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La Marca Media de Al-Andalus en tierras de Guadalajara

1. LA PRIMERA FRONTERA DE AL‑ANDALUS 

 Es un dato plenamente aceptado que la invasión árabe de la Península Ibérica, a partir del año 711 d. J.C. se realizó con un reducido número de fuerzas militares, y el hecho de que tras ellas acudieran unos contin­gentes de repobladores civiles no justifica en modo alguno la remota po­sibilidad de que hubiera árabes, en el siglo VIII, por toda la Península ex­tendidos. Lo cierto es que Iberia quedó con una estructura social y una base poblacional muy similar a la de época visigótica, y que el número de árabes y beréberes que asentaron en nuestro territorio fue en todo ca­so muy reducido. 

 Esa escasez del elemento humano en el nuevo grupo dominador, forzó a replantear la estructura de los núcleos habitados, que adquirieron bajo el influjo árabe un nuevo aspecto y función con respecto a los estableci­dos desde muchos siglos antes. En general, puede aceptarle que las ciu­dades de origen ibérico o romano, extendidas en valles, en las orillas de los ríos, en los cruces de caminos o en los puntos claves de las calzadas, cedieron su importancia administrativa en favor de núcleos próximos, na­cidos de ellas, pero mucho más reducidas en extensión, menos pobladas y, por supuesto, fortificadas. 

 En el ámbito regional en que se desarrolla nuestro estudio, esto lo ve­mos en varios casos concretos: la Complutum romana de las orillas del río Henares, pasará a ser la Alcalá enriscada y fortificada del Cerro del Viso; la Arriaca de la Campiña, se trocará por la Guadalajara puesta so­bre la espina de dos barrancos que afluyen por su costado izquierdo en el Henares. El Castejón de origen romano, zona de parada y aun pueblo próspero, junto a la Calzada y en plena campiña, se eleva al Charadraq bereber, hoy Jadraque. Y aun en la Segontia de origen arevaco y esplen­dor romano sucede lo mismo: la ciudad confiada de, la prolongada «pax» se eleva sobre el cerro que vigila el río, y encima de las rocas areniscas se levanta el nuevo castillo o fortaleza de Sigüenza. Todavía en lugares como Hita, Medinaceli, etc., veremos evoluciones similares. 

 Este fenómeno es lógico, al considerar la relación de poblaciones his­pana y árabe en estos territorios de la meseta meridional. Ello forzó a que muy poco después de la inicial invasión peninsular, los mahometa­nos se retiraran de los territorios inicialmente ocupados, y quedaran re­plegados en dicha meseta, ya en la segunda mitad del siglo VIII. A ello con­tribuyeron una serie de calamidades públicas, en forma de hambres y pes­tes, y los iniciales ataques de los cristianos norteños, que quedaron refu­giados en las montuosas zonas de Galicia y el Cantábrico. Podría decirse que Al‑Andalus nunca llegó a considerar territorio propio el que va más al norte de la Cordillera Central de la Península Ibérica. 

Las Marcas de Al-Andalus en la península ibérica

 

 De una forma clara y unánimemente admitida, los árabes sitúan su frontera norteña en esta Sierra Central, y desde la segunda mitad del si­glo VIII, esto es, muy pocos años después de su invasión, la Península que­da dividida de un modo que va a ser permanente a lo largo de más de tres siglos, naciendo de esa estabilidad secular unas formas de vida que ya sí podemos calificar netamente de andalusíes. La conciencia de estar esta­blecida la frontera en esta zona, se refleja muy pronto en los escritos de los geógrafos árabes, especialmente en Al‑Razi y en El Edrisi, quien dice que «el país situado al sur de los montes de las Sierras se llama España, y la parte situada al norte de ellas toma el nombre de Castilla». 

 2. LAS MARCAS DE AL‑ANDALUS 

 La conciencia clara de los andalusíes de tener establecida una fronte­ra de su territorio frente al de los cristianos, nace, pues, muy temprano, y su constitución se lleva a cabo con prontitud. Los factores poblaciona­les, de calamidades públicas, y de iniciales ataques castellanos, fuerzan a esta instauración rápida. Los diversos regímenes políticos establecidos en la Andalucía central, incluso el Califato Omeya en los días de su máxi­mo esplendor y poder, tienen como una de sus intenciones capitales la de defender con fuerza y rigor sus fronteras o marcas contra los cristia­nos. 

 Se ha considerado que Al‑Andalus establece, repito que ya desde el si­glo VIII, tres marcas o fronteras amplias: la Marca inferior, cuya cabeza es Mérida, y luego Badajoz en la época de taifas; la Marca Media, con ca­pital en Toledo; y la Marca Superior, con cabeza en Zaragoza. Las tres ciudades se unen, a lo largo de diversos cauces de ríos, fundamentalmen­te el Tajo y los afluentes derechos e ibéricos del Ebro, por un camino prin­cipal que es en realidad la antigua Vía Augusta de los romanos, que ponía en comunicación Emérita Augusta con César Augusta. Este detalle es muy revelador, pues supone que los árabes adoptan, también aquí, una estruc­tura ya establecida de antiguo. Y ello nos ayudará a encontrar sus hue­llas, siguiendo las que los romanos dejaron, en nuestra tierra. 

 De los tres sectores principales o Marcas de Al‑Andalus, indudablemen­te fue la Media, con capital en Toledo durante tres siglos y finalmente en Medinaceli durante sus últimos años, la que debió cargar con el peso sus­tancial de la defensa de la España árabe frente a los ataques de la cristiana: su proximidad al núcleo serrano y a las poblaciones más importantes del reino castellano, lo condicionó en tal manera. 

 3. LA MARCA MEDIA DE AL‑ANDALUS 

 La Marca Media puede considerarse que abarcaba todo el río Tajo, des­de el castillo de Albalat, a occidente de Talavera, hasta Medinaceli, su­biendo desde Toledo y Aranjuez, por la vega del Jarama y luego del Hena­res, hasta la sierra ibérica donde asienta la antigua Ocilis. En este terri­torio se definieron también muy pronto tres sectores que jugaron cada uno su propio papel en la defensa común. En el sector de poniente, la ca­pital fue considerada Talavera, sobre el Tajo. Su extremo más occidental era el castillo de Albalat, y comprendía los núcleos de Vascos (junto al río Huso), y las fortalezas de Espegel, Gualija y Canturias, más la propia capital, Talavera. En el sector central, capitaneado por Toledo, destaca­ron las poblaciones y castillos de Alamín, Maqueda, Huecas, Calatalifa, Ol­mos, Canales y Madrid. Y en el sector oriental, cuya capital fue siempre Guadalajara, destacaron los núcleos de Alcalá, Talamanca, Alcolea de To­rote, Hita, Castejón, Sigüenza, Atienza y Medinaceli, amén de otros mu­chos pequeños núcleos y puntos defensivos que analizaremos en detalle más delante. 

La Marca Media de Al-Andalus en la Península Ibérica

 

4. LA MARCA MEDIA COMO TERRITORIO MILITAR 

 La Marca Media de Al‑Andalus tuvo siempre conciencia de ser un te­rritorio militar, con un funcionalismo tanto defensivo como ofensivo. Esa conciencia fue siempre clara en los gobernantes ‑que una y otra vez la reestructuraron y apoyaron‑ como en sus pobladores. Las continuas incursiones de los ejércitos cristianos, castigando las poblaciones de la Mar­ca, hicieron a éstos protestar y pedir a sus gobernantes que defendieran mejor el territorio. Por contra, hubo momentos de esplendor en los que la Marca Media fue zona de partida de importantes campañas de ataque hacia Castilla. 

 La estructura firme de la Marca Central se establece, como ya hemos dicho, desde muy temprano: finales del siglo VIII y principios del IX. El general Amrus es destacado, en los últimos años de la octava centuria, como fortificador de Talavera y Toledo. En el año 825, Alcalá sobre el He­nares cuenta ya con un castillo árabe. La protección del califato hacia su frontera norte es permanente, y así en 837 vemos cómo Abderramán II fortifica Toledo, especialmente en el área cercana al puente de Alcántara. En 854, Muhammed I empieza a levantar castillos por toda la zona, y en los años finales del siglo IX se levantan las fortalezas de Zorita, Medina­celi y Maqueda. 

 Será el califa Abderramán III, que visitó personalmente los territorios de la Marca Media, quien mayor impulso la dé, y la transforme en punto ofensivo contra Castilla, fundamentando en este entorno su poderío y pree­minencia sobre los reinos cristianos. Hacia el 920 le vemos fortificando núcleos dispersos, y en 929 se encargó personalmente de buscar goberna­dores capaces para poner en Talavera, Madrid, Talamanca, Guadalajara, Atienza, Santaver y Calatrava. En el 932, se fortificará aún más a Madrid, y en el 946, el califa Abderramán III dispone la reconstrucción y fortifica­ción interna de Medinaceli. El comedio del siglo x marca un punto cul­minante en la hegemonía de la Marca Media como territorio militar y ofen­sivo contra los norteños. 

Posteriormente, una serie de grandes generales mantendrán este es­tado de cosas. Aunque Córdoba sigue controlando directamente la Mar­ca, el caíd de Medinaceli, general Galib‑al‑Nasir, se elevará a la categoría de gobernador del territorio, sucediéndole a su muerte los generales es­lavos Cand, y, ya en los últimos años del siglo X, Wadih. 

A la caída del califato omeya, y en el momento en que el imperio ma­hometano de Al‑Andalus se fragmenta irremisiblemente en múltiples rei­nos de taifas, Wadih se alza con el mando de la Marca Media, que queda prácticamente independizada de Córdoba en el otoño del 1009. Suleymán, adueñado de la antigua cabeza del califato, manda un ejército contra To­ledo, pero sus habitantes, capitaneados por Wadih, no se someten. De es­te modo, la Marca evolucionaba rápidamente hacia la constitución de un reino independiente. 

En esos momentos se alza la personalidad de los Beni di‑l‑Nun, fami­lia árabe que procede de las tierras de la retaguardia alcarreña: Santa­ver, Cuenca, Huete y Uclés. Cuando muere Wadih, en 1011, Suleymán im­pone en la Marca Media a Ismail Beni‑d‑l‑Nun como visir de la misma, pero éste se alza con la indiscutible capitanía del territorio, y en 1018 pro­clama a Toledo como cabeza de un reino independiente, que extenderá su influencia a toda la Marca Media. Su hijo, Yahya‑al‑Mamún (1043‑1076) será el encargado de llevar el reino andalusí de Toledo a su máximo es­plendor. 

5. LA MARCA MEDIA, LUGAR DE CONFLICTOS 

 La Marca Media tuvo que sufrir, a lo largo de su historia de tres si­glos, muy diversos avatares castrenses, que aquí no vamos a reseñar en detalle. Por su distancia a la capital cordobesa, esta tierra fronteriza fue lugar de aparición de bandoleros y rebeldes. En ocasiones el califato tu­vo que acudir a sofocar auténticas revueltas populares, y a poner paz en las luchas entre tribus y ejércitos territoriales de las orillas del Tajo. Los bereberes de la Meseta (Oreto, Santaver y Toledo) se alzaron en 811‑815. 

Pero los principales problemas guerreros en la Marca Media fueron ocasionados por los ejércitos cristianos, que de una forma esporádica, pero constante, practicaron numerosas cabalgadas e incursiones sobre los te­rrenos árabes. Es muy reveladora la que, al final del período de existen­cia de la Marca, realiza Alvar Fáñez de Minaya a lo largo del Henares, hasta Alcalá, según refiere el «Cantar de Mío Cid». Pero realmente desde el siglo IX los monarcas castellanos dirigen sus ataques a la Marca Me­dia con intenciones de castigos continuos, de atemorizar a la población y desanimar a los gobernantes de la misma. Desde comienzos del siglo IX, sabemos que Ramiro II entró en Madrid y Talavera, destruyendo y ma­tando. En el año 809, Guadalajara fue saqueada por los castellanos. Tala­manca sufrió un ataque a comienzos de esa centuria, repitiéndose en 859. En 920 hubo un ataque de los cristianos a Guadalajara, robando e incendiando la Campiña. Los árabes finalmente los desbarataron cuando los primeros sitiaban el castillo de Alcolea (de Torote). Poco después, Ordo­ño II, en una memorable campaña, alcanzó el alto Henares, devastando las Cendejas, los castillos (o torres) de Sarmaleón y Eliph, y los lugares de Palmaces, Castejón y Magnancia, según refiere el Cronicón de Sampi­ro. 

 También se produjeron, ya en el siglo XI, luchas intestinas en Al­Andalus, sufriendo la Marca Media los intentos expansionistas de los Be­ni Hud de Zaragoza, que en 1043, bajando por el Henares, llegaron a en­trar en Guadalajara. Un contraataque de los toledanos hizo que los terri­torios fronterizos de Medinaceli y Molina volvieran a quedar bajo el con­trol de la Marca de Toledo. 

Finalmente, a partir de la muerte de Al‑Mamun en 1076, la perseve­rante campaña de Alfonso VI de Castilla, en amplia y ambiciosa manio­bra estratégica, unida al debilitamiento fulgurante del reino de Toledo, hizo que culminara uno de los movimientos claves en la secular tensión de los dos pueblos peninsulares. Los cristianos se adueñaban de Toledo en la primavera de 1085, e instantáneamente se entregaban a su hegemo­nía el resto del territorio y ciudades que habían formado su reino, la tres veces secular Marca Media de Al‑Andalus. No es este momento de tratar en detalle este tema puntual, y, por supuesto, interesantísimo. 

6. LA MARCA MEDIA EN TIERRAS DE GUADALAJARA. 

 Durante los siglos VIII al XI, como ya hemos visto, la Marca Media de Al‑Andalus tuvo una vida propia muy singular, y en su contexto social, marcado siempre por la vigilante actividad militar, se dieron formas de vida muy peculiares. Han quedado escuetas referencias geográficas de autores hispanoárabes a la zona oriental de la Marca Media, que es la que corresponde a las actuales tierras de Guadalajara. La más interesante de dichas referencias es la que encontramos en la «Descripción de España» hecha por Ahmad‑al‑Razi, a fines del siglo IX, y que tras describir muy someramente los distritos de Barusa, Molina, Santaver y Recópolis, dice así del distrito de Guadalajara: «La ciudad de Al‑Faray (Madinat‑al‑Faray), que se llama ahora Guadalajara, se encuentra situada al nordeste de Cór­doba, en la orilla de un río llamado el Wadi‑Hiyara. El agua de este río es excelente y de gran aprovechamiento para sus moradores. Se encuen­tran allí una gran cantidad de árboles. Repartidos por su territorio se en­cuentran numerosos castillos y aldeas, como por ejemplo el castillo de Madrid. Otro de estos castillos es el de Castejón sobre el Henares. Otro es el llamado de Atienza, el más fuerte de todo el distrito. Cuando los mu­sulmanes conquistaron España, hicieron de este castillo una atalaya con­tra los cristianos de más allá de la frontera, para protegerse de sus ata­ques. Su territorio está limitado por la cadena montañosa que separa las dos Españas. Se encuentran allí excelentes territorios para la caza, zonas montuosas y campiñas para el regadío». 

La Marca Media de Al-Andalus en tierras de Guadalajara

 

Vemos, pues, cómo Guadalajara es, desde el siglo IX, capital del ex­tremo oriental de la Marca Media, englobando un territorio que va, desde el valle del Manzanares, incluido Madrid, hasta el Jalón, por Medinaceli. Lo que había sido un poblado ibérico conocido por el nombre de Arriaca, extendido sobre la vega del Henares, y luego romanizado, se convirtió en fortaleza y puesto de vigía árabe, al construir en el siglo IX un castillo y más tarde una ciudad que se cercó y fortificó con murallas. 

A esta zona arribaron., en los momentos iniciales en que diversas tri­bus beréberes se repartieron el territorio hispano, los Hawara, los Mad­yuna y los Banu Salim. Un bereber, lugarteniente de Tariq, fue Salim ibri War’amal ibn Wakdat, que fundó la ciudad de Medinaceli (Madinat‑al­Salim) surgiendo una estirpe de jerarcas que asentaron en las sierras ibé­ricas y se extendieron hacia los valles de la meseta meridional, imponien­do su influencia y poder sobre la escasa población de la zona. 

Entre ellos puede recordarse Ubaid Allah ibri Salim, gobernador de Madrid, y a Al Faray ibn Massarra Ibn Salim, fundador de Guadalajara en los años medios del siglo IX. Desde entonces, a la ciudad se la denomi­na Madinat‑al‑Faray (ciudad del Faray) en todas las crónicas hispano­musulmanas, y al río que la baña Wadi‑l‑Hiyara (río de las piedras). Del nombre del río, que generó la palabra Guadalajara, tomó su nombre la ciudad. 

El distrito de Guadalajara formó, pues, el extremo oriental de la Mar­ca Media. Este territorio, como todos los que desde Badajoz hasta Zara­goza formaron las marcas o fronteras de Al‑Andalus frente a los reinos cristianos del norte, tuvo una consideración estrictamente militar. Las marcas (en árabe «thugur») eran totalmente distintas en cuanto a consi­deración territorial de las coras (en árabe «kuwar») o provincias del inte­rior, siempre más seguras y prósperas. Su población, sus estatutos jurí­dicos y sociales, sus formas de vida, eran en todo diferentes a las de zo­nas más meridionales. En ellas mandaba un caíd («qa’id») y estaban, eso es seguro, muy escasamente pobladas, casi desérticas en algunas partes. En este sentido, consideramos que la Marca Media en su distrito de Gua­dalajara fue siempre un territorio de escasa población, tan sólo ocupado por destacamentos militares, y con ciertos núcleos de población (Guada­lajara, Alcalá, Sigüenza, Medinaceli) un tanto más densos, pero siempre en grado escaso. 

Desde el siglo VIII incluso, hasta el momento de la reconquista defini­tiva a finales del XI, Guadalajara y su tierra se vieron sometidas a las fre­cuentes incursiones de los ejércitos castellanos, que nunca persiguieron una conquista definitiva, sino que buscaban solamente la algarada, el pi­llaje y el desgaste y desmoralización del enemigo. Los ejércitos cristianos pasaron hacia el Tajo y el Henares a través de los puertos fáciles de la sierra (Somosierra, Miedes, etc.), bajando por los valles de los ríos serra­nos que abocaban a las orillas derechas del Tajo y Henares.  

Fueron surgiendo así, ante la necesidad de una defensa constante, los diversos tipos de instalaciones militares que generó el califato en tierra de Guadalajara. Es fundamentalmente a partir del siglo x, aunque antes ya se habían levantado defensas, cuando el imperio cordobés se apresta a crear una fuerte defensa en la Marca Media. Surgen así diversos tipos de edificios: ciudades fortificadas, que llamaron «qa1a» y que podríamos traducir por alcazaba. Un ejemplo sería Alcalá (de Henares) o la misma Guadalajara; también castillos y fortalezas, generalmente en puntos ele­vados, poco accesibles, que permitían la visualización y control de anchos territorios: los llamaban «hisn» y sus ejemplos más representativos se­rían los castillos de Hita, Jadraque, Atienza y Sigüenza; finalmente, los árabes elevaron decenas de torreones, simples torres de tipo vigía, para controlar con escasísimas guarniciones el paso de puentes o caminos: se denominaron «sajra», que en castellano equivaldría a «peña» o «torreón» y de los muchos ejemplares que hubo podemos recordar el castillo de Al­corlo, la torre de Séñigo, Castilblanco de Henares, etc.  

Vamos a estudiar, para terminar, el área geográfica que dominó el dis­trito de Guadalajara durante los siglos de existencia de la Marca Media, y los edificios militares singulares que sabemos existían en su territorio. Todos ellos construidos, por tanto, entre los siglos IX al XI. De la simple enumeración de estos edificios, y del examen del mapa en que se aprecia su distribución, podemos concluir en que este territorio fue de importan­cia vital para la seguridad del Califato omeya de Córdoba (fig. 3). 

7. LUGARES FORTIFICADOS DE LA MARCA MEDIA EN TIERRA DE GUADALAJARA 

 El sector oriental de la Marca Media de Al‑Andalus, especialmente en los siglos IX al XI, incluía el territorio que, desde Madrid, en el valle del Manzanares, seguía la orilla del río Jarama, y continuaba a todo lo largo del Henares hasta sobrepasar su nacimiento en las sierras ibéricas, y al­canzar Medinaceli, ya sobre el hondo valle del alto Jalón. 

MADRID surgió en una eminencia enriscada, en la orilla izquierda del río Manzanares. Fortificado el lugar por orden de Muhammad I, quien construyó un fuerte castillo, aislado en tres de sus frentes por otros tan­tos barrancos, se unía al poblado por el costado meridional, constituyen­do así una auténtica alcazaba, pues finalmente fue amurallado todo el con­junto. 

Hacia el norte, y vigilando el valle del Jarama, se situaba TALAMAN­CA, en la orilla izquierda de la corriente. Cumplió este lugar su misión de vigía de las incursiones cristianas, que en muchas ocasiones se reali­zaron por este camino, dada la facilidad de paso de la sierra por los ini­cios del río Jarama. Aunque no destacaba Talamanca por una situación o emplazamiento fuertes, sí que contó en seguida con una gran muralla rodeando a la villa y su almudena. Sirvió de base de operaciones para ini­ciar campañas de ataque sobre el Duero, pero en otras ocasiones, como los avances del conde Rodrigo en 860, o el del conde Sancho en 1009, no pudo impedir el paso por el valle del Jarama de los ejércitos castellanos. Tras la reconquista, Talamanca se erigió en cabeza de un importante al­foz comunal. 

Más arriba de Talamanca, sobre el valle del Jarama, se alzaron otras defensas, ya de menor importancia por ser estrictamente de vigilancia: TORRELAGUNA en la orilla derecha, y UCEDA en la izquierda, esta últi­ma en posición muy fuerte, con castillo sobre el extremo occidental de la villa, que en tiempo de árabes fue solamente de vigilancia. 

En otro valle, estrecho, pero de fácil paso desde las serranías centra­les, concretamente el del río Torote, puso Al‑Andalus otra fortaleza, la de ALCOLEA, que alguna vez aparece en las crónicas, concretamente en el año 920, en que los árabes desbarataron un ataque cristiano. En este pun­to existió al parecer simple torre fortificada, que progresivamente fue ga­nando en importancia y densidad de población, hasta erigirse, ya en la Edad Media castellana, en cabeza de un importante alfoz. Esta posición, a cuatro leguas de Guadalajara y alguna menos de Alcalá, cumplía la mis­ma misión que Talamanca: defender de ataques imprevistos, que pudie­ran llegar desde la serranía central por los cómodos pasos del alto Jara­ma y a través del valle del Torote, a las poblaciones de Alcalá y Guadala­jara.  

Pasando a examinar el valle del Henares, el núcleo fundamental de la población y las defensas de la Marca Media, encontramos en él numero­sos enclaves fortificados: sería el primero el de TORREJON (de Ardoz), puesto en el triángulo donde los ríos Jarama y Henares se juntan, y que en todo caso nunca pasó de ser un simple puesto de vigilancia sobre estos valles. Más arriba del Henares, y en su orilla izquierda, como todos los enclaves que hemos de encontrar en este valle, aparecía ALCALÁ (de He­nares), la antigua Complutum de los romanos, que el Califato decidió man­tener, trasladando su núcleo poblacional a las escarpaduras del cerro del Viso, fundando ya en el siglo IX, poco después de Guadalajara, el enclave que primero se denominó «Hisn‑al‑qal’a», que vendría a significar «el castillo de la fortaleza», y luego «AI‑Qalat abd al‑Salam». Aunque reduci­da para contener núcleo importante de población, Alcalá destacó en se­guida como uno de los puntos fuertes de la línea del Henares. Aprovecha­ron los árabes gran cantidad de material constructivo de la época roma­na. Desde el año 920, en que Ab‑al‑Rahman visitó personalmente la Marca Media, el enclave de Alcalá creció y se fortificó notablemente. 

Cuatro leguas más arriba del río, surgió GUADALAJARA, que recibien­do la herencia de la Arriaca íbera y romana, se fundó en la orilla izquier­da del Henares, sobre la eminencia estratégica de dos barrancos que afluían al río. Allí colocó un primer puesto vigilante el guerrero bereber al‑Faray, en los años medios de la novena centuria. Desde entonces se denominó a este núcleo «Madinat‑al‑Faray», con el que aparece en todas las crónicas árabes, y aun en algunas posteriores cristianas. Guadalajara se erigió inmediatamente en cabeza y capital del sector oriental de la Mar­ca Medía que estamos estudiando. Su situación estratégica así lo impuso. Desde un primer torreón vigilante del paso del río, se pasó a construir un castillo que apoyaba sus murallas a ambos lados del espinazo flanquea­do por los barrancos del Alamín y de San Antonio. Cuesta arriba fue cre­ciendo la ciudad, rodeándose, ya en el siglo x, de murallas. Guadalajara es el único núcleo poblacional del territorio que estudiamos, al que pue­de calificarse de auténtica ciudad, surgiendo en ella varias mezquitas, pa­lacios para los caídes y generales de la Marca, núcleo comercial, e inclu­so ciertos destellos de vida cultural, que prosiguieron, desde una pers­pectiva mudéjar ‑ hebraica, en la época de dominación cristiana a partir del siglo XII. 

En la confluencia de los ríos Sorbe y Henares, en una gran eminencia rocosa que existe sobre la orilla derecha de este último, construyeron los árabes otro castillo, quizá en principio de muy reducidas dimensiones, con intenciones solamente vigilantes: era el de PEÑAHORA, en término de Humanes. Aún se divisan en aquel lugar restos de murallas fuertes, pero muy poco más. El lugar fue luego aprovechado por los cristianos co­mo puntal en la defensa del valle del Henares, poniendo allí un puesto de cobro de alcabalas, junto al puente que posteriormente se levantó. Per­teneció a la Orden Militar de Santiago. 

Más al interior de la Marca, pero en una eminencia muy señalada, desde la que puede dominarse, no sólo el río Henares, sino gran parte de la Mar­ca, se sitúa el cerro y antiguo castillo de HITA, en el que también los ro­manos tuvieron población. Los andalusíes se limitaron a edificar en lo más alto de la montaña un castillo que, por sus dimensiones, nunca pasó de ser torreón fortificado con defensas exteriores. Luego aprovechado y re­construido por los cristianos, en él basaron su primitivo dominio de la comarca los Mendoza alcarreños. 

Sobre la orilla izquierda del Henares, más arriba de Espinosa, y apro­ximadamente frente a la desembocadura en el citado río del arroyo Alien­dre que baja desde Cogolludo, pusieron los árabes una pequeña fortale­za, la de TEJER, aprovechando también los restos de una antigua ciudad romana, la Caesada del itinerario de Antonino Pío, que se encontraba en el trayecto de la Calzada de la Vía Augusta. Igual que en otros muchos lugares, según ya hemos explicado, los árabes pusieron simple fortaleza en la orilla del río, dominando la posición del camino y la antigua ciudad, de la que aprovecharon materiales constructivos. 

Más arriba, y también sobre la orilla izquierda del Henares, aparece el gran castillo de JADRAQUE. Aunque el nombre actual de esta pobla­ción es indudablemente de origen árabe, es extraño que a pesar de su mag­nífica situación estratégica no aparezca nunca mencionado en las cróni­cas árabes ni de la reconquista cristiana. Hoy se sabe, por múltiples ha­llazgos casuales, aunque todavía no se ha realizado ninguna campaña me­tódica de excavación, que en las orillas del río, junto a esta población, hu­bo habitación romana, posiblemente algún conjunto de «villas», mansión de parada, o aldea. El hecho cierto es que los árabes encontraron ese nú­cleo y, como en otros muchos lugares, lo aprovecharon y fortificaron en posición más elevada, estratégica, estrictamente defensiva. El cerro, que a mediodía se alza majestuoso sobre el lugar, era punto ideal para tal rea­lización. Allá en lo alto pondrían los andalusíes su fortaleza, que tomó el nombre de «Castejón» con el que sí aparece en todas las crónicas de la época. Durante mucho tiempo se ha confundido este Castejón de los ára­bes con el pueblo de la provincia de Guadalajara que hoy lleva este nom­bre, y que a pesar de hallarse sobre el valle del río Dulce, lleva el sobre­nombre de Henares. Pero cuando los geógrafos e historiadores antiguos mencionan un « Castejón sobre Henares », se están refiriendo, sin duda al­guna, a algún castillo que domina la orilla del río. Cuando el Cid Rodrigo Díaz de Vivar y sus generales, entre los que se cuenta Alvar Fáñez de Mi­naya, se dedican a realizar correrías sobre el valle del Henares, según nos relata el «Cantar de Mío Cid», conquistan Castejón, y bajan hasta Hita, Guadalajara y Alcalá. Es la línea más destacada de la Marca Media la que están visitando, el corredor principal de comunicaciones y población. Por todo ello, y otras razones, que no son de este lugar para examinar con detalle, creemos que el clásico castillo y enclave árabe de Castejón corresponde al actual de Jadraque. 

Vigilando la orilla derecha del Henares, CENDEJAS DE LA TORRE asienta hoy sobre un antiguo puesto vigía de la Marca. En CUTAMILLA, donde el río se estrecha en fragosidades únicas, también hubo torre o pues­to de los árabes, y poco más arriba, sobre la orilla izquierda, surge SIGÜENZA. Como más arriba hemos ya expuesto, la antigua Segontia de los romanos, la más importante de las ciudades que esta civilización tuvo en tierras de la actual provincia de Guadalajara, fue aprovechada por los árabes para poner un puesto militar. El castillo de Sigüenza fue, sin du­da, iniciativa de los andalusíes, que en lo alto del peñón que domina la desembocadura del arroyo Vadillo en el Henares, pusieron inicialmente un núcleo de fortaleza, que con los años fue aumentando de tamaño y pre­ponderancia. Puede afirmarse que del castillo árabe de Sigüenza hoy só­lo queda el emplazamiento, pues todo lo hoy construido es de época cris­tiana. Completaba, sin embargo, la línea de castillos que al río Henares y a la ciudad de Guadalajara dieron nombre de «Wadi‑l‑hiyara», en el sen­tido de «valle de los castillos» que propone el profesor Makki. 

Dominando la parte más alta de la vega del Henares, surgía la fortale­za de GUIJOSA, que se situaba en una eminencia del terreno, antiguamente ocupada por los celtíberos, y posteriormente por los árabes como punto de vigilancia y defensa. El actual castillo de Guijosa es construcción se­ñorial, ya de la Baja Edad Media, con funciones más residenciales que guerreras. 

Finalmente, remontando las sierras de Horna, la calzada pasaba por TORRALBA (del Moral), lugar donde, dominando el arroyo de la Mentiro­sa se alzó un torreón vigía, y finalmente se alcanzaba MEDINACELI, pun­to extremo oriental de este sector de la Marca Media, y que desde la re­conquista de Guadalajara por los cristianos se alzó como capital de esta zona, hasta que en los primeros años del siglo XII cayó definitivamente bajo la dominación cristiana. Medinaceli aprovechó también el emplaza­miento de una antigua ciudad romana (de la que hoy queda en pie un mag­nífico arco) poniendo fuertes murallas en su derredor, a partir del siglo VIII en el que un caudillo bereber, Salim, puso aquí el centro de su pode­río. Tras la toma de Toledo y de la Marca Media por Alfonso VI en 1085, Medinaceli y su entorno (en el que se incluía Sigüenza y las tierras del más alto Henares) resistieron aún decenios, en el área de influencia del reino taifa aragonés, hasta que hacia 1120 fue tomado definitivamente el territorio por el rey castellano. 

Una vez repasadas las ciudades, fortalezas y torreones vigías sobre la línea del río Henares, hemos de terminar considerando la existencia de otros puestos de vigilancia, más aislados, sobre los valles de los ríos se­rranos que abocan por su orilla derecha en el Henares. Territorios éstos que, durante los tres siglos de existencia de la Marca Media, estuvieron prácticamente desiertos, tan sólo ocupados por las mínimas guarnicio­nes militares encargadas de custodiar los diversos torreones y puntos estratégicos que ahora, con la brevedad que impone su importancia secun­daria, vamos a relacionar. 

En el río Sorbe se pusieron algunos torreones para vigilar el cauce del curso de agua, que en todo su trayecto es hondo, muy abrupto. Además de la fortaleza de Peñahora, en la desembocadura del Sorbe en el Hena­res, encontramos a BELEÑA, que vigilaba un paso sobre el río, y contro­laba las posibles incursiones cristianas que desde San Esteban de Gor­maz bajarían por Termancia y Muriel. En todo caso, la construcción ára­be de Beleña se limitó a un simple torreón en lo más alto del inaccesible roquedal que otea el río. Y ya en las zonas más altas de éste, en las suaves y boscosas alturas de Pela, donde el desierto serrano apenas servía de fu­gaz reposo en las jornadas de camino desde la Meseta del Duero a la del Tajo, pusieron los andalusíes sendas torres en GALVE y en DIEMPURES, junto a Cantalojas. De la primera, se ven los restos medievales del casti­llo de los Eitúñigas, culminando un cónico cerrete que ya suponía una atalaya natural sobre el ribazo más alto del Sorbe. Y de la segunda, que es mencionada como uno de los límites del alfoz de Atienza, quedan sim­ples paredones que otean el valle del Sorbe en un momento en que co­mienza a adentrarse entre barrancos. Todavía en el término actual de Gal­ve existe una zona llamada TORREMOCHA DE LA DEHESA, que corres­ponde a los restos de un torreón califal del que apenas si quedan los ci­mientos. 

En el río Aliendre, hay que destacar la defensa de COGOLLUDO, que fue también primitivamente un simple torreón puesto sobre estratégica eminencia, que permitió el control fácil de este vallejo que va a dar en la orilla derecha del Henares, cerca de Espinosa y de Tejer.  

Sobre el valle del río Bornoba surgieron también diversos torreones simples, de algunos de los cuales aún se ven los restos mínimos, quedan­do de otros solamente el recuerdo de su existencia. La anchura y comodi­dad de este valle para ser utilizado como camino desde la Sierra justifica el mayor número de torreones en él erigidos. En término de MEMBRI­LLERA se encuentra todavía, sobre una eminencia del terreno, la «casilla de los moros », torreón de planta circular, con sillares dispuestos al clási­co modo califal, y que demuestra a las claras ser construcción del siglo X, estando bastante completa en cuanto a planta y alzado. Más arriba del río, en las estrechuras de ALCORLO, se alzó otro castillo que en principio sólo tuvo funciones de vigilancia, pero que luego en época cristiana aumen­tó de tamaño y fue codiciado de diversas maneras. Finalmente, y en tér­mino de GASCUEÑA de BORNOBA, por donde hoy se localiza la ermita de la Magdalena, en la orilla del río entre Villares y Prádena, estaba si­tuado «Castelpelayo», torreón primitivo puesto por los árabes como pri­mer enclave en la defensa del valle del Bornoba, y en torno al cual surgió un pueblo en la época de la repoblación castellana, que finalmente fue abandonado.  

El río Cañamares tuvo también numerosos puntos de vigilancia como avanzadillas de la Marca Media frente a Castilla. En su desembocadura sobre la orilla derecha del Henares surgía en alta eminencia de gran valor estratégico el castillo de CASTILBLANCO (de Henares), del que ape­nas quedan mínimos restos. Quedan también el recuerdo de un torreón vigía sobre el río Cañamares en término de PALMACES. Y entre este pue­blo y ANGON, en estrecho valle que pone en comunicación los de Caña­mares y Salado, se alza aún hoy la derrumbada fortaleza de INESQUE, también puesta por Al‑Andalus y conservada muchos siglos por Castilla. Finalmente, en lo más alto de su curso, la « Torrubia » del término de MIE­DES, último eslabón antes de cruzar la sierra en este sector. 

También el valle del río Salado se vio protegido por numerosos torreo­nes. Recordar someramente la «Torre de Alvar Díaz», en término de CER­CADILLO, que estuvo situada en lo que hoy llaman el paraje de «las To­rres ». Más arriba, en lugar donde el valle se ensancha y hace más habita­ble, el imponente castillo de la RIBA DE SANTIUSTE, que fue punto ver­daderamente fuerte en las altas tierras de la Marca, y que tras la recon­quista de la zona fue reedificado por los obispos de Sigüenza, que desde el siglo XII se enseñorearon del lugar, haciéndole bastión fortísimo y co­diciado. Todavía más arriba hubo pequeños torreones en VALDELCUBO, uno de los cuales dio nombre al pueblo, y otro al lugar que llaman TO­RREQUEBRADILLA, del que sólo resta el recuerdo. Finalmente, en las llanuras preserranas de PAREDES hubo un torreón que llegó a la época medieval cristiana con el nombre de «Torremocha». 

Por la orilla derecha del río Salado, llega el suave valle del arroyo de Alcolea o de los Prados. En término de ALCOLEA DE LAS PEÑAS, lugar de intenso poblamiento en la Edad de Hierro, hubo varios torreones cali­fales: uno de ellos sobre el lugar, dio nombre al pueblo y luego fue apro­vechado como castillo de los cristianos, quedando hoy sus restos míni­mos. En su término hubo otro elemento defensivo que llamaron «Tordel­rey». Más arriba encontramos la gran fortaleza de ATIENZA, obra capi­tal en la defensa de la Marca Media de Al‑Andalus, y que todos los cronis­tas alabaron siempre por su perfecta situación estratégica, su poderoso aislamiento y defensa, y el temor que inspiró en el enemigo: el Cantar del Mío Cid menciona la torre de Atienza, diciendo de ella que «los moros la han», y a pesar de la insistencia con que los ejércitos cristianos la batalla­ron y los árabes la defendieron, no es probable que en los siglos de perte­nencia a Al‑Andalus pasara de ser un simple, aunque fortísimo, torreón de vigilancia. Más arriba aún de Atienza, también ya en las faldas de la sierra, queda el recuerdo de otros tres torreones en término de BOCHO­NES: «Torrealbilla», «Torrecilla» y «Torremocha», que cumplirían su es­cueta misión de vigilancia.  

En los vallejos cercanos a Sigüenza, existieron algunas torres vigía, como la de TORREDEVALDEALMENDRAS, la «Torrecilla» en PALAZUE­LOS, y la «Torre» de SEÑIGO, que ha llegado hasta nuestros días. Sobre la meseta que por la izquierda bordea el Henares, y sobre un antiguo ca­mino que dio luego paso al principal de Aragón, por donde hoy discurre la carretera general de Madrid ‑ Barcelona, situaron los árabes otras de­fensas, como la «torre» que había en TORREMOCHA DEL CAMPO, y el castillete que aún hoy luce su estampa medieval en lo alto de un cerro, en la TORRESAVIÑAN

Subiendo por el mínimo vallejo de Alboreca o de los Algares, en térmi­no de OLMEDILLAS, y en un paso muy estrecho del río, se encuentra la «Cueva Harzal», bajo el pico de la Atalayuela, donde se han encontrado restos cerámicos de época califal, que muy bien podrían hablar de la exis­tencia de un «ribbat» árabe, protegido seguramente de un torreón en lo alto del paso, como punto avanzado de vigilancia en este camino que co­munica tan fácilmente el valle del Henares con las cercanas tierras soria­nas. 

Finalmente, por la orilla izquierda le llega al Henares el río Dulce, en el que también puso Al‑Andalus diversas defensas, que podríamos titular «de retaguardia», por cuanto las fortalezas del Henares y sus avanzadi­llas por los ríos de su orilla derecha ya suponían una primera línea de defensa. En el río Dulce encontramos al hoy denominado CASTEJÓN DE HENARES, que tradicionalmente se ha identificado con el «Castejón» de las crónicas califales y del Cantar de Mío Cid, pero que más arriba hemos asociado al actual Jadraque. Este Castejón del río Dulce tendría en su tér­mino algún torreón cerca del río para vigilar su paso, lo mismo que en MANDAYONA, donde existió castillo, y hoy sólo quedan los insignifican­tes vestigios de un torreón. Finalmente, en la zona más fragosa del valle del Dulce, concretamente en PELEGRINA, alzaron los árabes otra torre de vigilancia que, tras la reconquista, fue ampliada y sirvió de castillo­-residencia veraniega a los obispos seguntinos.  

Esta relación de ciudades, castillos y torreones de los que ha quedado memoria o huellas en la línea defensiva del sector oriental de la Marca Media, no agota, por supuesto, el tema de su estudio, que sigue abierto, si no a nuevas interpretaciones, sí a nuevos hallazgos, bien documentales o arqueológicos. El tema de los castillos y torreones de origen árabe en la provincia de Guadalajara tampoco se agota en el presente estudio, pues las diversas líneas de retaguardia que puso el Califato y el reino de Tole­do sobre nuestra geografía, hace que sean multitud los restos de este tipo que existen y pueden estudiarse. Entre esta primera línea que ahora aca­bamos de ver y la retaguardia más firme en la que formaban las fortale­zas de Santaver, Zorita, Uclés, Huete, Cuenca y Calatrava, se erigieron otros muchos elementos defensivos. Quede para ocasión futura su estu­dio. En este momento, hemos querido colaborar al IX Centenario de la reconquista de la ciudad de Guadalajara por Alfonso VI con este trabajo sobre la Marca Media de Al‑Andalus en tierras de Guadalajara.  

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