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Castillos del Señorío de Molina (III)

 

Zafra

En los alrededores de Hombrados, sobre unos suaves prados, y puestas encima de abruptas roquedas de feroz silueta se encuentran las ruinas del antiguo castillo que perteneció a los señores de Molina, y que jugó, al parecer, importantes papeles en las luchas medievales de los Reyes de Castilla con sus señores feudales.

En otra ocasión anterior, con motivo de haber sido adquirido y comenzado a restaurar, muy acertadamente, por un particular, ya nos hemos ocupado ampliamente de este bello castillo. Por seguir una relación conjunta de las fortalezas del Señorío molinés, recordamos este altivo peñón fortificado: en un sinclinal de roja peña tobiza, emergiendo como agudo navío sobre una larga y suave serie de praderas, se levanta el castillo, con sus muros completamente en vertical elevados sobre los bordes de la roca. Un gran recinto interno, con aljibe y dos patios, se circuía de alta muralla almenada, reforzada en sus esquinas y comedio de muros por torres fuertes. En su extremo nordeste se yergue la torre del homenaje, de dos plantas y curiosos detalles como puerta gótica de arco apuntado, escalera de caracol, terraza almenada, etc.

El acceso a este castillo es muy difícil, dado que la escalera de obra que en sus orígenes tuvo para un fácil acceso, se derrumbó y desapareció con los años. Hoy es preciso escalar y jugarse el tipo para llegar a su inclinado sustentáculo, desde el que se divisan dilatados y magníficos panoramas. La excursión y la escalada, merecen la pena y reportan satisfacciones al intrépido viajero.

Castilnuevo

Está situado muy cerca de Molina, en la suave vega del río Gallo, en un lugar apacible y sereno. Su existencia es muy antigua, y ya en el Fuero dado por don Manrique a mediados del siglo XII se menciona: solamente existiría el castillo, y con posterioridad se le fueron añadiendo dependencias y el caserío en derredor. Perteneció este castillo durante un tiempo a don Iñigo López de Orozco, por regalo del rey don Pedro I. Del magnate castellano pasó a la familia Mendoza y en una rama de ésta, la de los Mendoza de Molina, condes de Priego quedó Castilnuevo hasta la abolición de los señoríos.

El castillo primitivo ha quedado desfigurado con sucesivas reformas. Está enclavado en un altozano sobre el valle, y en principio tuvo una barbacana o recinto exterior, prácticamente desaparecido. Esta se aprecia mejor frente a su fachada, en el muro norte: son arcos dobles, y la puerta se halla flanqueada por sobresaliente torreón seguido de un lienzo que corre hasta la recia y cuadrada Torre mayor. Su aspecto es imponente, y aunque luego fue utilizada como casa de recreo, meramente residencial, abriéndole nuevas puertas, modificando su estructura, todavía puede el aficionado a castillos contemplar una silueta valiente y un rancio bastión de la Edad Media.

Santiuste

Entre Molina y Corduente, muy cerca ya de este pueblo, y sobre otero que domina ampliamente el valle, por aquí ancho, del río Gallo, se encuentra el reducido caserío de Santiuste rodeando a su castillo, desmochado y herido. Lo construyó, en el siglo XV, el famoso caballero viejo don Juan Ruiz de Molina, y lo hizo tal como hoy se ve: un recinto fortísimo de altos muros almenados, con cuatro torreones en las esquinas. En el paredón norte se abre la gran puerta, rematada por un desgastado escudo de los Ruiz de Molina. El interior está vacío. El mal estado de los cimientos propició hace años que una de las torres esquineras se hundiera, y aún otra parece querer seguir el mismo camino. Es éste, sin embargo, uno de los bien plantados castillos molineses, que dan prestancia y eco medieval a los paisajes que ahora el viajero contempla y recorre

Tierzo

En término de Tierzo a la derecha de la carretera que lleva hacia Terzaga y Checa, se encuentra la finca denominada Vega de Aries, hoy de propiedad particular, dedicada al cultivo de la ganadería y al descanso de sus dueños. Se extiende sobre el pequeño y delicioso valle del río Bullones, en un lugar donde muy posiblemente acampó el Cid en su camino de Burgos a Valencia y que, como se sabe, discurrió a través del actual señorío de Molina, entonces casi desierto y bajo el dominio de los árabes. Allí se encuentra la casa‑fuerte de la Vega de Arias, que no hace mucho fue declarada Monumento Histórico­-Artístico. Su interés arquitectónico es evidente: se trata de un gran caserón de planta rectangular, que aunque modificado modernamente, aún muestra restos de almenas, canecillos, ventanas gotizantes, gran portón adovelado con escudo y un amplio zaguán en su interior, con pozo. El interior muestra la estructura antigua de grandes salones con viguería de madera, aunque tabicados. Ante el caserón o casa‑fuerte, se muestra amplio patio de armas, rodeado de muralla o barbacana, que se muestra abierta en su muro central por gran puerta de arco apuntado, protegido por un airoso matacán. El conjunto de esta casa‑fuerte, y el entorno que le rodea, son aspectos inolvidables y muy característicos del señorío molinés. La época de construcción de este castillete puede remontarse a los principios de la dominación cristiana en la zona: siglo XIII casi con seguridad.

Embid

Recia y feliz estampa la que muestra el castillo de Embid para el que desde Molina a él se acerca. En inestable equilibrio su muros, protegiendo con su ancho brazo al pueblo que a sus pies se extiende, presenta un aire de desafío, una silueta irregular y peculiar como pocos: de su maltrecha torre quedan los altos muros partidos, y de su recinto perviven cortinas y cilíndricos cubos en esquinas y al centro, rematado todo ello con bien conservadas almenas. Se sitúa sobre un cerrete de rocas y arenisca que le ponen como en un pedestal. La estampa del castillo de Embid, aunque maltrecho y semiderruido, es todavía un poderoso acicate para la visita a este lejano enclave, fronterizo entre Castilla y Aragón

Esa misión da fortaleza fronteriza tuvo Embid durante varios siglos. Perteneció al caballero viejo don Juan Ruiz de Molina, y en su familia, luego nombrados marqueses de Embid, siguió durante siglos. Testigo de luchas y guerras medievales, de nocturnos asaltos, de canciones trovadorescas, es quizás un fiel resumen de esta nómina que, brevemente, pero con emoción y nostalgia, hemos repasado de los castillos molineses. Que están esperando, en su triste y airosa meditabundez, vuestra visita.

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