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Canales del Ducado

 

La tarde se ha vestido, en su techumbre algodonosa, de negro manteo, y con sonora retahíla de truenos va dando fe de su correría. A poco estalla la tormenta: los campos desaparecen entre unas gasas grises desvaídas. Salpica el fondo la luz adelgazada blanquísima de un rayo. La vida bulle, debajo. Los campos van poniéndose brillantes, riquísimos de luz nueva. En pocos minutos descarga el aguacero; la paz húmeda de la naciente hora se adentra entre las carnes: escalofrío. La tierra debe ser redonda, los aires quietos pregonan que algo más fuerte que el viento mueve a las nubes, y en derredor de los viajeros surge otra vez el sol, se ven flores, gotean en minúsculos iris las hojas de los robles.

La lluvia ha puesto impracticable el camino que va a Canales del Ducado. Un valiente o irresponsable empujón de la voluntad nos mete con automóvil y cinco kilómetros por delante, al cenagal. Aventura difícil incómodo preámbulo para visitar uno de los más apartados pueblecillos de la serranía del Ducado, antigua tierra dominada por los duques de Medinaceli, los orondos de La Cerda, dueños de media España y hacedores, con buen gusto, de artes y partes en nuestra tierra. Se llega, si de malas maneras, con íntima alegría por lo que se encuentra.

Canales del Ducado está apartado un trecho de la carretera que va desde Sacecorbo a Ocentejo. En un rellano de la altiplanicie alcarreña que a poco se desmoronará, entre oscuros bosques y tajadas gargantas, hacia la derecha orilla del alto Tajo. El caserío está formado de un disperso racimo de casas, corrales y valladares sin función. En medio de los montes, callado. Por el poniente, y ya a contrasol tardío, se ven radiantes de luz y agua los manzanos floridos. Los pinos tristes en su elegancia eterna, unos inmensos prados de lujuriante, de beatifico verde, y por encima, como si fueran piezas o pinceladas justas de una sinfonía, unos caballos prosiguen su lenta tarea de pastar y poner la firma viva al paisaje.

Hay una fuente. Un pilón redondo, de bien tallado sillar, que deja emerger de su acuoso redil un pilar prismático, olímpicamente fuerte; riente por sus cuatro caras. En una de ellas alguien talló unas ramas de laurel o rebollo; en otras dos, carátulas pánfilas de mofletes englobados dejan escapar de sus bocas mínimas sendos chorros de agua que es finísima. Al fin, la cuarta de la moneda pétrea dice así, con rara ortografía pueblerina: «SE ‑ HIZOSI ‑ EN DO ‑ ALCAL ‑ DE D. HI ‑ LARIO ‑ LOPEZ AÑO 1891». Curiosa fuente, inolvidable manadero ante el que nos detenemos, empapados.

Arriba está la iglesia. Diría, en datos técnicos ‑por lo tanto, aburridos y pedantes‑ como es una iglesia románica, bellísima, pequeña y bien conservada por su secular aislamiento. espadaña, baquetones, y otras varias cosas de esas que ponen en los libros de arte. Ni el titulo del templo se saben las gentes de Canales: es la iglesia… la iglesia del pueblo. Nada más. Resalta sobre los verdes campos, sobre la distancia oscura de nubes y pinares, sobre el hondón grave del Tajo que se adivina cerca.

Y abajo en la plaza se vienen a mirarnos los tres viejos que aún quedan. ¡Oh constancia de la carne, del hueso, de la roja savia! ¡Oh certera invasión de la vida entre las piedras! Tres viejos nada más, como un portento en este cuarto final del siglo veinte. El, zumbón y sabio de refranes, recuerda días de fiesta, nos da vino a beber, vino picante y salvajino, que merodea los entresijos del cuerpo, y proporciona altura. Lleva a la cabeza un gorro de lana; sobre los hombros un chaquetón de ajada pana; y en los pies abarcas de hilada goma pueblerina. Ellas generosas y educadas, nos muestran los caracoles que han cogido ‑vivos y cornudos, húmedos y antiguos‑ entre las hierbas de las no pisadas callejas; nos dan varillas de mimbre, que crecen por aquí y allá, casi sin dueño; y se hacen eco de las nostalgia de los hijos ‑tantos, y tan grandes, y tan lejos, y tan queridos siempre aunque ya no vuelvan…‑Ahora que cae la lluvia feroz de la primavera, estos viejos de Canales saben que llega el verano: se alegran porque vendrán los días en que el camino esté bueno, en que vendrán turistas, y en que vendrán ‑si Dios lo quiere‑, sus hijos, sus nietos, sus recuerdos.

Nosotros, y a pesar del barro, del múltiple peligro de un lodazal resbaladizo y traicionero, nos vamos. Contentos.

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