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Bosques en el otoño:Del Santo Alto Rey

 

Se va alzando el otoño desde el centro de la tierra. Como una voz apagada, como un latido triste, se cuela por las raíces de los árboles y se levanta hasta ‑su coronamiento, palideciendo a las hojas, sangrándolas, dejándolas al fin en un tiriteo sin retorno. A los prados les da sin embargo vigor y verde risa. Al cielo le entrega su espejo y se pone gris, se harta de aguas y de nieblas. El otoño se ha alzado por las sierras de Guadalajara, y en las laderas del Santo Alto Rey ha puesto su mejor retablo. Hasta allí (camino de Humanes, de Cogolludo, de Hiendelaencina arriba) ha subido el viajero. Siguiendo las aguas del Bornoba, frías y transparentes, cantarinas a trechos. Hasta Gascueña primero, y al fin hasta Prádena.

En la vertiente sur del gran cerro mágico, coronado siempre, corno atalaya soberbia, por la ermita del Santo Alto Rey, de par en par sus puertas, hoy envarado por dos sangrientas lanzas blancas y rojas (dos antenas que sirven para repetir y propagar las televisivas imágenes de algunos zurullos contando chistes) se alza la belleza simple y doméstica de los bosques y las hondonadas, de los jarales y prados en los que brilla la capa fina del agua que destila la altura, más blanca aún cuando corre sobre las pizarras, los gneis o los cuarzos soleados.

A quien le guste pasear en silencio por bosques de leyenda, en Guadalajara tiene una buena oportunidad. Mejor que nunca ahora en el otoño. Las vertientes sur y norte del Santo Alto Rey, al norte de la provincia, ofrecen en toda su pureza los vestigios de antiguas riquezas vegetales. Hace muchos siglos, esa montaña se hallaba completamente cubierta de inmensos bosques de roble pirenaico (Quercus pyrenaicus) ó roble melojo, de mediana alzada, no excesiva corpulencia, pero de gran frondosidad. En la cara septentrional hubo quizás bosques de hayas (hoy no queda ningún ejemplar, por más que he buscado no se encuentra ni uno, aparte de los escasos individuos de las hondonadas umbrías de Tejera Negra) y alisos, de arces, álamos y abedules. Pero desde la Edad Media, y especialmente en los años finales del siglo pasado, cuando la comarca aumentó espectacularmente de población al arrullo de las recién explotadas minas de plata de Hiendelaencina, se ha venido produciendo la continuada tala de árboles con objeto de convertirlos, tras con ellos montar piras gigantescas, en carbón vegetal. De esas «matanzas», arborícolas de buena prueba incluso el nombre de uno de los pueblos de la vertiente meridional de la montaña: Bustares expresa con claridad cómo en ese territorio se produjeron de asiento estas facturas depredadoras de la masa vegetal. Un «bustar» es un lugar donde se hace carbón quemando en lenta combustión masas enormes de leña. El roble era la mejor materia prima para esta industria. Y con tal meticulosidad y entusiasmo se llevó adelante el «bustareo» que apenas si quedaron algunas mínimas manchas en las que hoy puede el viajero rememorar cómo fuera el paisaje de aquellos entornos.

Merece la pena subir hasta Gascueña, y desde allí adentrarse en los bosquecillos de roble, que ahora tienen sus hojas lobuladas de múltiples colores, entre pardo, gris ó rojizo; sus troncos cubiertos de líquenes secos, y sus raíces nutriendo una variada exposición de hongos que se alzan (pardos, amarillos y violáceos) entre las hojas o junto a los musgos de las piedras. El mejor de esos bosques es el que se encuentra a media ladera en la parte central de la vertiente sur del monte Alto Rey. Hay que andar una media hora desde Gascueña, entre las jaras, pero es realmente un mundo de ensueño penetrar en él. Hay otro, muy pequeño, encima de este pueblo, y otro hermosísimo encima de Prádena. Para los que no quieran ir tan lejos, pueden disfrutar de un paseo (por favor, que tu única huella sea la caricia de tu mirada) por el robledal de La Toba, que está en un vallejo al norte de este pueblo, camino ya de Congostrina: en su vertiente norte (la umbría) están los robles, y en la meridional (la que ilumina el sol más tiempo) las encinas. Un hábitat inmaculado, y rico de formas y colores.

Los grandes espacios que quedaron desarbolados por efecto de tan terribles cortas en siglos pasados, se cubrieron de un arbusto simple, muy oloroso: la jara, que se extiende por espacios casi infinitos. La hay de dos tipos, la pringosa, con hojas estrechas, siempre verde-grisáceas, pegajosas por el aceite que excretan, pero finamente perfumadas, y la estepa, más seca, que crece en las alturas mayores. En las umbrías se cubre el suelo por la gayuba, que se arrastra verde y poderosa por los taludes más empinados, y el brezo se alza fino y elegante entre las manchas de bosques más altos. Hay, finalmente, pero es difícil llegar a ellos, porque están muy altos y aislados (a partir de los 1.500 metros) algunos bosques de pino negro en el término de Robledo Corpes, en la orilla izquierda del más alto Bornoba.                            

La cumbre del Alto Rey tiene ya nieve, especialmente en su espalda del norte. Las vertientes cuajadas de roble, los Jarales y los herbazales empapados le dan el contrapunto feliz y colorista a la altura  gris y pelada. No hay que llevar anotado ningún nombre, referencia ninguna de monumentos o personajes. Viajar ahora al Alto Rey, pasear por sus empinadas laderas, mirar simplemente la lejanía que hacia el sur, hacia el Henares, siempre es luminosa y brillante, es quizás el mejor ejercicio para un día de asueto, de silencio, de encuentro con uno mismo y con la Naturaleza Una oferta que no debes desaprovechar, amigo lector.

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