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El escudo heráldico de la Diputación Provincial de Guadalajara

Escudo heráldico oficial actual de la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara

La ciencia de la Heráldica se ocupa, se ha ocupado durante largos siglos, del estudio de los escudos y emblemas que caracterizan e identifican a individuos, instituciones y comunidades. Y de ese estudio se derivan en muchas ocasiones enseñanzas provechosas, No en balde la Heráldica está considerada como una de las ciencias auxiliares de la Historia. En otras ocasiones nos hemos ocupado ya de algunas particularidades de la heráldica histórica de Guadalajara (1), y en esta ocasión queremos entrar a estudiar un elemento heráldico singular y muy definitorio de la provincia, cual es el denominado Escudo Provincial o Escudo Heráldico de la Diputación Provincial de Guadalajara.

Entre los escudos que pudieran ser de interés en la consideración heráldica de la provincia, y de cuyo estudio llevamos ocupándonos ya bastantes años, hay diversos grupos de relevancia: uno es el de las familias destacadas, o de personajes importantes. Todos ellos nos permiten a veces saber quien encargó un edificio o un retablo, qué personaje mandó grabar una lápida o las líneas familiares que unían a unos con otros elementos de alguna estirpe. Por otra, destacan los escudos de las instituciones públicas o de los núcleos de población, como los Ayuntamientos, que vienen a darnos en sus emblemas el resumen de su historia y el corazón de sus tradiciones.

De unos y otros ya hemos hablado en ocasiones anteriores, y probablemente vuelvan a ocuparnos en el futuro. Aquí vamos a estudiar ahora el tema del escudo heráldico de la primera de estas Instituciones provinciales: la de nuestra Excma.

Diputación Provincial de Guadalajara, que posee también su escudo heráldico, sobre el que nos extenderemos a continuación.

Es sabido que la institución de las Diputaciones Provinciales se crea en 1812, cuando las Cortes de Cádiz proclaman la Constitución española que poco después es sancionada por el Rey Fernando VII. En aquella fecha, fue creada, junto a otras 30 más, la Diputación Provincial de Guadalajara con Molina, siendo reabsorbido el segundo nombre y formando la definitiva Diputación y Provincia tal como hoy existe. Ya en el siglo pasado preocupó la necesidad de crear escudos heráldicos representativos de las Diputaciones, y de este modo la Real Academia de la Historia recibió el encargo, por parte del Ministerio de la Gobernación, de estudiar la estructura y composición de los escudos de las Diputaciones.

De este tema se encargan don Vicente Castañeda y Alcover, secretario perpetuo de la primera institución histórica de la Nación, y el marqués del Saltillo, ambos insignes genealogistas y científicos cultivadores de la heráldica. Y entonces se decidió la composición de estos escudos de las provincias, formándolos con los de los municipios que entonces eran cabezas de partido judicial.

La medida fue entonces muy contestada. Hoy parece que estas cosas importan menos, pero analizadas desapasionadamente vemos que fue una solución injusta y en cierto modo disparatada. Porque entre la gran cantidad de pueblos de una provincia, elegir para representarla en un escudo los de las localidades que tenían juzgado, era segregar a otras poblaciones, quizás con más habitantes o con mayor relevancia histórica. Por esa razón, podría haberse elegido para poner en el escudo provincial las poblaciones donde había estación de ferrocarril, puerto de mar, o veterinario. En Guadalajara concretamente se pusieron las cabezas de partido judicial que luego veremos cuáles eran, y se ignoraron así poblaciones de importancia humana y económica capitales como Jadraque o Mondéjar, y otras de notable prestigio histórico, como Hita, Uceda o Zorita. Es más, con la remodelación de los partidos judiciales que se hizo no hace mucho tiempo, y que redujo su número, quedando en la actualidad solamente tres en nuestra provincia (Guadalajara, Sigüenza y Molina), sería necesario plantearse la posibilidad de creación o estructura de un nuevo blasón para Guadalajara.

En nuestro territorio se adoptó, de este modo, un escudo que consistía en nueve cuarteles, dispuestos horizontalmente de tres en tres, y que representan a los escudos heráldicos municipales de Molina de Aragón, Sigüenza, Atienza, Brihuega, Guadalajara capital (situado en el centro), Cogolludo, Cifuentes, Pastrana y Sacedón. Por timbre del escudo, y después de diversas interpretaciones, es general la aceptación de la existencia de una corona real, pues no corresponde la mural por no tener una muralla la provincia, y por haber sido un monarca quien amparara la creación de estas instituciones.

En cuanto al futuro, parece ser que los tratadistas de heráldica local opinan que sería lo lógico prescindir de estos escudos tan densos y prolijos, y adoptar escudos sencillos que podrían ser, o bien los de la capital de la provincia con pieza figura que los sirviera de brisura (algún detalle en el jefe, una bordura o filiera con piezas representativas de la monarquía o de cualquier otro elemento muy representativo de la provincia, etc.). Incluso se ha pensado en hacer escudos de nueva creación para las provincias (2). La idea, en cualquier caso, puede parecer atrevida, pero no descabellada: ahí está el ejemplo de los escudos y banderas adoptados por las Comunidades Autónomas de creación contemporánea, o la decisión de la Provincia de Madrid, que al cambiar su denominación por el de Comunidad Autónoma, ha eliminado su escudo provincial y ha adoptado uno nuevo, que puede ser discutido, pero que encierra indudablemente la capacidad de ser sencillo y fácilmente identificable. En este escudo provincial, en definitiva, continuaremos viéndonos y viendo a la tierra entera en la que hemos nacido. Podrá ser discutible, perfeccionable, modificable, su estructura. No cabe duda que, hoy por hoy, es el elemento heráldico que mejor nos dice de tierras, de cielos y de apasionados recuerdos.

A continuación, se pasa a considerar, uno por uno, los nueve emblemas heráldicos de los correspondientes pueblos o ciudades que forman el escudo provincial. Lo haremos en el mismo orden en que aparecen en el citado escudo, esto es, de derecha a izquierda y de arriba a abajo del mismo.

MOLINA DE ARAGÓN

La ciudad de Molina de Aragón es una de las más antiguas de la provincia de Guadalajara, y cuenta con una historia densa y propia, en la que aparece, desde hace muchos siglos, la existencia de un escudo de armas que siempre la ha distinguido y señalado de otros lugares (3).

Molina usó escudo de armas propio desde el siglo XII, poco después de haber sido reconquistada a los árabes por Alfonso I de Aragón. Las milicias concejiles molinesas participaron en la conquista de Cuenca y entonces pusieron, en lo alto de las murallas de dicha ciudad el escudo de las dos ruedas de molino. Posteriormente, en el siglo XIII, tras la “concordia de Zafra” que establecía la boda de la hija del conde molinés, doña Mafalda, con el infante don Alfonso, hermano del rey Fernando III se añadió como emblema un brazo armado sosteniendo entre sus dedos un anillo o alianza. Ya en el siglo XVIII, el apoyo de los molineses a la causa borbónica en la Guerra de Sucesión, hizo que el primer monarca de esta dinastía, Felipe V, le concediera el uso de la campana inferior con cinco flores de lis.

Repartido en antiguos sellos concejiles, documentos y piedras talladas, el escudo molinés ha ido evolucionando a lo largo de la historia, hasta llegar al que hoy utiliza oficialmente, sancionado por unas costumbres y una tradición, en emblemas y documentos oficiales. La descripción más pormenorizada, está en las páginas de la Historia del Señorío que en el siglo XVII escribiera don Diego Sánchez de Portocarrero (4).

El primitivo escudo de Molina fueron dos ruedas de molino, de plata, sobre fondo azul. En los primeros tiempos, tras la reconquista del lugar a los árabes, usó por armas una sola rueda. De ese modo se veía en uno de los torreones del antiguo castillo de Cuenca, en el muro que daba al Huécar, en recuerdo del señalado papel que habían tenido los molineses, al mando del conde don Pedro, en el asalto y toma de Cuenca en 1177. También en algunos sellos antiguos de la ciudad se veía este escudo de una sola rueda, pues así lo adoptaron sus condes en los primeros tiempos de su dominación (5).

Algo después, concretamente en el siglo XIII, se añadió un nuevo elemento simbólico al emblema molinés. En el primer cuarto de esa centuria se concertaron las bodas de doña Mafalda Manrique, hija del tercer conde de Molina, con el infante de Castilla don Alonso, hijo del rey Alfonso X el Sabio (6). Este entronque matrimonial supondría la incorporación, dos generaciones más adelante, del Señorío molinés a la corona castellana. Tan trascendente hecho pasó al blasón de Molina, y lo hizo en la forma concreta de un brazo armado, revestido del metal fuerte de la armadura, dorado todo él, del que emerge una mano de plata que sostiene entre sus dedos pulgar e índice un anillo de oro. Después del aquel entronque, y concretamente desde la boda de la señora doña María de Molina con el rey Sancho IV el Bravo de Castilla, Molina pasó a la corona castellana y es así que, aún hoy, el Rey de España es, además, señor de Molina, heredero directo de aquellos poderosos Laras que tuvieron en la roja altivez del castillo molinés su nido de águilas y su sede de cultura.

El tercer elemento de que consta el escudo de Molina, el más moderno, es una campana inferior en la que aparecen cinco flores de lis, de oro, sobre campo de azul. Otorgó este añadido emblema el primero de los Borbones, el rey Felipe V, cuando fue sabedor de lo mucho que los vecinos de Molina habían trabajado y sufrido en la Guerra de Sucesión, antes de su acceso al trono español (7). Ese símbolo tan francés, cual es la flor de lis, quedó añadido al castizo par de ruedas y al poderoso brazo anillado, como conjunción de fuerzas y de batallas en el largo devenir de una historia multisecular y plena de significados.

A lo largo del tiempo se han ido introduciendo pequeñas variantes, que se han ido admitiendo por el uso, pero que conviene ponderar y dejar en sus justos términos. Una de ellas es la de poner un cetro de oro en vez de una barra en el cuartel primero. Es otra la de colocar una sola flor de lis en la campana inferior, en vez de las cinco más comúnmente utilizadas. Y por fin cabe señalar la versión, equivocada a todas luces, de colocar una moneda entre los dedos de la mano de plata, obra de heraldistas como conocedores del sustrato histórico del que proceden las armas molinesas.

Finalmente, y para concretar tantas desperdigadas interpretaciones e inconexas reformas o versiones, el Ayuntamiento de la ciudad de Molina de Aragón decidió someter a sanción definitiva y oficial su blasón heráldico, pidiendo para ello previamente los Informes de algunos relevantes heraldistas, y finalmente aceptando la versión definitiva que la Real Academia de la Historia aprobó en su sesión de 17 de enero de 1975. Así queda, en el idioma escueto y preciso de la ciencia del blasón, la estructura del de Molina de Aragón:

Escudo español, partido, de azur la barra de plata acompañada de dos ruedas de molino del mismo metal, y de azur un brazo defendido o armado de oro, la mano de plata, teniendo entre los dedos índice y pulgar un anillo de oro. En la punta, de azur, cinco flores de lis de oro, Puestas en aspa. Al timbre, la corona real cerrada.

Una vez descrito el escudo de Molina, cabría añadir, como mera curiosidad, las interpretaciones que su historiador más concienzudo, Sánchez de Portocarrero, daba a sus dos primitivos emblemas, tomadas de autores clásicos y tratadistas de heráldica, de los que tanto proliferaron en la España del Siglo de Oro.

Así, dice en principio que las ruedas del molino aparecen como lógica representación del nombre del lugar: Molina. Pero aun pareciéndole corta esta sencilla interpretación, pasa a recordar cómo era éste también el blasón de los Coralios, “nación belicosísima del Ponto”, de los que Covarrubias, en sus “Emblemas”, dice que hacían notar con este emblema “su igualdad y concordia en seguir las armas”. También se refiere “a la costumbre antigua del castigo de Ruedas o Muelas grandes de que usaban los señores con sus siervos”, significando el implacable castigo que Molina propinaría a quien contra ella atentase. Finalmente, señala Sánchez de Portocarrero la significación de estas ruedas como “el valor y la constancia con que quebrantó Molina a los que se le opusieron o la invadieron, como suele la Rueda de Molino con los granos que intentan cercarla o impedir su progreso”.

Para el otro símbolo, el brazo armado con un anillo en la mano, esgrime el libro 8 de las “Metamorfosis” de Apuleyo, en que utiliza la frase “Venire in manum”, por casarse, tal como se usaba el rito del matrimonio entre los romanos: entregándose las manos. El mismo Sánchez de Portocarrero añadió la frase “Brachium Domini confortavit me”, para señalar el poder del brazo de los señores molineses. Feman Mexia, en su “Nobiliario”, justifica el nombre que tuvo Molina “de los Caballeros”, pues compara con ella a las manos, por ser éstas las partes más nobles del cuerpo, y aquéllos, de la sociedad. Por otra parte, los romanos utilizaban el anillo como símbolo de la Nobleza, de la Lealtad y de la Fidelidad, y en este sentido amplía Sánchez de Portocarrero el significado del escudo de Molina, del que termina diciendo: “Estas divisas estan mostrando emphaticamente la Nobleza y Lealtad de Molina, su Religión, su Fortaleza y otras Virtudes” (8).

SIGÜENZA

La ciudad de Sigüenza ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, armas propias, que han adquirido, por tradición de varios siglos, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Sin embargo, nunca han llegado estas armas a gozar de ratificación oficial por organismo competente. Podría decirse, sin embargo, que el Escudo Heráldico Municipal de Sigüenza es el más antiguo de todo el territorio provincial, y el que durante más tiempo ha mantenido su estructura inamovida.

Hemos podido concretar la estructura tradicional del escudo de armas seguntino, que como una excepción entre todos los demás de la provincia, se presenta en multitud de formas gráficas a nuestra consideración actual. Además se han encontrado referencias documentales antiquísimas que hacen alusión a la existencia de las armas municipales, como los sellos concejiles de plomo, que en el siglo XIV mostraban un águila y un castillo, en este orden.

En la obra del heraldista Antonio de Moya, del siglo XVIII, titulada “Rasgo heroico. Declaración de las Armas y Blasones con que se ilustran muchas Ciudades y villas de España”, ya se describen las de Sigüenza tal como hoy se san, pero dando de ellas unas explicaciones simbólicas exageradas, haciéndolas originarias de la época romana. Más modernamente, Julián Moreno, en su “Alma seguntina”, de 1924, las interpreta como expresión de los escudos de armas de los dos primeros obispos de Sigüenza tras la Reconquista de la ciudad a los árabes (9). Pero opina que, debido a ello, debería cambiarse el orden en que aparecen las piezas del escudo, poniendo el águila a la derecha y el castillo a la izquierda.

En este sentido, efectivamente, en el enterramiento de Don Bernardo de Agen, primer obispo de la diócesis, que se encuentra en la girola del templo catedralicio seguntino, se ve el escudo de este monje‑guerrero, consistente en águila pasmada sobre campo liso (10). Asimismo, en el enterramiento de Don Pedro de Leucata, segundo obispo de Sigüenza, que aparece en el muro del presbiterio de la catedral, se ve repetido y pintado, su escudo consistente en un castillo sobre fondo liso (11). Teniendo en cuenta que desde 1138, todavía Don Bernardo en la silla episcopal, el señorío de la ciudad perteneció a los obispos por donación real, es lógico que el escudo de la ciudad adoptara por propio el de sus primeros señores.

Sin embargo, parece claro, en definitiva, que el escudo de Sigüenza fue puesto, tal como hoy se mantiene, por su primer obispo Don Bernardo, el cual utilizó para esta ciudad las armas de su lugar de procedencia, la ciudad francesa de Agen, de las que estas seguntinas son su reproducción exacta. En este sentido, cabe recordar la existencia de documentos sigilográficos antiguos, en los que se ve el sello concejil de la ciudad de Agen, ofreciendo en el anverso una ciudad amurallada y fortificada, mazonada, con tres puertas y dos ventanas, y en su interior un campanario flanqueado de dos torres y diversos pináculos, mientras que en el reverso aparece un águila que ofrece entre sus garras una filacteria. Estos sellos se encuentran pendientes por hilos de seda de diversos documentos de los siglos XIII y XIV (12). El hecho de que el escudo de Sigüenza muestre un águila sujetando un hueso entre sus garras, es una clara deformación por el uso de un mueble, pues en su origen lo que el águila del escudo seguntino llevaba, como la de Agen, era una filacteria o pergamino alargado.

Así pues, el Escudo Heráldico Municipal de Sigüenza queda constituido del siguiente modo:

Escudo español, partido. A la derecha, de azur, un castillo donjonado de oro, aclarado de gules y mazonado de sable. A la izquierda, de gules, un águila pasmada de sable, coronada de oro, apoyada sobre un hueso humano de oro. Al timbre, la corona real.

ATIENZA

La villa de Atienza ha venido utilizando, desde hace muchos años, armas propias, que han adquirido, por tradición de tanto tiempo, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Sin embargo, tampoco han Regado estas armas a gozar de ratificación oficial por organismo competente.

Hemos consultado, al objeto de encontrar razón previa de este escudo atencino, los documentos heráldicos generales existentes en la sección de Sigilografía del Archivo Histórico Nacional y de la Real Academia de la Historia, así como diversos fondos de bibliografía de carácter provincial (13). Del mismo modo, se ha hecho un repaso de los diversos escudos que existen tallados o pintados por algunos de los monumentos de la villa, recogiendo de ellos las diversas formas en que el Escudo Municipal se ha representado a lo largo de los siglos (14).

Aparece Atienza como villa de dominio real, nunca sujeta al señorío particular, y por lo tanto formando parte, como una de las joyas más preciadas, de la monarquía castellana. El gran cariño que el rey Alfonso VIII tuvo a su villa de Atienza, a cuyos habitantes debía el trono, lo manifestó siempre con ayudas y construcciones, mejorando el castillo, las murallas, las puertas, las iglesias, las relaciones comerciales, los fueros, etc. En cualquier caso, la adhesión que los hombres y mujeres de Atienza tuvieron siempre por su monarca y directo señor, fue palpable. Atienza figuró durante siglos, especialmente en los de la Edad media, como una de las más apreciadas villas del Reino de Castilla.

Examinando algunos escudos que intentan representar a la villa, encontramos dos formas diversas de representación: por una parte, sobre la fachada del Ayuntamiento aparece un gran escudo que pertenece al rey Felipe V, primero de los Borbones hispanos, y por lo tanto no puede pensarse en él como representativo de la villa. En el interior del Ayuntamiento, en su salón de sesiones, hay un gran lienzo, del siglo XVIII, en que se representa el escudo de la villa, apareciendo en el mismo una ciudad amurallada con un gran castillo al fondo. Evidentemente es una representación ideal de Atienza, y posiblemente en él está el origen del Escudo Municipal: la intención en un principio fue que el símbolo de la villa fuera la representación de esa misma villa (15).

En otros elementos, como puede ser la Fuente del Santo, que se encuentra junto al Humilladero, y que es obra del siglo XVIII, el Escudo de la villa muestra solamente un castillo de tres torres, aterrazado sobre unas peñas. Lo mismo que en la Fuente del Tío Victoriano, más moderna, pero que ostenta el mismo símbolo.

Posteriormente, en elementos oficiales sobre todo (sellos de caucho, papel timbrado, banderas, etc.), se introdujo junto al castillo los dos cuarteles representativos de la monarquía, esto es: el castillo de oro y el león de gules. Es claro, pues, que la evolución del Escudo Heráldico de Atienza ha sido en el sentido de englobar los elementos más representativos de su historia y su patrimonio arquitectónico, eje a su vez de esa misma historia.

Analizado el sello concejil de Atienza, del que quedan algunos ejemplares en el Archivo Histórico Municipal y una impronta en cera en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, encontramos que en él se representa, en el anverso, un castillo de tres torres con dos series de almenas, siendo la torre central más alta y en su parte baja abierta una puerta de semicircular arco, rodeado de una borrosa inscripción en la que parece leerse: “+ SIGILUM … NCILLI DE… TENZA”, y en el reverso se ve levantarse sobre unas rocas un lienzo de muralla de sillería escoltado a sus extremos por sendas torres rematadas en almenas y ocupadas de ventanas, alzándose al comedio de la muralla una gran bandera formada en su mitad externa por tiras o anchos flecos, apareciendo en su borde la inscripción: “…SEL … CONCE… ATIENZA” (16).

Por todo lo expuesto anteriormente, y tratando de conjuntar los muebles y modos representativos que a lo largo de los siglos ha ido ofreciendo el Escudo Heráldico Municipal de Atienza, éste debería quedar definitivamente constituido del siguiente modo:

Escudo español, medio cortado y partido. A la derecha, el primer cuartel en alto es de campo de gules con un castillo de oro mazonado de sable y aclarado de gules, y el segundo cuartel en bajo es de campo de plata con un león rampante de gules. A la izquierda, el cuartel de azur tiene una torre y parte de muralla, aterrazadas sobre rocas, en su color. Al timbre, corona real cerrada.

BRIHUEGA

También la villa de Brihuega ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, armas propias, que han adquirido por tradición de muchos siglos, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Su herencia directa a partir del sello concejil utilizado en la ratificación de los documentos medievales, es la prueba de su venerable ancianidad y larga tradición. Sin embargo, nunca han llegado estas armas a gozar de ratificación oficial por algún organismo competente, léase la Real Academia de la Historia o el Ministerio de Gobernación.

En la historia de la villa de Brihuega, rica en vicisitudes y acciones de importancia, destacan dos hechos capitales que han trascendido en su plasmación en el escudo propio de la villa (17). Es a destacar en primer lugar su pertenencia a la Corona de Castilla, desde el siglo XI, en que el rey toledano Almamún se la concedió a Alfonso VI, y éste, con posterioridad a la toma de Toledo, concretamente en 1086, la donó a la Mitra episcopal toledana, en señorío. Esta tutela de la villa, por parte de los Arzobispos de Toledo, se extendió desde el siglo XI al XVII, y fue en su magnífico “Castillo de la Peña Bermeja” que ellos tuvieron su morada y palacio. Por otra parte, cuenta la tradición más querida de Brihuega, que también en el siglo XI se apareció la Virgen María, entre las rocas que sustentan el castillo, a la princesa mora Elima, que en él residía. Esta Virgen aparecida, con el nombre de la Peña, quedó para siempre como patrona de la villa (18).

El origen del Escudo Municipal de Brihuega está, como ya hemos dicho, en su antiguo sello concejil, que al mismo tiempo presenta estos elementos capitales de la historia y la tradición de la villa. Ya se encuentra este sello en un documento de 1311, cuyo original se conserva en el Archivo Episcopal de Toledo. Pendiendo de una cinta encarnada de seda, aparece en el anverso del sello una imagen de la Virgen María, sentada, con su hijo Jesús en los brazos. En la orla se lee: “dominus tecum benedicta tu”. Sin duda se trata de la Virgen de la Peña. En el reverso se ve un castillo de tres torres, y entre la central y las laterales aparecen sendos báculos pastorales, leyéndose en la incompleta orla: “sigilum concilii” (19).

Ambas caras del sello concejiI, unidas, y adoptando los esmaltes propios del blasón, han constituido tradicionalmente, el Escudo Heráldico Municipal, que debe ser representado correctamente del siguiente modo:

Escudo español, en campo de gules, un castillo donjonado de tres torres, de oro, mazonado de sable y aclarado de gules; entre la torre central y las laterales, sendos báculos episcopales de oro; y por cimero de la torre central, una imagen de la Virgen María con su Hijo Jesús en los brazos, apareciendo entre nubes, en plata. Al timbre, la corona real.

Debe, sin embargo, tenerse presente un par de modificaciones que a esta estructura se le han hecho en ocasiones, y que son, por una parte, la representación de un solo báculo, en diagonal, acolado tras la torre mayor del castillo, y por otra, la representación de la Virgen en forma de Inmaculada Concepción, en recuerdo de haber sido el día de su festividad cuando la villa fue librada por las tropas borbónicas de sus ocupantes austriacos e ingleses (20). Son variaciones que, en cualquier caso, no anulan la representación clásica del escudo briocense.

GUADALAJARA

La ciudad de Guadalajara ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, armas propias, que han adquirido, por tradición de varios siglos, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Hay que señalar, como en la mayoría de las localidades hasta ahora estudiadas, que tampoco estas armas han llegado a gozar de ratificación oficial por organismo competente, y por lo tanto la capital de la provincia no tiene, hasta el momento actual, sus armas heráldicas oficialmente sancionadas.

Muestra el emblema guadalajareño un paisaje medieval escueto: un campo llano al fondo del cual surge una ciudad amurallada. Alguna torre descuella sobre las almenas del primer tramo. Una puerta cerrada se acurruca en una esquina del murallón. Sobre la punta de la torre, un banderín con la media luna nos dice que la ciudad es islámica, que la pueblan moros, aunque no se les vea. Sobre el campo verde del primer término, un guerrero medieval monta un caballo. Va revestido el caballero de una armadura de placas metálicas, una celada que le cubre la cabeza y plumas que como lambrequines brotan de ella. Va armado con una espada, o lanza, en señal de fiera ofensa. Detrás de él, formados y prietos, unos soldados admiran el conjunto, expectantes. De sus manos surgen verticales las lanzas. Parte de sus cuerpos se recubren por escudos que llevan pintadas cruces. Son un ejército cristiano que acaudilla un caballero: se llama Alvar Fáñez, el de Minaya, y es algo familiar del Cid Ruy Díaz, y teniente de su mesnada. Un cielo oscuro, de noche cerrada, tachonado de estrellas y en el que una media luna se apunta, cubre la escena.

Dice la tradición que este emblema, tan historiado y prolijo, es la imagen fiel de un momento, de una singular jornada de la ciudad. Representa la noche del 24 de junio de 1085, una noche espléndida y luminosa de San Juan. La ciudad de al fondo es Guadalajara la árabe, la Wad‑al­Hayara de las antiguas crónicas andalusíes. El campo verde sería la orilla izquierda del barranco del Coquín, lo que durante muchos años fue Castil de Judíos o Cementerio hebraico. Allá se apuestan el caballero Alvar Fañez y sus hombres de armas. Esperan el momento, en el silencio de la noche, cuando sus habitantes duermen, y uno de los suyos abra el portón que da paso desde el barranco al barrio de los mozárabes. Escondidos cada cual por su lado, a la mañana siguiente aparecerán con sorpresa por las calles del burgo, y sus habitadores ya nada podrán hacer ante la consumación de la conquista.

El origen del Escudo Heráldico Municipal de Guadalajara, sin embargo, no es el emanado de esa leyenda. Es algo también más sencillo y prosaico (21). Se formó, posiblemente en el siglo XVI, cuando las ciudades comenzaron a utilizar blasones heráldicos lo mismo que los individuos. Y lo hizo a costa de refundir, en una sola imagen, lo que hasta entonces había constituido el auténtico emblema o sello concejil guadalajareño. La existencia de este sello la descubrió el primer cronista provincial de Guadalajara, don Juan Catalina García López, a quien se le donó don Fernando Alvarez, que lo sacó de no sabemos dónde. El cronista mandó reproducir, en cera, y a mayor tamaño, aquel sello que colgó de sedas rojas, blancas y verdes de los documentos medievales del concejo arriacense (22).

Ese sello, redondo, y en cera, lo ponía el juez en los documentos que el Concejo extendía. Donaciones, cambios, derechos, inventarios, etc., llevaban pendientes de sus pergaminos esta marca ciudadana. En su anverso, aparecía una gran ciudad medieval sobre las aguas de un río. Por encima de las ondas suaves del agua (suponemos que del Henares) se alza una ciudad en la que, tras pequeña muralla, vénse iglesias, palacios y torreones. Es, sin duda, la Guadalajara del siglo XII, el burgo que con su Fuero y sus instituciones en marcha comenzaba a escribir una historia larga y densa. En derredor de la ciudad, una leyenda que dice: “Sigillum Concilii Guadelfeiare”, que viene a significar: “el sello del Concejo de Guadalajara”.

En el reverso, un caballero revestido a la usanza de la plena Edad Media, montado en brioso y dinámico corcel que cabalga. El personaje lleva entre sus manos una bandera, totalmente desplegada, en la que se ven varias franjas horizontales. Junto a él, una borrosa palabra parece interpretarse: “ius” que significaría “juez” y que identificaría al caballero con este personaje, el más importante y representativo de la ciudad, en aquella época. Era el juez, el más señalado de los “aportellados” o representantes del pueblo, que gobernaban la ciudad durante unos años, renovándose periódicamente. Administraba justicia, presidía los concejos, cabalgaba al frente de las procesiones cívicas portando el estandarte de la ciudad. Y guardaba el sello concejil, ése en el que él mismo aparecía, para estamparlo en los documentos más importantes. En su derredor, otra confusa leyenda nos deja ver el fragmento del texto que lo circuía: “Vías Tuas Domine Demostras Micho Amen” (23).

A principios del siglo XV, la todavía villa de Guadalajara usaba por armas propias, según se lee en el “Libro de los Blasones de España”, de Diego de Cervellón, en campo de oro, un caballero armado, jinete en caballo de plata, tremolando con la diestra mano un pendón de gules de dos farpas. Poco después, en 1460, el rey Enrique IV concedió a Guadalajara el título de ciudad, y desde entonces fueron sus historiadores quienes se afanaron en determinar con exactitud la forma de su escudo de armas. Cuando en el siglo del Renacimiento, los hombres de Guadalajara, guiados de sus sabios y a veces imaginativos cronistas e historiadores, decidieron crear el Escudo Heráldico del Municipio, lo tuvieron fácil: en una sola escena mezclaron las dos caras del sello concejil. Y así surgió la ciudad y el caballero. Entonces se le adornó con la leyenda de Alvar Fañez, que desde cinco siglos antes corría entre las gentes, y así quedó, hasta hoy, blasón y tradición, unidos (24).

La descripción del Escudo Heráldico Municipal de Guadalajara es, por lo tanto, del modo que sigue: 

Escudo español, de azur, con un lienzo de muralla de plata, con su torreón donjonado, sumado de un estandarte de sinople cargado de un creciente de plata, diestrado el lienzo de una puerta, y el todo almenado y mazonado de sable, aclarado del mismo color, y surmontado de un sembrado de estrellas de plata y un creciente contornado del mismo metal, terrazado de sinople, y sobre la terraza un guerrero de plata, jinete en un corcel del mismo metal y siniestrado de una hueste de peones. El guerrero tremola un pendón de plata de dos farpas, cargado de una cruz de gules. Timbrado de corona real cerrada (25).

Admite algunas variantes este escudo, como son, en gracia a la más clara representación y contraste de sus figuras, poner el lienzo de muralla y su donjonada torre en su color, de tal modo que el jinete de plata resalte más nítidamente. El creciente de plata puede ir diestrado o siniestrado en el campo de azur. La hueste que aparece tras el caballero suele ser de seis peones, pero puede ser en cualquier número, incluso puede faltar del todo. Tras el lienzo de muralla, y con su mismo esmalte, puede ponerse una torre cubierta sumada del pendón similar al descrito para la torre donjonada.

COGOLLUDO

También la villa de Cogolludo ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, armas propias, que han adquirido por la tradición de largos años, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Sin embargo, tampoco han llegado estas armas a gozar nunca de la ratificación oficial por organismo competente.

La propia historia de la villa de Cogolludo explica el origen y significado de las armas que trae como propias desde hace siglos. Fue primeramente propiedad de la Orden de Calatrava, y luego pasó sucesivamente por los señoríos de los Orozco y los Mendoza. Finalmente, en el siglo XV, al casar el cuarto conde de Medinaceli, don Gastón de la Cerda, con doña Leonor de Mendoza, segunda hija del marqués de Santillana, pasó la villa al señorío de los La Cerda, en cuya posesión se mantuvo hasta el siglo XIX (26). Esta familia usó los títulos de duques de Medinaceli y de marqueses de Cogolludo. El hecho de estar profusamente distribuidas sus armas por el palacio ducal de la plaza mayor, por las iglesias de la villa, y aún por otros lugares y monumentos de la misma, hicieron que con el paso, de los años llegara a identificarse el emblema heráldico de los La Cerda con el de su villa de Cogolludo, y es así que hoy se usa, de forma tradicional y comúnmente admitida, el siguiente símbolo como propio del pueblo:

Escudo español, cuartelado. El primero y cuarto cuarteles, partido, a la derecha de gules una torre de oro mazonada de sable y aclarada de gules, y a la izquierda de plata un león rampante de gules. El segundo y tercero cuarteles, de azur, con tres flores de lis, de oro. Al timbre, corona real cerrada.

CIFUENTES

Al igual que las anteriores, la villa de Cifuentes ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, armas propias, que han adquirido, por tradición de varios siglos, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Sin embargo, nunca han llegado estas armas a gozar de ratificación oficial por organismo competente.

Hemos examinado los escudos que la villa utilizó ya en el siglo XIII como sello concejil, y otros aparecen tallados o pintados en edificios de la villa. Así, se sabe que Cifuentes ostentaba en los años del siglo XIII, un sello en cera, pendiente de cinta de seda azul, en que aparecían cuarteladas las armas de Castilla y Portugal, propias de la señora de la villa, doña Beatriz, y en el reverso unos cursos de agua moviendo ruedas de molino. También en el edificio de la Balsa se ve un escudo tallado en piedra, del siglo XIX, en que aparece un castillo sobre dos ruedas de molino (27).

La referencia más antigua a la existencia del escudo de la villa de Cifuentes como tal, la hemos encontrado en la “Relación Topográfica” que el pueblo envió al rey Felipe 11 en 1569, firmada por Francisco Calderón de Quirós, y cuyo original manuscrito se halla en la biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Allí se dice que: “…trae por insignias y armas la dicha Villa un Escudo con un Castillo y muchas fuentes que corren debajo de dicho Castillo, no hay mas…” (28).

La presencia de un castillo en el escudo de armas de la villa de Cifuentes, reconoce su primitivo origen en las armas propias del Reino de Castilla, al que de siempre ha pertenecido. Y además se ha adoptado como emblema por significar el monumento más antiguo y capital, que dio razón y fuerza a la villa: el castillo que construyó don Juan Manuel, y que aún hoy muestra su bella estampa sobre lo alto del pueblo. Las fuentes o arroyos que corren por el monte que sustenta al castillo, son expresivas de los numerosos manantiales que surgen del cerro y que dan nacimiento al río Cifuentes. De esos manantiales surgió el nombre del pueblo, Cifuentes, que se decía venía de “cent fontes” o más lógicamente, de “septem fontes”, aludiendo a siete fuentes que surgen en torno al pueblo.

Así pues, y de acuerdo con lo referido, las armas que conforman el Escudo Heráldico Municipal de Cifuentes han de representarse y describirse del siguiente modo: 

Escudo español, de azur, con un castillo atalayado de oro, mazonado de sable y aclarado de gules, terrazado sobre un monte en su color del que surgen siete fuentes de plata. Al timbre, la corona real cerrada.

PASTRANA

La villa de Pastrana ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, armas propias. Diversos documentos nos permiten conocer la forma y contenido de dichas armas en siglos pasados, y tras el examen de los documentos que obran en el Ayuntamiento de la villa, hemos podido conocer el origen detallado del actual escudo heráldico que, a pesar de ser utilizado de forma común y sin réplica alguna, no tiene todavía la confirmación oficial que debiera.

La referencia más antigua al escudo de la villa, la hemos encontrado en la “Relación Topográfica” enviada en 1576 al rey Felipe II, cuyo original se conserva en la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En dicha Relación, suscrita por los vecinos Nicolás Hernández de Heredia y Fabián Cano, se dice que “el escudo de este pueblo fue un hábito de Calatrava, por haber sido de dicha orden e fundado por los Maestres, y agora despues que fue de señorio trae una cruz blanca” (29).

Parece claro que en un principio, y desde la Edad Media, posiblemente desde que en 1369 le fue concedido el título de villa por el Maestre Pedro Muñiz, Pastrana trajo por armas municipales una cruz roja flordelisa, que luego transformó en cruz blanca. El hecho es que en 1539, cambió sobre ella el señorío que ostentaban los caballeros calatravos, pasando a pertenecer al de la familia de la Cerda. Durante este señorío, que se prolongó hasta el siglo XIX, Pastrana tuvo por armas la cruz, aunque en ocasiones le fueron añadidas, o incluso suplantadas por ellas, las armas de sus señores los duques de Pastrana, que usaban las propias de los apellidos Mendoza, Silva y la Cerda (30). En este sentido, puede considerarse que el escudo tradicional de Pastrana sería partido, en el primer cuartel una banda (se supone que de gules en campo de sinople) acompañada de dos flores de lis de oro, en esquemática representación de los emblemas de los linajes de Mendoza y La Cerda, y en el segundo cuartel, de plata una cruz flordelisa de gules, o al contrario.

Pero a principios de este siglo, y a instancias del Ayuntamiento local, se compuso un nuevo escudo municipal, que venía a fundir las armas ya utilizadas anteriormente, añadiéndole nuevas figuras representativas de romántica leyenda que decía: “Pastrana defenderá la Cruz con la espada hasta la muerte” (31). Sumó además la letra P, inicial del nombre de la villa, y desde entonces se ha venido utilizando, de forma tradicional, y ampliamente difundida, viéndose tallado este escudo en piedra sobre la fachada principal de la Casa Ayuntamiento. Los colores y metales de sus muebles cambiaron, y quedó en definitiva y hasta la fecha, del siguiente modo: 

Escudo español, partido. En el cuartel derecho, de azur, banda de plata y dos flores de lis de oro. Carga sobre ellas una letra pe, mayúscula, de sable, fileteada de gules. En cuartel izquierdo, de plata, al punto de honor una cruz flordelisada de gules, y en el resto espada de oro, y una calavera en su color. Al timbre, la corona real cerrada, propia del régimen monárquico legalmente establecido.

SACEDÓN

La villa de Sacedón ha venido utilizando, desde tiempo inmemorial, al menos desde hace dos siglos, armas propias, que han adquirido, por tradición secular, el carácter de Escudo Heráldico Municipal. Sin embargo, nunca han llegado estas armas a gozar de ratificación oficial por organismo competente.

De diversas informaciones documentales y tradicionales se desprende que con antigüedad centenaria la villa de Sacedón ha venido usando armas municipales cuyo origen no consta de forma fehaciente, pero que son las siguientes:

Escudo español, de gules, un lienzo de muralla de oro, entre dos torres de lo mismo, defendida la puerta de un matacán, aterrazado de peñas de plata, cortado de oro, con dos coronas de laurel de sinople puestas en faja. Timbrado de corona real cerrada.

La explicación de este blasonado no está clara, aunque es muy posible que la parte superior, el castillo o muralla torreada sea expresión de su pertenencia desde la Reconquista al territorio del Reino de Castilla (32); y la parte inferior, expresión inequívoca de una recompensa honorífica por algún señalado servicio realizado por la villa a la Corona, y que podría referirse a las diversas acciones que los de Sacedón realizaron a principios del siglo XIX en la Guerra de la Independencia contra los franceses. La Corona real cerrada es expresión del régimen monárquico constitucionalmente establecido.

La serie expuesta de los nueve escudos heráldicos de las villas y ciudades que hasta hace poco conformaron el grupo de las cabezas de partido judicial de la provincia de Guadalajara, constituyen en el orden expuesto el escudo heráldico de la misma, que debe ir a su vez timbrado por corona real cerrada. Aparte de la curiosidad que pueda suponer el conocimiento preciso del origen de todos y cada uno de los escudos de estas poblaciones, con esta publicación hemos pretendido concretar, esperamos que definitivamente, el orden, los elementos, y los esmaltes del Escudo Heráldico de la Provincia de Guadalajara.

 NOTAS

(1) HERRERA CASADO, A.: Heráldica mendocina en Guadalajara, en “Wad‑al‑Hayara”, 13 (1986), 195‑248. Ver también nuestros artículos publicados previamente en el Semanario “Nueva Alcarria” de Guadalajara: En defensa de los escudos, 23‑VI‑73; Heráldica mendocina en Guadalajara, 21‑IX‑74; Es necesario salvar los escudos, 16‑XI‑74; Las empresas mendocinas, 15‑VI‑84.

(2) CADENAS Y VICENT, V.: Fundamentos de Heráldica, Madrid, 1975, PP. 110‑117.

(3) SANZ Y DIA7, J.: Historia verdadera del Señorío de Molina, edit. Institución “Marqués de Santillana”, Guadalajara, 1982; HERRERA CASADO, A.: El Señorío de Molina, en ‘Glosario Provincial”, Tomo III, Guadalajara, 1980, especialmente las pp. 33‑35, donde aparece un estudio sobre el escudo de la ciudad y señorío de Molina de Aragón.

(4) SANCHEZ DE PORTOCARRERO, D.: Historia del Señorío de Molina. Obra manuscrita en tres tomos, del siglo XVII, conservado el original en la Sala de Manuscritos de la Biblioteca Nacional. La referencia al escudo de Molina aparece en el tomo I, pp. 40 y ss.

(5) Un estudio documental y gráfico sobre la evolución del escudo molinés a través de los siglos, con representación de cuantos escudos de esta institución de conservan hoy, en HERRERA CASADO, A.: Tesoro de los escudos de armas que hay, en la provincia de Guadalajara, Tomo II (Señorío de Molina), Guadalajara, 1977, manuscrito en la biblioteca del autor.

(6) SANZ Y DIAZ, J.: Historia verdadera del Señorío de Molina, Guadalajara, 1982, p. 105.

(7) Ibídem, pp. 143‑146. Ver también PEREZ MORENO, C.: Episodios de la Guerra de Sucesión, Guadalajara, 1890.

(8) HERRERA CASADO, A.: El Señorío de Molina, en “Glosario Provincial”, Tomo III, Guadalajara, 1980. pp. 33‑35.

(9) MORENO, J.: Alma Seguntina (VIII Centenario de la Reconquista de Sigüenza), Sigüenza, 1924, pp. 19‑24.

(10) PECES Y RATA, F.G.: La catedral de Sigüenza, Edit. Everest, León, 1984. Fotografía de la p.55.

(11) PEREZ‑VILLAMIL, M.: Estudios de historia y arte. La Catedral de Sigüenza, Sigüenza, 1899, pp. 219‑220.

(12) Se encuentra en el Archivo Nacional de Francia (J305, J6) y en el British Museum (8929) en forma de sellos en cera, redondos, de dos caras, de 85 mm. de diámetro. Sobre el escudo heráldico de la ciudad de Agen, ver METMAN, Y.: Sceau de la Republique d’Agen, en “Bulletin du Club français de la Medaille”, 29 (1970: pp. 62‑67; MOMMEYA, J.: Les armoiries de la ville d’Agen, en “Reunión de la Societé des Beaux Arts Depart”, 2eme. session, 1900, pp. 726‑740; THOLING, G.: Sceaux de l’Agenais, páginas 193‑198.

(13) LAYNASERRANO, F.: Historia de la Villa de Atienza, Madrid, 1945; MORENO CHICHARRO F.; SAIZ LOPEZ, S.: Caminos de Sigüenza y Atienza, Madrid, 1974; SERRANO BELINCHON, J.: Atienza, Guadalajara, 1985.

(14) ARRANZYUST, M. C.: Escudos heráldicos de la Villa de Atienza, en”Wad‑al‑Hayara”, 13(1986), pp. 293‑322.

(15) ARRANZ YUST, M. C.: Escudos heráldicos de la Villa de Atienza, en ‘Wad‑al‑Hayara”, 13 (1986), pp. 293‑322, Lámina I, c.

(16) Ver LAYNA SERRANO, F.: Historia de la Villa de Atienza, Madrid, 1945, Lámina VII, y GARCÍA LÓPEZ J C.: Biblioteca Patria.

(17) Sobre la historia de la villa de Brihuega, ver especialmente PAREJA SERRADA, A.: Brihuega y su partido, Guadalajara, 1916; SIMÓN PARDO, J.: Estampas briocenses. Historia de Brihuega, Guadalajara, 1987.

(18) Es muy abundante la bibliografía sobre la Virgen de la Peña, su aparición y leyenda. Ver especialmente BEJAR, P. F. de: Historia de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Peña, patrona de la Villa de Brihuega, Madrid, 1733; PÉREZ MORENO, C.: La Virgen de la Peña de Brihuega, Madrid, 1884; PAREJA SERRADA, A.: Tradiciones e historias alcarreñas, Guadalajara, 1914; Ríos RABANERA, A.: La Virgen de la Peña Y sus tres fechas, Toledo, 1934.

(19) GARCÍA LÓPEZ, J.C.: Biblioteca Patria. Vuelos arqueológicos, Madrid, 1911, pp. 72‑73. Del mismo autor ver El Fuero de Brihuega, Madrid, 1887.

(20) PAREJA SERRADA, A.: La razón de un centenario, Guadalajara, 1911; HERRERA CASADO, A.: El asalto a Brihuega y batalla de Villaviciosa, Edt. Excma. Diputación Provincial, Guadalajara, 1985.

(21) Sobre la evolución del escudo de la ciudad de Guadalajara, ver especialmente BALLESTEROS SANJOSE, Plácido: La conquista de la Alcarria en 1085 aafigura de Alvar Fañez), en Revista “Arriaca”, número extr. dedicado al IX Centenario de la Reconquista de Guadalajara, 1985, y HERRERA CASADO, A.: Crónicas de la Reconquista, en Revista “Guadalajara”, de la Excma. Diputación Provincial, 1985. También hablan de la transformación progresiva de la leyenda de Alvar Fáñez y la Reconquista de Guadalajara BUENO MAZARIO, A.; SERRANO, J. et al, en Aproximación a la reconquista de Guadalajara, en “Actas del I Congreso de Historia Joven de Castilla‑La Mancha”, 1987, p. 167; CUENCA, E.; OLMO, M. del, en El Cid Campeador y Gómez Carrillo de Acuña, Guadalajara, 1984, y GONZÁLEZ, Julio, en Repoblación de Castilla La Nueva, Edit. Universidad Complutense, Madrid, 1975.

(22) Lo describe en GARCÍA LÓPEZ, J.C.: La Alcarria de los dos primeros siglos de su Reconquista. Inst. “Marqués de Santillana”, 2ª, Guadalajara, 1973, y en Biblioteca Patria: Vuelos Arqueológicos, Madrid, 1911, del mismo autor.

(23) Reproduce su imagen LAYNA SERRANO, F.: Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XVY XVI, Madrid, 1942, Tomo I, Lámina II.

(24) En un trabajo de reciente aparición presentado en el I Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, celebrado en Guadalajara en noviembre de 1988 (BARBADILLO ALONSO, J.; CORTES CAMPOAMOR, S.: Evolución histórica del escudo de la ciudad de Guadalajara, en “Actas del I Encuentro de Historiadores del Valle del Henares”, Alcalá, 1988, pp. 83‑96), se reconsidera esta evolución y uso de las armas heráldicas de la ciudad de Guadalajara. Con documentos formales fehacientes, los autores demuestran que esta ciudad usó como emblema heráldico exclusivamente la imagen de un caballero, andante o galopante, con espada o con lanza en la mano, sólo o acompañado de un sembrado de estrellas, desde el siglo XVI hasta la segunda mitad del siglo XIX, en la que se añaden los elementos que hoy conforman el escudo: la muralla, la ciudad y el ejército acompañante.

(25) Da esta descripción GAVIRIA, Conde de, en Gran Enciclopedia de Madrid, Castilla‑La Mancha, tomo VI, p. 1.437, voz “Guadalajara”.

(26) HERRERA CASADO, A.: Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara, Edit. Excma. Diputación Provincial, Guadalajara, 1983, pp. 328‑334.

(27) Estos sellos y escudos están publicados en la obra de LAYNA SFRRANO, F.: Historia de la villa condal de Cifuentes, 2ª edic., Guadalajara, 1979.

(28) MEMORIAL HISTÓRICO ESPAÑOL, Tomo XLII, “Relaciones Topográficas de España: Relaciones de pueblos que pertenecen hoy a la provincia de Guadalajara”, Edit. Real Academia de la Historia, Madrid, 1903, pp. 339 y ss.

(29) MEMORIAL HISTÓRICO ESPAÑOL, Tomo XLIII, “Relaciones Topográficas de España: Relaciones de pueblos que pertenecen hoy a la provincia de Guadalajara”, Edit. Real Academia de la Historia, Madrid, 1905, pp. 183 y ss.

(30) Acerca de la historia de Pastrana, ver P E REZ CUENCA, M.: Historia de Pastrana y sucinta noticia de los pueblos de su partido, Madrid, 1871; SANTAOLALLA LAMAS, M.: Pastrana, apuntes de su historia, arte y tradiciones, Tarancón, 1979; PRIETO BERNABÉ, J.M.: U venta de la jurisdicción de Pastrana en 1541, C.S.I.C., Madrid, 1986.

(31) En el Ayuntamiento de Pastrana, existe un gran cuadro en el que sobre pergamino aparece escrita con pormenor la justificación de esta leyenda y su equivalencia heráldica. No obstante, en reciente estudio del que no estamos autorizados a explicar aquí su contenido, pues lógicamente deberá ser publicado por su autor, nuestro buen amigo y maestro el heraldista don Fernando del Arco, sostiene que esta leyenda se fragua sobre un emblema ya perfectamente establecido, perteneciente a un hidalgo pastranero, familiar del Santo Oficio, y cuyo apellido comenzaba con P, de ahí que se utilizara en el escudo.

(32) Sobre la historia de Sacedón, ver HERRERA CASADO, A.: Crónica y Guía de la provincia de Gua­dalajara, Edit. Excma. Diputación Provincial, Guadalajara, 1983, pp. 240‑241, y PASTOR PRADILLO, L.F. et al: Sacedón. Conversión Y reconversión, en “Actas del I Congreso de Historia Joven de Castilla‑La Mancha”, 1987, p. 271.

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