Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

Una colección de recuerdos: Los castillos de Guadalajara

 

No cabe duda que es estos días son noticia-lo son una vez más- los castillos de Guadalajara. Acaba de aparecer un singular, un libro de esos que hacen época (que la vienen haciendo desde que hace ya más de 60 años apareció su, primera edición) y en el que su autor, el historiador y apasionado alcarreñista don Francisco Layna Serrano, puso en avalancha de noticias, de dichos y de historias todo cuanto puede saberse en tomo a estos monumentos tan magníficos, y cuantas anécd­otas, chismes y certezas nos han llegado de sus poseedores medievales. Los «Castillos de Guadalajara» de Layna Serrano vuelven a abrir­ nos la puerta de un mundo único, mágico y, seguro, inolvidable.

Los mejores alcázares

Si hoy, tras leer este libro voluminoso y cuajado de imágenes coloristas, de planos meticulosos y escudos heráldicos de cientos de antiguos magnates, me preguntaran cual es el mejor alcázar que cabe en la provincia, aunque con cierta dificultad porque varios hay que podrían alzarse con el liderazgo, contestaría que el de Molina de Aragón. Es el más grande, el más airoso, el que más cumplidamente nos ofrece viva la estampa de un gran edificio hecho para la guerra, la defensa y la representatividad de un linaje. Si después me permitieran aumentar hasta tres el número de los elegidos, pondrá a sus costados los castillos de Sigüenza y de Pioz. El primero por su grandiosidad y belleza; el segundo por lo bien que aún mantiene, a pesar de su progresiva ruina, la estructura fiel de un castillo medieval español.

Vamos a suponer, todavía, que mis interlocutores fueran generosos y me permitieran ampliar hasta cinco el número de los mejores. Pues añadiría sin duda el castillo de Palazuelos y todo su conjunto completo de murallas, que convierten a este, pueblo de la comarca seguntina en una «pequeña Ávila», en una muestra liliputiense de lo que en el Medievo fueron los grandes burgos defendidos de bastiones pétreos; el otro sería el de Brihuega, también completado por su casi entera línea de amurallamiento.

Finalmente, si en un alarde de dadivosidad, me dijeran que hasta la docena podía aumentar el listado de mis castillos favoritos, no tendría mucho problema en añadir a los anteriores estos otros siete: de un lado el de Jadraque, por su situación sobre «el cerro más perfecto del mundo»; de otro el castillo de Torija, por la pulcritud y elegancia de sus líneas; luego el de Atienza, por su reciedumbre de silueta y la densidad de recuerdos históricos que atesora; más tarde el de Anguix, guiado quizás por el maravilloso paisaje en el que se inserta; posteriormente el de Zorita de los Canes, debido a la soberbia grandiosidad histórica de su recinto y por su volumen también enorme; más adelante, el de Zafra (en término de Campillo de Dueñas), en premio a lo singular de su emplazamiento y al denuedo casi heroico de su dueño por restaurarlo. Y, en fin, completaría la docena con el castillo de Arbeteta, que en su equilibrio increíble sobre las rocas nos llena el corazón y las retinas de asombro limitado.

Mitos y ritos en las alcazabas

Cuantas clases de gentes y de fantasmas poblaron los castillos de nuestra tierra, difícil es decirlo, pormenorizarlo o indagarlo hasta el final. Pero si por sus dueños; por los ritos que en ellos ejercieron, y por los mitos que a sus corpachones dejaron prendidos hubiera que clasificarlos, esta sería la menos mala de las listas:

Castillos hechos por y para los obispos (seguntinos y toledanos): el de Sigüenza, albergue palaciego de los jerarcas religiosos durante largos siglos, y el de Brihuega, que ejerció de similar destino para los toledanos. Los de Pelegrina y Riba de Santiuste como lugar de descanso veraniego o retiro espiritual para los seguntinos, y los de Uceda y Fuentes de la Alcarria para los de junto al Tajo.

Castillos hechos para sede principal de un linaje, de un señorío, como puestos en la frente de un territorio y alzados en función de escudo ingente sobre campos y multitudes: el de Molina, hecho para los Lara, y el de Jadraque, donde los Mendoza pusieron su espejo. Esos son los más emblemáticos.

Castillos elevados para sede de instituciones plenamente medievales: el de Zorita de los Canes, largos años sede capitana de la Orden Militar de Calatrava.

Castillos ordenados para la defensa estratégica de señores feudales en el más puro sentido de la palabra: esos son los de Cifuentes, Galve de Sorbe y Trillo, que levantara el pendenciero infante don Juan Manuel; o los de Embid y Castilnuevo, que puso en alto el caballero don Juan Ruiz de los Quemadales, el «caballero viejo de Molina».

Castillos propiedad siempre, aunque nadie lo crea, de los reyes de Castilla: ese fue el de Guadalajara (que aún hoy existe, en ruina picada, a pocos metros del palacio del Infantado).

Castillos que fueron mendocinos y le sirvieron de terraza, de salón galante y de atalaya dominadora a los miembros prolíficos de esta familia alcarreña: los de Torija, Jadraque otra vez, Tendilla, Mondéjar y Palazuelos.

Castillos, incluso, para que un loco se metiera en él y desde sus almenas atacara a los indefensos circundantes: así el de Motos, en la raya de Aragón, donde el caballero (mal nacido don Beltrán de Oreja) Álvaro de Hita, se dedicó a esperar peregrinos, y tras atracarlos guardar riquezas en mazmorras de las que ya hoy no queda casi ni memoria.

Sendas y destinos de los castillos

Terrible ha sido, sin paliativos, el destino de los castillos de Guadalajara. Triste como pocos. Algunos de ellos, los menos, han permanecido enteros (así el de Molina, el de Pioz, el de Cifuentes, si es que a estos se les puede calificar de enteros, y no de ruinas dignas). Otros, más afortunados, de su antigua miseria han recibido las aguas bautismales de la restauración: así los de Jadraque, al que los vecinos pusieron de nuevo compuesto y cara al viento, o el de Sigüenza, en función de Parador con superávit, o incluso los de Torija y Zafra, a los que crecieron las almenas como si un crecepelos sus dueños les hubieran aspereado. Y detrás va la mayoría, silenciosa, artrósica y dolorida, que poco a poco han ido hundiéndose, unos a lo largo de los siglos, y otros ayer mismo, porque al de Embid se le vino abajo la torre principal no hace aún diez años, y al de Anguix le derribó la escalera de la torre un mal viento el invierno pasado. Esos son los elementos que forman nuestro patrimonio más rico, el más voluminoso sin duda. Estamos en la encrucijada de dejarlos perecer, o de correr a salvarlos. De momento, el libro de Layna nos acude para conocerlos mejor. Que por ahí se empieza a amarlos, y a darles un empujón, y a alzarlos.

Be Sociable, Share!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *