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Ortiz de Echagüe, el fotógrafo de España

 

De nuevo está en danza la figura de José Ortiz de Echagüe, uno de los alcarreños más universales de este siglo. Y lo está porque después de diez años de tarea meticulosa y ardua por parte de la Universidad de Navarra, que recibió en 1980 de parte de SEAT el legado completo de la obra fotográfica de este artista, se ha conseguido restaurar, clasificar y guardar en formato digital sobre discos de CD-ROM todas las tomas (más de 30.000 negativos) que hizo en su vida. La Universidad navarra ha presentado esta tarea, se ha creado una Exposición monográfica sobre los tipos que Ortiz retrató a comienzos de siglo en el Norte de África, e incluso la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre ha editado recientemente un sello, con valor facial de 65 pesetas, en que recuerda a este artista y nos da repetida la cara viril y el gesto valiente de un remero vasco. Con este motivo, de nuevo la Agrupación Fotográfica Alcarreña ha promovido unas jornadas y actos de recuerdo a este personaje, a las que nos sumamos con agrado y sentido del deber.

Una biografía densa

Murió el año 1980, a los 94 de edad, don José Ortiz de Echagüe, que había nacido el 21 de agosto de 1886 en Guadalajara. Alcarreño de origen vasco‑andaluz (por la procedencia de sus padres), fue pionero en muchas cosas, como ahora veremos, pero fue sobre todo un gran artista de la fotografía, el arte del siglo XX como se le ha calificado por algunos tratadistas. Su padre, Antonio Ortiz y Puertas, granadino, ocupaba a la sazón un empleo en la Academia Militar de Ingenieros, como profesor de la misma, en nuestra ciudad. A los dos años de edad marchó de nuevo, con sus padres, a vivir en la Rioja, donde se educó y donde, gracias a la acomodada posición de la familia, pudo desde joven manejar las últimas novedades en aparatos fotográficos que iban saliendo al mercado. Su primera maquinaria fue una Kodak de cajón, recibiendo como regalo de su tío el general Francisco Echagüe Santoyo, en 1902, el regalo de una Photo Esphère a la que puso enseguida a trabajar y a obtener resultados espléndidos.

Gracias a esa circunstancia, y a su despierto natural, pronto destacó como gran fotógrafo, siendo de entonces, de 1903, cuando contaba 17 años, cuando hizo su famosa foto «Sermón en la Aldea», en la localidad riojana de Viguera, donde el pueblo todo, incluido su párroco en lo alto del púlpito, tuvieron que posar un par de días para el joven Ortiz. Es esta, su primera y una de sus más conocidas obras de arte. También es de resaltar que, vuelto a Guadalajara para estudiar la carrera militar en la Academia de Ingenieros de la ciudad del Henares, en 1907 visitó el establecimiento el Rey Alfonso XIII, encargándose el joven José Ortiz de hacer el reportaje fotográfico e incluso algunas fotos y retratos del monarca.

Militar, aviador, empresario

La vida profesional de nuestro personaje anduvo algo alejada de sus aficiones gráficas. Terminó su carrera militar y se aparejó para ser uno de los pioneros de la aviación española. En Guadalajara también hizo sus primeras armas en el aire: obtuvo el título de piloto de globo libre en el «Cuartel de Globos» de los Manantiales, y en 1911 obtuvo el que fue primer carnet de vuelo en España, dedicándose no solo a la aviación sino a la dirección de empresas de tipo mecánico. Así, en 1923 fundó la Sociedad Industrial CASA (Construcciones Aeronáuticas, S.A.) que inició en España la construcción de aviones en Sevilla y en Madrid. En 1950, fue requerido por el recién creado I.N.I. para dirigir la nueva Sociedad Española de Automóviles de Turismo «SEAT», que conoció su seguro timón en los años de despegue y desarrollo más espectaculares. En 1967 se jubiló de todos sus puestos, ya con 80 años a las espaldas.

Su afición por la fotografía llenó toda la vida de Ortiz de Echagüe. Con sus cámaras al hombro recorrió España entera fotografiando cuanto de interés encontraba a su paso. Tuvo la visión no solo de la oportunidad, sino de la belleza, y fue capaz de plasmar en hermosas imágenes muchos tipos, muchos paisajes y muchos fenómenos que al resto de la gente escapaban. Así, reunió grandes series de imágenes que luego fue editando en libros que obtuvieron granes éxitos y enormes tiradas. Desde 1933 se convirtió en editor propio, sacando entonces a la luz la primera edición de su ESPAÑA, TIPOS Y TRAJES en que retrataba, incluso en color,  gentes de todos los rincones de la tierra hispana. Llegaron a editarse, a lo largo de los años y en múltiples ediciones, 70.000 ejemplares de esta obra, de la que poseo un preciado ejemplar, y que a pesar de todo sigue siendo rara y cara de encontrar. De su posterior obra, ESPAÑA, PUEBLOS Y PAISAJES, llegaron a editarse 90.000 ejemplares, y algo similar ocurrió con el resto de sus obras, como la ESPAÑA MISTICA y los CASTILLOS Y ALCAZARES, cuyos elementos gráficos, revestidos de la belleza que Ortiz de Echagüe sabía dar a sus producciones, aun hoy causan la maravilla admirada de cuantos gustan del arte fotográfico.

Entre esos castillos figuraron algunos de los mejores (entonces todos arruinados) de su tierra natal: Torija, Sigüenza, Embid de Molina y Brihuega. Este último, cuya fotografía acompaña estas páginas, lo puso sin embargo en su obra de la «España mística».

La Exposición de la Universidad Navarra, con 45 fotografías de tipos del Rif, va a recorrer el mundo entero: 50 grandes Museos la esperan para transmitir a todos los humanos el arte singular, y la sensibilidad de este alcarreño al que ahora, también en Guadalajara, recordamos. Aparte de un retrato a plumilla de nuestro archivo, ponemos otro que él hizo a un pastor soriano de Villaciervos. La técnica que aplicaba a sus negativos, en los que realmente «pintaba» y modulaba las nubes, los horizontes, las líneas maestras de la imagen, era del «carbón Fresson», y llegó a fabricarse él mismo los líquidos e incluso los papeles. De su gran obra solo llegó a positivar 1.500 fotografías, quedando las demás en negativos que son los que la Universidad de Navarra ha restaurado, digitalizado y definitivamente salvado ahora.

Lo mismo que hace 10 años en que con motivo del centenario de su nacimiento escribí algunos artículos en estas mismas páginas, vuelvo a pedir al Ayuntamiento que, cuando haya ocasión, se acuerde de poner el nombre de José Ortiz de Echagüe a alguna calle de nueva creación. En cualquier caso, el recuerdo y el aliento de estas figuras ya eternizadas por la razón de su propio esfuerzo y su valía constante, queda una vez más, quedará para siempre, entre nosotros.

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