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La calle del doctor Benito Hernando

 

Una de las más castizas, en el casco antiguo de la ciudad, y hoy prácticamente deshabitada, sin otra vida que el presuroso pasar de los automóviles. Tuvo sin embargo, en tiempos antiguos, vida propia singular, pues fue llamada durante siglos «calle de Caldereros», ya que a lo largo de ella tenían su vivienda y ta­lleres los numerosos artesanos del cobre y la calderería, de ellos muchos franceses, que en Gua­dalajara hubo. Durante la épo­ca de los árabes esta fue la calle principal de la Judería, y en uno de sus costados va a desem­bocar la actual calle de la Sinagoga­

Camina la calle del Dr. Benito Hernando, en llano pero describiendo una suave curva, desde Mayor hasta Ingeniero Mariño, por la Cotilla. Era calle, su trazado antiguo nos lo demuestra, que ponía en comunicación dos de las rúas capitales de la ciudad: la calle mayor central y la del Adarve o de Barrionuevo, que circundaba al burgo por su costado norte. En ella puso su asiento el palacio de don Antonio de Mendoza, convertido luego por su sobrina Brianda de Mendoza en beaterío y Convento de monjas franciscanas de La Piedad. A esta calle daba realmente la espalda convento. Y poco más que esto y algún que otro palacio, a medias ya desfigurado y con los tejados descosidos, tuvo esta calle.

Cuando en 1836 la Desamorti­zación de Mendizábal hizo sa­lir a las monjas del convento que ocupaban desde el siglo XVI, su convento fue utilizado para muy diversos menesteres, ciudadanos. En principio fue destinado para servir de sede al Instituto de En­señanza Media, así como a la Diputación Provincial y a la Cárcel de la ciudad. De entonces data su otro nombre con el que aún popularmente se la conoce de Calle del Museo, pues en la parte del antiguo convento que daba a ella se instaló, muy   precariamente, el Museo Provincial de Bellas Artes, en el que se acumuló la gran cantidad de telas pintadas, esculturas, etc., que procedentes de la Desamor­tización de toda la provincia, ha­bían pasado a formar dicho Mu­seo Provincial. Estuvo poco tiem­po la colección ahí. Pasó luego a guardarse en el nuevo Palacio de la. Diputación, de donde salió, un siglo después, para, dar vida al nuevo Museo Provincial de Bellas Artes que hoy existe en el Palacio del Infantado.

Fue en abril de 1917 que el Ayuntamiento de Guadalajara decidió dedicar esta calle tan céntrica a la memoria de un científico, natural de la provincia, que había dado un brillo singular a su tierra con su sabiduría y su bondad. En el primer aniversario de su muerte la ciudad le dedicó esta calle y una lápida. Recordaremos ahora brevemente la biografía de don Benito Hernando Espinosa, para que las actuales generaciones sepan quien, fue este hombre ejemplar.

Nació Hernando en el pueblo alcarreño de Cañizar, donde a la sazón vivía la familia. Era el año 1846. Su padre, don Juan de Dios Hernando, fue famoso médico-­cirujano que ejerció siempre en Guadalajara. Con una despierta vivacidad y clara inteligencia desde muy pequeño, estudió el bachillerato en Guadalajara, Ciencias Físicas y Químicas en Madrid, llegando a ser profesor ayudante de dichas materias, y finalmente estudió y se licenció en Medicina en la Facultad de San Carlos en Madrid. Se doctoró después, y se presentó a oposiciones para la cátedra de Terapéutica de la Universidad de Granada, que ganó en 1872. Allí vivió y trabajó en su parcela de enseñante muchos años. Actuó también como profesor libre de Dermatología. Escribió algunos libros como Ataxia locomotriz mecánica, y Metodología de las Ciencias Médicas, pero su obra magna fue La lepra en Granada (1881), un monumental estudio de investigación que, por tener que pagarse la edición de su bolsillo, impidió que pudiera ser editada en su totalidad, quedando inéditas las láminas y las estadísticas. Colaboró también de forma importante en la Dermatología General dirigida por Olavide.

En Granada fue compañero de claustro del Dr. Creus, y juntos evocaban su tierra natal. Se aplicó Hernando también a estudios humanísticos, y en todo actuaba como un médico del Renacimiento (yo diría que actuaba, como un médico universal y de cualquier época), pues no sólo le interesaba la Medicina, sino todas las demás ramas del saber. Así se aplicó al estudio de la historia y del arte, y llegó a ser tan reputado en esas materias que el pintor Pradilla, cuando preparaba el cuadro famoso de «La Toma de Granada», le pidió consejos y sugerencias. Incluso luego fue retratado, en dicha obra, con figura de paje.

En 1887 pasó a regir la cátedra de Terapéutica en la Universidad de Madrid, y allí murió justo en el momento de ser llamado a la jubilación, en 1916. Perteneció también cómo miembro de número a la Real Academia de Medicina de Madrid. Benito Hernando destacó, asimismo, como un investigador y estudioso de la cultura provincial de Guadalajara, y en esa parcela, todavía poco conocida de su personalidad, debería ser estudiado con más detenimiento. Preparó y llegó a ver publicada una «Biografía del Padre Flores», interesante figura del siglo XIX que se dedicó al canto, y que era alcarreño también. Hernando realizó un importante estudio sobre la vida y la obra del Cardenal Mendoza, y fruto de sus muchos viajes por la Alcarria y de su curiosidad sempiterna fueron cantidad de artículos publicados en “Flores. Abejas” en torno a la historia las historias de los pueblos de Guadalajara. De su capacidad de investigador histórico podemos recordar como personalmente, en una perdida biblioteca de Toledo, Hernando encontró, en 1897, las perdidas «Constituciones del Arzobispado de Toledo», originales del Cardenal Cisneros.

Y estas son las pinceladas breves con las que se nos ha mostrado uno de esos hombres que, perviviendo su nombre en el lenguaje diario de una, ciudad, apenas nadie sabe quien fue ni, qué hizo por su tierra. Como hemos visto, Benito Hernando fue lo suficientemente trabajador y sabio, amante de su tierra y buena persona, como para que su nombre haya quedado perpetuado en la lápida de una calle y en la memoria de todos nosotros.

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