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Agua en cacharros

 

No existe mejor bebida que el agua. Y no lo digo porque no me guste el vino, porque mesuradamente y en su momento, también es bueno. Sino porque el agua es la esencia de la vida. Es el elemento fundamental para que se produzca de continuo el pálpito, y porque siempre que hay una enfermedad, detrás hay una falta de agua. Como suelo decir, en broma, a mis enfermos, lo que nos ocurre es, ni más ni menos, que «nos evaporamos». De pequeños, todo es lloro, moco, pis, humedad por todas partes. De viejos, sequedad de garganta, de ojos, la piel reseca, encogimiento… nos falta el agua. El porcentaje de agua en el cuerpo humano está en proporción a la salud que se tiene. Y por eso es bueno, siempre, beber agua, mucha agua.

Por eso ha sido una gran idea organizar, como lo hizo Ibercaja hace poco más de un mes, cuando las Ferias de Guadalajara, una exposición en torno a la alfarería del agua en nuestra provincia. Una manera de mostrarnos a todos esa rica tradición artesana, hoy ya perdida casi al completo, de fabricar con barro los cacharros necesarios para llevar el agua de una parte a otra, bien como alcabuces, tuberías o cangilones, bien como cántaros, tinajas, ollas y jarras. Con elementos hechos en nuestros pueblos, en los alfares de antigua raigambre y hoy ya apagado eco de Lupiana, Cogolludo, Cifuentes, Sigüenza y, sobre todo, Zarzuela de Jadraque (la Zarzuela de las Ollas que todavía los más viejos conocen). Una gran idea que vino acompañada de un Catálogo magnífico, que guardaré siempre como una pieza bibliográfica magistral: breve en sus textos, muy medidos, sabios como todo lo que dirige José Antonio Alonso, y rica en imágenes, en color todos los elementos ofrecidos en aquella exposición.

Los cacharros para el agua que se hicieron en los alfares de Guadalajara ya no tienen objeto. Hay agua en los grifos de todas las casas. El progreso no es el acabamiento de lo antiguo, sino la comodidad bien venida. También es el abaratamiento de los costes. Por eso hoy se lleva mejor el agua en bombonas de plástico que en piezas cerámicas. Porque pesa poco y es más barato.

Pero sin embargo la curiosidad por lo antiguo nos pica a todos. Y esa muestra de antiguos cacharros de arcilla, esas formas orondas en su panza, gráciles en sus asas, inocentes en sus adornos, mágicas en su color, me llenaron y llenaron a todos cuantos las vieron de alegría en la cara y el corazón. Porque en ellas está la esencia de una vida plena aunque ida.

El principal coleccionista que aportó materiales a esta exposición fue mi compañero de profesión y gran etnólogo Antonio Castillo Ojugas. Me entero por el catálogo que es fundador y presidente de una Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara. Al parecer, esta Asociación solo la forma él, y el Museo de Guadalajara al que se refiere aún no existe. Pero todo es empezar. Las asociaciones, es verdad, las suelen mover siempre dos o tres personas. A veces una sola. Si tiene el ánimo suficiente, y el tiempo necesario, sobra para llevar bien y animosa cualquier Asociación. El problema lo va a tener Castillo Ojugas con el Museo. Porque haber, ya hay uno. Me refiero al Museo de la Cultura Popular, Etnográfico, de los cacharros para el agua y los trajes regionales. Ya lo hay. Pero está cerrado. Se puso en un sótano del palacio del Infantado, y hubo ocasiones en que el agua corría como un arroyo por sus salas. Lleva años, decenios, cerrado. José Antonio Alonso, en el texto del Catálogo que comento, dice que ya va siendo hora de que se plantee su reapertura. Por nosotros, ya está replanteada: que se abra, que se muestre a todos la riqueza etnológica de Guadalajara. El problema (siempre pasa…) es que quien se lo tiene que replantear vive en Toledo.

La Escuela de Folclore de Guadalajara, que mantiene la Diputación con actividades a muy amplios niveles, recoge entre sus muchas facetas las técnicas de la alfarería del agua. Luís Alberto Larriba es en ella el coordinador de esa sección, y mantiene un grupo, siempre creciente, de gente que sabe y quiere saber más sobre alfarería, cerámica, formas tradicionales de hacer cosas bellas. La raíz de Guadalajara está en buena manera en estas «cacharrerías» de las que en nuestra ciudad queda todavía el nombre para un barrio, y en muchos pueblos los restos evidentes de que un día fue real y activa su fabricación. En Zarzuela de Jadraque, sin ir más lejos, aún queda el horno que se usaba para hacer aquellos elementos alfareros.

La exposición de Ibercaja, que me dejó entusiasmado por contemplar tanta forma bella, tan bien cuidada, y tan bien estudiada, ha dejado bien patente la riqueza de la alfarería de Guadalajara. Que estudió, hace ya bastantes años, Eulalia Castellote, en un libro inolvidable lleno de estampas y documentación, y que ahora ha vuelto a ser objeto de recuerdo y, ojalá, de bandera reivindicativa para una cosa tan engarzada con la cultura de nuestro pueblo. La alfarería y sobre todo el Museo Provincial de Cultura Popular deben ser rescatados del olvido y abandono en que están. Y pronto.

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