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Zafra: un viaje a la Extremadura mendocina

 

La sombra de los Mendoza es alargada, y de ella puede decirse que llega hasta la baja Extremadura, la de estepas abrasadoras y dehesas jugosas, concretando en Zafra, en la provincia de Badajoz, su forma más bella y sugerente.

En el transcurso del XXI Congreso Nacional de Periodistas y Escritores de Turismo, que ha tenido la sede de sus sesiones y asamblea en la ciudad de Badajoz, hemos podido viajar a algunos de los lugares que mayor encanto ofrece la comunidad extremeña, y que está clamando con fuerza que viajeros de otras regiones españoles se acerquen hasta ella. Esos lugares han sido ya declarados Patrimonio de la Humanidad, como Mérida, y otros están en trance de serlo, como Trujillo, o la misma Zafra, que recoge en el encanto de sus torres, sus plazas y sus callejuelas la esencia más genuina de la arquitectura y el embrujo de España.

Por los campos extremeños

Los asistentes a este Congreso, entre los que se encontraban alcarreños y seguntinos, como Alfredo Villaverde, presidente de la Asociación Castellano-Manchega de Escritores de Turismo; Juan-Antonio Martínez Gómez-Gordo, cronista de Sigüenza, y Felipe Mª Olivier López-Merlo, escritor y viajero donde los haya, tuvieron la oportunidad de acercarse a espacios de encanto insuperable como el Balneario de Alange, que colgado entre montañas y sobre las extensiones azuladas de su pantano, ofrece la estampa de sus baños romanos tal cual los crearan hacen dos mil años sus latinos descubridores; han gozado con la visita al conjunto monumental de la ciudad de Mérida, en la que las restauradas presencias del Teatro y el Anfiteatro se ven sumados hoy con los resucitados gritos pétreos del templo de Diana, el Foro provincial, y el acueducto de los milagros, a lo que se suma otra atracción de miles de turistas: el Museo Nacional de Arte Romano, diseñado por Rafael Moneo, y en el que se guardan y muestran al público, en prodigioso equilibrio de claridades, los 40.000 elementos de interés histórico-artístico encontrados a lo largo de los años en esta ciudad, la Emérita Augusta de los romanos, que en su época albergó a más de 50.000 habitantes.

Descubrimiento de Zafra

De las maravillas que hemos encontrado por la provincia de Badajoz, quizás sea el descubrimiento de Zafra lo que más nos haya impactado. Porque su nombre se escucha y se sabe, pero la magia de sus callejas, de sus palmeras altísimas, de sus palacios venerables, blancos en su frente, rojos en su latido, nadie lo espera hasta que se ve inmerso en ellos. Zafra es la antigua Segeda de los iberos, y de aquella vieja época no le ha quedado más que el nombre que hasta hoy se da a sus habitantes: los segedanos (que no zafrenses o zafreños). Los roma­nos la usaron también como gran ciudad, llamándola Restituta Julia, y aún los árabes la ocuparon nombrándola Zajar, haciendo de ella una villa de importancia comercial y es­tratégica, a la que rodearon completamente de mu­rallas.

Hoy muchos ponen a Zafra el sobrenombre de «Sevilla la Chica», y ello tiene un alto punto de razón porque su arquitec­tura y, sobre todo, la atmósfera de la villa, son de un carácter netamente andaluz. La calle mayor, peatonal, donde se concentra el comercio de tiendas tradicionales, confiterías antiguas y tascas llenas de sabor —en las que se sirve exce­lente vino de los campos fronteros—, se llama precisamente calle de Sevilla. La gloria urbanística de Zafra radica en el conjunto de sus dos plazas. Lástima que una de ellas, la grande, sea ahora un verdadero aparcamiento masivo de coches. La plaza Grande y la plaza Chica son dos verdaderas joyas del urbanismo español, del patrimonio más genuino que radica en eso: no en monumentos solemnes, esculturas o pinturas realistas, sino en la belleza de los planos que forman los soportales, las balconadas, las torres y los paramentos. En este sentido, a Zafra debe irse, casi en exclusiva, por ver sus dos plazas, por pasear una y otra vez por ellas, en un largo, brillante y meditabundo atardecer de primavera.

A la plaza Grande se llega por la calle de Sevilla: es un recinto porticado en el que se alzan viejas mansiones señoriales con escudos, formándose en ella, a su vez, como dos espacios que se complementan: uno ancho, despejado de árboles, hoy ocupado de automóviles en difícil apretura, y otro más estrecho, arbolado, recoleto. Por el llamado «arquillo del pan», que al tiempo sirve de capilla a la Virgen de la Esperancita, se pasa a la plaza Chica, de planta cuadrangular, más bella (por recoleta) que la grande, soportalada, y que tiene un sabor de dulzura, de añoranza impenetrable, de triste lamento mudo, que deja boquiabierto al visitante. Hasta hace poco, en esta plaza tenían abierto su taller algunos arte­sanos, tales como caldereros del co­bre, plateros, cereros, guanteros y ortopedistas que ya han cerrado, por la poca demanda de sus productos, y hoy han aparecido en sus balcones colgando los peligrosos carteles de «Se vende», que nada bueno auguran. En el fuste de una columna pétrea, entre las dos plazas, está tallada una vara de medir, que se usaba como patrón en las transacciones de los mercados que allí se celebraban. De la plaza Chica arranca la calle de Jerez, que con su empedrado arisco y sus casonas blanquísimas termi­na en la puerta del mismo nombre, sobre la cual aparece la capillita del Cristo de la Humildad y Paciencia, escoltada de las estatuas orantes de San Crispín y San Crispiniano, patrones de los zapateros. A la iz­quierda, antes de salir por esta puer­ta —que junto con la del Cubo son las únicas que perduran de la antigua muralla—se encuen­tra la primorosa «callejita del Clavel». Cruzándola, muy pronto se llega a las Bodegas de Molina, un lugar anclado en los viejos siglos, en los que una empresa con sentido de modernidad auténtica ha montado su oficina, su Museo y su lar degustativo sobre el orondo edificio de un molino monasterial.

El monumento más importante de Zafra es la Colegiata, templo del siglo XV con mucho empaque, con nave única, un enorme retablo mayor barroco, y otro lateral totalmente cuajado de pinturas de Zurbarán, sorprendentes, más algunas reli­quias notables, como la auténtica cabeza de San Ciro, que fue regalada por Paulo IV al duque de Feria. Vale la pena visitar tam­bién el convento de monjas clarisas, donde fueron enterrados durante genera­ciones los duques de Feria. Una idea del poder que este convento tenía, nos los da el hecho de que la abadesa tu­viera voz y voto en la corporación municipal. En su iglesia están enterrados don Gómez Suárez de Figueroa, primer señor de Feria, y su esposa doña Elvira Laso de Mendoza, bajo tallas de alabastro gotizante atribuidas a Hanequin de Egas.

Finalmente, nadie que viaje a este lugar de imprescindible visita debe olvidar visitar el antiguo alcázar o castillo-palacio de los duques de Feria. Hoy convertido en Parador Nacional de Turismo, el alcázar ofrece su entrada escoltada entre dos fuertes torreones, y en el interior sorprende el límpido y bello patio diseñado por Juan de Herrera, íntegramente construido con mármoles blancos de la comarca, sin pulimentar: una cena de gala en la antigua capilla del Alcázar ducal, con un artesonado mudéjar dorado, y los enormes retratos de los duques cuyas armas llevaban los verdes pámpanos de los Figueroa y las alas y leones de los Manuel, sirvió de colofón perfecto para una jornada congresual por estas tierras de Extremadura que tanto tienen que ofrecer a quienes gusten de admirar, sin descanso, el riquísimo patrimonio monumental español.

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