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Un rincón idílico pero no olvidado, Carrascosa de Tajo

 

En estos días se ha concluido una de las obras más esperadas por los vecinos de Carrascosa de Tajo: el asfaltado de la carretera que desde Huetos llevaba a este pueblo, acortando distancias en contra del tradicional camino, que iba desde Cifuentes a través de Canredondo, atravesando bosques, por no decir selvas, y áridos montes desiertos. Ahora, la comunicación con la civilización es ya un hecho, y aquello que, yo mismo, en cierta ocasión, tuve que decir de que Carrascosa era un lugar perdido y semiabandonado, es preciso rectificarlo, y afirmar con toda rotundidad que este lugar tan típico y hermoso de la plena Alcarria, se encuentra a un paso, cerca de Cifuentes, caminando siempre por asfalto a través de Ruguilla, Sotoca y Huetos, atravesando por paisajes de ensueño en los que las roquedas se alternan con los valles rientes y cuajados de árboles que descienden, lentos y majestuosos, verdes y frescos, desde la alta meseta hasta el foso del Tajo.

Hace escasas fechas viajé a Carrascosa, cuando la carretera hoy ya gris tenía todavía por cubierta el blanco tejido del polvo calizo. Ya no estaba el pueblo desierto, sino cuajado de gentes en animada charla, a la sombra benévola de los tejaroces, comentando la curiosidad del último modelo de un coche urbanita y futurible. Había bicicletas de niños y alegría de viejos. Había jeeps, golondrinas y una distancia límpida, transparente, en cada recodo. Había, incluso, serpientes verdes y casi voladoras sobre el camino…

Carrascosa tiene, quizás, poco que ver. Pero mucho que recordar, mucho que contar a quienes quieran oír. De ver son sus callejas estrechas y vericuetadas. También la iglesia parroquial, que puede competir con cualquiera otra de postín más alto. Delante ofrece un jardín lleno de altas hierbas. En el muro de mediodía, y amparada por un atrio con desconchones, se ve la puerta de ingreso, que es plenamente románica, de piedra tallada en sus varios arcos semicirculares, en degradación, que apoyan sobre sendos capiteles en los que lucen, con burda talla, hierbas y piñas de modelo antiguo. Un silencio lo recorre todo. Solo se escuchan las aves, algún ladrido, un grito infantil…

En estos días están ultimándose los trámites que van a proporcionar a los de Carrascosa (y a todos los alcarreños, que son muchos, que quieran saber historias de su tierra) un libro magnífico, ejemplar: una obra en la que aparecerá completa la vicisutd de esta villa a lo largo de los siglos. Sus orígenes nebulosos y medievales, su emplazamiento en un camino frecuentado ya de los romanos, cerca de un puente que se contó entre los más transitados de Castilla. Su pertenencia, desde tiempos de Alfonso VIII, al monasterio cisterciense de Ovila, asentado en sus cercanías, también junto al Tajo. La riqueza múltiple, sugerente e inacabable de su templo parroquial, en el que hay retablos, imágenes renacentistas y barrocas, un gran órgano tradicional, papeles y más papeles cuajados de historias vivas y emocionantes. Y fiestas, y costumbres, y canciones. Un denso libro que ha escrito uno de sus hijos más preclaros y notables: don Francisco García Escribano, quien con pasión autodidacta, se ha levantado a las alturas de los historiadores más certeros, y ha construido con tesón y buen juicio una admirable obra que, como digo, en breves fechas vendrá a sumarse a la producción bibliográfica alcarreñista, para suerte de todos, y de los de Carrascosa primero.

De todos modos, y ahora que estamos en plena canícula, cuando los días largos y calurosos invitan a lanzarse al campo, es el de Carrascosa uno de los más llamativos y hermosos de la Alcarria: pobladas de pinos sus cuestas, de rápidas aguas sus valles, el Tajo gana a todos con su rumor de bravura, y los alrededores encierran también el misterio de las ruinas de fácil evocación y cumplida historia: el «puente de Murel», o el «monasterio de Ovila». Lugares todos ellos donde poder pasar sin problemas un día al menos de regocijo y olvidos. Carrascosa, con su camino fácil, y su historia cuajada ya en páginas, gracias a la tarea larga y meticulosa de su cantor y analista, de Francisco García Escribano, tiene la clave de la felicidad. Al menos, de la mía.

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