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El humanismo mendocino en Guadalajara

 

Guadalajara fue corte de la familia Mendoza durante los siglos XIV al XVII. A lo largo de esos años, es­ta poderosa y numerosa familia, que asentó en la ciudad del Henares pro­cedente de la llanada alavesa, fue marcando una progresiva influencia en Guadalajara. Construyó diversos palacios, que culminan con el edifi­cio de sus «casas mayores» o pala­cio del Infantado obra de finales del siglo XV. Formó en su torno una corte de nobles e hidalgos que ocu­paron puestos en su Tribunal de Justicia, en sus Contadurías y otras instituciones administrativas pro­pias. Especialmente en el siglo XVI, surgió en su derredor un denso y lú­cido plantel de escritores, poetas, historiadores y pensadores que lo­graron para Guadalajara en aquellos días el título de la Atenas alcarreña. Y aunque los Mendoza no llegaron nunca a tener el señorío jurisdiccio­nal sobre Guadalajara, gracias a di­versos privilegios estuvieron tam­bién varios siglos poniendo alcaldes y regidores en su Concejo.

El impulso que los Mendoza die­ron a la cultura en Guadalajara fue sumamente importante. En este sen­tido, puede hablarse de un humanis­mo mendocino de corte muy pecu­liar, en el que la construcción cons­tante de palacios, iglesias, monaste­rios y obras públicas, se combina con el apoyo a fiestas literarias, y el mantenimiento mediante el sistema de mecenazgo de un nutrido grupo de intelectuales.

En cuanto a la construcción de edificios, el humanismo mendocino tendrá sus paladines en el cardenal don Pedro González de Mendoza, el primer conde de Tendilla don Iñigo López de Mendoza, el segundo du­que del Infantado don Iñigo López de Mendoza, y el primer marqués de Mondéjar, don Iñigo López de Men­doza. Ellos toman a su servicio a Lorenzo Vázquez, a Lorenzo de Tri­llo y otros arquitectos y artistas, que traerán sus conocimientos adquiri­dos en Italia, y construirán edificios mendocinos de acuerdo con las nor­mas ya imperantes en la península del Lacio. Se puede así considerar a los Mendoza como introductores de la arquitectura del Renacimiento en España. A sus expensas se constru­yeron el palacio del Infantado en Guadalajara, el convento de San Antonio en Mondéjar, el convento de Santa Ana, en Tendilla; el monaste­rio de Sopetrán en Hita y otros mu­chos notables edificios, hoy ya des­aparecidos.

El impulso que, con el primer marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, reciben las le­tras y el cultivo de la poesía en Guadalajara, es también muy rele­vante. A este personaje podemos adscribir los primeros destellos del Renacimiento literario en España. Él pone en sus palacios de Guadalajara una gran biblioteca, en la que añade obras raras de autores griegos y la­tinos, que hace copiar en ediciones propias especialmente miniadas con sus escudos. Estudioso de la anti­güedad clásica, toda su vida se col­ma de actitudes que tratan de imi­tar a los antiguos. Le siguen luego una pléyade de figuras, algunos formando parte de su propia corte alcarreña. Pero fue muy especialmente en la segunda mitad del siglo XVI, en la época en que don Iñigo López de Mendoza, cuarto duque del Infantado, tuvo el título máximo ostentado por los Mendoza, cuando Guadalajara ve crecer el número y calidad de su Academia. En el palacio viven y traban un buen número de intelectuales, que han pasado por méritos propios a la historia de la literatura española. Así Luís Gálvez de Montalvo, poeta y novelista, autor de la famosa obra «El pastor de Filida», en que con técnica de clave literaria retrata a la corte mendocina y sus persona­jes en esa época; don Francisco de Medina y de Mendoza, autor de unos «Anales de la ciudad de Guadalajara», que, hoy perdidos se con­sideran la primera fuente histórica de la que vivieron posteriores estu­diosos; Luís de Lucena, médico y arquitecto, recopilador de antigüe­dades romanas, pensador y escritor; Alvar Gómez de Castro, magnífico estilista latino, biógrafo príncipe del cardenal Cisneros, poeta también; el mismo duque don Iñigo, contagiado en ese ambiente de erudición y hu­manismo, se dio a escribir e inves­tigar, componiendo una obra titula­da «Memorial de cosas notables» que fue impresa en el propio palacio del Infantado por los alcalaínos Ro­bles y Cormellas.

Ese ambiente culto, de protección y fomento del estudio y la ciencia, de práctica continua de la poesía y la literatura, cuajará incluso en una de las facetas que hoy se muestran más curiosas al visitante de Guada­lajara: los techos pintados del pala­cio del Infantado. A partir de 1570, el quinto duque don Iñigo López de Mendoza, a imitación del rey Feli­pe II, quiere transformar su caserón arriacense en alcázar manierista. Una serie de reformas arquitectóni­cas, dirigidas por Acacio de Orejón, se complementarán con la decora­ción pictórica de varios salones de la planta baja, tarea encomendada poco después, hacia 1580, al artista florentino Rómulo Cincinato.

En dichas salas, se exponen muy variados temas de mitología e historia mendocina. Así, sus títulos son sala de Cronos, sala de las Batallas o de don Zuria, sala de Atalanta, es­calera del Olimpo, sala del Día y sala de Escipión el Africano. La se­cuencia de imágenes dentro de cada sala, y el engranaje iconológico y simbólico de todas entre sí, vienen a resaltar un mensaje humanista que los cortesanos del duque quieren manifestar como afirmación de la gloria antigua, la nobleza y el poder de la familia.

Rómulo Cincinato aplica en su pintura los m o dos manieristas aprendidos de Vasari y los florenti­nos del siglo XVI. En el salón de Batallas del palacio del Infantado, pinta en numerosos paneles del te­cho, al modo del gran salón del Cin­quecento de la Señoría de Florencia, los fastos mendocinos, desde su afirmación como familia poderosa en la batalla de Arrigorriaga, a las diver­sas acciones guerreras desplegadas en la reconquista de Granada. Todo ello adobado con imágenes del Ho­nor, la Gloria, la Fama, la Victoria militar y otras. Es en estas pinturas del palacio del Infantado donde se afirma y culmina el humanismo mendocino, que viene a poner en la clave de unas pinturas murales toda una teoría del poder y la fama, con­siderando como templo de ella al palacio, y como representación y justificación de su gloria, todas las imágenes e historias desplegadas. Con posterioridad al quinto duque, y ya desde comienzos del siglo XVII, los Mendoza trasladan su residencia y actividades hacia la Corte. El cen­tralismo de la Monarquía de los Austrias, contra el que ellos se re­sistieron durante toda la XVIª cen­turia, por fin les absorbe. Acabarán siendo cortesanos ellos mismos, y su gloria y resplandor se apagará len­tamente. Las pinturas del palacio del Infantado de Guadalajara, en de­finitiva, quedan como el último y más llamativo destello de un modo de vida peculiar: el de los Mendozas alcarreños.

Bibliografía:

HERRERA CASADO, A.: El arte del humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI, en Revis­ta «Wad‑al‑hayara» 8 (1981), pp. 345‑384, LAYNA SERRANO, F.: Historia de Guadalajara y sus Men­dozas, Madrid 1942, 4 tomos; NA­DER, H.: The Mendoza Family in the Spanish Renaissance, New Brun­swick, USA, 1979; HERRERA CA­SADO, A.: El palacio del Infantado en Guadalajara, Guadalajara, 1975.

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