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Dulzaina y tamboril en las raíces de nuestro folclore

 

Durante toda la pasada semana, la Escuela Provincial de Folklore, con el patrocinio de la Excma. Diputación Provincial, ha estado celebrando una Semana (la tercera ya) dedicada a la exaltación y estudio de la Cultura Tradicional de Guadalajara. Toda una iniciativa cultural que merece un fuerte aplauso, por lo que conlleva de preocupación y atención real hacia lo que son las raíces de nuestro folclore.

Aparte de una magna exposición con trabajos realizados por el alumnado de la Escuela a lo largo del curso, y de diversas manifestaciones del folclore en el incomparable marco urbano de la plaza de San Miguel, la semana ha estado dedicada a la difusión de dos instrumentos autóctonos y en vías (en múltiples vías) de recuperación: la dulzaina y el tamboril.

Aunque nuestra tarea es (quizás aburrida por machacona) la de instar al recuerdo y por ende al respeto de nuestra historia, de nuestro patrimonio artístico, de nuestros personajes ilustres, de nuestros avatares comunes, el hecho de que haya quien ponga también su empeño en esto de rescatar tradiciones, modos de vida sencillos, detalles adyacentes y populares de la vida antigua, es más que alentador: es todo un síntoma de que nuestra provincia está viva. José Antonio Alonso, el director de la Escuela Provincial de Folklore, es el alma de esta cruzada. Y a él se debe que esta pasada semana Guadalajara haya vivido su resucitar de la dulzaina, su Pentecostés del tamboril.

La dulzaina es un instrumento muy antiguo. Hace miles de años que el ser humano ha utilizado instrumentos similares para producir sonidos. En Mesopotamia y Oriente Próximo se han localizado restos arqueológicos que así lo confirman. Pertenece al grupo de instrumentos de doble caña, teniendo una gran semejanza con la antigua chirimía. Aparatos de este tipo se utilizan habitualmente en la música tradicional de Afrecha, de Asia y en muchos países europeos. En España todas las regiones norteñas, a excepción de Galicia, y por supuesto Castilla entera, utiliza habitualmente la dulzaina en su música popular.

En Guadalajara se utilizó tradicionalmente la dulzaina como animadora musical de las fiestas de los pueblos. Aquí se usó siempre una variante de la dulzaina castellana, que no tenía llaves y se formaba con siete agujeros, aunque a partir de principios de siglo, y con la aportación de las llaves, la dulzaina ha ganado en riqueza y posibilidades melódicas.

En Guadalajara se componía este utensilio musical con elementos muy simples: los pastores y resineros utilizaban la madera del pino para tallar su «tronco», construyendo el «tudel» con hojalata y la «pita» o lengüeta con materiales vegetales muy consistentes (raíz de carrizo, corteza de sabina o caña) o de origen animal (cuernos). El propio Alonso, en su búsqueda de material folclórico por todos los rincones de la provincia, ha documentado algunos curiosos y antiguos ejemplares de dulzaina en Ruguilla, Riba de Saelices y varios lugares del Señorío de Molina.

Su uso en Guadalajara y entorno provincial se remonta a siglos antiguos. Las danzas típicas, multiseculares, de las loas, paloteos y espadas, se acompañaban de música de dulzaina y tamboril. Concretamente, ya en 1644 hay testimonio en Labros de haber contado la villa con un dulzainero (Lorenzo Cetina) y el santuario de la Virgen de la Hoz ofrece al curioso algunos antiguos ex‑votos en los que se ven, muy acicalados para una fiesta, a los músicos molineses tocando la dulzaina y el tamboril ante la ermita de la Virgen.

En muchos pueblos existían gentes que con gran habilidad tocaban estas piezas, alegrando las fiestas del lugar, y viajando a los alrededores. Generalmente eran agricultores o ganaderos que habían heredado el arte de sus mayores. Su consideración social aumentaba notablemente por esta faceta artística, hasta el punto de que en las fiestas eran invitados a comer con las principales autoridades. Se sabe de la existencia de dulzaineros en Labros, Azañón, Carrascosa de Tajo, Castilmimbre, Villanueva de Alcorón, Maranchón, etc.

En los años de la desbandada demográfica en este siglo (50‑70) se perdió casi al completo esta costumbre, y a punto estuvo la fiesta rural de ser absorbida en la vorágine anglosajona del rock o la post‑modernidad de la rumbita. Afortunadamente, gentes como Agapito Marazuela (en Segovia), que creó una escuela de dulzaineros, o de José María Canfrán y Carlos Blasco, en Sigüenza, que se propusieron rescatar los instrumentos para la fiesta popular, se ha podido relanzar la música dulce y ancestral de nuestros mayores.

Ha sido, en fin, la Escuela Provincial de Folklore, y su director José Antonio Alonso, quien ha resuelto la dura lucha de supervivencia de la dulzaina por una victoria en toda línea. Y el curso que este año ha dirigido el segoviano Javier Barrio, con buena dosis de alumnos y sobre todo un alto grado de entusiasmo, es con lo que ha terminado por cuajar esta recuperación. De muestra, esa campaña demostrativa por los centros escolares que se ha realizado la pasada semana, mas el pasacalles del viernes por las Cruces y el Jardinillo, dejando bien claro la admiración, el escalofrío que a muchas gentes le ha recorrido la espalda al oír las notas de su infancia más íntima, el sonido puro de la primera fiesta de verdad vivida, el latido generoso y sencillo de la tierra en forma de música: plam‑rataplam‑plam‑plam y aire que huye por los siete «bujeros» de la dulzaina.

Todo un éxito para esta plausible iniciativa. El costumbrismo de Guadalajara, día a día rescatado y entregado tras pasar el tamiz del estudio, de la catalogación, de la revitalización en forma de escuela y cátedra. La Excma. Diputación Provincial de Guadalajara, y con ella la Escuela Provincial de Folklore, han venido a demostrar que no es sólo deporte lo que reluce, y que también la cultura (en esta forma de folclore y tradición) tiene su tirón entre nuestras gentes.

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