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Simbología medieval en Labros

 

Como si de un capítulo para el hipotético libro de “La iconografía románica en la provincia de Guadalajara” se tratase, hemos pensado esta jornada hacer los preparativos para admirar, estudiar y analizar con el mayor rigor posible un mínimo y a la vez interesante monumento de la arquitectura medieval de nuestra provincia: concretamente la iglesia parroquial del lugar molinés de Labros, y aún más especialmente su portada de capiteles y ornamentación. Para ello hemos viajado por la carretera nacional hasta Alcolea del Pinar, allí hemos seguido por Maranchón en dirección a Molina, y al llegar a la villa de Anquela del Ducado hemos penetrado en la sexma del Campo, arribando a Labros, hoy casi en despoblación total.

Labros es villa, antigua y legendaria, en el Señorío de Molina. Asienta sobre un empinado recuesto, protegida del viento norte, oteando un amplio terreno suavemente ondulado donde se cultiva cereal. A su espalda y costados se alza un denso bosque de sabinas. Lugar de paso, desde hace muchos siglos, entre Castilla la Nueva y Aragón.

El historiador del siglo XVII, don Diego Sánchez Portocarrero, en su inédita «Historia del Señorío de Molina» habla con amplitud de Labros, incluyendo en su texto todo lo que la tradición de la zona guardaba, sin someterlo a revisión crítica alguna. Y dice que es seguro que allí asentó la famosa ciudad romana Lacóbriga, y que en aquella fue donde mucho tiempo predicó al Apóstol Santiago, rematando su crónica con la descripción de la dura batalla que allí mantuvo El Cid Ruy Díaz de Vivar para la conquista del lugar. Lo primero lo justifica a base de complicada e inconsistente exhibición etimológica. Lo de la predicación de Santiago, por la gran cantidad de veneras que se encuentran en el termino, y que en realidad se trata de diversos tipos de conchas fósiles. Lo del Cid parece que pudo ser cierto su paso por aquella zona en su destierro de Burgos a Valencia, pues en todos los pueblos del entorno se conservan topónimos relativos al Cid, e incluso en Hinojosa, un alto cerro que llaman «Cabezo del Cid» muestra restos de fortificación, de castro celtibérico, que hizo volar la imagen de Sánchez Portocarrero.

Lo que sí parece cierto es que en su iglesia parroquial, con la advocación de Santiago apóstol, hubo durante los siglos medievales, hasta el XVI, un altar mayor en el que presidía una buena talla policromada del Apóstol, rodeada de varias tablas con escenas de su vida y predicación en España. El dato de estar en camino principal entre Aragón y Castilla, existir una tradición legendaria del paso de Santiago, y tener su iglesia a él dedicada, con altar y estatua del mismo, puede hacernos pensar que Labros tuviera cierta relación, aunque remota y muy tangencial, con las peregrinaciones jacobeas de la Edad Media: un punto de atracción para esos peregrinos que seguían, por el interior de la Península, otros caminos diferentes de los habituales. Así es posible que, buscando la llegada de peregrinos y ecos del Camino santiaguista, recibiera su influjo y algún artista foráneo se entretuviera en tallar la portada de su parroquia.

De ella quedan solamente los muros y la torre. En este siglo, y por la despoblación paulatina del lugar, se abandonó el templo y se hundió la techumbre, siendo vendidas a un anticuario sus obras de arte muebles. Hoy se puede contemplar, sobre el muro meridional, la magnífica portada románica, obra sin duda de mediado el siglo XII, así como la gran torre de la planta cuadrada, sobria en su decoración, de la segunda mitad del XVI. Durante varias centurias, un tejadillo protegió a la portada de las inclemencias del tiempo, pero en época reciente se hundió, sin ser repuesto.

La portada de la parroquia de Labros es un ejemplar sencillo y magnífico, muy bien conservado, de arquitectura románica. Se alberga en un cuerpo saliente, todo él de bien tallado sillar. Su bocina se constituye por tres arquivoltas concéntricas, en degradación, siendo la central moldurada con poco saliente baquetón, y las extremas de arista viva. Una cenefa exterior resalta sobre la arquivolta externa, presentando decoración ajedrezada al centro y de roleos magníficos en los lados. La arquivolta interna descansa en sendas jambas lisas, mientras que en las más externas lo hacen sobre sendas columnas rematadas en capiteles historiados. Estas columnas son cortas, pues sus bases molduradas con suaves curvas apoyan en un pedestal que forma el muro. Los fustes son exentos. Entre capiteles y arquivoltas corre una imposta finamente decorada con roleos románicos. Los capiteles de esta portada son muy interesantes y plenos de simbología medieval. Ahora los describo, de izquierda a derecha del espectador:

1-El capitel primero muestra una figura humana, de ruda silueta, de rasgos masculinos, vestida con túnica larga y sencillos pliegues. Cabalga sobre el lomo de un animal, a cuyo cuello se agarra con las manos. Este animal es de difícil identificación, pero semeja un león muy esquemático. En la otra cara del capitel, frente al jinete, aparece un ave con cabeza humana, una arpía de simple trazo, que parece sonreír.

2-Capitel de fina ornamentación geométrica. Es el típico motivo del entrelazo, o encestado, a base en este caso de triple hilo. Es heredero claro este capitel de los magníficos ejemplares que de lo mismo existen en Silos, más extensos, con mayor finura tratados, pero con hilo simple o doble, no triple como en Labros, donde el artista, minucioso en su trabajo, se entretuvo en su tarea con mimo. En la provincia de Guadalajara aún vemos, en diversos lugares, capiteles de este mismo aspecto: en la capilla del castillo de Zorita de los Canes, a donde llegó desde la cercana ciudad visigótica de Recópolis. En el ábside de Campisábalos, en la portada de Hijes. Es motivo muy utilizado en el románico español, que lo hereda de los trabajos previos de iluminación de letras capitales en códices más antiguos, y a éstos llega desde el oriental, bizantino. Este entrelazo o encestado, pudiera incluso estar relacionado con un posible simbolismo de “ofrenda” contenida en cestos. Todo ello recibi­do de diferentes y antiguas civilizaciones, elaborado y perdido sentido concreto. En todo caso, este capitel entrelazado de Labros es una bella pieza románica en esta tradición.

3-Capitel en el que aparecen, ocupando sus dos caras, sendas representaciones de arpías o sirenas‑pájaro, de rostros humanos sonrientes. Están tratadas con simplicidad, pero con acabado gusto. Cuerpos llenos, alas pegadas con marcada talla de plumas, y cabezas rudas. De difícil identificación estas arpías, y conocido simbolismo en el bestiario románico, en el que se les concede el valor de seres que atraen con su canto y su simpatía al viajero o navegante, para perderle y matarle. Puede tenerse como representación diabólica frente a la que es necesario precaverse.

4-El último capitel que al espectador se ofrece, lo conforma una gran figura central, semejando un anciano de alto gorro y poblada barba, revestido de ropajes ampulosos. A este ser le acosan otros dos elementos zoomórficos, parecidos a monos o perros, que se le suben a la espalda, como tratando de herirle, morderle o inferirle alguna injuria. Al ser imposible la identificación iconográfica de la escena no podemos tampoco discernir el sentido iconológico de la misma. Aunque pudiera tratarse de un modo muy general, de un ser benéfico atacado por otros dos maléficos. La eterna lucha del Bien contra el Mal, en sus mil formas, viene a ser de este modo expuesta en este otro capitel.

No se puede hablar, en esta portada de Labros, de un programa completo, de una ilación de sus cuatro capiteles. Los motivos que en ella aparecen son claramente herederos de Silos y otros edificios norteños. Su aparición, simple testimonio del gusto de una época y un artista por colocarlos, como en la gran abadía benedictina, unos junto a otros, en sumación de efectos estéticos. Su carga simbólica hablaría muy claro, cada uno por si, haciendo de esta portada, en un muy secundario ramal de las rutas jacobeas, resumen breve de otras grandes portadas.

Se constituye la iglesia de Labros, sin embargo, como un buen ejemplar, hasta ahora inédito, del románico molinés.

Bibliografía previa: Herrera Casado A.: Labros: un románico inédito, en “Nueva Alcarria” de 7 de julio de 1973.

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