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El ábside mudéjar de Santiago

 

Ha ido nuestra ciudad, lentamente, rescatando del olvido algunos monumentos (léase el ábside mudéjar de San Gil, tan bellamente reconstruido y presentado), y demoliendo sin miramien­tos otros (recordar el lavadero renacentista del Alamín, que hace pocos años, y con motivo de las obras de los colectores, pasó a mejor vida). Pero en general podemos decir que la sensibilidad hacia esas viejas piedras, testimonios vivos de nuestro pasado, se ha ido afirmando y va dando sus frutos. Lo cual ha de alegrar­nos a todos.

En estos días se plantea un problema que estamos seguros ha de tener, por la voluntad y sensibilidad de las autoridades competentes, desde el mismo alcalde de la ciudad hasta los res­ponsables concretos de la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura, una solución satisfactoria. Me estoy refiriendo al ábside mudéjar de la iglesia de Santiago de nuestra ciudad, que al hilo de unas obras de construcción que se están realizando junto a él, vive la posibilidad de su restauración y de un remo­zamiento que está pidiendo a gritos desde hace muchos años.

Al ábside mudéjar de Santiago le ha pasado lo mismo que al retablo del marqués de Santillana que estas pasadas semanas he estudiado en esta misma sección: que a pesar de tenerlo ahí mismo, entre nosotros, era poco menos que imposible visitarlo y admirarlo. Se encuentra encerrado entre construcciones, y fue concretamente la edificación de la casa‑curato de Santiago, a principios de este siglo, la que cerró su visión desde la calle Teniente Figueroa, mientras que los almacenes y construcciones de la calle Francisco Cuesta evitaban totalmente su contemplación desde la parte norte. A ello se añadía la construcción de un añadido sin estilo para subir a la espadaña, que le ocultaba y afeaba en gran manera. Puede decirse del conjunto de esta pieza arquitectónica que es un elemento magnífico de la arquitectura mudéjar.

Una fotografía que nos ha facilitado el actual párroco de Santiago, y que junto a estas líneas ofrecemos, da idea somera de la riqueza de arquerías y ornamentos que posee esta pieza del arte arriacense, en especial lo que rodea a una de las ventanas que aún se mantiene tapada por esa construcción que se hizo para permitir la subida a la espadaña. Viene a ser, sin duda, una muestra muy elegante del estilo mudéjar, al menos en lo que se refiere a los actualmente existentes en nuestra provincia. Porque el ábside de San Gil es más sencillo, más elemental, resuelto de una forma más rural; lo mismo que podría decirse de los ábsides de las iglesias de Galápagos y el Cubillo de Uceda, que aún siendo cabales representantes de la arquitectura mudéjar, tienen una sencillez excesiva. Y no digamos ya nada de los templos parroquiales de El Pozo y de Aldeanueva de Guadalajara, piezas simplísimas de esta modalidad. Así y todo, fue una lástima que en los siglos XV y XVI, a la hora de adosar las capillas del regidor Diego de Guadalajara (la capilla gótica de la Virgen del Pilar) y de los Zúñigas (pieza surgida del genio de Covarrubias), se eliminara de forma irrecuperable una parte importante de este ábside.

La magnificencia del ábside de Santiago se corresponde per­fectamente con la hermosura del interior del templo. Hay que recordar que este fue el oratorio, de protección real, del con­vento de monjas de Santa Clara, construido en el siglo XIV, aunque había sido fundado bastante antes por doña Berenguela, hija de Alfonso X el Sabio, a mediados del siglo XIII, y algo más tarde, en 1299, asentado en el lugar definitivo, en medio de la antigua judería arriacense, gracias a la munificencia de la infanta doña Isabel, hija de los monarcas Sancho IV de Castilla y María de Molina.

El interior de Santiago, restaurado a comienzos de los años setenta con exquisita sensibilidad y gusto, es hoy uno de los más señalados monumentos de nuestra ciudad, de esos que se enseñan con orgullo y hacen exclamar admiraciones sin fin a los visitan­tes. Es, además, la expresión más cumplida de un templo cristiano mudéjar, de los que llegó a haber varios, sorprendentes, en Guadalajara, como manifestación de la fuerza y vitalidad de la cultura islámica que, a pesar de la reconquista en 1085 por los cristianos, se respetó y permaneció viva. De aquellas edifica­ciones realizadas en la Baja Edad Media por los alarifes mudé­jares alcarreños han quedado escasos vestigios: el ábside de San Gil ya mencionados, los torreones de Alvarfáñez y Alamín, parte del ábside de la Antigua, y poco más. Por supuesto, como el más espléndido de todos, este templo de Santiago que ahora nos ofrece la posibilidad de rescatar su ábside.

La idea, al parecer, sería la de habilitar un espacio, aunque pequeño, que posibilitara a los visitantes y curiosos la admiración de este ábside desde un aparcamiento de vehículos y un espacio abierto que se va a reservar en el interior del edificio en construcción actualmente en la calle Francisco Cuesta. Al tiempo que el propietario de ese edificio parece tener buena disposición para permitir esa contemplación, es necesario además iniciar las tareas de restauración, consolidación y limpieza de este ábside. Pasando todas ellas previamente por la del derribo del feo pegote que sirvió en su día para subir a la espadaña, de la cual al parecer sería muy difícil prescindir dado el mecanismo eléctrico instalado para controlar el sonido de sus campanas.

Esas ayudas que necesita, por parte de la Consejería de Cultura de la Junta de Comunidades y por parte, quizás, del Excmo. Ayuntamiento de Guadalajara, y aún de la Excma. Diputación Pro­vincial, serían fundamentales para de una forma definitiva resca­tar, en una alarde de sensibilidad por el pretérito y sus monu­mentos, un elemento de los más hermosos y característicos del patrimonio artístico de Guadalajara. Estamos seguros que esta nueva oportunidad no va a ser desaprovechada.

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