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Una excursión al Monasterio de Ovila

 

No puedo ocultar mi auténtica predilección por las ruinas del monasterio medieval de Ovila. Quizás sea lo terrible de su historia (su secuestro y traslado, piedra a piedra, hasta América), o lo maravilloso del entorno natural (en un ancho valle por donde el Tajo discurre manso y verde), o quizás el embrujo que despiertan las solemnes arcadas de cualquier claustro cisterciense abandonado en el silencio de los montes.

El caso es que he vuelto a Ovila hace un par de semanas. Buscando el reencuentro con la paz monacal de sus ruinas. Y buscando nuevos datos, ‑debo confesarlo‑ y nuevas fotos para el libro que preparo sobre monasterios medievales de Guadalajara.

Para muchos de mis lectores que desconozcan qué sea Ovila, quiero dedicar las siguientes líneas. Y decirles, de entrada, que hoy se hace muy fácil llegar hasta su lejanía, porque desde Trillo ha sido asfaltado por completo el camino que antes de tierra y en mal estado ponía el asunto en plan aventura. Hoy se llega en una hora desde Guadalajara, sin más problemas.

Ovila fue monasterio cisterciense que fundaron reyes y acogió peregrinos, desde el remoto siglo XII, y que hoy ha quedado casi en un soplo, en un hálito fantasmal poblado de recuerdos y presencias. Pero le falta el casi. En Ovila quedan los suficientes restos arquitectónicos para tomar buena nota de lo que fuera este gran cenobio. Y, sobre todo, a Ovila le resta (eso nunca podrán quitárselo) el paisaje idílico en que asienta: el valle del río Tajo, rodeado de montañas pobladas de pinos, de carrascales en las laderas y álamos en las orillas, donde resuena la paz y el espíritu del hombre se reencuentra con la serena consecuencia de serlo. Ovila añade a todo esto el morbo anecdótico de haber sido comprado  ‑el monasterio entero‑  en los años de la segunda República por el millonario norteamericano William Randoplh Hearst, quien hizo trasladar sus ruinas arquitectónicas a Estados Unidos, y allí hoy se conservan, unas en el Museo De Young de San Francisco, y otras (la mayoría) tiradas y olvidadas en el Golden Gate Park de la capital californiana. Allí espero reencontrarlas el próximo octubre en un viaje que tengo previsto hacer a la capital de California.

Hablando brevemente de su historia, diremos que fué inmediatamente después de la toma de Cuenca por Alfonso VIII cuando se produjo el nacimiento de este cenobio. Es en 1181 cuando el monarca castellano adquiere el territorio de Murel a cambio de unos terrenos en Toledo, para edificar una abadia. Allí, en lo que hoy es término de Morillejo, junto al rió Tajo y en una zona donde probablemente se comenzó a construir el puente que todavía subsiste, surgió la primitiva sede, sencilla y pobre, de los cistercienses.

El Papa Lucio III concede en 1182 una Bula, dando al cenobio de Murel la facultad de ser colegio o noviciado, lo que viene a significar la abundancia de vocaciones que en la región había, aunque los primitivos monjes pobladores llegaron de Valbuena.

Será en 1186 que los frailes blancos bajen a poner su nueva casa a Ovila. Es en ese momento cuando el rey Alfonso se vuelca en donaciones y acrecentamientos. Y, aparte del territorio ya concedido de Murel, les entrega los censos y diezmos de Ruguilla y Huetos, cuatro yugadas de tierra en Gárgoles, un molino en Sotoca y otros dos en Carrascosa, así como una heredad en Padilla del Ducado y otra en Corbes.

Las obras del monasterio comenzaron en los primeros años del siglo XIII. Su construcción fué siempre lenta y a empujones. Algunas cosas se acabaron, otras no llegaron a cuajar, y así se dio la circunstancia que el cenobio cisterciense de Ovila tuvo siempre un pluriforme aspecto de estilos y tendencias artísticas y constructivas.

Siguiendo con su historia, vemos como Enrique I declara exentos de pechos y tributos a los vecinos de Carrascosa, donándoselos al monasterio para que le sirvan de criados. Donaciones que son confirmadas por su hijo Fernando III. Durante los siglos XIII y XIV continuó Ovila acrecentando sus pertenencias, gracias a los reyes, los nobles y los particulares que en sus testamentos dejaban como últimas voluntades importantes bienes y rentas.  Así, el rey Jaime I de Aragón dio una carta de privilegio a los monjes blancos alcarreños, para que pudieran pasar sus mercaderías y ganados sin necesidad de pagar los tributos oficiales a través de su reino.

Será en el siglo XV cuando, de manera solapada pero efectiva, comience la decadencia, larga y melancólica, de Ovila. Las guerras civiles que asolan todo el territorio hispano serán una de las causas que ayudan a la despoblación de los pueblos de la zona. En el tercer cuarto del siglo XV van pasando, fruto de malos cambios y humillantes contratos todas las posesiones que Ovila tenia en Huetos, Sotoca, Ruguilla y Gárgoles de Abajo, a poder de los condes de Cifuentes. La relajación de las costumbres monacales se acentuó, llegando al extremo de que en 1465, por no existir abad nombrado, se encargó de la administración de Ovila don Juan López de Medina, como vicario que era entonces de la diócesis de Sigüenza. El expolio se efectuó de manera tan acelerada, que hasta los vecinos de Murel y Morillejo se adueñaron de las tierras que la Orden tenía en sus términos.

A partir del siglo XVI, la comunidad de Ovila no tuvo nunca más de cinco o seis monjes. Se iban letalmente haciendo obras, mejorando, arreglando, poniendo la mano en un agujero para que el agua se saliera por otro. En 1617 comenzaron las obras del nuevo claustro, del que solo se llegaron a levantar las caras septentrionales, que aun perduran.

En el siglo XVIII hubo un incendio que acabó con casi todo el archivo monasterial. La zozobra continuó a lo largo de la guerra de Sucesión, y gracias a que la iglesia se hizo parroquial, y el prior considerado como cura párroco, pudo sobrevivir en continua agonía. Llegó luego la guerra de la Independencia, sufriendo considerables mermas económicas y grandes desperfectos materiales. La Desamortización de Mendizábal acabó finalmente con la comunidad de Ovila.

En cuanto al interés artístico y monumental de este antiguo monasterio alcarreño, puedo decir que todos los objetos de interés artístico del monasterio fueron trasladados a las parroquias de los contornos. Muchas cosas desaparecieron en el viaje, y de lo poco que quedó, la guerra civil del siglo XX se lo llevó por delante. Incluso las nobles ruinas, vacías, del monasterio del Cister fueron motivo de tráfico y vendidas al magnate americano William Randolph Hearst, quien pensaba colocarlas en su casa de San Francisco, en su fabulosa finca de las colinas de San Simeón. El monasterio de Ovila fue desmontado piedra a piedra y embarcado rumbo a América, donde hoy todavía se encuentra, absolutamente destrozado y perdida su mayor parte, en el referido Golden Gate Park de San Francisco.

Para quien hoy quiera visitar Ovila puede llegar desde Trillo, donde indican el camino. De lo más antiguo quedan los cimientos de la iglesia y la bodega, obras del siglo XIII bajo el reinado de Enrique I. Lo demás son paredones ruinosos, corrales, la doble arquería del claustro de hermoso estilo renacentista, los pesados muros de la iglesia convertida en garaje y almacén, y poco más. Y el paisaje que le rodea, impresionante en su sencillez, en su pureza y en su silencio.

De cualquier modo, este fin de semana que nos llega, se supone que ya de pleno y agobiante verano, será un buen momento para acercarse a Ovila, para conocer un nuevo rincón de nuestra provincia, para iniciar el contacto con esta tierra nuestra tan grande, tan hermosa, tan colmada de naturales suficiencias.

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