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Médicos de antaño, enfermedades y remedios

 

La profesión de médico, una de las más hermosas y, al mismo tiempo más sacrificadas de las que realizan los humanos, acentúa sus caracteres de servicio exhaustivo, de auténtico humanismo en todas sus vertientes con la imagen del médico rural, de ese hombre que es un poco ángel guardián de todos los habitantes de cada pueblo, y al que tan pocas veces se le reconoce su gran valor de entrega y de renuncia, al dedicar su ciencia y su vida de universitario, a unas gentes y unos ambientes que pocas veces se lo saben agradecer. Para ellos, los médicos rurales, que son, también en su mayoría, aficionados a leer y rememorar las historias antañonas van dedicadas las siguientes lí­neas, en las que se trata de desvelar, un tanto a vuelapluma y como leve muestrario de unos hechos muy di­fundidos, el estado de la asistencia sanitaria en tierras de Guadalajara, en los años finales del siglo XVIII. Pano­rama ridículo, triste y afortunadamente sobrepasado. Heredero de una deca­dencia secular de los estudios univer­sitarios, que sólo alentaron reformas a fines de ese siglo con la creación de colegios de enseñanza médica y qui­rúrgica, pero que en los pueblos con­tinuó dando vía libre a la actuación de vulgares barberos, cirujanos, ­ sangradores y multitud de magos, embaucadores y curielas.

En los papeles que guarda la sec­ción de manuscritos de la Biblioteca Nacional, recibidos por don Tomás López a fines del siglo XVIII, en con­testación a su cuestionario para la elaboración de un gran diccionario geográfico español, figuran las curio­sas respuestas de los párrocos de los pueblos respecto a la sanidad en los­ mismos.

El de Poveda de la Sierra, en 1787, dice así: «No se notan enfermedades particulares, y las que ay las cura un maestro sangrador, ó a lo más un cirujano y es saludable».

Don Lorenzo de Juan, párroco de Escariche, en el mismo año escribía: «Asta estos últimos años, no se ha padecido enfermedad endémica, pero en estos dos últimos, particularmente en el pasado 1786, fue tan maligna la epidemia de tercianas, que de 400 personas, sólo dos dejaron de pade­cerlas. Murieron más de 100 personas y la maior parte de la cosecha no pudieron recogerla por estar todos a un mismo tiempo enfermos» lo que viene a clarificar la nula «Medicina preventiva» que se hacía entonces, en orden a destruir la fauna de mos­quitos transmisores de enfermedades y al poco cuidado de sanear las aguas de bebida.

No es extraño esto si leemos lo que en 1795 decía el párroco de Cifuen­tes, con una interpretación etiológica, sin duda aprendida del médico, que es de lo más divertida: «su atmósfera sea poco sana, y que el aire en el verano se halle cargado de varios efluvios, que mediante el calor con facilidad se rompen; de aquí nace que tengan de continuo dolores vagos reumáticos, calenturas cotidianas remitentes, tercianas y quartanas, hidropesías de pecho, edemas y otras afecciones cloróticas, particularmente en el otro sexo, que no pueden disfrutar de un aire puro; generalmente el suero de la sangre no es puro, y las enfermedades más comunes son efecto de un principio de putrefacción del aire impuro». De entonces acá, afortunadamente, ha evolucionado el conocimiento médico a pasos de gi­gantes, dejando atrás estas ridículas interpretaciones que en nada habían variado desde la época griega.

La descripción de los hospitales de Atienza, en 1786, es por demás dra­mática, especialmente por lo que hace al de San Antonio Abad, atendido hasta 1781 por los trinitarios, y dedi­cado a las gangrenas, enfermedades venéreas y «majados del fuego de San Antón». Dice así el comentarista:

«… destinado para un determinado número de accidentes quirúrgicos se­ñalados por real cédula; bien que en el día sólo suelen admitirse los de úlceras inveteradas, chancros y gan­grenismos, cuyos accidentes como intratables por otro método que el horroroso de los cauterios del fuego y del yerro en las amputaciones hacen menos apetecible el ingreso de los enfermos».

El párroco de Pastrana, don Fran­cisco José Fermín de Beteta, decía así en 1787: «Las enfermedades comu­nes son tercianas, tabardillos, dolores de costado, etcétera, sobre cuya cu­ración no tengo inconveniente insertar el método que me ha dado el médico titular, porque se reduce a una diser­tación de Medicina sacada de los autores de esta facultad, que haría más dilatado este escrito». Y añade que Pastrana era uno de los pueblos más saludables de la Alcarria.

En Cabanillas también era frecuente la fiebre malárica, resultante de la nula prevención y cuidado por las aguas. Así lo confirma el cura, don Antonio Auñón, en 1789: «El número de muertos y nacidos es igual por lo común, y la enfermedad que regular­mente causa más es la de tercianas con especialidad cuando son húme­dos los años».

Finalmente, pondremos aquí dos contestaciones que, dadas por gente ajena a la profesión médica, constatan el escepticismo que, por parte del pueblo, siempre existió respecto a los dogmatismos y remedios puestos por los médicos. Don Juan Ayuso Fuente, cura de Galve de Sorbe, de­cía en 1794: «Respectivo a enferme­dades, se padecen de todas clases: sus curaciones (si acaso se curan más que las que la naturaleza cura por sí) las ignoro». Que tiene su miga de ironía, no menor que las palabras de don Juan Prestamero, párroco de Cobeta, en 1773: «Las enfermedades comunes son dolores laterales en el invierno, y en el verano calenturas ardientes, esto debido a la situación del pueblo, y de lo mucho que traba­jan, subiendo y bajando las penosas cuestas y escabrosidades. El remedio más frecuente para éstas es la copiosa efusión de sangre, con la que unos sanan y otros entablan las Ygle­sias», en que se deja ver la poca fe que tenía en aquel universal como absurdo remedio de las sangrías.

Los métodos de hoy son muy otros, aunque todavía queda un largo camino por recorrer en la lucha contra la enfermedad y la muerte. El afán de unos hombres, los médicos, será siempre la principal lanza que brille en esa batalla, aunque la sociedad de hoy (algunos sectores de ella) sea crítica a ultranza de todas sus actuaciones.

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