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El arcipreste de Hita

 

Para aventuras e inesperados aconteceres, las del Arcipreste de Hita, que en estos últimos años ha tenido que sufrir varios sobresaltos en su tumba, cuando diversos investigadores se han dado a desentrañar su auténtica personalidad, el profundo significado de su obra, la clave de una época a la que él puso el lacre ferocísimo y genial del Libro de Buen Amor. Y tanta investigación ha dado en resultas encontrar la personalidad exacta del escritor, la del Arcipreste (que no son la misma cosa) y poner por tapiz geográfico del libro toda una ancha comarca en derredor de Toledo, que tiene a Hita como uno de sus más destacados jalones, pero no el único, ni siquiera el principal.

De tanta rebusca en los archivos, de tan profundo cavilar en torno a una obra literaria y a sus protagonistas, ha resultado quitarle al enclave alcarreño de Hita una pretendida gloria de las letras hispanas. Ahora resulta que poner al Arcipreste y su libro en la nómina de literatos guadalajareños es error y fruto de escasa información científica. Pero, aun sabiéndole, incluso aun exponiéndolo líneas abajo, en su verdad más aquilatada, en este vasar de lo alcarreño seguimos instalando a Juan Ruiz y al Arcipreste, al Libro de Buen Amor y al Cardenal Albornoz, que, como se verá, es parte capital de la historia. Un paisano de corazón, un sabio despistado pero de lleno metido en la búsqueda de las razones últimas de este jeroglífico, don Manuel Criado de Val, es quien más ha laborado en este rastreo del personaje, de sus razones y sinrazones, de su oficio literario, de su raigambre hondamente hispana. Pero Criado ha sido quien, al desvelar la clave que encerraba el Buen Amor, y destronar a Hita de su solo pedestal en este tema, la ha puesto, y a toda la tierra de Campiña y Alcarria que la rodea, en su justo y más valioso término; se ha fundido con los personajes y con el suelo, y en ese mito que hoy es incontrovertible realidad histórica surge de la parda faz de Castilla (de Toledo, de Hita, de Calatrava o Rascafría) un monolito que lleva los rasgos de Juan Ruiz, del Arcipreste, de Gil de Albornoz y de Criado de Val. Vamos, pues, con esa verídica y apasionante historia desvelada.

Caminando el viajero por las veredas polvorientas, arterias envejecidas de la Alcarria, entre rastrojales y choperas tenues, se divisa el cerro testigo de Hita, como un dedo apuntando al cielo, y en su regazo acogido el pueblón que gotea historia. En ese silencioso entorno se mece la realidad y la leyenda. El contrapunto del paisaje -pobre y luminoso‑ es perfecto para la conversación entre unas páginas literarias que llevan la medida fuerza de toda una época y los personajes que desde la fábula intentan sentarse en la realidad.

Las cavilaciones y pacientes rebuscas en los más extraños archivos han hecho que Emilio Sáez, José Trenchs, Manuel Criado y otros hayan llegado recientemente a hilar esta verídica historia. El autor del Libro de Buen Amor fue Juan Ruiz de Cisneros, eclesiástico. La historia familiar y personal de este sujeto es una pura narración de aventuras, y describe con precisión a un personaje de pura cepa mozárabe. Su abuelo, Rodrigo González, muere en una batalla contra la morisma, cuando, los ejércitos de Alfonso XI, en las postrimerías del siglo XIII, dan la campaña más cruda, que parecía iba a ser la definitiva, contra Al­Andalus. El padre de nuestro personaje, Arias González, es hecho prisionero de los moros, y entre ellos queda viviendo durante veinticinco años. Por su calidad de noble, los árabes le respetan y le dejan vivir libremente, casándose con una cautiva cristiana, manteniendo su religión y costumbres. El único límite es la imposibilidad de volver a Castilla y la exigencia de que, de los hijos que hayan, las hembras han de quedar cautivas en el reino moro, mientras que los varones podrán volver libres a su tierra castellana. Arias González tuvo suerte: su mujer solamente le dio varones. Uno de ellos fue Juan Ruiz, nacido el año 1302. El joven resulta ser, también, cercano pariente de Simón de Cisneros, elevado al obispado de Sigüenza, y allá que se lleva a su sobrino Juan Ruiz, que pronto hace fortuna en la carrera eclesial. En 1316 ya era canónigo de Sigüenza, ostentando el título de arcediano de Molina, y en 1318 obtiene el más importante de arcediano mayor o de Sigüenza. Pero pronto, y a tenor de la protección que su tío el obispo, y aun el mismo Papa Juan XXII le dispersaron, en 1319 pasa a obtener el cargo de canónigo de Palencia, conservando sus anteriores beneficios. Pasa pronto, en 1321, a ser «familiar» o allegado en la corte de Alfonso XI, obteniendo otras canonjías en Valladolid y Burgos. En 1327, al morir su tío, el obispo Simón, es ejecutor testamentario de sus bienes, disponiendo de ellos ante la Cámara apostólica, junto a su hermano Rodrigo González. En ese mismo año es nombrado capellán papal y autorizado para cobrar todos sus beneficios sin tener que asistir a ellos. En 1332 es facultado para poder alcanzar la dignidad de obispo, aunque nunca llega a ella. Luego entra a formar parte de la casa y familiaridad del arzobispo toledano, gran cardenal don Gil Carrillo de Albornoz, con quien le uniría una; relación parasitaria de la que no llegó ya a obtener muchos frutos, pues alguna nueva canonjía que don Gil solicitó para Juan Ruiz en Calahorra no le fue concedida. Nuestro autor acompañó al cardenal en sus últimos días de estancia en España, cuando se refugiara en el convento por el fundado de Villaviciosa de Tajuña, y aun después le siguió a su exilio en Francia e Italia. Pero la buena estrella de Juan Ruiz se quebró repentinamente en 1353, pues desde entonces no vuelve a tenerse noticia cierta de él. Esa es la fecha en que, con gran probabilidad, ordenó su encarcelamiento el cardenal Albornoz. La redacción de su Libro de Buen Amor será de pocos años antes. Carrera brillante, con empujones familiares, con ayudas y «enchufes» de las más altas jerarquías. Cargado de dinero, sin la más mínima vocación religiosa Juan Ruiz se nos muestra con la figura típica del corrupto clero del siglo XIV. Nadie mejor que él para hacer su más virulenta critica.

Pero dejemos ahora la figura del poeta Juan Ruiz y pasemos a la del firmante del libro, el «Arcipreste de Hita», su figura paródica: el cardenal don Gil Carrillo de Albornoz, arzobispo de Toledo. El es el típico ejemplo del hombre medieval, resuelto y sabio, ambicioso y opulento. Son mil sus caras, esquinadas siempre bondadoso y cruel, místico y mundano. Humlide y ostentoso. Es militar y eclesiástico, político e intelectual. Nace, entre 1310 y 1316, en el seno de una poderosa familia castellana en la que confluyen sangres de Luna, Albornoz y Carrillo. Es Cuenca su patria. Interviene activamente en la corte de Alfonso XI, colaborando estrechamente con el monarca en preparación de su campaña reconquistadora que culminará con la gran victoria del Salado. En esos años (1340‑1350) es don Gil quien domina la corte, y, con el arzobispado de Toledo en sus manos, no conoce rival en la política del momento. Como es descrito en el Libro de Buen Amor:

las cejas apartadas,

prietas como carbón…

la su nariz es luenga,

esto le descompon…

la boca non pequeña,

labios al comunal,

más gordos que delgados,

bermejos como coral…

Así nos aparece en los retratos que de él se conservan en la Capilla de los Caballeros, de la catedral de Cuenca, y en la Biblioteca Nacional de Madrid.

La llegada al trono de Pedro I el Cruel pone en huída al cardenal Albornoz, que se refugia en la corte papal de Avignón, donde alcanza también -dotes no le faltaban-el más alto grado de cardenal. Legado pontificio, vicario papal y privado de una larga serie de pontífices. Pudo llegar a la silla de San Pedro, pero prefirió su sombra, más cómoda y manejable, llevando con tan buen gobierno los asuntos de la Iglesia que consiguió trasladar nuevamente a los papas desde Avignón a Roma, haciendo que los Estados Vaticanos reconocieran nuevamente al sucesor de San Pedro, Urbano V. Poco después, en 1567, y en la italiana ciudad de Viterbo, moría don Gil.

Así como de Juan Ruiz no ha podido probarse que fuera «arcipreste de Hita», sí que está demostrado con rigor de datos y amplia satisfacción que este cargo estuvo durante veinticuatro años en poder de muy allegados deudos e incluso del mismo cardenal Albornoz: de 1343 a 1351 fue arcipreste de Hita Pedro Fernández, procurador y muy devoto de don Gil; de 1351 a 1353 lo fue Pedro Alvarez de Albornoz, su sobrino, veinteañero, y desde 1353 hasta 1367, año de su muerte, fue el propio cardenal don Gil de Albornoz el que tuvo, entre otros muchos cargos y prebendas, la de «arcipreste de Hita». Hacer un libro de poemas alegóricos ridiculizando al clero, y poniendo de figura central, parodiada y parodiante, al arcipreste alcarreño, era poner en la picota directamente a tan alta eminencia, que podía, y así ocurrió, sentirse aludido.

Es finalmente la bellísima tarea de mostrar el simbolismo del Libro de Buen Amor la que ha acometido, con acierto y clara visión, el investigador Criado de Val. En los varios miles de versos que contiene nuestra más alta pieza de poesía medieval, se retrata y metamorfosea a don Gil, al rey Pedro, a su tesorero general Samuel Leví, y a otros muchos protagonistas de la historia castellana de mediado el siglo XIV, poniendo siempre el dedo en la llaga de vicios y escándalos. No es cuestión ahora de desmenuzar tema por tema; baste recordar aquella mención tan conocida del ratón Guadalajara y el ratón de Mohernando, cuando el poeta refiere e insiste en el miedo que demuestra siempre este último. La razón de la huida de España de Gil de Albornoz fue la exigencia del rey Pedro de que devolviera la encomienda santiaguista de Mohernando, que le había sido regalada o donada en condiciones poco claras por la amante de Alfonso XI, doña Leonor de Guzmán, a cuyo círculo fue muy adepto el cardenal. Sus vacilantes excusas le sirvieron para poner tierra por medio. Con este objetivo clarificante, el Libro de Buen Amor es dedo fiel que señala una época, una situación, un personaje. Si el «arcipreste de Hita», ya provisto de carnet de identidad en forma de fraile mozárabe y vividor, no se nos queda con la etiqueta de «gloria local» que hasta aquí tuvo, si al menos permaneceremos en la órbita castellana, alcarreña y campiñera de este primoroso cantar, parodia y emblema, que obliga a entrar en baile frenético a toda la sociedad del siglo XIV. Sigue siendo esta tierra de sendas polvorientas, rastrojales y choperas tenues el paso seguro y aun latiente de tanta algarabía.

Bibliografía:

Criado de Val, M.: Historia de Hita y su arcipreste. Madrid, 1976.

Criado de Val, M.: El cardenal Albornoz y el arcipreste de Hita, en «Studia Albornotiana», XI, páginas 91‑97 (1972).

Sáez, E., y Trenchs, J.: Juan Ruiz de Cisneros, autor del «Buen Amor», «Actas del Primer Congreso Internacional sobre el Arcipreste de Hita». Barcelona, 1973: pp. 365‑368.

Trenchs Odena, T‑: La iglesia de Sigüenza durante los primeros años de Juan XXII: Episcopologio de Simón de Cisneros, en revista

Wad‑al‑hayara, 6 (1979); páginas 83-95

Real de la Riva, C. El Libro de Buen Amor. Estudio histórico‑critico del Códice de Salamanca. Madrid, 1975.

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