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Bajando las aguas de los ríos de Guadalajara

 

La invitación al viaje, al descubrimiento, a la admiración, puede hacerse de muchas maneras, desde muy diversas perspectivas. Una de ellas pasa por las orillas de los ríos, de los múltiples cursos de agua que confieren a la provincia de Guadalajara el calificativo indudable de húmeda y cantarina. Ninguna otra de las provincias castellano‑manchegas tiene tantos recursos acuáticos como la nuestra. ¿Quién lo dudaría, tras pasearla, tras recorrerla detenidamente? En cualquier rincón suena el agua, se ven las arboledas que escoltan un río. O los horizontes dilatados de los embalses donde (antes) se remansaba el agua de los altos ríos. Hoy solo sirven de parada momentánea para que el agua de nuestras entrañas corra fuera, a tierras más sedientas.

La altiplanicie de Guadalajara que desde las sierras centrales e ibéricas se inclina hacia el suroeste, ve cómo múltiples barrancadas la hienden en su altura y anchos valles la dulcifican en su nivel más bajo. Tres grandes cuencas forman el sistema hidrográfico de esta provincia: de oeste a oriente, son las del río Henares, el Tajuña y el Tajo. Los dos primeros, además, afluentes del último, de cuya gran cuenca fluvial forman parte. Recogen todos ellos, a través de menores afluentes, las aguas de las sierras centrales el primero; las del subsuelo alcarreño el segundo, y las de las serranías ibéricas el tercero. No tengo aquí las cifras de los kilómetros que entre uno y otro estos ríos recorren por nuestra geografía. Viene en cualquier tratado de geografía. Lo que no puedo dejar de hacer (uno es literato, al fin y al cabo, más que científico) es cantar nítidamente, y con voz alta, las maravillas paisajísticas que en su tomo crean todos ellos.

Y así, del Henares gritar su paciencia y rectitud en la difícil orquestación de los ambientes serranos, campiñeros y alcarreños. Parece como un telón que le va colocando la naturaleza a esas tres comarcas, por las que el Henares discurre, ante el aplauso de todos. Nacido en los altos de Horna, junto a Soria, es Sigüenza la primera gran ciudad que baña. Sigue luego por estrecheces y roquedales. Y se abre, tras Mandayona, en las abiertas latitudes de la Campiña, donde Jadraque, Hita, Humanes, Yunquera y finalmente Guadalajara justifican su historia por la presencia del río. Junto a él pasaron los romanos como seguro camino entre Mérida y Zaragoza. Y en sus orillas fundaron ciudades, villas y castros. Mil perspectivas nos entrega. Al caminante yo sólo le sugiero una. Quizás no la más importante, pero sí la que está cargada de una belleza singular y un, verdadero amor de los hombres por el río: en Baides (la fotografía adjunta lo representa) pasa el río por en medio del pueblo, y. allí le han hecho un paseo muy hermoso, con bancos, paseos y arboledas que le confieren la sensación de un monumento, con latido humano.

El Tajuña nace en las peladas, en las áridas altitudes en torno a Maranchón Apenas una fuente lo señala. Corre enseguida (por Luzón y Anguita ya es mayorcito) a formar hondos valles, agrestes, horizontes donde se ven castros celtíberos y torreones medievales en profusión increíble. Apenas si recibe afluentes el Tajuña, y estos muy pequeños, de muy corto recorrido. Ello se debe a lo estrecho de su cuenca, pues tanto por el oeste, como por oriente, las del Henares y Tajo respectivamente están muy cercanas, separadas por Cerros o breves mesetas, que brindan sus aguas a los dos anteriores cursos. Pero en esa brevedad, en esa estrechura, en la línea recta y segura del río está todo el encanto del Tajuña. Atraviesa los más nítidos perfiles de la Alcarria. Y le presta su fulgor a lugares como Abánades, Masegoso o Brihuega, pasando bajo la atalayada mirada de Valfermoso y sonriendo por Loranca y Aranzueque.

El Tajo es el grande, el que en su inicial recorrido desde las turolenses alturas de Albarracín nos ofrece uno de los espectáculos más hermosos de la naturaleza española: el Alto Tajo, donde los bosques, las rocas y la fauna en profusión se mezclan y cantan. Desde las inquietas serranías molinesas y conquenses, el Tajo va recibiendo aguas limpias, caudalosos torrentes, fuentes y cascadas que signan un paisaje de tonos verdes y húmedos límites. Sonoros son los nombres de sus afluentes, tan hermosos en paisajes como él mismo: el Cabrillas, el Ablanquejo, el Gallo mismo. En este río molinés por excelencia pues todo su trayecto lo tiene en tierra del antiguo Señorío, se centra quizás la más alta sorpresa. Desde que nace por las peladas tierras de Alustante, de Motos y Orea, hasta que entrega su sonora carga en el Tajo por el puente de San Pedro, bajo la atenta mirada del castillo de Alpetea, el Gallo forma paisajes dulces y espectáculos violentos. La vega de Chera y el barranco de la Hoz entre Ventosa y Torete son, quizás, sus más representativos espacios.

A los ríos del Señorío dedicó sus más hermosas páginas el historiador de Hinojosa don Diego Sánchez Portocarrero, quien en su «Historia del Señorío de Molina» alaba, uno por uno, a los ríos y arroyos de su tierra, y canta las excelencias del frescor de uno, del paisaje agreste de otro. Es al Gallo al que, sin embargo, le otorga la preeminencia y el apelativo apasionado de «Patrio río». Dice que en su largo recorrido -trece a catorce leguas‑ sólo atraviesa tierras del Señorío, o provincia molinesa, como entonces se apelaba oficialmente la región, «mostrando que sólo le destinó Dios para ella». Tiene el Gallo su origen en el Cerro de San Cristóbal, junto a Orea, en la sexma de La Sierra. Baña luego progresivamente las sexmas de El Pedregal y de El Sabinar, en la que se hace monumento natural, tajando el paraje de La Hoz y yendo a dar, poco después, sobre el Tajo, en el Puente de San Pedro.

Sánchez Portocarrero alaba del Gallo las truchas, y dice que sus aguas son excelentes y de más estimación por lo útil que por lo caudaloso, y sobre todo es famoso por su notable fecundidad de pesca, en particular de truchas asalmonadas, en nada inferiores a las más excelentes. Dice que le alabaron, ya en la antigua, clásica, y más modernamente autores como Máximo Sículo, Gil González Dávila y Camilo Borrelo, habiendo servido para abastecer continuamente de viandas frescas la mesa real cuando Felipe IV y su corte pasó en 1644 hacía Aragón, llevándole hasta Zaragoza a diario este manjar del río Gallo, que hoy produce en bastante menos cantidad, pues dice el historiador que entonces había tantas que si se guardara este Río en algunos tiempos del Año, es creybIe que a bueltas del Agua se, sacara en las vasijas que, se coje. Quizás la pasión del terruño tiraba de la pluma de don Diego, pero no andaría muy lejos de la verdad al ponderar de esta manera estas truchas molinesas, que podrían ser, hoy todavía, una fuente importante de riqueza para esta región tan apartada de todos.

¿Hay todavía alguna duda acerca de lo interesante, que puede ser un viaje a lo largo de los nos de Guadalajara? Un mapa muy escueto, pero esclarecedor, y básica guía del futuro viajero, acompaña a estas líneas que han querido ser oferta húmeda y breve reseña de nuestras venerables carreras acuáticas.

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