellos el inmenso Convento de las Jerónimas, que por entonces ejercía de Hospital Provincial, puesto con rasgos de arte renacentista en el solar donde hoy se alza la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado. Entre la República, la Guerra y el modernismo franquista, se acabó con el magno edificio. La Academia Militar de Ingenieros, anteriormente Fábrica de Paños, y más anterior aún palacio de los Montesclaros, acabó como todos saben por un pavoroso incendio en 1923, y aún hoy contemplamos su vacío solar. La fuente y lavadero de Santa Ana, la plazuela de Budierca, como plaza mayor de un pequeño pueblo incrustado en la ciudad, y el convento de San Bernardo, en las afueras, al otro lado del barranco del Alamín. En la ciudad, aún se podía ver, con cierta dificultad porque estaba ya muy adulterado, el conjunto de iglesia y convento que fue de las Concepcionistas en la Plaza de Moreno, y luego sede de los Paules, hasta que fue incendiado en julio del 36. Un siglo de piquetas y furias, que ha dado tal vuelco al aspecto de nuestra ciudad, que si el Sr. Diges, tan pulcro escribiendo y tan entusiasta calificando, se levantara de la tumba, diría que era otra ciudad completamente distinta. ¡Hasta el palacio del Infantado lo cambiaron de sitio! diría, y con razón. Porque desde que Juan Guas lo levantara a finales del siglo XV hasta mediados del nuestro, el palacio presidió una plaza. Y hoy, todos los ven a diario, es un edificio más de una avenida, a la que, además, y por si fuera poco, pronto la van a hacer un túnel para que circulen los coches por debajo…

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