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Un importante descubrimiento artístico: Pinturas góticas en Valdeavellano

 

Tiene Valdeavellano, en las cercanías de la capital, a tan solo media hora de camino en automóvil, un encanto especial que atrae y hace repetir la visita siempre que se ofrece la oportunidad de ello. Varias veces he acudido a este pueblo alcarreño, en la altura de la segunda meseta, sobre la orilla izquierda del río Ungría, y siempre me ha deparado alguna sorpresa nueva, o me ha dejado algún singular recuerdo.

El de una lluviosa tarde de primavera, estallando de verdes las alturas, y las nubes cargadas de música mirándonos benévolas no se borrará nunca. Pero el último fue más sorprendente, porque llevado de la mano de las amables gentes de la villa, y en ocasión de haber acudido allí a dar una conferencia sobre la historia del pueblo y su escudo heráldico, tuve la oportunidad de encontrar una pieza de arte que puede calificarse de única y primera en el arte provincial.

Se trata de un grupo de pinturas góticas, fechables hacia el siglo XIV, que adornan con la fuerza de sus colores bien conservados y la garra de los movimientos y expresiones de sus figuras toda una gran viga que soporta el coro alto de la iglesia parroquial, que es, dicho sea de paso, un soberbio ejemplar del estilo románico, y está dedicada a Santa María Magdalena.

La pintura en cuestión está colocada al revés, fruto sin duda de alguna reforma posterior en el ámbito del coro y los pies del templo. Pero se puede apreciar en todo su valor a pesar de ese detalle. Sobre una superficie que mide aproximadamente dos metros y medio de larga por unos sesenta centímetros de alta, aparecen diversas figuras que fascinan por la fuerza de su temática, de su colorido y de la viveza con que están representadas. Una de ellas, la más grande y que por sí sola ocupa la mitad de todo el espacio, es un gran dragón de siete cabezas, de aspecto temible y muy elocuente de su fiereza. Echa fuego por sus bocas, y el dorso está erizado de espinas, con grandes garras puntiagudas. Su color es el verde con algunos matices de ocre y rojo.

El resto de la pintura es un grupo de personajes, entre los que se aprecian claramente un caballero montado en su caballo, unos saltimbanquis dando volteretas, y otros músicos tañendo diversos instrumentos musicales, todos ellos representados con bastante maestría y nitidez. En definitiva, forman un grupo de personajes que parecen aludir a los peligros que acechan al buen cristiano, pues la música y los ejercicios circenses, como actividades lúdicas realizadas al margen de la Iglesia, son la expresión del mal camino. Del laicismo punible. El dragón de siete cabezas es sin duda una representación de la Bestia que amenaza a María en el relato sanjuanista del Apocalipsis, y es otra expresión más de esos peligros que amenazan al buen cristiano, y que debe evitar mediante la oración y el buen comportamiento.

Moralejas aparte, de lo que sin duda se trata es de una pieza magnífica, sorprendente e inesperada de la pintura medieval, en plena Alcarria. Algo realmente inaudito, pues es muy escasa la nómina de pinturas de esta época en nuestra región. Este grupo se salvó porque quedó debajo de una capa de yeso que se le aplicó a la viga en cuestión en alguna antigua reforma, y hace poco tiempo, al lavarle la cara al templo, apareció este grupo que, a pesar de estar colocado al revés, resulta muy bello y atractivo.

Merece, sin duda, una mayor atención por parte de todos. Esta nota de hoy, este Glosario verdaderamente apresurado, solamente trata de dar a conocer públicamente a los interesados en estos temas, tan importante hallazgo, y al mismo tiempo instar a las autoridades responsables del tema cultural y de patrimonio artístico a que consideren la posibilidad de restaurar y proteger adecuadamente estas muestras del arte gótico medieval en nuestra Alcarria.

A partir de ahora, Valdeavellano va a reunir, junto con su picota, su palacio de los Labastida, su fuente grande, y su portada románica parroquial, esta pintura gótica que bien merece un viaje y una detenida admiración. Será un momento en que, sin dificultad, el espectador se trasladará al Medievo y a las formas singulares de ver la vida en él. Será, en cualquier caso, una afirmación de la riqueza artística de nuestra tierra, que está pidiendo la atención y el cuidado de sus elementos por parte de todos. En Valdeavellano, las pinturas góticas aquí descritas ya la tienen, pues todos sus vecinos las conocen y están orgullosos de ellas. Ahora hace falta un último y pequeño empujón por parte de la Consejería de Cultura para que, mediante una leve e imprescindible restauración, queden salvadas del todo y para siempre.

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