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Guadalajara andalusí: su posición en la Marca Media

 

Desde poco después de la invasión árabe de España, acaecida en el año 711, la frontera entre el Califato y los estados cristianos del norte quedó establecida en el centro de la península, y así puede decirse que ya en la segunda mitad del siglo VIII, una línea que atravesaba la península ibérica desde Mérida hasta Zaragoza, y que seguía aproximadamente el trazado de la antigua Vía Augusta de los romanos, era la que serviría durante trescientos años largos como limitante de las dos culturas en que fundamentalmente quedó dividida España. Eran estas las Marcas o fronteras de Al-Andalus frente a los reinos de León, Castilla, Navarra y Aragón. Y se distinguieron fundamentalmente tres marcas; la inferior, la media y la superior, que luego en tiempos de los reinos taifas darían lugar a sendos territorios independientes y definidos: Badajoz, Toledo y Zaragoza, respectivamente. A lo largo de diversos cauces de ríos (fundamentalmente el Tajo y los afluentes ibéricos del Ebro) se unían estos territorios, confirmando una ley histórica general, en el sentido de que los árabes fueron asentando sobre los lugares en que previamente lo habían hecho los romanos.

De los tres sectores principales o Marcas de Al‑Andalus, indudablemente fue la Media, con capital en Toledo durante tres siglos, y finalmente en Medinaceli durante sus últimos años, la que hubo de cargar con el paso sustancial de la defensa de la España árabe frente a los ataques de la cristiana: su proximidad al núcleo serrano y a las poblaciones más importantes del reino castellano, lo condicionó en tal manera.

La Marca Media puede considerarse que abarcaba todo el río Tajo, desde el castillo de Albalate a occidente de Talavera, hasta Medinaceli, subiendo desde Toledo y Aranjuez, por la vega del Jarama y luego del Henares, hasta la sierra ibérica donde asienta la antigua Ocilis. En este territorio, se definieron también muy pronto tres sectores que jugaron cada uno su propio papel en la defensa común. En el sector de poniente, la capital fue considerada Talavera, sobre el Tajo. Su extremo más occidental era el castillo de Albalat, y comprendía los núcleos de Vascos (junto al río Huso) y las fortalezas de Espegel, Gualija y Canturias, más la propia capital, Talavera. En el sector central, capitaneado por Toledo, destacaron las poblaciones y castillos de Alamín, Maqueda, Huecas, Calatalifa, Olmos, Canales y Madrid. Y en el sector oriental, cuya capital fue siempre Guadalajara, destacaron los núcleos de Alcalá, Talamanca, Alcolea de Torote, Hita, Castejón, Sigüenza, Atienza y Medinaceli, amén de otros muchos pequeños núcleos y puntos defensivos que analizaremos en detalle más adelante.

Vemos, pues, cómo Guadalajara capitaneó una zona sustancial de la Marca Media, y, en esa función de punto estratégico y militar fraguó su progresiva importancia y crecimiento. Se conoce sumariamente, a tra­vés de diversos autores árabes, la primera historia de la ciudad: a esta zona arribaron, en los momentos iniciales en que diversas tribus beréberes se repartieron el territorio hispano, los Hawara, los Madyma y los Banu Salim. Un bereber, lugarteniente de Tariq, fue Salim ibn Warlamal ibn Wakdat, que fundó la ciudad de Medinaceli (Madinar ‑al ‑ Salim) surgiendo una estirpe de jerarcas que asentaron en las sierras ibéricas y se extendieron hacia los valles de la meseta meridional, imponiendo su influencia y poder sobre la escasa población de la zona. Entre ellos pueden recordarse a Ubald Allah ibn Salim, gobernador de Madrid, y a Al Faray ibn Masarra ibn Salim, fundador de Guadalajara en los años medíos del siglo IX. Desde entonces, a la ciudad se le denominó Madinat ‑ al – Faray (ciudad del Faray) en todas las crónicas hispanomusulmanas, y al río que la baña Wadi‑al‑Hiyara (río de las piedras). Del nombre del río, que generó la palabra Guadalajara, tomó su nombre la ciudad.

Durante los siglos VIII al XI, Guadalajara fue cabeza del territorio más oriental de la Marca Media de Al‑Andalus. Muy diversas referencias de autores árabes, que lo confirman hemos podido leer. Quizás la más interesante sea la de Ahmed‑al‑Razi,, quien en su «Descripción de España» hecha a finales del siglo IX, dice así del distrito de Guadalajara: «La ciudad de al‑Faray (Madinat‑al‑Faray) que se llama ahora Guadalajara, se encuentra situada al Nordeste de Córdoba, en la orilla de un río llamado el Wadi-l‑hiyara. El agua de este río es excelente y de gran aprovechamiento para sus moradores. Se encuentran allí  una gran cantidad de   árboles. Re­partidos por su territorio se encuentran numerosos castillos, y aldeas, como por ejemplo el castillo de Madrid. Otro de estos castillos es el de Castejón sobre el Henares. Otro es el llamado de Atienza, el más fuerte de todo el distrito. Cuando los musulmanes conquistaron España, hicieron de este castillo una atalaya contra los cristianos de más allá de la frontera, para protegerse de sus ataques. Su territorio está li­mitado por la cadena montañosa que separa las dos Españas. Se en­cuentran allí excelentes territorios para la caza, zonas montuosas y campiñas para el regadío».

Al Faray levantó en principio una fortaleza o alcázar en el espolón de terreno que ­media entre los dos barrancos que cercaban a la antigua ciudad. Ese alcázar protegía el paso del puente, y servía como punto de instalación de una guarnición militar sobre esta parte del Henares. Pero pronto comenzó a crecer la ciudad en su torno. Se erigió, a partir del siglo IX, una muralla que fue delimitando a la población, y entre sus muros se levantaron mezquitas, baños, mercados, y se alzaron casas y palacios para albergar a las gentes que acudían progresivamente al señuelo de una ciudad que, aunque basada en lo defensivo, ofrecía grandes posibilidades en lo referente a la agricultura y al comercio. Descollaron en ella no sólo valientes capitanes, sino incluso intelectuales de talla, poetas, geógrafos, historiadores y ‑teólogos, que venían a expresar el grado de evolución que Guadalajara como ciudad importante del Islam iba tomando. En ella vivieron los caídes del territorio que gobernaban el valle del Henares y sus anexos, así como los generales del costado oriental de la Marca. Las múltiples huellas hebraicas y mudéjares en la Guadalajara de la Baja Edad Media, fueron herencia directa de este crecimiento y prosperidad previa.

Vernos cómo Guadalajara fue ciudad capitana, sin discusión, de un amplio territorio, constituido por el eje del río Henares, ampliado a los múltiples afluentes que, especialmente por su orilla derecha, desde la Sierra Central, le llegan. Río abajo, su influjo llegaba hasta Torrejón (hoy de Ardoz) y Alcalá (de Henares) más los enclaves que sobre el Jarama (Talamanca, Uceda) y el Torote (Alcolea) se tenían por avanzadillas contra las incursiones llegadas desde la cercana serranía. Hacia arriba, una serie de castillos jalonaban la orilla izquierda del Henares con su potencia y su capacidad de vigilancia y defensa: Peñahora (en Humanes), Hita, Tejer (en Espinosa), Jadraque (el Castejón sobre Henares del Cantar de Mío Cid), y Sigüenza, más otros muchos puntos defensivos, a lo largo de los ríos que bajan de las sierras, como Beleña (de Sorbe), Galve (de Sorbe), Cogolludo, sobre el Aliendre, la «torre de los Moros» en término de Membrillera, sobre el Bornoba, lo mismo que el castillo de Alcorlo. En las orillas del Cañamares aparecían castilletes en Castilblanco, Pálmaces y Miedes. Y sobre el río Salado, que sirve como uno de los más fáciles pasos de una a otra meseta castellana, descollaba el inmenso castillo de Riba de Santiuste, puesto por los árabes como bastión capital en la defensa contra los cristianos del norte. Otros muchos puntos, que hoy podemos aún ver en forma de simples ruinas, o recordar en la toponimia provincial como lugares provistos de torre y defensa, jalonaban este territorio crucial de la Marca Media de Al‑Andalus, que Guadalajara presidía solemne y segura.

Durante los siglos VIII al XI, este territorio sufrió los embates y conatos invasivos de los castellanos. Más bien en forma de breves y contundentes razzias primaverales, las huestes cristianas irrumpieron sobre Uceda, sobre Talamanca, y sobre Guadalajara especialmente, asolando a veces, y asustando siempre. La misma campaña que El Cid Campeador, en su camino de Burgos a Valencia, realiza sobre el Henares, tornando Castejón (el actual castillo y su poblado anejo de Jadraque), y la algara que su teniente Alvar Fáñez de Minaya protagoniza sobre Hita, Guadalajara y Alcalá; pocos años antes de la toma definitiva del reino de Toledo, son muestra evidente de aquel estado de cosas.

Hay un último detalle a comentar, en tomo a la importancia que Guadalajara tuvo en, los años, en que presidió el sector oriental, de la Marca Media de Al‑Andalus. Y es el de una nueva y muy significativa interpretación del nombre árabe de la ciudad. Se tuvo siempre por clá­sica la acepción de ser «río de las piedras» la traducción del árabe «Wad‑al‑hayara». E incluso ha habi­do quien lo ha traducido con otro calificativo menos brillante al río que baña los pies de la ciudad. Pero ha sido muy recientemente un sabio profesor kuwaití, Mahmud Al‑Makki, profesor de la  Universidad de El Cairo, e investigador riguroso de las fuentes hispano ‑ árabes, quien ha tratado de la etimología de Gua­dalajara en una reciente publica­ción. Interpreta la palabra «Wadi» en un sentido más amplio que el de simple «río»: el árabe usa esa palabra para denominar a los torrentes, a los ríos de cualquier tamaño, e in­cluso a los valles y campiñas. La otra palabra, «hayar” o «hiyar” es también más amplia que la ya conocida «piedra». Se denomina así, en árabe clásico, a las «peñas fortifica­das» y a los «castillos». En general, a las edificaciones que, construidas con piedra, tenían la fortaleza de una peña. El profesor Makki con­cluye su tesis, aportando para Guadalajara la interpretación etimológi­ca de «valle de los castillos» que, por su situación y capitalidad del sector oriental de la Marca media, le cuadraba perfectamente.

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