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La picota de Budia

 

En nuestros viajes por la provincia de Guadalajara, andando siempre a la búsqueda de las huellas parlantes de la historia, encontramos a veces elementos curiosos que despiertan la atención de (como dice el tópico), propios y extraños. Son éstos las picotas, o rollos, de los que hace tan sólo un par de semanas hacía un cumplido elogio y sabia referencia mi compañero de páginas don José Serrano Belinchón.

Mi abundancia de hoy en este tema es por dar a conocer a los lectores habituales de este rincón provincialista una picota que ha estado olvidada de todos hasta hace muy poco, y que vuelve por sus fueros gracias a la cuidada restauración que se ha hecho de ella y de su entorno.

Me estoy refiriendo a la picota de BUDIA. Un elemento definidor de la categoría de villazgo que fué puesto, como tantos otros, a la entrada del pueblo, en el siglo XVI. Budia era ya Villa con jurisdicción propia, desde 1434, en que el rey de Castilla le concedió tal privilegio. Pero, o no llegó a tener rollo de villazgo, o el que hubiera, ya viejo y decrépito, fué derribado y hecho uno nuevo a mediados del siglo XVI, en que el aumento de población de toda esta zona de la Alcarria central hizo que subieran los dineros de las arcas municipales, y se pudiera tallar este nuevo ejemplar de rollo o picota, que hoy saluda al visitante en la cuesta de Santa Ana, a la orilla del antiguo camino que subía desde el valle del Tajo hacia la villa.

Sobre un multiplicado pedestal de planta cuadrada, todo él reforzado actualmente, y esmeradamente consolidado, apoya la columna única de sillería grisácea, que en sus dos tercios superiores va acanalada o ranurada, y que remata en una especie de gran capitel del que emergen cuatro torsos de animales, de aspecto leonino. Sobre ellos, un remate piramidal.

Es el típico rollo o picota castellano, cuyo simbolismo aún debe ser desvelado para corrección de tanta mala interpretación como anda por ahí suelta. En el siglo pasado, tras las diversas y progresivas revoluciones liberales, muchos de estos elementos fueron destruidos violentamente por las gentes de los pueblos, que veían en ellos los símbolos de la muerte y la opresión de los señores y de la aristocracia. Nada más lejos de la verdad. Los rollos fueron levantados, sufragados con bienes propios de los Ayuntamientos, con mimo y elegancia tallados, y en las plazas mayores o en las entradas principales de las villas puestos, para decir claramente a todos que aquel lugar tenía privilegio de villazgo, y por lo tanto de usar justicia propia, capaz de ver los juicios en primera instancia de todos los asuntos suscitados por la convivencia de sus vecinos. Siendo jueces de tales problemas los alcaldes y regidores, el juez incluso, puestos por elección de aldeanos (aunque, también es preciso decirlo, en ocasiones paniaguados de los señores jurisdiccionales de las respectivas villas). Las picotas eran las que realmente servían para colgar a los ajusticiados, y éstas eran siempre elementos de mucho menor empaque arquitectónico, simples cilindros pétreos sin adornos, y con unos ganchos de hierro en su altura, que se colocaban en las afueras recónditas de los pueblos, y de las que apenas si han llegado hasta hoy ejemplares.

Los rollos (hoy denominados también picotas por ampliación de su apelativo) eran por tanto más simbólicos, y además suponían la confirmación de una importancia y un relieve. De ahí que deban ser cuidados, mimados incluso, por las poblaciones actuales.

Este de Budia ha tenido la fortuna de contar con un alcalde, Rafael Taravillo, y una Corporación Municipal, que han visto este sentido simbólico, esta importancia artística, este legado patrimonial que supone la picota renacentista de su pueblo, hasta hace muy poco semiabandonada entre zarzales, y a punto de venirse al suelo por el destrozo progresivo de su pedestal. Y han realizado la meritoria labor de restaurarla y acondicionar su entorno para que aún perdure muchos siglos más, y hoy pueda ser visitada cómodamente por cuantos quieran llegarse hasta este encantador pueblo de la Alcarria, y en él deambular por sus viejas calles, llegándose finalmente hasta este viejo «camino de Santa Ana» donde la severidad y la elegancia de su antigua picota, que aparece fotografiada junto a estas líneas, le dará a buen seguro la bienvenida.

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