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Palmira, la joya del desierto

 

Hace rato que ya ha amanecido. El sol, violento, choca contra las peladas montañas que rodean la ciudad de Damasco. Ni un árbol en ellas, solamente tierra parda, reflejos amarillentos, un polvo leve que baila sobre las planas azoteas de los suburbios. La capital de Siria, con tres millones de habitantes, es un pequeño oasis en medio del desierto norte de Arabia. Palmerales y bosquecillos se encierran entre los bloques de viviendas, en derredor de la vieja ciudadela de los Omeya, la habitación más antigua de los hombres: allí estuvieron los asirios primeros, los romanos, allí está enterrado San Juan Bautista (en un catafalco en medio de la gran nave de la mezquita mayor) y allí enseñan la  capilla de Ananías donde vivió refugiado San Pablo. La ciudad que cuenta, y no acaba, su historia de más de seis mil años: los turcos selyúcidas después de los árabes; el sitio de los cruzados, la invasión de los mamelucos de Egipto y el saqueo por los mongoles de Tamerlán. Cuatro siglos luego de pacífica vida bajo el imperio otomano de Estambul, y al fin la independencia de los franceses. Siria es hoy un país socialista en el que todo el mundo tiene trabajo y vive dignamente. Un lujo inesperado en este mundo de convulsiones, de pobrezas ominosas y riquezas insultantes.

Un mundo de paso

Siria es un mundo de paso. Desde las costas más orientales del Mediterráneo, donde en Ugarit los primeros fenicios inventaron el alfabeto y construyeron su mínimo imperio, hasta las interminables estepas asiáticas que dan cara al Himalaya y buscan el camino de las míticas tierras de India y China, todos cuantos han querido poner unión entre los mundos más primigenios de la tierra han tenido que pasar por aquí.

La riqueza del comercio fraguó en medio del desierto. Un lugar que a todos suena, y que muy pocos pueden imaginar aunque lo vean en fotografías reproducido, es la que con justicia puede calificarse de joya del desierto: la ciudad de Palmira, que surgió en las orillas de un oasis (los árabes aún la llaman Tadmor, «la ciudad de los dátiles», en medio del desierto sirio) fue el punto donde los camelleros de Arabia traían las especias desde el Extremo Oriente, y allí las vendían o cambiaban a los fenicios, a los griegos y romanos, a los arios del norte que hasta allí llegaban. Punto de encuentro, y nido de riquezas. Veinte siglos antes de Cristo ya existía este enclave. Independiente de todos, su fuerza radicaba del cobro de impuestos a unos y otros, a cuantos pasaban y descansaban en ella. Cientos y cientos de kilómetros sin un sólo matorral, sin una mínima fuente, hacían a Palmira ser deseada, gozada a costa de cualquier sacrificio. Una cultura propia, mezcla de simplismo y opulencia, nació en este lugar, que fue visitado por el emperador Adriano el año 130 antes de Cristo, pasando finalmente en el 217 después de Cristo a poder de los romanos. La heredera teórica del gobierno de la ciudad, la bella y virtuosa Zenobia, se erigió en campeona de su pueblo. Plantó cara al Imperio más poderoso de la tierra, y declaró su independencia. Guerras, saqueos, huidas y al fin la muerte de la reina mítica del desierto, querida de su pueblo, y nunca olvidada. Hoy, en el silencio del atardecer, entre los monumentales restos de la vieja ciudad, parece oírse el palpitar bajo los velos de Zenobia. ¿Sería tan hermosa como el viajero, alucinado, piensa siempre? ¿Tendría esa hondura en los ojos que hacen a una mujer inolvidable? Muerta ella, todos parecieron perder interés por la ciudad. Los árabes, tras tomarla en el 634, la despreciaron, y un terremoto en 1089 echó por los suelos cuanto había sobrevivido a siglos de abandono y silencio.

En el siglo XVIII, unos mercaderes ingleses establecidos en Alepo acertaron a pasar por allí, y quedaron deslumbrados de lo que vieron. La historia de Zenobia se repitió en los salones de la vieja Europa, y los aventureros comenzaron a penetrar en el árido y sobrecogedor desierto sirio. En 1924, bajo el dominio francés, se iniciaron las excavaciones y estudios. Poco a poco, demasiado lentamente para los que pensamos que Palmira es una de las joyas de la Humanidad, va apareciendo desenterrada la gran ciudad, a pesar de que hoy todavía viven los pastores en sus jaimas sembradas entre los templos.

El viaje a Palmira

En Damasco, visto ya el Museo Nacional, los viejos zocos, la gran mezquita de los Omeya y el fragor de sus calles céntricas, poco queda por hacer. Después de algunas aventuras para conseguir dinero utilizable en un país en el que de nada sirven las tarjetas de crédito, de comprar decenas de botellas de agua mineral helada, los correspondientes turbantes palestinos para protegernos del sol, y de regatear media hora larga con el conductor de una furgoneta en la que, por cien dólares, nos lleva a ocho personas hasta Palmira, emprendemos el viaje.

Son casi trescientos kilómetros desde Damasco. La carretera es buena, pero el conductor no tiene prisa. Hay soldados en cada cruce, que miran desapasionados, bajo su turbante, la ruta de la sombra. Y unos individuos en casetas que, en algunos lugares, nos paran, nos miran, y apuntan lo que les dice el conductor: nadie puede quedar sin permiso vagando por aquí… al final de un recta interminable, como contrapunto al espectacular paisaje (no es de arena el desierto de Siria, es de tierra pura y dura, de piedras, y de nada más, porque algunas matas que debieron ser verdes en primavera, ahora solo quedan en esqueleto reseco; es otoño avanzado y la temperatura pasa de 35º. En verano, al parecer es peor. Entonces sí que hace calor, dice el conductor…) un letrero indica varias direcciones. A la izquierda, se va a Homs; al frente, a Palmira; a la derecha, a Bagdad, solo quedan 500 kilómetros.

Y llegamos a Palmira. No me atrevo a poner adjetivos. No quiero exagerar un ápice. Solo decir que tiembla quien tiene algo de sensibilidad para el arte, que se queda con la garganta seca (y no sólo por el calor) y mudo. Una calle, «la gran columnata» de más de dos kilómetros de larga, se escolta de impresionantes columnas rematadas en enormes capiteles corintios. A media altura, las columnas tienen una repisa donde descansaban talladas efigies de los personajes ilustres de Palmira. Bajo ellas, en limpia talla palmireña, con alfabeto griego todavía, se expresan sus nombres y hazañas. La calle, que siempre fue de tierra, veía el paso de las caravanas de camellos, que finalmente descansaban en torno al ágora o gran mercado. El teatro, sublime y perfecto, con todos sus elementos íntegros, es lo primero que se ha restaurado. Y el «tetrapylon», el más emblemático de los elementos de Palmira. El autor y su hijo Alfonso posan, en la foto adjunta, delante de ese espacio que era el corazón palpitante de la ciudad del desierto: cuatro enormes repisas sostenían cada una otras cuatro columnas, que a su vez daban sustento a una gran estatua. En su centro, reuniones y encuentros. Y por aquí y allá, a medio descubrir, los templos dedicados a Bel, a Nabo, a Bel-Shamin… las murallas que rodeaban a la ciudad… las torres funerarias que como prismáticas atalayas escondían (esconden todavía) las logias funerarias de los ricos comerciantes, hoy a medio excavar, emergiendo sorprendidas de entre la dura entraña del desierto.

Para terminar

El viajero recomienda vivamente que quien tenga una semana de tiempo, cuatro cuartos ahorrados, y verdaderas ganas de (aun pasando calor) vivir una jornada única en su vida, que haga lo posible por contratar un viaje a Siria, y, lo primero de todo, vaya a Palmira. Aunque tenga que tirarse ocho horas dando botes en una furgoneta.

Y para terminar, decir que esta vez, por más que lo intenté, no encontré en Palmira nada relacionado con Guadalajara. Quizás algún día, un biólogo alcarreño ahora en ciernes, llamado Alfonso, alcance la fama con lo que él dice es un descubrimiento único: una especie de varano negro (de aspecto verdaderamente repugnante, y grande como un pecado mortal), que se dedicó a perseguir entre las piedras de Palmira. Fotografiado primero, ahora se estudiará, y a lo mejor por ahí empieza esa relación (que seguro la habrá en el futuro) entre Guadalajara y Palmira. De momento, esta página queda para el recuerdo de una jornada portentosa.

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